MANIFIESTO DEL PARTIDO COMUNISTA

Manifiesto del Partido Comunista

K. Marx & F. Engels

(1848 )

 

Digitalizado para el Marx-Engels Internet Archive por José F. Polanco en 1998. Retranscrito para el Marxists Internet Archive por Juan R. Fajardo en 1999.


 

PRÓLOGOS DE MARX Y ENGELS A VARIAS  EDICIONES DEL MANIFIESTO


 

1
PRÓLOGO DE MARX Y ENGELS A LA EDICIÓN ALEMANA DE 1872

 
 La Liga Comunista, una organización obrera internacional, que en las circunstancias de la época -huelga decirlo- sólo podía ser secreta, encargó a los abajo firmantes, en el congreso celebrado en Londres en noviembre de 1847, la redacción de un detallado programa teórico y práctico, destinado a la publicidad, que sirviese de programa del partido.  Así nació el Manifiesto, que se reproduce a continuación y cuyo original se remitió a Londres para ser impreso pocas semanas antes de estallar la revolución de febrero.  Publicado primeramente en alemán, ha sido reeditado doce veces por los menos en ese idioma en Alemania, Inglaterra y Norteamérica.  La edición inglesa no vio la luz hasta 1850, y se publicó en el Red Republican de Londres, traducido por miss Elena Macfarlane, y en 1871 se editaron en Norteamérica no menos de tres traducciones distintas. La versión francesa apareció por vez primera en París poco antes de la insurrección de junio de 1848; últimamente ha vuelto a publicarse en Le Socialiste de Nueva York, y se prepara una nueva traducción.  La versión polaca apareció en Londres poco después de la primera edición alemana.  La traducción rusa vio la luz en Ginebra en el año sesenta y tantos. Al danés se tradujo a poco de publicarse.

 Por mucho que durante los últimos veinticinco años hayan cambiado las circunstancias, los principios generales desarrollados en este Manifiesto siguen siendo substancialmente exactos. Sólo tendría que retocarse algún que otro detalle. Ya el propio Manifiesto advierte que la aplicación práctica de estos principios dependerá en todas partes y en todo tiempo de las circunstancias históricas existentes, razón por la que no se hace especial hincapié en las medidas revolucionarias propuestas al final del capítulo II. Si tuviésemos que formularlo hoy, este pasaje presentaría un tenor distinto en muchos respectos. Este programa ha quedado a trozos anticuado por efecto del inmenso desarrollo experimentado por la gran industria en los últimos veinticinco años, con los consiguientes progresos ocurridos en cuanto a la organización política de la clase obrera, y por el efecto de las experiencias prácticas de la revolución de febrero en primer término, y sobre todo de la Comuna de París, donde el proletariado, por vez primera, tuvo el Poder político en sus manos por espacio de dos meses. La comuna ha demostrado, principalmente, que “la clase obrera no puede limitarse a tomar posesión de la máquina del Estado en bloque, poniéndola en marcha para sus propios fines”. (V. La guerra civil en Francia, alocución del Consejo general de la Asociación Obrera Internacional, edición alemana, pág. 51, donde se desarrolla ampliamente esta idea) . Huelga, asimismo, decir que la crítica de la literatura socialista presenta hoy lagunas, ya que sólo llega hasta 1847, y, finalmente, que las indicaciones que se hacen acerca de la actitud de los comunistas para con los diversos partidos de la oposición (capítulo IV), aunque sigan siendo exactas en sus líneas generales, están también anticuadas en lo que toca al detalle, por la sencilla razón de que la situación política ha cambiado radicalmente y el progreso histórico ha venido a eliminar del mundo a la mayoría de los partidos enumerados.

Sin embargo, el Manifiesto es un documento histórico, que nosotros no nos creemos ya autorizados a modificar.  Tal vez una edición posterior aparezca precedida de una introducción que abarque el período que va desde 1847 hasta los tiempos actuales; la presente reimpresión nos ha sorprendido sin dejarnos tiempo para eso.

Londres, 24 de junio de 1872.

K. MARX.  F. ENGELS.
 

 

2
PROLOGO DE ENGELS A LA EDICION  ALEMANA DE 1883


 

Desgraciadamente, al pie de este prólogo a la nueva edición del Manifiesto ya sólo aparecerá mi firma.  Marx, ese hombre a quien la clase obrera toda de Europa y América debe más que a hombre alguno, descansa en el cementerio de Highgate, y sobre su tumba crece ya la primera hierba.  Muerto él, sería doblemente absurdo pensar en revisar ni en ampliar el Manifiesto.  En cambio, me creo obligado, ahora más que nunca, a consignar aquí, una vez más, para que quede bien patente, la siguiente afirmación:

La idea central que inspira todo el Manifiesto, a saber: que el régimen económico de la producción y la estructuración social que de él se deriva necesariamente en cada época histórica constituye la base sobre la cual se asienta la historia política e intelectual de esa época, y que, por tanto, toda la historia de la sociedad -una vez disuelto el primitivo régimen de comunidad del suelo- es una historia de luchas de clases, de luchas entre clases explotadoras y explotadas, dominantes y dominadas, a tono con las diferentes fases del proceso social, hasta llegar a la fase presente, en que la clase explotada y oprimida -el proletariado- no puede ya emanciparse de la clase que la explota y la oprime -de la burguesía- sin emancipar para siempre a la sociedad entera de la opresión, la explotación y las luchas de clases; esta idea cardinal fue fruto personal y exclusivo de Marx .

Y aunque ya no es la primera vez que lo hago constar, me ha parecido oportuno dejarlo estampado aquí, a la cabeza del Manifiesto.

Londres, 28 junio 1883.

F. ENGELS.
 
 

 
 

3
PRÓLOGO DE ENGELS A LA  EDICIÓN ALEMANA DE 1890


 

Ve la luz una nueva edición alemana del Manifiesto cuando han ocurrido desde la última diversos sucesos relacionados con este documento que merecen ser mencionados aquí.

En 1882 se publicó en Ginebra una segunda traducción rusa, de Vera Sasulich , precedida de un prologo de Marx y mío.  Desgraciadamente, se me ha extraviado el original alemán de este prólogo y no tengo más remedio que volver a traducirlo del ruso, con lo que el lector no saldrá ganando nada.  El prólogo dice así:

“La primera edición rusa del Manifiesto del Partido Comunista, traducido por Bakunin, vio la luz poco después de 1860 en la imprenta del Kolokol.  En los tiempos que corrían, esta publicación no podía tener para Rusia, a lo sumo, más que un puro valor literario de curiosidad.  Hoy las cosas han cambiado.  El último capítulo del Manifiesto, titulado “Actitud de los comunistas ante los otros partidos de la oposición”, demuestra mejor que nada lo limitada que era la zona en que, al ver la luz por vez primera este documento (enero de 1848), tenía que actuar el movimiento proletario.  En esa zona faltaban, principalmente, dos países: Rusia y los Estados Unidos.  Era la época en que Rusia constituía la última reserva magna de la reacción europea y en que la emigración a los Estados Unidos absorbía las energías sobrantes del proletariado de Europa.  Ambos países proveían a Europa de primeras materias, a la par que le brindaban mercados para sus productos industriales.  Ambos venían a ser, pues, bajo uno u otro aspecto, pilares del orden social europeo.

Hoy las cosas han cambiado radicalmente.  La emigración europea sirvió precisamente para imprimir ese gigantesco desarrollo a la agricultura norteamericana, cuya concurrencia está minando los cimientos de la grande y la pequeña propiedad inmueble de Europa.  Además, ha permitido a los Estados Unidos entregarse a la explotación de sus copiosas fuentes industriales con tal energía y en proporciones tales, que dentro de poco echará por tierra el monopolio industrial de que hoy disfruta la Europa occidental.  Estas dos circunstancias repercuten a su vez revolucionariamente sobre la propia América.  La pequeña y mediana propiedad del granjero que trabaja su propia tierra sucumbe progresivamente ante la concurrencia de las grandes explotaciones, a la par que en las regiones industriales empieza a formarse un copioso proletariado y una fabulosa concentración de capitales.

Pasemos ahora a Rusia. Durante la sacudida revolucionaria de los años 48 y 49, los monarcas europeos, y no sólo los monarcas, sino también los burgueses, aterrados ante el empuje del proletariado, que empezaba a, cobrar por aquel entonces conciencia de su fuerza, cifraban en la intervención rusa todas sus esperanzas.  El zar fue proclamado cabeza de la reacción europea.  Hoy, este mismo zar se ve apresado en Gatchina como rehén de la revolución y Rusia forma la avanzada del movimiento revolucionario de Europa.

El Manifiesto Comunista se proponía por misión proclamar la desaparición inminente e inevitable de la propiedad burguesa en su estado actual.  Pero en Rusia nos encontramos con que, coincidiendo con el orden capitalista en febril desarrollo y la propiedad burguesa del suelo que empieza a formarse, más de la mitad de la tierra es propiedad común de los campesinos.

Ahora bien -nos preguntamos-, ¿puede este régimen comunal del concejo ruso, que es ya, sin duda, una degeneración del régimen de comunidad primitiva de la tierra, trocarse directamente en una forma más alta de comunismo del suelo, o tendrá que pasar necesariamente por el mismo proceso previo de descomposición que nos revela la historia del occidente de Europa?

La única contestación que, hoy por hoy, cabe dar a esa pregunta, es la siguiente: Si la revolución rusa es la señal para la revolución obrera de Occidente y ambas se completan formando una unidad, podría ocurrir que ese régimen comunal ruso fuese el punto de partida para la implantación de una nueva forma comunista de la tierra.
 

Londres, 21 enero 1882.”

 

Por aquellos mismos días, se publicó en Ginebra una nueva traducción polaca con este título: Manifest Kommunistyczny.

Asimismo, ha aparecido una nueva traducción danesa, en la “Socialdemokratisk Bibliothek, Köjbenhavn 1885”. Es de lamentar que esta traducción sea incompleta; el traductor se saltó, por lo visto, aquellos pasajes, importantes muchos de ellos, que le parecieron difíciles; además, la versión adolece de precipitaciones en una serie de lugares, y es una lástima, pues se ve que, con un poco más de cuidado, su autor habría realizado un trabajo excelente.

 En 1886 apareció en Le Socialiste de París una nueva traducción francesa, la mejor de cuantas han visto la luz hasta ahora .

 Sobre ella se hizo en el mismo año una versión española, publicada primero en El Socialista de Madrid y luego, en tirada aparte, con este título: Manifiesto del Partido Comunista, por Carlos Marx y F. Engels (Madrid, Administración de El Socialista, Hernán Cortés, 8).

 Como detalle curioso contaré que en 1887 fue ofrecido a un editor de Constantinopla el original de una traducción armenia; pero el buen editor no se atrevió a lanzar un folleto con el nombre de Marx a la cabeza y propuso al traductor publicarlo como obra original suya, a lo que éste se negó.

 Después de haberse reimpreso repetidas veces varias traducciones norteamericanas más o menos incorrectas, al fin, en 1888, apareció en Inglaterra la primera versión auténtica, hecha por mi amigo Samuel Moore y revisada por él y por mí antes de darla a las prensas. He aquí el título: Manifesto of the Communist Party, by Karl Marx and Frederick Engels. Authorised English Translation, edited and annotated by Frederíck Engels. 1888. London, William Reeves, 185 Flett St. E. C. Algunas de las notas de esta edición acompañan a la presente.

 El Manifiesto ha tenido sus vicisitudes. Calurosamente acogido a su aparición por la vanguardia, entonces poco numerosa, del socialismo científico -como lo demuestran las diversas traducciones mencionadas en el primer prólogo-, no tardó en pasar a segundo plano, arrinconado por la reacción que se inicia con la derrota de los obreros parisienses en junio de 1848 y anatematizado, por último, con el anatema de la justicia al ser condenados los comunistas por el tribunal de Colonia en noviembre de 1852.  Al abandonar la escena Pública, el movimiento obrero que la revolución de febrero había iniciado, queda también envuelto en la penumbra el Manifiesto.

Cuando la clase obrera europea volvió a sentirse lo bastante fuerte para lanzarse de nuevo al asalto contra las clases gobernantes, nació la Asociación Obrera Internacional.  El fin de esta organización era fundir todas las masas obreras militantes de Europa y América en un gran cuerpo de ejército.  Por eso, este movimiento no podía arrancar de los principios sentados en el Manifiesto.  No había más remedio que darle un programa que no cerrase el paso a las tradeuniones inglesas, a los proudhonianos franceses, belgas, italianos y españoles ni a los partidarios de Lassalle en Alemania . Este programa con las normas directivas para los estatutos de la Internacional, fue redactado por Marx con una maestría que hasta el propio Bakunin y los anarquistas hubieron de reconocer.  En cuanto al triunfo final de las tesis del Manifiesto, Marx ponía toda su confianza en el desarrollo intelectual de la clase obrera, fruto obligado de la acción conjunta y de la discusión.  Los sucesos y vicisitudes de la lucha contra el capital, y más aún las derrotas que las victorias, no podían menos de revelar al proletariado militante, en toda su desnudez, la insuficiencia de los remedios milagreros que venían empleando e infundir a sus cabezas una mayor claridad de visión para penetrar en las verdaderas condiciones que habían de presidir la emancipación obrera.  Marx no se equivocaba.  Cuando en 1874 se disolvió la Internacional, la clase obrera difería radicalmente de aquella con que se encontrara al fundarse en 1864.  En los países latinos, el proudhonianismo agonizaba, como en Alemania lo que había de específico en el partido de Lassalle, y hasta las mismas tradeuniones inglesas, conservadoras hasta la médula, cambiaban de espíritu, permitiendo al presidente de su congreso, celebrado en Swansea en 1887, decir en nombre suyo: “El socialismo continental ya no nos asusta”. Y en 1887 el socialismo continental se cifraba casi en los principios proclamados por el Manifiesto. La historia de este documento refleja, pues, hasta cierto punto, la historia moderna del movimiento obrero desde 1848. En la actualidad es indudablemente el documento más extendido e internacional de toda la literatura socialista del mundo, el programa que une a muchos millones de trabajadores de todos los países, desde Siberia hasta California.

 Y, sin embargo, cuando este Manifiesto vio la luz, no pudimos bautizarlo de Manifiesto socialista. En 1847, el concepto de “socialista” abarcaba dos categorías de personas. Unas eran las que abrazaban diversos sistemas utópicos, y entre ellas se destacaban los owenistas en Inglaterra, y en Francia los fourieristas, que poco a poco habían ido quedando reducidos a dos sectas agonizantes. En la otra formaban los charlatanes sociales de toda laya, los que aspiraban a remediar las injusticias de la sociedad con sus potingues mágicos y con toda serie de remiendos, sin tocar en lo más mínimo, claro está, al capital ni a la ganancia.  Gentes unas y otras ajenas al movimiento obrero, que iban a buscar apoyo para sus teorías a las clases “cultas”.  El sector obrero que, convencido de la insuficiencia y superficialidad de las meras conmociones políticas, reclamaba una radical transformación de la sociedad, se apellidaba comunista.  Era un comunismo toscamente delineado, instintivo, vago, pero lo bastante pujante para engendrar dos sistemas utópicos: el del “ícaro” Cabet en Francia y el de Weitling en Alemania.  En 1847, el “socialismo” designaba un movimiento burgués, el “comunismo” un movimiento obrero.  El socialismo era, a lo menos en el continente, una doctrina presentable en los salones; el comunismo, todo lo contrario.  Y como en nosotros era ya entonces firme la convicción de que “la emancipación de los trabajadores sólo podía ser obra de la propia clase obrera”, no podíamos dudar en la elección de título.  Más tarde no se nos pasó nunca por las mentes tampoco modificarlo.

“¡Proletarios de todos los países, uníos!” Cuando hace cuarenta y dos años lanzamos al mundo estas palabras, en vísperas de la primera revolución de París, en que el proletariado levantó ya sus propias reivindicaciones, fueron muy pocas las voces que contestaron.  Pero el 28 de septiembre de 1864, los representantes proletarios de la mayoría de los países del occidente de Europa se reunían para formar la Asociación Obrera Internacional, de tan glorioso recuerdo.  Y aunque la Internacional sólo tuviese nueve años de vida, el lazo perenne de unión entre los proletarios de todos los países sigue viviendo con más fuerza que nunca; así lo atestigua, con testimonio irrefutable, el día de hoy.  Hoy, primero de Mayo, el proletariado europeo y americano pasa revista por vez primera a sus contingentes puestos en pie de guerra como un ejército único, unido bajo una sola bandera y concentrado en un objetivo: la jornada normal de ocho horas, que ya proclamara la Internacional en el congreso de Ginebra en 1889, y que es menester elevar a ley.  El espectáculo del día de hoy abrirá los ojos a los capitalistas y a los grandes terratenientes de todos los países y les hará ver que la unión de los proletarios del mundo es ya un hecho.

¡Ya Marx no vive, para verlo, a mi lado!

 

Londres, 1 de mayo de 1890.

F. ENGELS.
 

 

4
PRÓLOGO DE ENGELS A LA EDICIÓN POLACA DE 1892

La necesidad de reeditar la versión polaca del Manifiesto Comunista, requiere un comentario.

Ante todo, el Manifiesto ha resultado ser, como se proponía, un medio para poner de relieve el desarrollo de la gran industria en Europa. Cuando en un país, cualquiera que él sea, se desarrolla la gran industria brota al mismo tiempo entre los obreros industriales el deseo de explicarse sus relaciones como clase, como la clase de los que viven del trabajo, con la clase de los que viven de la propiedad.  En estas circunstancias, las ideas socialistas se extienden entre los trabajadores y crece la demanda del Manifiesto Comunista.  En este sentido, el número de ejemplares del Manifiesto que circulan en un idioma dado nos permite apreciar bastante aproximadamente no sólo las condiciones del movimiento obrero de clase en ese país, sino también el grado de desarrollo alcanzado en él por la gran industria.

La necesidad de hacer una nueva edición en lengua polaca acusa, por tanto, el continuo proceso de expansión de la industria en Polonia.  No puede caber duda acerca de la importancia de este proceso en el transcurso de los diez años que han mediado desde la aparición de la edición anterior.  Polonia se ha convertido en una región industrial en gran escala bajo la égida del Estado ruso.

Mientras que en la Rusia propiamente dicha la gran industria sólo se ha ido manifestando esporádicamente (en las costas del golfo de Finlandia, en las provincias centrales de Moscú y Vladimiro, a lo largo de las costas del mar Negro y del mar de Azov), la industria polaca se ha concentrado dentro de los confines de un área limitada, experimentando a la par las ventajas y los inconvenientes de su situación.  Estas ventajas no pasan inadvertidas para los fabricantes rusos; por eso alzan el grito pidiendo aranceles protectores contra las mercancías polacas, a despecho de su ardiente anhelo de rusificación de Polonia.  Los inconvenientes (que tocan por igual los industriales polacos y el Gobierno ruso) consisten en la rápida difusión de las ideas socialistas entre los obreros polacos y en una demanda sin precedente del Manifiesto Comunista.

El rápido desarrollo de la industria polaca (que deja atrás con mucho a la de Rusia) es una clara prueba de las energías vitales inextinguibles del pueblo polaco y una nueva garantía de su futuro renacimiento. La creación de una Polonia fuerte e independiente no interesa sólo al pueblo polaco, sino a todos y cada uno de nosotros.  Sólo podrá establecerse una estrecha colaboración entre los obreros todos de Europa si en cada país el pueblo es dueño dentro de su propia casa.  Las revoluciones de 1848 que, aunque reñidas bajo la bandera del proletariado, solamente llevaron a los obreros a la lucha para sacar las castañas del fuego a la burguesía, acabaron por imponer, tomando por instrumento a Napoleón y a Bismarck (a los enemigos de la revolución), la independencia de Italia, Alemania y Hungría.  En cambio, a Polonia, que en 1791 hizo por la causa revolucionaria más que estos tres países juntos, se la dejó sola cuando en 1863 tuvo que enfrentarse con el poder diez veces más fuerte de Rusia.

La nobleza polaca ha sido incapaz para mantener, y lo será también para restaurar, la independencia de Polonia. La burguesía va sintiéndose cada vez menos interesada en este asunto.  La independencia polaca sólo podrá ser conquistada por el proletariado joven, en cuyas manos está la realización de esa esperanza.  He ahí por qué los obreros del occidente de Europa no están menos interesados en la liberación de Polonia que los obreros polacos mismos.

Londres, 10 de febrero 1892.

    F. ENGELS

 

5
PRÓLOGO DE ENGELS A LA EDICIÓN ITALIANA DE 1893

La publicación del Manifiesto del Partido Comunista coincidió (si puedo expresarme así), con el momento en que estallaban las revoluciones de Milán y de Berlín, dos revoluciones que eran el alzamiento de dos pueblos: uno enclavado en el corazón del continente europeo y el otro tendido en las costas del mar Mediterráneo.  Hasta ese momento, estos dos pueblos, desgarrados por luchas intestinas y guerras civiles, habían sido presa fácil de opresores extranjeros.  Y del mismo modo que Italia estaba sujeta al dominio del emperador de Austria, Alemania vivía, aunque esta sujeción fuese menos patente, bajo el yugo del zar de todas las Rusias.  La revolución del 18 de marzo emancipó a Italia y Alemania al mismo tiempo de este vergonzoso estado de cosas.  Si después, durante el período que va de 1848 a 1871, estas dos grandes naciones permitieron que la vieja situación fuese restaurada, haciendo hasta cierto punto de “traidores de sí mismas”, se debió (como dijo Marx) a que los mismos que habían inspirado la revolución de 1848 se convirtieron, a despecho suyo, en sus verdugos.

La revolución fue en todas partes obra de las clases trabajadoras: fueron los obreros quienes levantaron las barricadas y dieron sus vidas luchando por la causa.  Sin embargo, solamente los obreros de París, después de derribar el Gobierno, tenían la firme y decidida intención de derribar con él a todo el régimen burgués.  Pero, aunque abrigaban una conciencia muy clara del antagonismo irreductible que se alzaba entre su propia clase y la burguesía, el desarrollo económico del país y el desarrollo intelectual de las masas obreras francesas no habían alcanzado todavía el nivel necesario para que pudiese triunfar una revolución socialista.  Por eso, a la postre, los frutos de la revolución cayeron en el regazo de la clase capitalista.  En otros países, como en Italia, Austria y Alemania, los obreros se limitaron desde el primer momento de la revolución a ayudar a la burguesía a tomar el Poder.  En cada uno de estos países el gobierno de la burguesía sólo podía triunfar bajo la condición de la independencia nacional.  Así se explica que las revoluciones del año 1848 condujesen inevitablemente a la unificación de los pueblos dentro de las fronteras nacionales y a su emancipación del yugo extranjero, condiciones que, hasta allí, no habían disfrutado.  Estas condiciones son hoy realidad en Italia, en Alemania y en Hungría.  Y a estos países seguirá Polonia cuando la hora llegue.

Aunque las revoluciones de 1848 no tenían carácter socialista, prepararon, sin embargo, el terreno para el advenimiento de la revolución del socialismo. Gracias al poderoso impulso que estas revoluciones imprimieron a la gran producción en todos los países, la sociedad burguesa ha ido creando durante los últimos cuarenta y cinco años un vasto, unido y potente proletariado, engendrando con él (como dice el Manifiesto Comunista) a sus propios enterradores.  La unificación internacional del proletariado no hubiera sido posible, ni la colaboración sobria y deliberada de estos países en el logro de fines generales, si antes no hubiesen conquistado la unidad y la independencia nacionales, si hubiesen seguido manteniéndose dentro del aislamiento.

Intentemos representarnos, si podemos, el papel que hubieran hecho los obreros italianos, húngaros, alemanes, polacos y rusos luchando por su unión internacional bajo las condiciones políticas que prevalecían hacia el año 1848.

Las batallas reñidas en el 48 no fueron, pues, reñidas en balde. Ni han sido vividos tampoco en balde los cuarenta y cinco años que nos separan de la época revolucionaria.  Los frutos de aquellos días empiezan a madurar, y hago votos porque la publicación de esta traducción italiana del Manifiesto sea heraldo del triunfo del proletariado italiano, como la publicación del texto primitivo lo fue de la revolución internacional.

El Manifiesto rinde el debido homenaje a los servicios revolucionarios prestados en otro tiempo por el capitalismo.  Italia fue la primera nación que se convirtió en país capitalista.  El ocaso de la Edad Media feudal y la aurora de la época capitalista contemporánea vieron aparecer en escena una figura gigantesca. Dante fue al mismo tiempo el último poeta de la Edad Media y el primer poeta de la nueva era.  Hoy, como en 1300, se alza en el horizonte una nueva época. ¿Dará Italia al mundo otro Dante, capaz de cantar el nacimiento de la nueva era, de la era proletaria?

Londres, 1 de febrero de 1893.

     F. ENGELS                           

 
 



 
 

Manifiesto del Partido Comunista

Por
K. Marx & F. Engels


 

Un espectro se cierne sobre Europa: el espectro del comunismo. Contra este espectro se han conjurado en santa jauría todas las potencias de la vieja Europa, el Papa y el zar, Metternich y Guizot, los radicales franceses y los polizontes alemanes.

No hay un solo partido de oposición a quien los adversarios gobernantes no motejen de comunista, ni un solo partido de oposición que no lance al rostro de las oposiciones más avanzadas, lo mismo que a los enemigos reaccionarios, la acusación estigmatizante de comunismo.

De este hecho se desprenden dos consecuencias:

La primera es que el comunismo se halla ya reconocido como una potencia por todas las potencias europeas.

La segunda, que es ya hora de que los comunistas expresen a la luz del día y ante el mundo entero sus ideas, sus tendencias, sus aspiraciones, saliendo así al paso de esa leyenda del espectro comunista con un manifiesto de su partido.

Con este fin se han congregado en Londres  los representantes comunistas de diferentes países y redactado el siguiente Manifiesto, que aparecerá en lengua inglesa, francesa, alemana, italiana, flamenca y danesa.  

 

I
BURGUESES Y PROLETARIOS

Toda la historia de la sociedad humana, hasta la actualidad , es una historia de luchas de clases.

Libres y esclavos, patricios y plebeyos, barones y siervos de la gleba, maestros y oficiales; en una palabra, opresores y oprimidos, frente a frente siempre, empeñados en una lucha ininterrumpida, velada unas veces, y otras franca y abierta, en una lucha que conduce en cada etapa a la transformación revolucionaria de todo el régimen social o al exterminio de ambas clases beligerantes.

En los tiempos históricos nos encontramos a la sociedad dividida casi por doquier en una serie de estamentos , dentro de cada uno de los cuales reina, a su vez, una nueva jerarquía social de grados y posiciones.  En la Roma antigua son los patricios, los équites, los plebeyos, los esclavos; en la Edad Media, los señores feudales, los vasallos, los maestros y los oficiales de los gremios, los siervos de la gleba, y dentro de cada una de esas clases todavía nos encontramos con nuevos matices y gradaciones.

La moderna sociedad burguesa que se alza sobre las ruinas de la sociedad feudal no ha abolido los antagonismos de clase.  Lo que ha hecho ha sido crear nuevas clases, nuevas condiciones de opresión, nuevas modalidades de lucha, que han venido a sustituir a las antiguas.

Sin embargo, nuestra época, la época de la burguesía, se caracteriza por haber simplificado estos antagonismos de clase.  Hoy, toda la sociedad tiende a separarse, cada vez más abiertamente, en dos grandes campos enemigos, en dos grandes clases antagónicas: la burguesía y el proletariado.

De los siervos de la gleba de la Edad Media surgieron los “villanos” de las primeras ciudades; y estos villanos fueron el germen de donde brotaron los primeros elementos de la burguesía.

El descubrimiento de América, la circunnavegación de Africa abrieron nuevos horizontes e imprimieron nuevo impulso a la burguesía.  El mercado de China y de las Indias orientales, la colonización de América, el intercambio con las colonias, el incremento de los medios de cambio y de las mercaderías en general, dieron al comercio, a la navegación, a la industria, un empuje jamás conocido, atizando con ello el elemento revolucionario que se escondía en el seno de la sociedad feudal en descomposición.

El régimen feudal o gremial de producción que seguía imperando no bastaba ya para cubrir las necesidades que abrían los nuevos mercados.  Vino a ocupar su puesto la manufactura.  Los maestros de los gremios se vieron desplazados por la clase media industrial, y la división del trabajo entre las diversas corporaciones fue suplantada por la división del trabajo dentro de cada taller.

Pero los mercados seguían dilatándose, las necesidades seguían creciendo.  Ya no bastaba tampoco la manufactura. El invento del vapor y la maquinaria vinieron a revolucionar el régimen industrial de producción.  La manufactura cedió el puesto a la gran industria moderna, y la clase media industrial hubo de dejar paso a los magnates de la industria, jefes de grandes ejércitos industriales, a los burgueses modernos.

La gran industria creó el mercado mundial, ya preparado por el descubrimiento de América.  El mercado mundial imprimió un gigantesco impulso al comercio, a la navegación, a las comunicaciones por tierra.  A su vez, estos, progresos redundaron considerablemente en provecho de la industria, y en la misma proporción en que se dilataban la industria, el comercio, la navegación, los ferrocarriles, se desarrollaba la burguesía, crecían sus capitales, iba desplazando y esfumando a todas las clases heredadas de la Edad Media.

Vemos, pues, que la moderna burguesía es, como lo fueron en su tiempo las otras clases, producto de un largo proceso histórico, fruto de una serie de transformaciones radicales operadas en el régimen de cambio y de producción.

A cada etapa de avance recorrida por la burguesía corresponde una nueva etapa de progreso político.  Clase oprimida bajo el mando de los señores feudales, la burguesía forma en la “comuna”  una asociación autónoma y armada para la defensa de sus intereses; en unos sitios se organiza en repúblicas municipales independientes; en otros forma el tercer estado tributario de las monarquías; en la época de la manufactura es el contrapeso de la nobleza dentro de la monarquía feudal o absoluta y el fundamento de las grandes monarquías en general, hasta que, por último, implantada la gran industria y abiertos los cauces del mercado mundial, se conquista la hegemonía política y crea el moderno Estado representativo.  Hoy, el Poder público viene a ser, pura y simplemente, el Consejo de administración que rige los intereses colectivos de la clase burguesa.

La burguesía ha desempeñado, en el transcurso de la historia, un papel verdaderamente revolucionario.

Dondequiera que se instauró, echó por tierra todas las instituciones feudales, patriarcales e idílicas. Desgarró implacablemente los abigarrados lazos feudales que unían al hombre con sus superiores naturales y no dejó en pie más vínculo que el del interés escueto, el del dinero contante y sonante, que no tiene entrañas.  Echó por encima del santo temor de Dios, de la devoción mística y piadosa, del ardor caballeresco y la tímida melancolía del buen burgués, el jarro de agua helada de sus cálculos egoístas.  Enterró la dignidad personal bajo el dinero y redujo todas aquellas innumerables libertades escrituradas y bien adquiridas a una única libertad: la libertad ilimitada de comerciar.  Sustituyó, para decirlo de una vez, un régimen de explotación, velado por los cendales de las ilusiones políticas y religiosas, por un régimen franco, descarado, directo, escueto, de explotación.

La burguesía despojó de su halo de santidad a todo lo que antes se tenía por venerable y digno de piadoso acontecimiento. Convirtió en sus servidores asalariados al médico, al jurista, al poeta, al sacerdote, al hombre de ciencia.

La burguesía desgarró los velos emotivos y sentimentales que envolvían la familia y puso al desnudo la realidad económica de las relaciones familiares .

La burguesía vino a demostrar que aquellos alardes de fuerza bruta que la reacción tanto admira en la Edad Media tenían su complemento cumplido en la haraganería más indolente.  Hasta que ella no lo reveló no supimos cuánto podía dar de sí el trabajo del hombre.  La burguesía ha producido maravillas mucho mayores que las pirámides de Egipto, los acueductos romanos y las catedrales góticas; ha acometido y dado cima a empresas mucho más grandiosas que las emigraciones de los pueblos y las cruzadas.

La burguesía no puede existir si no es revolucionando incesantemente los instrumentos de la producción, que tanto vale decir el sistema todo de la producción, y con él todo el régimen social.  Lo contrario de cuantas clases sociales la precedieron, que tenían todas por condición primaria de vida la intangibilidad del régimen de producción vigente.  La época de la burguesía se caracteriza y distingue de todas las demás por el constante y agitado desplazamiento de la producción, por la conmoción ininterrumpida de todas las relaciones sociales, por una inquietud y una dinámica incesantes.  Las relaciones inconmovibles y mohosas del pasado, con todo su séquito de ideas y creencias viejas y venerables, se derrumban, y las nuevas envejecen antes de echar raíces.  Todo lo que se creía permanente y perenne se esfuma, lo santo es profanado, y, al fin, el hombre se ve constreñido, por la fuerza de las cosas, a contemplar con mirada fría su vida y sus relaciones con los demás.

La necesidad de encontrar mercados espolea a la burguesía de una punta o otra del planeta. Por todas partes anida, en todas partes construye, por doquier establece relaciones.

La burguesía, al explotar el mercado mundial, da a la producción y al consumo de todos los países un sello cosmopolita. Entre los lamentos de los reaccionarios destruye los cimientos nacionales de la industria. Las viejas industrias nacionales se vienen a tierra, arrolladas por otras nuevas, cuya instauración es problema vital para todas las naciones civilizadas; por industrias que ya no transforman como antes las materias primas del país, sino las traídas de los climas más lejanos y cuyos productos encuentran salida no sólo dentro de las fronteras, sino en todas las partes del mundo.  Brotan necesidades nuevas que ya no bastan a satisfacer, como en otro tiempo, los frutos del país, sino que reclaman para su satisfacción los productos de tierras remotas. Ya no reina aquel mercado local y nacional que se bastaba así mismo y donde no entraba nada de fuera; ahora, la red del comercio es universal y en ella entran, unidas por vínculos de interdependencia, todas las naciones. Y lo que acontece con la producción material, acontece también con la del espíritu. Los productos espirituales de las diferentes naciones vienen a formar un acervo común.  Las limitaciones y peculiaridades del carácter nacional van pasando a segundo plano, y las literaturas locales y nacionales confluyen todas en una literatura universal.

La burguesía, con el rápido perfeccionamiento de todos los medios de producción, con las facilidades increíbles de su red de comunicaciones, lleva la civilización hasta a las naciones más salvajes. El bajo precio de sus mercancías es la artillería pesada con la que derrumba todas las murallas de la China, con la que obliga a capitular a las tribus bárbaras más ariscas en su odio contra el extranjero. Obliga a todas las naciones a abrazar el régimen de producción de la burguesía o perecer; las obliga a implantar en su propio seno la llamada civilización, es decir, a hacerse burguesas.  Crea un mundo hecho a su imagen y semejanza.

La burguesía somete el campo al imperio de la ciudad.  Crea ciudades enormes, intensifica la población urbana en una fuerte proporción respecto a la campesina y arranca a una parte considerable de la gente del campo al cretinismo de la vida rural.  Y del mismo modo que somete el campo a la ciudad, somete los pueblos bárbaros y semibárbaros a las naciones civilizadas, los pueblos campesinos a los pueblos burgueses, el Oriente al Occidente.

La burguesía va aglutinando cada vez más los medios de producción, la propiedad y los habitantes del país.  Aglomera la población, centraliza los medios de producción y concentra en manos de unos cuantos la propiedad.  Este proceso tenía que conducir, por fuerza lógica, a un régimen de centralización política.  Territorios antes independientes, apenas aliados, con intereses distintos, distintas leyes, gobiernos autónomos y líneas aduaneras propias, se asocian y refunden en una nación única, bajo un Gobierno, una ley, un interés nacional de clase y una sola línea aduanera.

En el siglo corto que lleva de existencia como clase soberana, la burguesía ha creado energías productivas mucho más grandiosas y colosales que todas las pasadas generaciones juntas. Basta pensar en el sometimiento de las fuerzas naturales por la mano del hombre, en la maquinaria, en la aplicación de la química a la industria y la agricultura, en la navegación de vapor, en los ferrocarriles, en el telégrafo eléctrico, en la roturación de continentes enteros, en los ríos abiertos a la navegación, en los nuevos pueblos que brotaron de la tierra como por ensalmo… ¿Quién, en los pasados siglos, pudo sospechar siquiera que en el regazo de la sociedad fecundada por el trabajo del hombre yaciesen soterradas tantas y tales energías y elementos de producción?

Hemos visto que los medios de producción y de transporte sobre los cuales se desarrolló la burguesía brotaron en el seno de la sociedad feudal.  Cuando estos medios de transporte y de producción alcanzaron una determinada fase en su desarrollo, resultó que las condiciones en que la sociedad feudal producía y comerciaba, la organización feudal de la agricultura y la manufactura, en una palabra, el régimen feudal de la propiedad, no correspondían ya al estado progresivo de las fuerzas productivas.  Obstruían la producción en vez de fomentarla. Se habían convertido en otras tantas trabas para su desenvolvimiento.  Era menester hacerlas saltar, y saltaron.

Vino a ocupar su puesto la libre concurrencia, con la constitución política y social a ella adecuada, en la que se revelaba ya la hegemonía económica y política de la clase burguesa.

Pues bien: ante nuestros ojos se desarrolla hoy un espectáculo semejante.  Las condiciones de producción y de cambio de la burguesía, el régimen burgués de la propiedad, la moderna sociedad burguesa, que ha sabido hacer brotar como por encanto tan fabulosos medios de producción y de transporte, recuerda al brujo impotente para dominar los espíritus subterráneos que conjuró.  Desde hace varias décadas, la historia de la industria y del comercio no es más que la historia de las modernas fuerzas productivas que se rebelan contra el régimen vigente de producción, contra el régimen de la propiedad, donde residen las condiciones de vida y de predominio político de la burguesía.  Basta mencionar las crisis comerciales, cuya periódica reiteración supone un peligro cada vez mayor para la existencia de la sociedad burguesa toda. Las crisis comerciales, además de destruir una gran parte de los productos elaborados, aniquilan una parte considerable de las fuerzas productivas existentes.  En esas crisis se desata una epidemia social que a cualquiera de las épocas anteriores hubiera parecido absurda e inconcebible: la epidemia de la superproducción. La sociedad se ve retrotraída repentinamente a un estado de barbarie momentánea; se diría que una plaga de hambre o una gran guerra aniquiladora la han dejado esquilmado, sin recursos para subsistir; la industria, el comercio están a punto de perecer. ¿Y todo por qué?  Porque la sociedad posee demasiada civilización, demasiados recursos, demasiada industria, demasiado comercio.  Las fuerzas productivas de que dispone no sirven ya para fomentar el régimen burgués de la propiedad; son ya demasiado poderosas para servir a este régimen, que embaraza su desarrollo.  Y tan pronto como logran vencer este obstáculo, siembran el desorden en la sociedad burguesa, amenazan dar al traste con el régimen burgués de la propiedad. Las condiciones sociales burguesas resultan ya demasiado angostas para abarcar la riqueza por ellas engendrada. ¿Cómo se sobrepone a las crisis la burguesía?  De dos maneras: destruyendo violentamente una gran masa de fuerzas productivas y conquistándose nuevos mercados, a la par que procurando explotar más concienzudamente los mercados antiguos.  Es decir, que remedia unas crisis preparando otras más extensas e imponentes y mutilando los medios de que dispone para precaverlas.

Las armas con que la burguesía derribó al feudalismo se vuelven ahora contra ella.

Y la burguesía no sólo forja las armas que han de darle la muerte, sino que, además, pone en pie a los hombres llamados a manejarlas: estos hombres son los obreros, los proletarios.

En la misma proporción en que se desarrolla la burguesía, es decir, el capital, desarrollase también el proletariado, esa clase obrera moderna que sólo puede vivir encontrando trabajo y que sólo encuentra trabajo en la medida en que éste alimenta a incremento el capital.  El obrero, obligado a venderse a trozos, es una mercancía como otra cualquiera, sujeta, por tanto, a todos los cambios y modalidades de la concurrencia, a todas las fluctuaciones del mercado.

La extensión de la maquinaria y la división del trabajo quitan a éste, en el régimen proletario actual, todo carácter autónomo, toda libre iniciativa y todo encanto para el obrero. El trabajador se convierte en un simple resorte de la máquina, del que sólo se exige una operación mecánica, monótona, de fácil aprendizaje. Por eso, los gastos que supone un obrero se reducen, sobre poco más o menos, al mínimo de lo que necesita para vivir y para perpetuar su raza.  Y ya se sabe que el precio de una mercancía, y como una de tantas el trabajo , equivale a su coste de producción.  Cuanto más repelente es el trabajo, tanto más disminuye el salario pagado al obrero. Más aún: cuanto más aumentan la maquinaria y la división del trabajo, tanto más aumenta también éste, bien porque se alargue la jornada, bien porque se intensifique el rendimiento exigido, se acelere la marcha de las máquinas, etc.

La industria moderna ha convertido el pequeño taller del maestro patriarcal en la gran fábrica del magnate capitalista.  Las masas obreras concentradas en la fábrica son sometidas a una organización y disciplina militares.  Los obreros, soldados rasos de la industria, trabajan bajo el mando de toda una jerarquía de sargentos, oficiales y jefes.  No son sólo siervos de la burguesía y del Estado burgués, sino que están todos los días y a todas horas bajo el yugo esclavizador de la máquina, del contramaestre, y sobre todo, del industrial burgués dueño de la fábrica. Y este despotismo es tanto más mezquino, más execrable, más indignante, cuanta mayor es la franqueza con que proclama que no tiene otro fin que el lucro.

Cuanto menores son la habilidad y la fuerza que reclama el trabajo manual, es decir, cuanto mayor es el desarrollo adquirido por la moderna industria, también es mayor la proporción en que el trabajo de la mujer y el niño desplaza al del hombre.  Socialmente, ya no rigen para la clase obrera esas diferencias de edad y de sexo.  Son todos, hombres, mujeres y niños, meros instrumentos de trabajo, entre los cuales no hay más diferencia que la del coste.

Y cuando ya la explotación del obrero por el fabricante ha dado su fruto y aquél recibe el salario, caen sobre él los otros representantes de la burguesía: el casero, el tendero, el prestamista, etc.

Toda una serie de elementos modestos que venían perteneciendo a la clase media, pequeños industriales, comerciantes y rentistas, artesanos y labriegos, son absorbidos por el proletariado; unos, porque su pequeño caudal no basta para alimentar las exigencias de la gran industria y sucumben arrollados por la competencia de los capitales más fuertes, y otros porque sus aptitudes quedan sepultadas bajo los nuevos progresos de la producción.  Todas las clases sociales contribuyen, pues, a nutrir las filas del proletariado.

El proletariado recorre diversas etapas antes de fortificarse y consolidarse.  Pero su lucha contra la burguesía data del instante mismo de su existencia.

Al principio son obreros aislados; luego, los de una fábrica; luego, los de todas una rama de trabajo, los que se enfrentan, en una localidad, con el burgués que personalmente los explota.  Sus ataques no van sólo contra el régimen burgués de producción, van también contra los propios instrumentos de la producción; los obreros, sublevados, destruyen las mercancías ajenas que les hacen la competencia, destrozan las máquinas, pegan fuego a las fábricas, pugnan por volver a la situación, ya enterrada, del obrero medieval.

En esta primera etapa, los obreros forman una masa diseminada por todo el país y desunida por la concurrencia. Las concentraciones de masas de obreros no son todavía fruto de su propia unión, sino fruto de la unión de la burguesía, que para alcanzar sus fines políticos propios tiene que poner en movimiento -cosa que todavía logra- a todo el proletariado. En esta etapa, los proletarios no combaten contra sus enemigos, sino contra los enemigos de sus enemigos, contra los vestigios de la monarquía absoluta, los grandes señores de la tierra, los burgueses no industriales, los pequeños burgueses. La marcha de la historia está toda concentrada en manos de la burguesía, y cada triunfo así alcanzado es un triunfo de la clase burguesa.

Sin embargo, el desarrollo de la industria no sólo nutre las filas del proletariado, sino que las aprieta y concentra; sus fuerzas crecen, y crece también la conciencia de ellas.  Y al paso que la maquinaria va borrando las diferencias y categorías en el trabajo y reduciendo los salarios casi en todas partes a un nivel bajísimo y uniforme, van nivelándose también los intereses y las condiciones de vida dentro del proletariado.  La competencia, cada vez más aguda, desatada entre la burguesía, y las crisis comerciales que desencadena, hacen cada vez más inseguro el salario del obrero; los progresos incesantes y cada día más veloces del maquinismo aumentan gradualmente la inseguridad de su existencia; las colisiones entre obreros y burgueses aislados van tomando el carácter, cada vez más señalado, de colisiones entre dos clases.  Los obreros empiezan a coaligarse contra los burgueses, se asocian y unen para la defensa de sus salarios. Crean organizaciones permanentes para pertrecharse en previsión de posibles batallas. De vez en cuando estallan revueltas y sublevaciones.

Los obreros arrancan algún triunfo que otro, pero transitorio siempre. El verdadero objetivo de estas luchas no es conseguir un resultado inmediato, sino ir extendiendo y consolidando la unión obrera.  Coadyuvan a ello los medios cada vez más fáciles de comunicación, creados por la gran industria y que sirven para poner en contacto a los obreros de las diversas regiones y localidades.  Gracias a este contacto, las múltiples acciones locales, que en todas partes presentan idéntico carácter, se convierten en un movimiento nacional, en una lucha de clases.  Y toda lucha de clases es una acción política.  Las ciudades de la Edad Media, con sus caminos vecinales, necesitaron siglos enteros para unirse con las demás; el proletariado moderno, gracias a los ferrocarriles, ha creado su unión en unos cuantos años.

Esta organización de los proletarios como clase, que tanto vale decir como partido político, se ve minada a cada momento por la concurrencia desatada entre los propios obreros.  Pero avanza y triunfa siempre, a pesar de todo, cada vez más fuerte, más firme, más pujante.  Y aprovechándose de las discordias que surgen en el seno de la burguesía, impone la sanción legal de sus intereses propios.  Así nace en Inglaterra la ley de la jornada de diez horas.

Las colisiones producidas entre las fuerzas de la antigua sociedad imprimen nuevos impulsos al proletariado. La burguesía lucha incesantemente: primero, contra la aristocracia; luego, contra aquellos sectores de la propia burguesía cuyos intereses chocan con los progresos de la industria, y siempre contra la burguesía de los demás países. Para librar estos combates no tiene más remedio que apelar al proletariado, reclamar su auxilio, arrastrándolo así a la palestra política. Y de este modo, le suministra elementos de fuerza, es decir, armas contra sí misma.

Además, como hemos visto, los progresos de la industria traen a las filas proletarias a toda una serie de elementos de la clase gobernante, o a lo menos los colocan en las mismas condiciones de vida. Y estos elementos suministran al proletariado nuevas fuerzas.

Finalmente, en aquellos períodos en que la lucha de clases está a punto de decidirse, es tan violento y tan claro el proceso de desintegración de la clase gobernante latente en el seno de la sociedad antigua, que una pequeña parte de esa clase se desprende de ella y abraza la causa revolucionaria, pasándose a la clase que tiene en sus manos el porvenir.  Y así como antes una parte de la nobleza se pasaba a la burguesía, ahora una parte de la burguesía se pasa al campo del proletariado; en este tránsito rompen la marcha los intelectuales burgueses, que, analizando teóricamente el curso de la historia, han logrado ver claro en sus derroteros.

De todas las clases que hoy se enfrentan con la burguesía no hay más que una verdaderamente revolucionaria: el proletariado.  Las demás perecen y desaparecen con la gran industria; el proletariado, en cambio, es su producto genuino y peculiar.

Los elementos de las clases medias, el pequeño industrial, el pequeño comerciante, el artesano, el labriego, todos luchan contra la burguesía para salvar de la ruina su existencia como tales clases. No son, pues, revolucionarios, sino conservadores.  Más todavía, reaccionarios, pues pretenden volver atrás la rueda de la historia.  Todo lo que tienen de revolucionario es lo que mira a su tránsito inminente al proletariado; con esa actitud no defienden sus intereses actuales, sino los futuros; se despojan de su posición propia para abrazar la del proletariado.

El proletariado andrajoso , esa putrefacción pasiva de las capas más bajas de la vieja sociedad, se verá arrastrado en parte al movimiento por una revolución proletaria, si bien las condiciones todas de su vida lo hacen más propicio a dejarse comprar como instrumento de manejos reaccionarios.

Las condiciones de vida de la vieja sociedad aparecen ya destruidas en las condiciones de vida del proletariado.  El proletario carece de bienes.  Sus relaciones con la mujer y con los hijos no tienen ya nada de común con las relaciones familiares burguesas; la producción industrial moderna, el moderno yugo del capital, que es el mismo en Inglaterra que en Francia, en Alemania que en Norteamérica, borra en él todo carácter nacional.  Las leyes, la moral, la religión, son para él otros tantos prejuicios burgueses tras los que anidan otros tantos intereses de la burguesía.  Todas las clases que le precedieron y conquistaron el Poder procuraron consolidar las posiciones adquiridas sometiendo a la sociedad entera a su régimen de adquisición.  Los proletarios sólo pueden conquistar para sí las fuerzas sociales de la producción aboliendo el régimen adquisitivo a que se hallan sujetos, y con él todo el régimen de apropiación de la sociedad.  Los proletarios no tienen nada propio que asegurar, sino destruir todos los aseguramientos y seguridades privadas de los demás.

Hasta ahora, todos los movimientos sociales habían sido movimientos desatados por una minoría o en interés de una minoría.  El movimiento proletario es el movimiento autónomo de una inmensa mayoría en interés de una mayoría inmensa.  El proletariado, la capa más baja y oprimida de la sociedad actual, no puede levantarse, incorporarse, sin hacer saltar, hecho añicos desde los cimientos hasta el remate, todo ese edificio que forma la sociedad oficial.

Por su forma, aunque no por su contenido, la campaña del proletariado contra la burguesía empieza siendo nacional.  Es lógico que el proletariado de cada país ajuste ante todo las cuentas con su propia burguesía.

Al esbozar, en líneas muy generales, las diferentes fases de desarrollo del proletariado, hemos seguido las incidencias de la guerra civil más o menos embozada que se plantea en el seno de la sociedad vigente hasta el momento en que esta guerra civil desencadena una revolución abierta y franca, y el proletariado, derrocando por la violencia a la burguesía, echa las bases de su poder.

Hasta hoy, toda sociedad descansó, como hemos visto, en el antagonismo entre las clases oprimidas y las opresoras.  Mas para poder oprimir a una clase es menester asegurarle, por lo menos, las condiciones indispensables de vida, pues de otro modo se extinguiría, y con ella su esclavizamiento. El siervo de la gleba se vio exaltado a miembro del municipio sin salir de la servidumbre, como el villano convertido en burgués bajo el yugo del absolutismo feudal.  La situación del obrero moderno es muy distinta, pues lejos de mejorar conforme progresa la industria, decae y empeora por debajo del nivel de su propia clase. El obrero se depaupera, y el pauperismo se desarrolla en proporciones mucho mayores que la población y la riqueza.  He ahí una prueba palmaria de la incapacidad de la burguesía para seguir gobernando la sociedad e imponiendo a ésta por norma las condiciones de su vida como clase.  Es incapaz de gobernar, porque es incapaz de garantizar a sus esclavos la existencia ni aun dentro de su esclavitud, porque se ve forzada a dejarlos llegar hasta una situación de desamparo en que no tiene más remedio que mantenerles, cuando son ellos quienes debieran mantenerla a ella.  La sociedad no puede seguir viviendo bajo el imperio de esa clase; la vida de la burguesía se ha hecho incompatible con la sociedad.

La existencia y el predominio de la clase burguesa tienen por condición esencial la concentración de la riqueza en manos de unos cuantos individuos, la formación e incremento constante del capital; y éste, a su vez, no puede existir sin el trabajo asalariado.  El trabajo asalariado Presupone, inevitablemente, la concurrencia de los obreros entre sí.  Los progresos de la industria, que tienen por cauce automático y espontáneo a la burguesía, imponen, en vez del aislamiento de los obreros por la concurrencia, su unión revolucionaria por la organización.  Y así, al desarrollarse la gran industria, la burguesía ve tambalearse bajo sus pies las bases sobre que produce y se apropia lo producido. Y a la par que avanza, se cava su fosa y cría a sus propios enterradores.  Su muerte y el triunfo del proletariado sin igualmente inevitables.
 

 

II
PROLETARIOS Y COMUNISTAS


 

¿Qué relación guardan los comunistas con los proletarios en general?

Los comunistas no forman un partido aparte de los demás partidos obreros.

No tienen intereses propios que se distingan de los intereses generales del proletariado. No profesan principios especiales con los que aspiren a modelar el movimiento proletario.

Los comunistas no se distinguen de los demás partidos proletarios más que en esto: en que destacan y reivindican siempre, en todas y cada una de las acciones nacionales proletarias, los intereses comunes y peculiares de todo el proletariado, independientes de su nacionalidad, y en que, cualquiera que sea la etapa histórica en que se mueva la lucha entre el proletariado y la burguesía, mantienen siempre el interés del movimiento enfocado en su conjunto.

Los comunistas son, pues, prácticamente, la parte más decidida, el acicate siempre en tensión de todos los partidos obreros del mundo; teóricamente, llevan de ventaja a las grandes masas del proletariado su clara visión de las condiciones, los derroteros y los resultados generales a que ha de abocar el movimiento proletario.

El objetivo inmediato de los comunistas es idéntico al que persiguen los demás partidos proletarios en general: formar la conciencia de clase del proletariado, derrocar el régimen de la burguesía, llevar al proletariado a la conquista del Poder.

Las proposiciones teóricas de los comunistas no descansan ni mucho menos en las ideas, en los principios forjados o descubiertos por ningún redentor de la humanidad.  Son todas expresión generalizada de las condiciones materiales de una lucha de clases real y vívida, de un movimiento histórico que se está desarrollando a la vista de todos. La abolición del régimen vigente de la propiedad no es tampoco ninguna característica peculiar del comunismo.

Las condiciones que forman el régimen de la propiedad han estado sujetas siempre a cambios históricos, a alteraciones históricas constantes.

Así, por ejemplo, la Revolución francesa abolió la propiedad feudal para instaurar sobre sus ruinas la propiedad burguesa.

Lo que caracteriza al comunismo no es la abolición de la propiedad en general, sino la abolición del régimen de propiedad de la burguesía, de esta moderna institución de la propiedad privada burguesa, expresión última y la más acabada de ese régimen de producción y apropiación de lo producido que reposa sobre el antagonismo de dos clases, sobre la explotación de unos hombres por otros.

Así entendida, sí pueden los comunistas resumir su teoría en esa fórmula: abolición de la propiedad privada.

Se nos reprocha que queremos destruir la propiedad personal bien adquirida, fruto del trabajo y del esfuerzo humano, esa propiedad que es para el hombre la base de toda libertad, el acicate de todas las actividades y la garantía de toda independencia.

¡La propiedad bien adquirida, fruto del trabajo y del esfuerzo humano! ¿Os referís acaso a la propiedad del humilde artesano, del pequeño labriego, precedente histórico de la propiedad burguesa?  No, ésa no necesitamos destruirla; el desarrollo de la industria lo ha hecho ya y lo está haciendo a todas horas.

¿O queréis referimos a la moderna propiedad privada de la burguesía?

Decidnos: ¿es que el trabajo asalariado, el trabajo de proletario, le rinde propiedad?  No, ni mucho menos.  Lo que rinde es capital, esa forma de propiedad que se nutre de la explotación del trabajo asalariado, que sólo puede crecer y multiplicarse a condición de engendrar nuevo trabajo asalariado para hacerlo también objeto de su explotación.  La propiedad, en la forma que hoy presenta, no admite salida a este antagonismo del capital y el trabajo asalariado. Detengámonos un momento a contemplar los dos términos de la antítesis.

Ser capitalista es ocupar un puesto, no simplemente personal, sino social, en el proceso de la producción.  El capital es un producto colectivo y no puede ponerse en marcha más que por la cooperación de muchos individuos, y aún cabría decir que, en rigor, esta cooperación abarca la actividad común de todos los individuos de la sociedad.  El capital no es, pues, un patrimonio personal, sino una potencia social.

Los que, por tanto, aspiramos a convertir el capital en propiedad colectiva, común a todos los miembros de la sociedad, no aspiramos a convertir en colectiva una riqueza personal. A lo único que aspiramos es a transformar el carácter colectivo de la propiedad, a despojarla de su carácter de clase.

Hablemos ahora del trabajo asalariado.

El precio medio del trabajo asalariado es el mínimo del salario, es decir, la suma de víveres necesaria para sostener al obrero como tal obrero.  Todo lo que el obrero asalariado adquiere con su trabajo es, pues, lo que estrictamente necesita para seguir viviendo y trabajando.  Nosotros no aspiramos en modo alguno a destruir este régimen de apropiación personal de los productos de un trabajo encaminado a crear medios de vida: régimen de apropiación que no deja, como vemos, el menor margen de rendimiento líquido y, con él, la posibilidad de ejercer influencia sobre los demás hombres.  A lo que aspiramos es a destruir el carácter oprobioso de este régimen de apropiación en que el obrero sólo vive para multiplicar el capital, en que vive tan sólo en la medida en que el interés de la clase dominante aconseja que viva.

En la sociedad burguesa, el trabajo vivo del hombre no es más que un medio de incrementar el trabajo acumulado.  En la sociedad comunista, el trabajo acumulado será, por el contrario, un simple medio para dilatar, fomentar y enriquecer la vida del obrero.

En la sociedad burguesa es, pues, el pasado el que impera sobre el presente; en la comunista, imperará el presente sobre el pasado.  En la sociedad burguesa se reserva al capital toda personalidad e iniciativa; el individuo trabajador carece de iniciativa y personalidad.

¡Y a la abolición de estas condiciones, llama la burguesía abolición de la personalidad y la libertad!  Y, sin embargo, tiene razón.  Aspiramos, en efecto, a ver abolidas la personalidad, la independencia y la libertad burguesa.

Por libertad se entiende, dentro del régimen burgués de la producción, el librecambio, la libertad de comprar y vender.

Desaparecido el tráfico, desaparecerá también, forzosamente el libre tráfico. La apología del libre tráfico, como en general todos los ditirambos a la libertad que entona nuestra burguesía, sólo tienen sentido y razón de ser en cuanto significan la emancipación de las trabas y la servidumbre de la Edad Media, pero palidecen ante la abolición comunista del tráfico, de las condiciones burguesas de producción y de la propia burguesía.

Os aterráis de que queramos abolir la propiedad privada, ¡cómo si ya en el seno de vuestra sociedad actual, la propiedad privada no estuviese abolida para nueve décimas partes de la población, como si no existiese precisamente a costa de no existir para esas nueve décimas partes! ¿Qué es, pues, lo que en rigor nos reprocháis?  Querer destruir un régimen de propiedad que tiene por necesaria condición el despojo de la inmensa mayoría de la sociedad.

Nos reprocháis, para decirlo de una vez, querer abolir vuestra propiedad.  Pues sí, a eso es a lo que aspiramos.

Para vosotros, desde el momento en que el trabajo no pueda convertirse ya en capital, en dinero, en renta, en un poder social monopolizable; desde el momento en que la propiedad personal no pueda ya trocarse en propiedad burguesa, la persona no existe.

Con eso confesáis que para vosotros no hay más persona que el burgués, el capitalista. Pues bien, la personalidad así concebida es la que nosotros aspiramos a destruir.

El comunismo no priva a nadie del poder de apropiarse productos sociales; lo único que no admite es el poder de usurpar por medio de esta apropiación el trabajo ajeno.

Se arguye que, abolida la propiedad privada, cesará toda actividad y reinará la indolencia universal.

Si esto fuese verdad, ya hace mucho tiempo que se habría estrellado contra el escollo de la holganza una sociedad como la burguesa, en que los que trabajan no adquieren y los que adquieren, no trabajan.  Vuestra objeción viene a reducirse, en fin de cuentas, a una verdad que no necesita de demostración, y es que, al desaparecer el capital, desaparecerá también el trabajo asalariado.

Las objeciones formuladas contra el régimen comunista de apropiación y producción material, se hacen extensivas a la producción y apropiación de los productos espirituales.  Y así como el destruir la propiedad de clases equivale, para el burgués, a destruir la producción, el destruir la cultura de clase es para él sinónimo de destruir la cultura en general.

Esa cultura cuya pérdida tanto deplora, es la que convierte en una máquina a la inmensa mayoría de la sociedad.

Al discutir con nosotros y criticar la abolición de la propiedad burguesa partiendo de vuestras ideas burguesas de libertad, cultura, derecho, etc., no os dais cuenta de que esas mismas ideas son otros tantos productos del régimen burgués de propiedad y de producción, del mismo modo que vuestro derecho no es más que la voluntad de vuestra clase elevada a ley: una voluntad que tiene su contenido y encarnación en las condiciones materiales de vida de vuestra clase.

Compartís con todas las clases dominantes que han existido y perecieron la idea interesada de que vuestro régimen de producción y de propiedad, obra de condiciones históricas que desaparecen en el transcurso de la producción, descansa sobre leyes naturales eternas y sobre los dictados de la razón.  Os explicáis que haya perecido la propiedad antigua, os explicáis que pereciera la propiedad feudal; lo que no os podéis explicar es que perezca la propiedad burguesa, vuestra propiedad.

¡Abolición de la familia!  Al hablar de estas intenciones satánicas de los comunistas, hasta los más radicales gritan escándalo.

Pero veamos: ¿en qué se funda la familia actual, la familia burguesa?  En el capital, en el lucro privado.  Sólo la burguesía tiene una familia, en el pleno sentido de la palabra; y esta familia encuentra su complemento en la carencia forzosa de relaciones familiares de los proletarios y en la pública prostitución.

Es natural que ese tipo de familia burguesa desaparezca al desaparecer su complemento, y que una y otra dejen de existir al dejar de existir el capital, que le sirve de base.

¿Nos reprocháis acaso que aspiremos a abolir la explotación de los hijos por sus padres?  Sí, es cierto, a eso aspiramos.

Pero es, decís, que pretendemos destruir la intimidad de la familia, suplantando la educación doméstica por la social.

¿Acaso vuestra propia educación no está también influida por la sociedad, por las condiciones sociales en que se desarrolla, por la intromisión más o menos directa en ella de la sociedad a través de la escuela, etc.? No son precisamente los comunistas los que inventan esa intromisión de la sociedad en la educación; lo que ellos hacen es modificar el carácter que hoy tiene y sustraer la educación a la influencia de la clase dominante.

Esos tópicos burgueses de la familia y la educación, de la intimidad de las relaciones entre padres e hijos, son tanto más grotescos y descarados cuanto más la gran industria va desgarrando los lazos familiares de los proletarios y convirtiendo a los hijos en simples mercancías y meros instrumentos de trabajo.

¡Pero es que vosotros, los comunistas, nos grita a coro la burguesía entera, pretendéis colectivizar a las mujeres!

El burgués, que no ve en su mujer más que un simple instrumento de producción, al oírnos proclamar la necesidad de que los instrumentos de producción sean explotados colectivamente, no puede por menos de pensar que el régimen colectivo se hará extensivo igualmente a la mujer.

No advierte que de lo que se trata es precisamente de acabar con la situación de la mujer como mero instrumento de producción.

Nada más ridículo, por otra parte, que esos alardes de indignación, henchida de alta moral de nuestros burgueses, al hablar de la tan cacareada colectivización de las mujeres por el comunismo.  No; los comunistas no tienen que molestarse en implantar lo que ha existido siempre o casi siempre en la sociedad.

Nuestros burgueses, no bastándoles, por lo visto, con tener a su disposición a las mujeres y a los hijos de sus proletarios -¡y no hablemos de la prostitución oficial!-, sienten una grandísima fruición en seducirse unos a otros sus mujeres.

En realidad, el matrimonio burgués es ya la comunidad de las esposas.  A lo sumo, podría reprocharse a los comunistas el pretender sustituir este hipócrita y recatado régimen colectivo de hoy por una colectivización oficial, franca y abierta, de la mujer.  Por lo demás, fácil es comprender que, al abolirse el régimen actual de producción, desaparecerá con él el sistema de comunidad de la mujer que engendra, y que se refugia en la prostitución, en la oficial y en la encubierta.

A los comunistas se nos reprocha también que queramos abolir la patria, la nacionalidad.

Los trabajadores no tienen patria.  Mal se les puede quitar lo que no tienen.  No obstante, siendo la mira inmediata del proletariado la conquista del Poder político, su exaltación a clase nacional, a nación, es evidente que también en él reside un sentido nacional, aunque ese sentido no coincida ni mucho menos con el de la burguesía.

Ya el propio desarrollo de la burguesía, el librecambio, el mercado mundial, la uniformidad reinante en la producción industrial, con las condiciones de vida que engendra, se encargan de borrar más y más las diferencias y antagonismos nacionales.

El triunfo del proletariado acabará de hacerlos desaparecer.  La acción conjunta de los proletarios, a lo menos en las naciones civilizadas, es una de las condiciones primordiales de su emancipación.  En la medida y a la par que vaya desapareciendo la explotación de unos individuos por otros, desaparecerá también la explotación de unas naciones por otras.

Con el antagonismo de las clases en el seno de cada nación, se borrará la hostilidad de las naciones entre sí.

No queremos entrar a analizar las acusaciones que se hacen contra el comunismo desde el punto de vista religioso-filosófico e ideológico en general.

No hace falta ser un lince para ver que, al cambiar las condiciones de vida, las relaciones sociales, la existencia social del hombre, cambian también sus ideas, sus opiniones y sus conceptos, su conciencia, en una palabra.

La historia de las ideas es una prueba palmaria de cómo cambia y se transforma la producción espiritual con la material.  Las ideas imperantes en una época han sido siempre las ideas propias de la clase imperante .

Se habla de ideas que revolucionan a toda una sociedad; con ello, no se hace más que dar expresión a un hecho, y es que en el seno de la sociedad antigua han germinado ya los elementos para la nueva, y a la par que se esfuman o derrumban las antiguas condiciones de vida, se derrumban y esfuman las ideas antiguas.

Cuando el mundo antiguo estaba a punto de desaparecer, las religiones antiguas fueron vencidas y suplantadas por el cristianismo.  En el siglo XVIII, cuando las ideas cristianas sucumbían ante el racionalismo, la sociedad feudal pugnaba desesperadamente, haciendo un último esfuerzo, con la burguesía, entonces revolucionaria.  Las ideas de libertad de conciencia y de libertad religiosa no hicieron más que proclamar el triunfo de la libre concurrencia en el mundo ideológico.

Se nos dirá que las ideas religiosas, morales, filosóficas, políticas, jurídicas, etc., aunque sufran alteraciones a lo largo de la historia, llevan siempre un fondo de perennidad, y que por debajo de esos cambios siempre ha habido una religión, una moral, una filosofía, una política, un derecho.

Además, se seguirá arguyendo, existen verdades eternas, como la libertad, la justicia, etc., comunes a todas las sociedades y a todas las etapas de progreso de la sociedad. Pues bien, el comunismo -continúa el argumento- viene a destruir estas verdades eternas, la moral, la religión, y no a sustituirlas por otras nuevas; viene a interrumpir violentamente todo el desarrollo histórico anterior.

Veamos a qué queda reducida esta acusación.

Hasta hoy, toda la historia de la sociedad ha sido una constante sucesión de antagonismos de clases, que revisten diversas modalidades, según las épocas.

Mas, cualquiera que sea la forma que en cada caso adopte, la explotación de una parte de la sociedad por la otra es un hecho común a todas las épocas del pasado.  Nada tiene, pues, de extraño que la conciencia social de todas las épocas se atenga, a despecho de toda la variedad y de todas las divergencias, a ciertas formas comunes, formas de conciencia hasta que el antagonismo de clases que las informa no desaparezca radicalmente.

La revolución comunista viene a romper de la manera más radical con el régimen tradicional de la propiedad; nada tiene, pues, de extraño que se vea obligada a romper, en su desarrollo, de la manera también más radical, con las ideas tradicionales.

Pero no queremos detenernos por más tiempo en los reproches de la burguesía contra el comunismo.

Ya dejamos dicho que el primer paso de la revolución obrera será la exaltación del proletariado al Poder, la conquista de la democracia .

El proletariado se valdrá del Poder para ir despojando paulatinamente a la burguesía de todo el capital, de todos los instrumentos de la producción, centralizándolos en manos del Estado, es decir, del proletariado organizado como clase gobernante, y procurando fomentar por todos los medios y con la mayor rapidez posible las energías productivas.

Claro está que, al principio, esto sólo podrá llevarse a cabo mediante una acción despótica sobre la propiedad y el régimen burgués de producción, por medio de medidas que, aunque de momento parezcan económicamente insuficientes e insostenibles, en el transcurso del movimiento serán un gran resorte propulsor y de las que no puede prescindiese como medio para transformar todo el régimen de producción vigente.

Estas medidas no podrán ser las mismas, naturalmente, en todos los países.

Para los más progresivos mencionaremos unas cuantas, susceptibles, sin duda, de ser aplicadas con carácter más o menos general, según los casos .

1.a Expropiación de la propiedad inmueble y aplicación de la renta del suelo a los gastos públicos.

2.a Fuerte impuesto progresivo.

3.a Abolición del derecho de herencia.

4.a Confiscación de la fortuna de los emigrados y rebeldes.

5.a Centralización del crédito en el Estado por medio de un Banco nacional con capital del Estado y régimen de monopolio.

6.a Nacionalización de los transportes.

7.a Multiplicación de las fábricas nacionales y de los medios de producción, roturación y mejora de terrenos con arreglo a un plan colectivo.

8.a Proclamación del deber general de trabajar; creación de ejércitos industriales, principalmente en el campo.

9.a Articulación de las explotaciones agrícolas e industriales; tendencia a ir borrando gradualmente las diferencias entre el campo y la ciudad.

10.a Educación pública y gratuita de todos los niños. Prohibición del trabajo infantil en las fábricas bajo su forma actual.  Régimen combinado de la educación con la producción material, etc.

Tan pronto como, en el transcurso del tiempo, hayan desaparecido las diferencias de clase y toda la producción esté concentrada en manos de la sociedad, el Estado perderá todo carácter político. El Poder político no es, en rigor, más que el poder organizado de una clase para la opresión de la otra. El proletariado se ve forzado a organizarse como clase para luchar contra la burguesía; la revolución le lleva al Poder; mas tan pronto como desde él, como clase gobernante, derribe por la fuerza el régimen vigente de producción, con éste hará desaparecer las condiciones que determinan el antagonismo de clases, las clases mismas, y, por tanto, su propia soberanía como tal clase.

Y a la vieja sociedad burguesa, con sus clases y sus antagonismos de clase, sustituirá una asociación en que el libre desarrollo de cada uno condicione el libre desarrollo de todos.

 

III
LITERATURA SOCIALISTA Y COMUNISTA

 

1. El socialismo reaccionario  

a) El socialismo feudal

La aristocracia francesa e inglesa, que no se resignaba a abandonar su puesto histórico, se dedicó, cuando ya no pudo hacer otra cosa, a escribir libelos contra la moderna sociedad burguesa.  En la revolución francesa de julio de 1830, en el movimiento reformista inglés, volvió a sucumbir, arrollada por el odiado intruso.  Y no pudiendo dar ya ninguna batalla política seria, no le quedaba más arma que la pluma.  Mas también en la palestra literaria habían cambiado los tiempos; ya no era posible seguir empleando el lenguaje de la época de la Restauración.  Para ganarse simpatías, la aristocracia hubo de olvidar aparentemente sus intereses y acusar a la burguesía, sin tener presente más interés que el de la clase obrera explotada.  De este modo, se daba el gusto de provocar a su adversario y vencedor con amenazas y de musitarle al oído profecías más o menos catastróficas.

Nació así, el socialismo feudal, una mezcla de lamento, eco del pasado y rumor sordo del porvenir; un socialismo que de vez en cuando asestaba a la burguesía un golpe en medio del corazón con sus juicios sardónicos y acerados, pero que casi siempre movía a risa por su total incapacidad para comprender la marcha de la historia moderna.

Con el fin de atraer hacia sí al pueblo, tremolaba el saco del mendigo proletario por bandera.  Pero cuantas veces lo seguía, el pueblo veía brillar en las espaldas de los caudillos las viejas armas feudales y se dispersaba con una risotada nada contenida y bastante irrespetuosa.

Una parte de los legitimistas franceses y la joven Inglaterra, fueron los más perfectos organizadores de este espectáculo.

Esos señores feudales, que tanto insisten en demostrar que sus modos de explotación no se parecían en nada a los de la burguesía, se olvidan de una cosa, y es de que las circunstancias y condiciones en que ellos llevaban a cabo su explotación han desaparecido. Y, al enorgullecerse de que bajo su régimen no existía el moderno proletariado, no advierten que esta burguesía moderna que tanto abominan, es un producto históricamente necesario de su orden social.

Por lo demás, no se molestan gran cosa en encubrir el sello reaccionario de sus doctrinas, y así se explica que su más rabiosa acusación contra la burguesía sea precisamente el crear y fomentar bajo su régimen una clase que está llamada a derruir todo el orden social heredado.

Lo que más reprochan a la burguesía no es el engendrar un proletariado, sino el engendrar un proletariado revolucionario.

Por eso, en la práctica están siempre dispuestos a tomar parte en todas las violencias y represiones contra la clase obrera, y en la prosaica realidad se resignan, pese a todas las retóricas ampulosas, a recolectar también los huevos de oro y a trocar la nobleza, el amor y el honor caballerescos por el vil tráfico en lana, remolacha y aguardiente.

Como los curas van siempre del brazo de los señores feudales, no es extraño que con este socialismo feudal venga a confluir el socialismo clerical.

Nada más fácil que dar al ascetismo cristiano un barniz socialista. ¿No combatió también el cristianismo contra la propiedad privada, contra el matrimonio, contra el Estado? ¿No predicó frente a las instituciones la caridad y la limosna, el celibato y el castigo de la carne, la vida monástica y la Iglesia?  El socialismo cristiano es el hisopazo con que el clérigo bendice el despecho del aristócrata.

b) El socialismo pequeñoburgués

La aristocracia feudal no es la única clase derrocada por la burguesía, la única clase cuyas condiciones de vida ha venido a oprimir y matar la sociedad burguesa moderna.  Los villanos medievales y los pequeños labriegos fueron los precursores de la moderna burguesía.  Y en los países en que la industria y el comercio no han alcanzado un nivel suficiente de desarrollo, esta clase sigue vegetando al lado de la burguesía ascensional.

En aquellos otros países en que la civilización moderna alcanza un cierto grado de progreso, ha venido a formarse una nueva clase pequeñoburguesa que flota entre la burguesía y el proletariado y que, si bien gira constantemente en torno a la sociedad burguesa como satélite suyo, no hace más que brindar nuevos elementos al proletariado, precipitados a éste por la concurrencia; al desarrollarse la gran industria llega un momento en que esta parte de la sociedad moderna pierde su substantividad y se ve suplantada en el comercio, en la manufactura, en la agricultura por los capataces y los domésticos.

En países como Francia, en que la clase labradora representa mucho más de la mitad de la población, era natural que ciertos escritores, al abrazar la causa del proletariado contra la burguesía, tomasen por norma, para criticar el régimen burgués, los intereses de los pequeños burgueses y los campesinos, simpatizando por la causa obrera con el ideario de la pequeña burguesía.  Así nació el socialismo pequeñoburgués. Su representante más caracterizado, lo mismo en Francia que en Inglaterra, es Sismondi.

Este socialismo ha analizado con una gran agudeza las contradicciones del moderno régimen de producción. Ha desenmascarado las argucias hipócritas con que pretenden justificarlas los economistas. Ha puesto de relieve de modo irrefutable, los efectos aniquiladores del maquinismo y la división del trabajo, la concentración de los capitales y la propiedad inmueble, la superproducción, las crisis, la inevitable desaparición de los pequeños burgueses y labriegos, la miseria del proletariado, la anarquía reinante en la producción, las desigualdades irritantes que claman en la distribución de la riqueza, la aniquiladora guerra industrial de unas naciones contra otras, la disolución de las costumbres antiguas, de la familia tradicional, de las viejas nacionalidades.

Pero en lo que atañe ya a sus fórmulas positivas, este socialismo no tiene más aspiración que restaurar los antiguos medios de producción y de cambio, y con ellos el régimen tradicional de propiedad y la sociedad tradicional, cuando no pretende volver a encajar por la fuerza los modernos medios de producción y de cambio dentro del marco del régimen de propiedad que hicieron y forzosamente tenían que hacer saltar.  En uno y otro caso peca, a la par, de reaccionario y de utópico.

En la manufactura, la restauración de los viejos gremios, y en el campo, la implantación de un régimen patriarcal: he ahí sus dos magnas aspiraciones.

Hoy, esta corriente socialista ha venido a caer en una cobarde modorra.
 

c) El socialismo alemán o “verdadero” socialismo

La literatura socialista y comunista de Francia, nacida bajo la presión de una burguesía gobernante y expresión literaria de la lucha librada contra su avasallamiento, fue importada en Alemania en el mismo instante en que la burguesía empezaba a sacudir el yugo del absolutismo feudal.

Los filósofos, pseudofilósofos y grandes ingenios del país se asimilaron codiciosamente aquella literatura, pero olvidando que con las doctrinas no habían pasado la frontera también las condiciones sociales a que respondían.  Al enfrentarse con la situación alemana, la literatura socialista francesa perdió toda su importancia práctica directa, para asumir una fisonomía puramente literaria y convertirse en una ociosa especulación acerca del espíritu humano y de sus proyecciones sobre la realidad.  Y así, mientras que los postulados de la primera revolución francesa eran, para los filósofos alemanes del siglo XVIII, los postulados de la “razón práctica” en general, las aspiraciones de la burguesía francesa revolucionaria representaban a sus ojos las leyes de la voluntad pura, de la voluntad ideal, de una voluntad verdaderamente humana.

La única preocupación de los literatos alemanes era armonizar las nuevas ideas francesas con su vieja conciencia filosófica, o, por mejor decir, asimilarse desde su punto de vista filosófico aquellas ideas.

Esta asimilación se llevó a cabo por el mismo procedimiento con que se asimila uno una lengua extranjera: traduciéndola.

Todo el mundo sabe que los monjes medievales se dedicaban a recamar los manuscritos que atesoraban las obras clásicas del paganismo con todo género de insubstanciales historias de santos de la Iglesia católica. Los literatos alemanes procedieron con la literatura francesa profana de un modo inverso.  Lo que hicieron fue empalmar sus absurdos filosóficos a los originales franceses. Y así, donde el original desarrollaba la crítica del dinero, ellos pusieron: “expropiación del ser humano”; donde se criticaba el Estado burgués: “abolición del imperio de lo general abstracto”, y así por el estilo.

Esta interpelación de locuciones y galimatías filosóficos en las doctrinas francesas, fue bautizada con los nombres de “filosofía del hecho” , “verdadero socialismo”, “ciencia alemana del socialismo”, “fundamentación filosófica del socialismo”, y otros semejantes.

De este modo, la literatura socialista y comunista francesa perdía toda su virilidad.  Y como, en manos de los alemanes, no expresaba ya la lucha de una clase contra otra clase, el profesor germano se hacía la ilusión de haber superado el “parcialismo francés”; a falta de verdaderas necesidades pregonaba la de la verdad, y a falta de los intereses del proletariado mantenía los intereses del ser humano, del hombre en general, de ese hombre que no reconoce clases, que ha dejado de vivir en la realidad para transportarse al cielo vaporoso de la fantasía filosófica.

Sin embargo, este socialismo alemán, que tomaba tan en serio sus desmayados ejercicios escolares y que tanto y tan solemnemente trompeteaba, fue perdiendo poco a poco su pedantesca inocencia.

En la lucha de la burguesía alemana, y principalmente, de la prusiana, contra el régimen feudal y la monarquía absoluta, el movimiento liberal fue tomando un cariz más serio.

Esto deparaba al “verdadero” socialismo la ocasión apetecida para oponer al movimiento político las reivindicaciones socialistas, para fulminar los consabidos anatemas contra el liberalismo, contra el Estado representativo, contra la libre concurrencia burguesa, contra la libertad de Prensa, la libertad, la igualdad y el derecho burgueses, predicando ante la masa del pueblo que con este movimiento burgués no saldría ganando nada y sí perdiendo mucho.  El socialismo alemán se cuidaba de olvidar oportunamente que la crítica francesa, de la que no era más que un eco sin vida, presuponía la existencia de la sociedad burguesa moderna, con sus peculiares condiciones materiales de vida y su organización política adecuada, supuestos previos ambos en torno a los cuales giraba precisamente la lucha en Alemania.

Este “verdadero” socialismo les venía al dedillo a los gobiernos absolutos alemanes, con toda su cohorte de clérigos, maestros de escuela, hidalgüelos raídos y cagatintas, pues les servía de espantapájaros contra la amenazadora burguesía.  Era una especie de melifluo complemento a los feroces latigazos y a las balas de fusil con que esos gobiernos recibían los levantamientos obreros.

Pero el “verdadero” socialismo, además de ser, como vemos, un arma en manos de los gobiernos contra la burguesía alemana, encarnaba de una manera directa un interés reaccionario, el interés de la baja burguesía del país.  La pequeña burguesía, heredada del siglo XVI y que desde entonces no había cesado de aflorar bajo diversas formas y modalidades, constituye en Alemania la verdadera base social del orden vigente.

Conservar esta clase es conservar el orden social imperante. Del predominio industrial y político de la burguesía teme la ruina segura, tanto por la concentración de capitales que ello significa, como porque entraña la formación de un proletariado revolucionario. El “verdadero” socialismo venía a cortar de un tijeretazo -así se lo imaginaba ella- las dos alas de este peligro.  Por eso, se extendió por todo el país como una verdadera epidemia.

El ropaje ampuloso en que los socialistas alemanes envolvían el puñado de huesos de sus “verdades eternas”, un ropaje tejido con hebras especulativas, bordado con las flores retóricas de su ingenio, empapado de nieblas melancólicas y románticas, hacía todavía más gustosa la mercancía para ese público.

Por su parte, el socialismo alemán comprendía más claramente cada vez que su misión era la de ser el alto representante y abanderado de esa baja burguesía.

Proclamó a la nación alemana como nación modelo y al súbdito alemán como el tipo ejemplar de hombre. Dio a todos sus servilismos y vilezas un hondo y oculto sentido socialista, tornándolos en lo contrario de lo que en realidad eran. Y al alzarse curiosamente contra las tendencias “barbaras y destructivas” del comunismo, subrayando como contraste la imparcialidad sublime de sus propias doctrinas, ajenas a toda lucha de clases, no hacía más que sacar la última consecuencia lógica de su sistema.  Toda la pretendida literatura socialista y comunista que circula por Alemania, con poquísimas excepciones, profesa estas doctrinas repugnantes y castradas.

 

2. El socialismo burgués o conservador

Una parte de la burguesía desea mitigar las injusticias sociales, para de este modo garantizar la perduración de la sociedad burguesa.

Se encuentran en este bando los economistas, los filántropos, los humanitarios, los que aspiran a mejorar la situación de las clases obreras, los organizadores de actos de beneficencia, las sociedades protectoras de animales, los promotores de campañas contra el alcoholismo, los predicadores y reformadores sociales de toda laya.

Pero, además, de este socialismo burgués han salido verdaderos sistemas doctrinales.  Sirva de ejemplo la Filosofía de la miseria de Proudhon.

Los burgueses socialistas considerarían ideales las condiciones de vida de la sociedad moderna sin las luchas y los peligros que encierran.  Su ideal es la sociedad existente, depurada de los elementos que la corroen y revolucionan: la burguesía sin el proletariado.  Es natural que la burguesía se represente el mundo en que gobierna como el mejor de los mundos posibles.  El socialismo burgués eleva esta idea consoladora a sistema o semisistema. Y al invitar al proletariado a que lo realice, tomando posesión de la nueva Jerusalén, lo que en realidad exige de él es que se avenga para siempre al actual sistema de sociedad, pero desterrando la deplorable idea que de él se forma.

Una segunda modalidad, aunque menos sistemática bastante más práctica, de socialismo, pretende ahuyentar a la clase obrera de todo movimiento revolucionario haciéndole ver que lo que a ella le interesa no son tales o cuales cambios políticos, sino simplemente determinadas mejoras en las condiciones materiales, económicas, de su vida.  Claro está que este socialismo se cuida de no incluir entre los cambios que afectan a las “condiciones materiales de vida” la abolición del régimen burgués de producción, que sólo puede alcanzarse por la vía revolucionaria; sus aspiraciones se contraen a esas reformas administrativas que son conciliables con el actual régimen de producción y que, por tanto, no tocan para nada a las relaciones entre el capital y el trabajo asalariado, sirviendo sólo -en el mejor de los casos- para abaratar a la burguesía las costas de su reinado y sanearle el presupuesto.

Este socialismo burgués a que nos referimos, sólo encuentra expresión adecuada allí donde se convierte en mera figura retórica.

¡Pedimos el librecambio en interés de la clase obrera! ¡En interés de la clase obrera pedimos aranceles protectores! ¡Pedimos prisiones celulares en interés de la clase trabajadora!  Hemos dado, por fin, con la suprema y única seria aspiración del socialismo burgués.

Todo el socialismo de la burguesía se reduce, en efecto, a una tesis y es que los burgueses lo son y deben seguir siéndolo… en interés de la clase trabajadora.
 

3. El socialismo y el comunismo crítico-utópico

No queremos referirnos aquí a las doctrinas que en todas las grandes revoluciones modernas abrazan las aspiraciones del proletariado (obras de Babeuf, etc.).

Las primeras tentativas del proletariado para ahondar directamente en sus intereses de clase, en momentos de conmoción general, en el período de derrumbamiento de la sociedad feudal, tenían que tropezar necesariamente con la falta de desarrollo del propio proletariado, de una parte, y de otra con la ausencia de las condiciones materiales indispensables para su emancipación, que habían de ser el fruto de la época burguesa.  La literatura revolucionaria que guía estos primeros pasos vacilantes del proletariado es, y necesariamente tenía que serlo, juzgada por su contenido, reaccionaria.  Estas doctrinas profesan un ascetismo universal y un torpe y vago igualitarismo.

Los verdaderos sistemas socialistas y comunistas, los sistemas de Saint-Simon, de Fourier, de Owen, etc., brotan en la primera fase embrionaria de las luchas entre el proletariado y la burguesía, tal como más arriba la dejamos esbozada. (V. el capítulo “Burgueses y proletarios”).

Cierto es que los autores de estos sistemas penetran ya en el antagonismo de las clases y en la acción de los elementos disolventes que germinan en el seno de la propia sociedad gobernante.  Pero no aciertan todavía a ver en el proletariado una acción histórica independiente, un movimiento político propio y peculiar.

Y como el antagonismo de clase se desarrolla siempre a la par con la industria, se encuentran con que les faltan las condiciones materiales para la emancipación del proletariado, y es en vano que se debatan por crearlas mediante una ciencia social y a fuerza de leyes sociales.  Esos autores pretenden suplantar la acción social por su acción personal especulativa, las condiciones históricas que han de determinar la emancipación proletaria por condiciones fantásticas que ellos mismos se forjan, la gradual organización del proletariado como clase por una organización de la sociedad inventada a su antojo.  Para ellos, el curso universal de la historia que ha de venir se cifra en la propaganda y práctica ejecución de sus planes sociales.

Es cierto que en esos planes tienen la conciencia de defender primordialmente los intereses de la clase trabajadora, pero sólo porque la consideran la clase más sufrida.  Es la única función en que existe para ellos el proletariado.

La forma embrionaria que todavía presenta la lucha de clases y las condiciones en que se desarrolla la vida de estos autores hace que se consideren ajenos a esa lucha de clases y como situados en un plano muy superior.  Aspiran a mejorar las condiciones de vida de todos los individuos de la sociedad, incluso los mejor acomodados.  De aquí que no cesen de apelar a la sociedad entera sin distinción, cuando no se dirigen con preferencia a la propia clase gobernante. Abrigan la seguridad de que basta conocer su sistema para acatarlo como el plan más perfecto para la mejor de las sociedades posibles.

Por eso, rechazan todo lo que sea acción política, y muy principalmente la revolucionaria; quieren realizar sus aspiraciones por la vía pacífica e intentan abrir paso al nuevo evangelio social predicando con el ejemplo, por medio de pequeños experimentos que, naturalmente, les fallan siempre.

Estas descripciones fantásticas de la sociedad del mañana brotan en una época en que el proletariado no ha alcanzado aún la madurez, en que, por tanto, se forja todavía una serie de ideas fantásticas acerca de su destino y posición, dejándose llevar por los primeros impulsos, puramente intuitivos, de transformar radicalmente la sociedad.

Y, sin embargo, en estas obras socialistas y comunistas hay ya un principio de crítica, puesto que atacan las bases todas de la sociedad existente.  Por eso, han contribuido notablemente a ilustrar la conciencia de la clase trabajadora.  Mas, fuera de esto, sus doctrinas de carácter positivo acerca de la sociedad futura, las que predican, por ejemplo, que en ella se borrarán las diferencias entre la ciudad y el campo o las que proclaman la abolición de la familia, de la propiedad privada, del trabajo asalariado, el triunfo de la armonía social, la transformación del Estado en un simple organismo administrativo de la producción…. giran todas en torno a la desaparición de la lucha de clases, de esa lucha de clases que empieza a dibujarse y que ellos apenas si conocen en su primera e informe vaguedad.  Por eso, todas sus doctrinas y aspiraciones tienen un carácter puramente utópico.

La importancia de este socialismo y comunismo crítico-utópico está en razón inversa al desarrollo histórico de la sociedad.  Al paso que la lucha de clases se define y acentúa, va perdiendo importancia práctica y sentido teórico esa fantástica posición de superioridad respecto a ella, esa fe fantástica en su supresión.  Por eso, aunque algunos de los autores de estos sistemas socialistas fueran en muchos respectos verdaderos revolucionarios, sus discípulos forman hoy día sectas indiscutiblemente reaccionarias, que tremolan y mantienen impertérritas las viejas ideas de sus maestros frente a los nuevos derroteros históricos del proletariado.  Son, pues, consecuentes cuando pugnan por mitigar la lucha de clases y por conciliar lo inconciliable.  Y siguen soñando con la fundación de falansterios, con la colonización interior, con la creación de una pequeña Icaria, edición en miniatura de la nueva Jerusalén… . Y para levantar todos esos castillos en el aire, no tienen más remedio que apelar a la filantrópica generosidad de los corazones y los bolsillos burgueses.  Poco a poco van resbalando a la categoría de los socialistas reaccionarios o conservadores, de los cuales sólo se distinguen por su sistemática pedantería y por el fanatismo supersticioso con que comulgan en las milagrerías de su ciencia social.  He ahí por qué se enfrentan rabiosamente con todos los movimientos políticos a que se entrega el proletariado, lo bastante ciego para no creer en el nuevo evangelio que ellos le predican.

En Inglaterra, los owenistas se alzan contra los cartistas, y en Francia, los reformistas tienen enfrente a los discípulos de Fourier.

 

IV
ACTITUD DE LOS COMUNISTAS ANTE LOS
OTROS PARTIDOS DE LA OPOSICION

Después de lo que dejamos dicho en el capítulo II, fácil es comprender la relación que guardan los comunistas con los demás partidos obreros ya existentes, con los cartistas ingleses y con los reformadores agrarios de Norteamérica.

Los comunistas, aunque luchando siempre por alcanzar los objetivos inmediatos y defender los intereses cotidianos de la clase obrera, representan a la par, dentro del movimiento actual, su porvenir.  En Francia se alían al partido democrático-socialista  contra la burguesía conservadora y radical, mas sin renunciar por esto a su derecho de crítica frente a los tópicos y las ilusiones procedentes de la tradición revolucionaria.

En Suiza apoyan a los radicales, sin ignorar que este partido es una mezcla de elementos contradictorios: de demócratas socialistas, a la manera francesa, y de burgueses radicales.

En Polonia, los comunistas apoyan al partido que sostiene la revolución agraria, como condición previa para la emancipación nacional del país, al partido que provocó la insurrección de Cracovia en 1846.

En Alemania, el partido comunista luchará al lado de la burguesía, mientras ésta actúe revolucionariamente, dando con ella la batalla a la monarquía absoluta, a la gran propiedad feudal y a la pequeña burguesía.

Pero todo esto sin dejar un solo instante de laborar entre los obreros, hasta afirmar en ellos con la mayor claridad posible la conciencia del antagonismo hostil que separa a la burguesía del proletariado, para que, llegado el momento, los obreros alemanes se encuentren preparados para volverse contra la burguesía, como otras tantas armas, esas mismas condiciones políticas y sociales que la burguesía, una vez que triunfe, no tendrá más remedio que implantar; para que en el instante mismo en que sean derrocadas las clases reaccionarias comience, automáticamente, la lucha contra la burguesía.

Las miradas de los comunistas convergen con un especial interés sobre Alemania, pues no desconocen que este país está en vísperas de una revolución burguesa y que esa sacudida revolucionaria se va a desarrollar bajo las propicias condiciones de la civilización europea y con un proletariado mucho más potente que el de Inglaterra en el siglo XVII y el de Francia en el XVIII, razones todas para que la revolución alemana burguesa que se avecina no sea más que el preludio inmediato de una revolución proletaria.

Resumiendo: los comunistas apoyan en todas partes, como se ve, cuantos movimientos revolucionarios se planteen contra el régimen social y político imperante.

En todos estos movimientos se ponen de relieve el régimen de la propiedad, cualquiera que sea la forma más o menos progresiva que revista, como la cuestión fundamental que se ventila.

Finalmente, los comunistas laboran por llegar a la unión y la inteligencia de los partidos democráticos de todos los países.

Los comunistas no tienen por qué guardar encubiertas sus ideas e intenciones.  Abiertamente declaran que sus objetivos sólo pueden alcanzarse derrocando por la violencia todo el orden social existente. Tiemblen, si quieren, las clases gobernantes, ante la perspectiva de una revolución comunista.  Los proletarios, con ella, no tienen nada que perder, como no sea sus cadenas.  Tienen, en cambio, un mundo entero que ganar.

¡Proletarios de todos los Países, uníos! .

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Programa de transición

 

LAS PREMISAS OBJETIVAS DE LA REVOLUCIÓN SOCIALISTA

La situación política mundial del momento, se caracteriza, ante todo, por la crisis histórica de la dirección del proletariado.

La premisa económica de la revolución proletaria ha llegado hace mucho tiempo al punto más alto que le sea dado alcanzar balo el capitalismo. Las fuerzas productivas de la humanidad han cesado de crecer. Las nuevas invenciones y los nuevos progresos técnicos no conducen a un acrecentamiento de la riqueza material. Las crisis de coyuntura, en las condiciones de la crisis social de todo el sistema capitalista, aportan a las masas privaciones y sufrimientos siempre mayores. El crecimiento de la desocupación ahonda a su vez la crisis financiera del Estado y mina los sistemas monetarios vacilantes. Los gobiernos, tanto democráticos como fascistas, van de una quiebra a la otra.

La burguesía misma no ve una salida. En los países en que se vio obligada a hacer su última postura sobre la carta del fascismo marcha ahora con los ojos vendados hacia la catástrofe económica y militar. En los países históricamente privilegiados, vale decir, aquellos en que pueden aún permitirse el lujo de la democracia a cuenta de la acumulación nacional anterior (Gran Bretaña, Francia, Estados Unidos) todos los partidos tradicionales del capital se encuentran en un estado de confusión que raya, por momentos, con la parálisis de la voluntad. El “ New Deal,” pese al carácter resuelto que ostentaba en el primer período sólo representa una forma particular de confusión, posible en un país donde la burguesía ha podido acumular inmensas riquezas. La crisis actual que está lejos aún de haber completado su curso, ha podido demostrar ya que la política del “ New Deal ”, en los EE.UU. como la política del frente popular en Francia, no ofrece salida alguna del impasse económico.

El cuadro de las relaciones internacionales no tiene mejor aspecto. Bajo la creciente presión de ocaso capitalista los antagonismos imperialistas han alcanzado el límite más allá del cual los conflictos y explosiones sangrientas (Etiopía, España, Extremo Oriente, Europa Central…) deben confundirse infaliblemente en un incendio mundial. En verdad la burguesía percibe el peligro mortal que una nueva guerra representa para su dominación, pero es actualmente infinitamente menos capaz de prevenirla que en vísperas de 1914.

Las charlatanerías de toda especie según las cuales las condiciones históricas no estarían todavía “ maduras ” para el socialismo no son sino el producto de la ignorancia o de un engaño consciente. Las condiciones objetivas de la revolución proletaria no sólo están maduras sino que han empezado a descomponerse. Sin revolución social en un próximo período histórico, la civilización humana está bajo amenaza de ser arrasada por una catástrofe. Todo depende del proletariado, es decir, de su vanguardia revolucionaria La crisis histórica de la humanidad se reduce a la dirección revolucionaria.

 

EL PROLETARIADO Y SU DIRECCION

La economía, el Estado, la política de la burguesía y sus relaciones internacionales están profundamente afectadas por la crisis social que caracteriza la situación pre­-revolucionaria de la sociedad. El principal obstáculo en el camino de la transformación de la situación pre-revolucionaria en revolucionaria consiste en el carácter oportunista de la dirección proletaria, su cobardía pequeño-burguesa y la traidora conexión que mantiene con ella en su agonía.

En todos los países el proletariado está sobrecogido por una profunda inquietud. Grandes masas de millones de hombres vienen incesantemente al movimiento revolucionario, pero siempre tropiezan en ese camino con el aparato burocrático, conservador de su propia dirección.

El proletariado español ha hechos desde abril de 1931 una serie de tentativas heroicas para tomar en sus manos el poder y la dirección de los destinos de la sociedad. No obstante, sus propios partidos (social-demócratas, stalinistas, anarquistas y POUM) cada cual a su manera han actuado a modo de freno y han preparado así el triunfo de Franco.

En Francia, la poderosa ola de huelgas con ocupación de las fábricas, particularmente en junio de 1936, mostró bien a las claras que el proletariado estaba dispuesto a derribar el sistema capitalista. Sin embargo, las organizaciones dirigentes, socialistas, stalinistas y sindicalistas, lograron bajo la etiqueta del Frente Popular, canalizar y detener, por lo menos momentáneamente, el torrente revolucionario.

La marca sin precedentes de huelgas con ocupación de fábricas y el crecimiento prodigiosamente rápido de los sindicatos industriales en los EE.UU. (el movimiento de la C.I.O.) son la expresión más indiscutible de la aspiración más instintiva de los obreros americanos a elevarse a la altura de la misión que la historia les ha asignado. Sin embargo, aquí también las organizaciones dirigentes, incluso la C.I.O. de reciente creación, hacen todo lo que pueden para detener y paralizar la ofensiva revolucionaria de las masas.

El paso definitivo de la I.C. hacia el lado del orden burgués, su papel cínicamente contra-revolucionario en el mundo entero, particularmente en España, en Francia, en Estados Unidos y en los otros países “democráticos”, ha creado extraor­dinarias dificultades suplementarias al proletariado mundial. Bajo el signo de la revolución de octubre, la política conservadora de los “Frentes Populares” conduce a la clase obrera a la impotencia y abre el camino al fascismo.

Los “Frentes Populares” por una parte, el fascismo por otra, son los últimos recursos políticos del imperialismo en la lucha contra la revolución proletaria. No obstante, desde el punto de vista histórico, ambos recursos no son sino una ficción. La putrefacción del capitalismo continuará también bajo el gorro frigio en Francia como bajo el signo de la swástica en Alemania. Sólo el derrumbe de la burguesía puede constituir una salida.

La orientación de las masas está determinada, por una parte, por las condiciones objetivas del capitalismo en descomposición, y de otra, por la política de traición de las viejas organizaciones obreras. De estos dos factores el factor decisivo, es, por supuesto, el primero; las leyes de la historia son más poderosas que los aparatos burocráticos. Cualquiera que sea la diversidad de métodos de los social traidores (de la legislación “social” de Blum a las falsificaciones judiciales de Stalin), no lograrán quebrar la voluntad revolucionaria del proletariado. Cada vez en mayor escala, sus esfuerzos desesperados para detener la rueda de la historia demostrarán a las masas que la crisis de la dirección del proletariado, que se ha transformado en la crisis de la civilización humana, sólo puede ser resuelta por la IV Internacional.

 

 

EL PROGRAMA MÍNIMO Y  EL PROGRAMA DE TRANSICION

 

La tarea estratégica del próximo período -período pre-revolucionario de agitación , propaganda y organización- consiste en superar la contradicción entre la madurez de las condiciones objetivas de la revolución y la falta de madurez del proletariado y de su vanguardia (confusión y descorazonamiento de la vieja dirección, falta de experiencia de la joven). Es preciso ayudar a la masa, en el proceso de la lucha, a encontrar el puente entre sus reivindicaciones actuales y el programa de la revolución socialista. Este puente debe consistir en un sistema de reivindicaciones transitorias, partiendo de las condiciones actuales y de la conciencia actual de amplias capas de la clase obrera a una sola y misma conclusión: la conquista del poder por el proletariado.

La social-democracia clásica que desplegó su acción en la época del capitalismo progresivo, dividía su programa en dos partes independientes una de otra; el programa mínimo, que se limitaba a algunas reformas en el cuadro de la sociedad burguesa y el programa máximo, que prometía para un porvenir indeterminado el reemplazo del capitalismo por el socialismo. Entre el programa máximo y el programa mínimo no existía puente alguno. La social-democracia no tenía necesidad de ese puente, porque sólo hablaba de socialismo los días de fiesta.

La Internacional Comunista ha entrado en el camino de la social democracia en la época del capitalismo en descomposición, cuando a éste no le es posible tratar de reformas sociales sistemáticas, ni de la elevación del nivel de vida de las masas; cuando la burguesía retoma cada vez con la mano derecha el doble de los que diera con la izquierda (impuestos, derechos aduaneros, inflación “deflación”, vida cara, desocupa­ción, reglamentación policíaca de las huelgas, etc.); cuando cualquier reivindicación seria del proletariado y hasta cualquier reivindicación progresiva de la pequeña burguesía, conducen inevitablemente más allá de los límites de la propiedad capitalista y del Estado burgués.

El objetivo estratégico de la IV Internacional no consiste en reformar el capitalismo, sino en derribarlo. Su finalidad política es la conquista del poder por el proletariado para realizar la expropiación de la burguesía. Sin embargo, la obtención de este objetivo estratégico es inconcebible sin la más cuidadosa de las actitudes respecto de todas las cuestiones de táctica, inclusive las pequeñas y parciales.

Todas las fracciones del proletariado, todas sus capas, profesionales y grupos deben ser arrastradas al movimiento revolucionario. Lo que distingue a la época actual, no es que exima al partido revolucionario del trabajo prosaico de todos los días, sino que permite sostener esa lucha en unión indisoluble con los objetivos de la revolución

La IV Internacional no rechaza las del viejo programa “mínimo” en la medida en que ellas han conservado alguna fuerza vital. Defiende incansablemente los derechos democráticos de los obreros y sus conquistas sociales, pero realiza este trabajo en el cuadro de una perspectiva correcta, real, vale decir, revolucionaria. En la medida en que las reivindicaciones parciales –“mínimum”- de las masas entren en conflicto con las tendencias destructivas y degradantes del capitalismo decadente -y eso ocurre a cada paso, la IV Internacional auspicia un sistema de reivindicaciones transitorias, cuyo sentido es el de dirigirse cada vez más abierta y resueltamente contra las bases del régimen burgués. El viejo “programa mínimo” es constantemente superado por el programa de transición cuyo objetivo consiste en una movilización sistemática de las masas para la revolución proletaria.

 

 

ESCALA MOVIL DE LOS SALARIOS Y ESCALA MOVIL DE LAS HORAS DE TRABAJO

 

En las condiciones del capitalismo en descomposición, las masas continúan viviendo la triste vida de los oprimidos, quienes, ahora más que nunca, están amenazados por el peligro de ser arrojados en abismo del pauperismo. Están obligados a defender su pedazo de pan ya que no pueden aumentarlo ni mejorarlo. No es posible ni necesario enumerar las diversas reivindicaciones parciales que surgen a cada rato de circunstancias concretas, nacionales, locales, profesionales. Pero dos calamidades económicas fundamentales, a saber: la desocupación y la carestía de la vida, exigen consignas y métodos generales de lucha.

La IV Internacional declara una guerra implacable a la política de los capitalistas, que es, en gran parte, la de sus agentes, los reformistas, tendiente a hacer recaer sobre los trabajadores todo el fardo del militarismo, de la crisis, del desorden de los sistemas monetarios y demás calamidades de la agonía capitalista. Reivindica el derecho al trabajo y una existencia digna para todos.

Ni la inflación ni la estabilización monetaria pueden servir de consignas al proletariado porque son las dos caras de una misma moneda. Contra la carestía de la vida que, a medida que la guerra se aproxima, se acentuará cada vez más, sólo es posible luchar con una consigna: la escala móvil de los salarios. Los contratos colectivos de trabajo deben asegurar el aumento automático de los salarios correlativamente con la elevación del precio de los artículos de consumo.

Bajo pena de entregarse voluntariamente a la degeneración, el proletariado no puede tolerar la transformación de una multitud creciente de obreros en desocupados crónicos, en menesterosos que viven de las migajas de una sociedad en descomposición. El derecho al trabajo es el único derecho que tiene el obrero en una sociedad fundada sobre la explotación. No obstante se le quita ese derecho a cada instante. Contra la desocupación, tanto de “estructura” como de “coyuntura” es preciso lanzar la consigna de la escala móvil de las horas de trabajo. Los sindicatos y otras organizaciones de masas deben ligar a aquellos que tienen trabajo con los que carecen de él, por medio de los compromisos mutuos de la solidaridad. El trabajo existente es repartido entre todas las manos obreras existentes y es así como se determina la duración de la semana de trabajo. El salario, con un mínimo estrictamente asegurado sigue el movimiento de los precios. No es posible aceptar ningún otro programa para el actual período de transición.

Los propietarios y sus abogados demostrarán “la imposibilidad de realizar” estas reivindicaciones. Los capitalistas de menor cuantía, sobre todo aquellos que marchan a la ruina, invocarán además sus libros de contabilidad. Los obreros rechazarán categóricamente esos argumentos y esas referencias. No se trata aquí del choque “normal” de intereses materiales opuestos. Se trata de preservar al proletariado de la decadencia, de la desmoralización y de la ruina. Se trata de la vida y de la muerte de la única clase creadora y progresiva y, por eso mismo, del porvenir de la humanidad. Si el capitalismo es incapaz de satisfacer las reivindicaciones que surgen infaliblemente de los males por él mismo engendrados, no le queda otra que morir. La “posibilidad” o la “imposibilidad” de realizar las reivindicaciones es, en el caso presente, una cuestión de relación de fuerzas que sólo puede ser resuelta por la lucha. Sobre la base de esta lucha, cualesquiera que sean los éxitos prácticos inmediatos, los obreros comprenderán, en la mejor forma, la necesidad de liquidar la esclavitud capitalista.

 

 

 

 

LOS SINDICATOS EN LA EPOCA DE TRANSICION

En la lucha por las reivindicaciones parciales y transitorias, los obreros necesitan, ahora más que nunca, organizaciones de masa, ante todo sindicatos. El auge de los sindicatos en Francia y en los Estados Unidos es la mejor respuesta a las doctrinas ultra-izquierdistas que predicaban que los sindicatos estaban “fuera de época”.

Los Bolchevique Leninistas se encuentran en las primeras filas de todas las formas de lucha, aún allí donde se trata de los intereses de los más modestos de la clase obrera. Toman parte activa en la vida de los sindicatos de masa, preocupándose de robustecer y acrecentar su espíritu de lucha. Luchan implacablemente contra toda las tentativas de someter los sindicatos al estado burgués y de maniatar al proletariado con “el arbitraje obligatorio” y todas las demás formas de intervención policial, no sólo son fascistas sino también “democráticas”. Solamente sobre la base de ese trabajo es posible luchar con buen éxito en el seno de los sindicatos contra la burocracia reformista incluidos los stalinistas. Las tentativas sectarias de crear o mantener pequeños sindicatos “revolucionarios” como una segunda edición del partido,  significa en el hecho la lucha por la dirección de la clase obrera. Hace falta plantear aquí como un principio inconmovible: el auto-aislamiento cobarde fuera de los sindicatos de masas, equivalente a la traición a la revolución, es incompatible con la pertenencia a la IV internacional.

Al mismo tiempo la IV Internacional rechaza y condena resueltamente todo fetichismo de los sindicatos, propio de los treadeunionistas y de los sindicalistas.

a) Los sindicatos no tienen, y, por sus objetivos, su composición y el carácter de su reclutamiento, no pueden tener un programa revolucionario acabado; por eso no pueden sustituir al partido. La creación de partidos revolucionarios nacionales, secciones de la IV Internacional, es el objetivo central de la época de transición.

b) Los sindicatos, aún los más poderoso, no abarcan más del 20 al 25% de la clase obrera y por otra parte, sus capas más calificadas y mejor pagadas. La mayoría más oprimida de la clase obrera no es arrastrada a la lucha sino episódicamente en los períodos de auge excepcional del movimiento obrero. En estos momentos es necesario crear organizaciones ad-hoc, que abarquen toda la masa en lucha los comités de huelga, los comités de fábrica, y en fin, los soviets.

c) En tanto que organizaciones de las capas superiores del proletariado, los sindicatos, como lo atestigua toda la experiencia histórica, comprendida en ella la experiencia fresca aún de los sindicatos anarco-sindicalistas de España, desenvuelven poderosas tendencias a la conciliación con el régimen democrático burgués. En los períodos agudos de lucha de clases, los aparatos dirigentes de los sindicatos se esfuerzan por convertirse en amos del movimiento de masas para domesticarlo. Esto se produce ya en ocasión de simples huelgas, sobre todo con la ocupación de las fábricas, que sacuden los principios de la propiedad burguesa. En tiempo de guerra o de revolución, cuando la situación de la burguesía se hace particularmente difícil, los jefes de los sindicatos se transforman ordinariamente en ministros burgueses.

Por todo lo que antecede las secciones de la IV Internacional deben esforzarse constantemente no sólo en renovar el aparato de los sindicatos proponiendo atrevida y resueltamente en los momentos críticos nuevos líderes dispuestos a la lucha en lugar de funcionarios rutinarios y carreristas, sino también de crear en todos los casos en que sea posible, organizaciones de combate autónomas que respondan mejor a los objetivos de la lucha de masas contra la sociedad burguesa, sin arredrarse, si fuese necesario, frente a una ruptura abierta con el aparato conservador de los sindicatos. Si es criminal volver la espalda a las organizaciones de masas para contentarse con ficciones sectarias, no es menos criminal tolerar pasivamente la subordinación del movimiento revolucio­nario de las masas al contralor de pandillas burocráticas abiertamente reaccionarias o conservadoras disfrazadas de “progresistas”. El sindicato no es un fin en sí, sino sólo uno de los medios a emplear en la marcha hacia la revolución proletaria.

 

 

LOS COMITES DE FABRICA

 

EI movimiento obrero de la época de transición no tiene un carácter regular e igual sino afiebrado y explosivo. Las consignas, lo mismo que las formas de organización, deben ser subordinadas a ese carácter del movimiento. Huyendo de la rutina como de la peste, la dirección debe prestar atención a la iniciativa de las masas.

Las huelgas con ocupación de fábricas, una de las más recientes manifestaciones de esta iniciativa, rebasan los límites del régimen capitalista normal. Independientemente de las reivindicaciones de los huelguistas, la ocupación temporaria de las empresas asesta un golpe al ídolo de la propiedad capitalista. Toda huelga de ocupación plantea prácticamente el problema de saber quién es el dueño de la fábrica: el capitalista o los obreros.

Si la ocupación promueve esta cuestión episódicamente, el comité de fábrica da a la misma una expresión organizada. Elegido por todos los obreros y empleados de la empresa, el comité de fábrica crea de golpe un contrapeso a la voluntad de la administración.

A la crítica reformista de los patrones del viejo tipo, los “patrones de derecho divino”, del género de Ford, frente a los “buenos” explotadores “democráticos”, nosotros oponemos la consigna de los comités de fábrica como centro de lucha contra unos y otros.

Los burócratas de los sindicatos se opondrán, por regla general, a la creación de comités, del mismo modo que se oponen a todo paso atrevido en el camino de la movilización de las masas. Sin embargo, su oposición será tanto más fácil de quebrar cuanto mayor sea la extensión del movimiento. Allí donde los obreros de la empresa están ya en los períodos “tranquilos” totalmente comprendidos en los sindicatos, el comité coincidirá formalmente con el órgano del sindicato, pero renovará su compo­sición y ampliará sus funciones. Sin embargo, el principal significado de los comités es el de transformarse en estados mayores para las capas obreras que, por lo general, el sindicato no es capaz de abarcar. Y es precisamente de esas capas más explotadas de donde surgirán los destacamentos más afectos a la revolución.

A partir del momento de la aparición del comité de fábrica, se establece de hecho una dualidad de poder. Por su esencia ella tiene algo de transitorio porque encierra en sí dos regímenes inconciliables: el régimen capitalista y el régimen proletario. La principal importancia de los Comités de Fábrica consiste precisamente en abrir un período pre-revolucionario, ya que no directamente revolucionario, entre el régimen burgués y el régimen proletario. Que la propaganda por los Comités de Fábrica no es prematura ni artificial, lo demuestra del mejor modo la ola de ocupación de fábricas que se ha desencadenado en algunos países. Nuevas olas de ese género son inevitables en un porvenir próximo. Es preciso iniciar una campaña en pro de los comités de fábricas para que los acontecimientos no se tomen de improviso.

 

 

EL “SECRETO COMERCIAL” Y EL CONTROL OBRERO SOBRE LA INDUSTRIA

 

El capitalismo liberal basado en la concurrencia y la libertad de comercio se ha eclipsado en el pasado. El capitalismo monopolizador que lo reemplazó, no solamente no ha reducido la anarquía del mercado, sino que, por el contrario, le ha dado un carácter particularmente convulsivo. La necesidad de un “control” sobre la economía, de una “dirección” estatal, de una “planificación” es reconocida ahora – al menos verbalmente – por casi todas las corrientes del pensamiento burgués y pequeño-burgués, desde el fascismo hasta la social-democracia. Para el fascismo se trata sobre todo de un pillaje “planificado” del pueblo con fines militares. Los social-demócratas tratan de desagotar el océano de la anarquía con la cuchara de una “planificación” burocrática. Los ingenieros y los profesores tratan de convertirse en tecnócratas. Los gobiernos democráticos tropiezan en sus tentativas tímidas de “reglamentación” con el sabotaje insuperable del gran capital.

El verdadero nexo entre explotadores y “controladores” democráticos se revela en el hecho de que los señores “reformadores” poseídos de una santa emoción, se detienen en el umbral de los trusts con sus “secretos” industriales y comerciales. Aquí reina el principio de “no intervención”. Las cuentas entre el capital aislado y la sociedad constituyen un secreto del capitalismo: la sociedad no tiene nada que ver con ellas. El “secreto” comercial se justifica siempre, como en la época del capitalismo liberal, por los intereses de la “concurrencia”. En realidad los trusts no tienen secretos entre sí. El secreto comercial de la época actual es un constante complot del capital monopolizador contra la sociedad. Los proyectos de limitación del absolutismo de los “patrones de derecho divino” seguirán siendo lamentables farsas mientras los propietarios privados de los medios sociales de producción puedan ocultar a los productores y, a los consumidores la mecánica de la explotación, del pillaje y del engaño. La abolición del “secreto comercial” es el primer paso hacia un verdadero control de la industria.

Los obreros no tienen menos derechos que los capitalistas a conocer los “secretos” de la empresa, de los trusts, de las ramas de las industrias, de toda la economía nacional en su conjunto. Los bancos, la industria pesada y los transportes centralizados deben ser los primeros sometidos a observación.

Los primeros objetivos del control obrero consisten en aclarar cuales son las ganancias y gastos de la sociedad, empezando por la empresa aislada, determinar la verdadera parte del capitalismo aislado y de los capitalistas en conjunto en la renta nacional, desenmascarar las combinaciones de pasillo y las estafas de los bancos y de los trusts; revelar, en fin, ante la sociedad el derroche espantoso de trabajo humano que resulta de la anarquía del capitalismo y de la exclusiva persecución de la ganancia.

Ningún funcionario del estado burgués puede llevar a cabo esa tarea, cualesquiera que sean los poderes de que fuera investido. El mundo entero ha observado la impotencia del presidente Roosevelt y del presidente del consejo León Blum frente al complot de las “60” o de las “200” familias de sus respectivos países. Para quebrar la resistencia de los explotadores se requiere la presión del proletariado. Los comités de fábrica y solamente ellos pueden asegurar un verdadero control sobre la producción llamando en su ayuda como consejeros y no como tecnócratas a los especialistas honestos y afectos al pueblo: contadores, estadísticos, ingenieros, sabios, etc…

En particular la lucha contra la desocupación es inconcebible sin una amplia y atrevida organización de “grandes obras públicas”. Pero las grandes obras no pueden tener una importancia durable y progresiva, tanto para la sociedad como para los desocupados, si no forman parte de un plan general, trazado para un período de varios años. En el cuadro de un plan semejante los obreros reivindicarán la vuelta al trabajo, por cuenta de la sociedad, en las empresas privadas cerradas a causa de la crisis. El control obrero en tales casos sería sustituido por una administración directa por parte de los obreros.

La elaboración de un plan económico, así sea el más elemental, desde el punto de vista de los intereses de los trabajadores y no de los explotadores, es inconcebible sin control obrero, sin que la mirada de los obreros penetre a través de los resortes aparentes y ocultos de la economía capitalista. Los comités de las diversas empresas deben elegir, en reuniones oportunas, comités de trusts, de ramas de la industria, de regiones económicas, en fin, de toda la industria nacional, en conjunto. En esa forma, el control obrero pasará a ser la escuela de la economía planificada. Por la experiencia del control, el proletariado se preparará para dirigir directamente la industria nacionalizada cuando la hora haya sonado.

A los capitalistas, especialmente aquellos de pequeña y mediana importancia que, a veces, proponen ellos mismos abrir sus libros de cuentas ante los obreros – sobre todo para demostrarles la necesidad de reducir los salarios – los obreros deberán responderles que lo que a ellos les interesa no es la contabilidad de los quebrados o de los semi-quebrados aislados, sino la contabilidad de todos los explotadores. Los obreros no pueden ni quieren adaptar su nivel de vida a los intereses de los capitalistas aislados convertidos en víctimas de su propio régimen. La tarea consiste en reconstruir todo el sistema de producción y de distribución sobre principios más racionales y más dignos. Si la abolición del secreto comercial es la condición necesaria de control obrero, ese control representa el primer paso en el camino de la dirección socialista de la economía.

 

 

LA EXPROPIACION DE CIERTOS GRUPOS DE CAPITALISTAS

 

El programa socialista de la expropiación, vale decir, de la destrucción política de la burguesía y de la liquidación de su dominación económica, no puede, en ningún caso, constituir un obstáculo en el presente período de transición, bajo diversos pretextos, a la reivindicación de la expropiación de ciertas ramas de la industria, vitalísima para la existencia nacional de los grupos más parasitarios de la burguesía.

Así, a las prédicas quejumbrosas de los señores demócratas sobre la dictadura de las “60” familias de los Estados Unidos o de las “200” familias de Francia nosotros oponemos la reivindicación de la expropiación de esos 60 o 200 señores feudales del capitalismo.

De igual modo reivindicamos la expropiación de las compañías monopolizadoras de la industria de guerra, de los ferrocarriles, de las más importantes fuentes de materias primas, etc…

La diferencia entre estas reivindicaciones y la consigna reformista demasiado vieja de “nacionalización” consiste en que: 1) Nosotros rechazamos la indemnización; 2) Prevenimos a las masas contra los charlatanes del Frente Popular que, mientras proponen la nacionalización en palabras, siguen siendo, en los hechos, los agentes del capital; 3) Aconsejamos a las masas a contar solamente con su fuerza revolucionaria; 4) ligamos el problema de la expropiación a la cuestión del poder obrero y campesino.

La necesidad de lanzar la consigna de la expropiación en la agitación cotidiana, por consecuencia, de una manera fraccionada, y no solamente desde un punto de vista de propaganda, bajo su forma general, es provocada porque las diversas ramas de la industria se encuentran en un distinto nivel de desarrollo, ocupan lugares diferentes en la vida de la sociedad y pasan por diferentes etapas de la lucha de clases. Sólo el ascenso revolucionario general del proletariado puede poner la expropiación general de la burguesía en el orden del día. El objeto de las reivindicaciones transitorias es el de preparar al proletariado a la resolución de esta tarea.

 

 

LA EXPROPIACION DE LOS BANCOS PRIVADOS Y LA ESTATIZACION DEL SISTEMA DE CREDITOS

 

El imperialismo significa la dominación del capital financiero. Al lado de los consorcios y de los trusts y frecuentemente arriba de ellos, los bancos concentran en sus manos la dirección de la economía. En su estructura, 105 bancos reflejan bajo una forma concentrada, toda la estructura del capitalismo contemporáneo: combinan la tendencia al monopolio con la tendencia a la anarquía. Organizan milagros de técnica, empresas gigantescas, trusts potentes y organizan también la vida cara, las crisis y la desocupación. Imposible dar ningún paso serio hacia adelante en la lucha contra la arbitrariedad monopolista y la anarquía capitalista si se dejan las palancas de comando de los bancos en manos de los bandidos capitalistas. Para crear un sistema único de inversión y de crédito, según un plan racional que corresponda a los intereses de toda la nación es necesario unificar todos los bancos en una institución nacional única. Sólo la expropiación de los bancos privados y la concentración de todo el sistema de crédito en manos del Estado pondrá en las manos de éste los medios necesarios, reales, es decir materiales, y no solamente ficticios y burocráticos, para la planificación económica.

La expropiación de los bancos no significa en ningún caso la expropiación de los pequeños depósitos bancarios. Por el contrario para los pequeños depositantes la banca del Estado única podrá crear condiciones más favorables que los bancos privados. De la misma manera sólo la banca del Estado podrá establecer para los campesinos, los artesanos y pequeños comerciantes condiciones de crédito privilegia­do, es decir, barato. Sin embargo, lo más importante es que, toda la economía, en primer término la industria pesada y los transportes, dirigida por un Estado mayor financiero único, sirva a los intereses vitales de los obreros y de todos los otros trabajadores.

No obstante, la estatización de los bancos sólo dará resultados favorables si el poder estatal mismo pasa de manos de los explotadores a manos de los trabajadores.

 

 

PIQUETES DE HUELGA, DESTACAMENTO DE COMBATE, MILICIA OBRERA, EL ARMAMENTO DEL PROLETARIADO

 

Las huelgas con ocupación de fábricas son una muy seria advertencia dirigida por las masas no sólo a la burguesía sino también a las organizaciones obreras, comprendida la cuarta Internacional. En 19l9-1920, los obreros italianos ocuparon, por su propia iniciativa las fábricas señalando así a sus propios “jefes” la llegada de la revolución social. Los “jefes” no tomaron en cuenta la advertencia. Los resultados fueron la victoria del fascismo.

Las huelgas con ocupación no son todavía la toma de la fábrica a la manera italiana: pero son un paso decisivo en este camino. La crisis actual puede exacerbar extremadamente la marcha de la lucha de clases y precipitar el desenlace. No hay que creer sin embargo que una situación revolucionaria surge repentinamente. En realidad su aproximación será señalada por toda una serie de convulsiones. La ola de huelgas con ocupación de fábricas es precisamente una de ellas. La tarea de las secciones de la Cuarta Internacional es de ayudar a la vanguardia proletaria a comprender el carácter general y los ritmos de nuestra época y fecundar a tiempo la lucha de masas con consignas cada vez más resueltas y con medidas de organización para el combate.

La exacerbación de la lucha del proletariado significa la exacerbación de los métodos de resistencia por parte del capital. Las nuevas olas de huelgas con ocupación de fábricas pueden provocar y provocarán infaliblemente enérgicas medidas de reacción por parte de la burguesía. El trabajo preparatorio se conduce desde ahora en los estados mayores de los trusts. ¡Desgraciadas las organizaciones revolucionarias, desgraciado el proletariado si se deja tomar nuevamente de improviso!

La burguesía no se limita en ninguna parte a utilizar solamente la policía y el ejército oficiales. En los Estados Unidos, incluso en los períodos de “calma”, mantiene destacamentos amarillos y bandas armadas de carácter privado en las fábricas. Es preciso agregar ahora las bandas de nazis norteamericanas. La burguesía francesa en cuanto sintió la proximidad del peligro movilizó los destacamentos fascistas semilegales e ilegales, hasta en el interior del ejército oficial. Bastará que los obreros ingleses aumenten de nuevo su empuje para que de inmediato las bandas de Lord Mosley se dupliquen, tripliquen, decupliquen en número e inicien una cruzada sangrienta contra los obreros. La burguesía advierte claramente que en la época actual la lucha de clases infaliblemente tiende a transformarse en guerra civil. Los magnates y los lacayos del capital han aprendido en los ejemplos de Italia, Alemania, Austria y otros países, mucho más que los jefes oficiales del proletariado

Los políticos de la Segunda y la Tercera Internacional, al igual que los burócratas de los sindicatos conscientemente cierran los ojos ante el ejército privado dc la burguesía, pues de lo contrario no podrían mantener ni durante 24 horas su alianza con ella. Los reformistas inculcan sistemáticamente a los obreros la idea de que la sacrosanta democracia está más segura allí donde la burguesía se halla armada hasta los dientes y los obreros desarmados.

La Cuarta Internacional tiene el deber de acabar de una vez por todas con esta política servil. Los demócratas pequeño-burgueses incluso los social-demócratas, los socialistas y los anarquistas gritan más estentóreamente acerca de la lucha con el fascismo cuanto más cobardemente capitulan ante el mismo. Las bandas fascistas sólo pueden ser contrarrestadas victoriosamente por los destacamentos de obreros armados que sienten tras de sí el apoyo de millones de trabajadores. La lucha contra el fascismo no se inicia en la redacción de una hoja liberal, sino en la fábrica y termina en la calle. Los elementos amarillos y los gendarmes privados en las fábricas son las células fundamentales del ejército del fascismo. Los piquetes de huelgas son las células fundamentales del ejército del proletariado. Por allí es necesario empezar. Es preciso inscribir esta consigna en el programa del ala revolucionaria de los sindicatos. En todas partes donde sea posible, empezando por las organizaciones juveniles, es preciso constituir prácticamente milicias de autodefensa, adiestrándolas en el manejo de las armas.

La nueva ola del movimiento de masas no sólo debe servir para aumentar el número de esas milicias, sino también para unificarlas por barrios, ciudades y regiones Es preciso dar una expresión organizada al legítimo odio de los obreros en contra de los elementos rompehuelgas, las bandas de pistoleros y de fascistas. Es preciso lanzar la consigna de la milicia obrera como única garantía seria de la inviolabilidad de las organizaciones, las reuniones y la prensa obrera.

Sólo gracias a un trabajo sistemático, constante, incansable valiente en la agitación y en la propaganda, siempre en relación con la experiencia de la masa misma, pueden extirparse de su conciencia las tradiciones de docilidad y pasividad: educar destacamentos de heroicos combatientes, capaces de dar el ejemplo a todos los trabajadores, infligir una serie de derrotas tácticas a las bandas de la contrarrevolución, aumentar la confianza en sí mismos de los explotados, desacreditar el fascismo a los ojos de la pequeña burguesía y despejar el camino para la conquista del poder para el proletariado.

Engels definía el Estado “destacamentos de elementos armados”.  El armamento del proletariado es un factor integrante indispensable de su lucha emancipadora. Cuando el proletariado lo quiera, hallará los caminos y los medios para armarse. También en este dominio la dirección incumbe naturalmente a las secciones de la Cuarta Internacional.

 

 

LA ALIANZA DE LOS OBREROS Y DE LOS CAMPESINOS

 

El obrero agrícola es, en la aldea, el hermano y el compañero del obrero de la industria. Son dos partes de una sola y misma clase. Sus intereses son inseparables. El programa de las reivindicaciones transitorias de los obreros industriales es también, con tales o cuales cambios, el programa del proletariado agrícola.

Los campesinos (chacareros) representan otra clase: es la pequeña burguesía de la aldea. La pequeña burguesía se compone de diferentes capas, desde los semi-propietarios hasta los explotadores[nu1] .

De acuerdo con esto, la tarea política del proletariado de la industria consiste en LLEVAR LA LUCHA DE CLASES AL CAMPO: solamente así podrá separar sus aliados de sus enemigos.

Las peculiaridades del desarrollo nacional de cada país hallan su más viva expresión en la situación de los campesinos y parcialmente de la pequeña burguesía de la ciudad (artesanos y comerciantes) porque estas clases, por numerosas que sean, representan en el fondo sobrevivencias de formas precapitalistas de la producción. Las secciones de la Cuarta Internacional deben, de la forma más concreta posible, elaborar programas de reivindicaciones transitorias para los campesinos (chacareros) y la pequeña burguesía de la ciudad correspondiente a las condiciones de cada país. Los obreros avanzados deben aprender a dar respuestas claras y concretas a los problemas de sus futuros aliados.

En tanto siga siendo el campesino un pequeño productor “independiente”, tiene necesidad de crédito barato, de precios accesibles para las máquinas agrícolas y los abonos, de condiciones favorables de transportes, de una organización honesta para las negociaciones de los productos agrícolas. Sin embargo los bancos, los trusts, los comerciantes extorsionan al campesinado por todas partes. Sólo los campesinos pueden reprimir este pillaje, con la ayuda de los obreros. Es necesario que entren a actuar comités de chacareros pobres que, en común con los comités obreros y los comités de empleados de banco, tomaran en sus manos el control de las operaciones de transporte, de crédito y de comercio que interesan a la agricultura.

Invocando de manera mentirosa las “excesivas” exigencias de los obreros, la gran burguesía convierte artificialmente el problema del precio de las mercaderías en una cuña que introduce luego entre los obreros y los campesinos, entre los obreros y la pequeña burguesía de las ciudades. Los campesinos, el artesano y el pequeño comerciante, a diferencia del obrero, del empleado y del pequeño funcionario no pueden reclamar un aumento del salario paralelo al aumento de los precios. La lucha burocrática oficial contra la carestía de la vida no sirve más que para engañar a las masas. Los campesinos, los artesanos y los comerciantes, sin embargo, en su condición de consumidores, deben tomar una participación activa, junto con los obreros, en la política de los precios. A las prédicas de los capitalistas relativas a los gastos de producción, de transporte y de comercio, los consumidores deben responder: “muestren vuestros libros, exigimos el control sobre la política de los precios”. Los órganos de este control deben ser los comités de vigilancia de los precios, formados por delegados de las fábricas, los sindicatos, las cooperativas, las organizaciones de campesinos, los elementos de la pequeña burguesía pobre de las ciudades, de los trabajadores del servicio doméstico, etc… De este modo los obreros demostrarán a los campesinos que la razón de la elevación de los precios no consiste en los salarios altos sino en las ganancias excesivas de los capitalistas y en el derroche de la anarquía capitalista.

El programa de la nacionalización de la tierra y de la colectivización de la agricultura debe formularse de tal manera que excluya radicalmente la idea de la expropiación de los campesinos pobres o de la colectivización forzosa. El campesino continuará siendo el campesino de su lote de tierra mientras él mismo lo considere necesario y posible. Para rehabilitar el programa socialista a los ojos de los campesinos es preciso desenmascarar implacablemente los métodos stalinistas de colectivización, dictados por intereses de la burocracia y no los intereses de los campesinos y de los obreros.

La expropiación de los expropiadores tampoco significa el despojo forzoso de los artesanos pobres y de los pequeños comerciantes. Por el contrario, el control de los obreros sobre los bancos y los trusts, y con mayor razón la nacionalización de estas empresas, puede crear para la pequeña burguesía de la ciudad condiciones incompara­blemente más favorables de crédito, de compra y venta, que bajo la dominación ilimitada de los monopolios la dependencia de esas empresas respecto del capital privado será sustituida por la dependencia respecto al Estado, cuya atención a las necesidades de sus pequeños copartícipes y agentes será tanto mayor cuanto más riguroso sea el control de los obreros sobre el mismo.

La participación práctica de los campesinos explotados en el control de las distintas ramas de la economía permitirá a los campesinos decidir por sí mismo el problema de saber si les conviene o no sumarse al trabajo colectivo de la tierra, en qué plazos y en qué escala. Los obreros de la industria se comprometen a aportar en este camino toda su colaboración a los campesinos por intermedio de los sindicatos, de los comités de fábrica y, sobre todo, del gobierno obrero y campesino. La alianza que el proletariado propone no a las clases medias en general, sino a las capas explotadas de la ciudad y el campo, contra todos los explotadores, e incluso los explotadores “medios”, no puede fundarse en la coacción, sino solamente en un libre acuerdo que debe consolidarse en un “pacto” especial. Este “pacto” es precisamente el programa de reivindicaciones transitorias, libremente aceptado por las dos partes.

 

 

LA LUCHA CONTRA EL IMPERIALISMO Y CONTRA LA GUERRA

 

Toda la situación mundial, y por consecuencia también la vida política interior de los diversos países, se hallan bajo la amenaza de la guerra mundial. La catástrofe que se aproxima penetra de angustia, desde ya a las masas más profundas de la humanidad.

La II Internacional repite su política de traición de 1914 con tanta mayor convicción en cuanto la Internacional comunista desempeña ahora el papel del primer violín del patrioterismo. Desde que el peligro de guerra ha tomado un aspecto concreto, los stalinistas, superando con mucho a los pacifistas burgueses y pequeño burgueses, se han convertido en los campeones de la pretendida “defensa nacional”. La lucha revolucionaria contra la guerra recae así enteramente sobre los hombros de la IV Internacional.

La política de los Bolcheviques Leninistas en esta cuestión ha sido formulada en las tesis programáticas del Secretariado Internacional, que todavía ahora conservan todo su valor ( La IV Internacional y la Guerra, mayo de 1934). El éxito del partido revolucionario en el próximo período dependerá ante todo de su política en la cuestión de la guerra y el arte de apoyarse en la experiencia propia de las masas.

En el problema de la guerra más que en todo otro problema, la burguesía y sus agentes engañan al pueblo con abstracciones, fórmulas generales y frases patéticas: “neutralidad”, ”seguridad colectiva”, “armamentos para la defensa de la paz”, “defensa nacional”, “lucha contra el fascismo”, etc… Todas estas fórmulas se reducen, en resumidas cuentas, a que la cuestión de la guerra, vale decir, la suerte de los pueblos, debe quedar en manos de los imperialistas, de sus gobiernos, de su diplomacia, de sus Estados Mayores con todas sus intrigas y complots contra los pueblos.

La IV Internacional rechaza con indignación todas estas abstracciones que juegan entre los demócratas el mismo rol que entre los fascistas: “honor”, “sangre”, “raza”. Pero la indignación no es suficiente. Es preciso ayudar a las masas con criterios, consignas y reivindicaciones transitorias apropiadas para descubrir la realidad para distinguir lo que hay de concreto en el fondo de las abstracciones fraudulentas.

¿”Desarme”? Pero toda la cuestión del desarme consiste en saber quien desarmará y quien será desarmado. El único desarme que puede prevenir o detener la guerra es el desarme de la burguesía por los obreros. Pero para desarmar a la burguesía, es necesario que los obreros, ellos mismos, se armen.

¿“Neutralidad”? Pero el proletariado no es absolutamente neutral en la guerra entre Japón y China, o entre Alemania y la U.R.S.S. ¿Significa esto la defensa de la China y de la U.R.S.S.? Evidentemente, pero no por intermedio de los imperialistas que estrangularon a la China y a la U.R.S.S.

¿Defensa de la patria? Pero bajo esta abstracción la burguesía entiende la defensa de sus ganancias y de su pillaje. Estamos dispuestos a defender la patria de los ataques de los capitalistas extranjeros, una vez que hayamos atado de pies y manos e impedido a nuestros propios capitalistas atacar las patrias de los demás, una vez que los obreros y los campesinos sean los verdaderos amos de nuestro país; una vez que las riquezas del país pasen de manos de una ínfima minoría a las manos del pueblo; una vez que el ejército, de un instrumento de los explotadores se convierta en un instrumento de los explotados.

Es necesario saber traducir estas ideas fundamentales en ideas más particulares y más concretas, según la marcha de los acontecimientos y la orientación y estado de espíritu de las masas. Es necesario por otra parte, distinguir estrictamente del pacifismo del diplomático, del profesor, del periodista, del pacifismo del carpintero, del obrero agrícola, de la lavandera. En el primer caso, el pacifismo es la máscara del imperialismo. En el segundo es la expresión confusa de la desconfianza hacia el imperialismo.

Cuando el pequeño campesino o el obrero hablan de la defensa de la patria, se representan la defensa de su casa, de su familia y de las otras familias contra la invasión del enemigo, contra las bombas y contra los gases. El capitalismo y su periodista entienden por defensa de la patria la conquista de colonias y de mercados y la extensión, por el pillaje, de la parte “nacional” en los beneficios mundiales. El patriotismo y el pacifismo burgués son completas mentiras. En el pacifismo, lo mismo que en el patriotismo de los oprimidos, hay elementos que reflejan, de una parte el odio contra la guerra destructora y de otra parte su apego a lo que ellos creen que es su interés. Es necesario utilizar estos elementos para extraer las conclusiones revolucionarias necesarias. Es necesario saber oponer honestamente estas dos formas de pacifismo y de patriotismo.

Partiendo de estas consideraciones, la IV Internacional apoya toda reivindicación, aún insuficiente, si es capaz de llevar a las masas, aunque sea en un débil grado, a una política más activa a despertar su crítica y a reforzar su control sobre las maquinaciones de la burguesía.

Es desde este punto de vista que nuestra sección americana, sostiene, criticándola, la proposición de la institución de un referéndum sobre la cuestión de la declaración de guerra. Ninguna reforma democrática puede impedir, por ella misma, a los dirigentes provocar la guerra cuando ellos lo quieran. Es necesario hacer abiertamente esta advertencia. Pero cualesquiera que sean las ilusiones de las masas respecto al referéndum, esta reivindicación refleja la desconfianza de los obreros y los campesinos por el gobierno y el parlamento de la burguesía. Sin sostener ni desarrollar las ilusiones de las masas, es necesario apoyar con todas las fuerzas la desconfianza progresiva de los oprimidos hacia los opresores. Mientras más crezca el movimiento por el referéndum, más pronto los pacifistas burgueses se aislarán, más se desacredi­taran los traidores de la Internacional Comunista y más viva se hará la desconfianza de los trabajadores hacia los imperialistas.

Es desde este punto de vista que debe ser sostenida, en adelante, la reivindicación del derecho de voto a los dieciocho años para los hombres y mujeres. Aquel que mañana será llamado a morir por la “patria” debe tener el derecho de hacer oír su voz ahora. La lucha contra la guerra debe consistir, ante todo, en la movilización revolucionaria de la juventud.

Es necesario hacer plena luz sobre el problema de la guerra en todos sus aspectos, principalmente sobre aquel bajo el cual se presenta a las masas en un momento dado.

La guerra es una gigantesca empresa comercial, sobre todo para la industria de guerra. Es por eso que las “doscientas familias” son los primeros patriotas y los principales provocadores de la guerra. El control obrero sobre la industria de guerra es el primer paso sobre “los fabricantes” de la guerra.

A la consigna de los reformistas: impuesto sobre los beneficios de la industria de guerra, nosotros oponemos la consigna de: confiscación de las ganancias y expropiación de las empresas que trabajan para la guerra. Donde la industria de la guerra está “nacionalizada”, como en Francia, la consigna del control obrero conserva todo su valor; el proletariado tiene hacia el estado burgués la misma desconfianza que hacia el burgués individual.

¡Ni un hombre, ni un centavo para el gobierno burgués!

¡Nada de programas de armamento sino un programa de trabajos de utilidad pública!

¡Completa independencia de las organizaciones obreras del control militar-policíaco!

Es necesario arrancar de una vez por todas el destino de los pueblos de las manos de las camarillas imperialistas ávidas y despiadadas que conspiran a sus espaldas. De acuerdo con esto reivindicamos: abolición completa de la diplomacia secreta; todos los tratados y acuerdos deben ser accesibles a cada obrero y campesino. Creación de escuelas militares para la formación de oficiales salidos de las filas de los trabajadores y escogidos por las organizaciones obreras, instrucción militar de los obreros y campesinos bajo el control inmediato de comités obreros y campesinos.

Sustitución del ejército permanente, es decir del cuartel, por una milicia popular en ligazón indisoluble con las fábricas, las minas y los campos.

La guerra imperialista es la continuación y la exacerbación de la política de pillaje de la burguesía. La lucha del proletariado contra la guerra imperialista es la continuación y la exacerbación de la lucha de clase. El comienzo de la guerra cambia la situación y parcialmente los procedimientos de la lucha de clases, pero no cambia ni los objetivos ni la dirección fundamental de la misma.

La burguesía imperialista domina el mundo, es por eso que la próxima guerra, en su carácter fundamental, será una guerra imperialista. El contenido fundamental de la política del proletariado será, en consecuencia, la lucha contra el imperialismo y su guerra. El principio fundamental de esta lucha será: “El enemigo principal está en el país” o “La derrota de nuestro propio gobierno (imperialista) es el menor mal”.

Pero todos los países del mundo no son países imperialistas. Al contrario la mayoría de los países son víctimas del imperialismo. Algunos países coloniales o semi-coloniales intentarán, sin duda, utilizar la guerra para sacudir el yugo de la esclavitud. De su parte la guerra no será imperialista sino emancipadora. El deber del proletariado internacional será el de ayudar a los países oprimidos en guerra contra los opresores, este mismo deber se extiende también a la U.R.S.S y a todo el estado obrero que pueda surgir antes de la guerra. La derrota de todo gobierno imperialista en la lucha contra un estado obrero o un país colonial es el menor mal.

Los obreros de un país imperialista no pueden ayudar a un país anti-imperialista por medio de su gobierno, cualesquiera que sean, en un momento dado, las relaciones diplomáticas entre los dos países. Si los gobiernos se encuentran en alianza temporaria que por la propia naturaleza debe ser incierta, el proletariado del país imperialista debe permanecer en su posición de clase frente a su gobierno y aportar el apoyo a su aliado no imperialista por sus métodos, es decir, por los métodos de la lucha de clases internacional (agitación en favor del estado obrero y del país colonial, no solamente contra sus enemigos, sino también contra sus aliados pérfidos; boicot y huelga en ciertos casos, renuncia al boicot y la huelga en otros, etc…).

Sin dejar de sostener al país colonial y a la U.R.S.S. en la guerra, el proletariado no se solidariza, en ninguna forma, con el gobierno burgués del país colonial ni con la burocracia termidoriana de la U.R.S.S. Al contrario, mantiene su propia independencia política tanto frente a uno como frente a la otra. Ayudando a una guerra justa y progresiva el proletariado revolucionario conquista las simpatías de los trabajadores de las colonias y de la U.R.S.S. Afirma así la autoridad de la IV internacional y puede ayudar por lo tanto, mejor, a la caída del gobierno burgués en el país colonial y de la burocracia reaccionaria de la U.R.S.S.

Al principio de la guerra las secciones de la IV internacional se sentirán inevitablemente aisladas: cada guerra toma de improviso a las masas populares y las empuja del lado del aparato gubernamental. Los internacionalistas deberán marchar contra la corriente. No obstante, las devastaciones y los males de la nueva guerra, que desde los primeros meses dejarán muy atrás los sangrientos horrores de 1914-18 desilusionarán pronto a las masas. Su descontento y su rebelión crecerán por saltos. Las secciones de la IV internacional se encontrarán a la cabeza del flujo revolucionario. El programa de reivindicaciones transitorias adquirirá una ardiente actualidad. El problema de la conquista del poder por el proletariado se planteará con toda su amplitud.

Antes de agotar, o ahogar en sangre a la humanidad, el capitalismo envenena la atmósfera mundial con los vapores deletéreos del odio nacional y racial. El antisemitismo es ahora una de las convulsiones más malignas de la agonía capitalista.

La divulgación tenaz en contra de todos los prejuicios de raza y de todas las formas y matices de la arrogancia nacional del chauvinismo, en particular del antisemitismo, debe entrar en el trabajo cotidiano de todas las secciones de la IV Internacional, como el principal trabajo de educación en la lucha contra el imperialismo y la guerra. Nuestra consigna fundamental sigue siendo:

¡Proletarios de todos los países, uníos!

 

 

EL GOBIERNO OBRERO Y CAMPESINO

 

La fórmula de “gobierno obrero y campesino” aparecida por primera vez en 1917 en la agitación de los bolcheviques fue definitivamente admitida después de la insurrección de Octubre. No representaba en este caso más que una denominación popular de la dictadura del proletariado, ya establecida. La importancia de esta denominación consiste sobre todo en que ponía en primer plano la idea de la alianza del proletariado y de la clase campesina colocada en la base del poder soviético.

Cuando la Internacional Comunista de los epígonos trató de hacer revivir la fórmula de “dictadura democrática de los obreros y campesinos”, enterrada por la historia, dio a la fórmula de “gobierno obrero y campesino” un contenido completamente diferente, puramente “democrático”, vale decir, burgués, oponiéndola a la dictadura del proletariado. Los bolcheviques leninistas rechazaron resueltamente la consigna de “gobierno obrero y campesino” en su interpretación democrático burguesa. Afirmaban entonces y afirman ahora que cuando el partido del proletariado renuncia a salir de los cuadros de la democracia burguesa, su alianza con la clase media no es otra cosa que un apoyo al capital, como ocurrió con los menchevique y los socialistas revolucionarios en 1917, como ocurrió con el partido comunista chino en 1925-1927 y como pasa ahora con los “frentes populares” de España, de Francia y de otros países.

En Abril-Septiembre de 1917, los bolcheviques exigían que los socialistas revolucionarios y los mencheviques rompieran su ligazón con la burguesía liberal y tomaran el poder en sus propias manos. Con esta condición los bolcheviques prometían a los mencheviques y a los socialistas revolucionarios representantes pequeño burgueses de obreros y campesinos, su ayuda revolucionaria contra la burguesía renunciando, no obstante categóricamente a entrar en el gobierno y a tomar ninguna responsabilidad política por ellos. Si los mencheviques y socialistas revolucionarios habían realmente roto con los cadetes liberales y con el imperialismo extranjero, “el gobierno obrero y campesino” creado por ellos, no hubiera hecho más que acelerar y facilitar la instauración de la dictadura del proletariado. Pero es precisamente por esto que la dirección de la democracia pequeño burguesa se opuso con todas sus fuerzas a la instauración de su propio poder. La experiencia de Rusia demuestra, la experiencia de España y de Francia confirma de nuevo, que aún en las condiciones más favorables los partidos de la democracia pequeño burguesa (socialistas revolucionarios, social demócratas, stalinistas, anarquistas) son incapaces de crear un gobierno obrero y campesino, vale decir un gobierno independiente de la burguesía.

No obstante la reivindicación de los bolcheviques dirigidas a los mencheviques y a los socialistas revolucionarios: “¡Romped con la burguesía, tomad en vuestras manos el poder!” tiene para las masas un enorme valor educativo. La negación obstinada de los mencheviques y de los socialistas revolucionarios a tomar el poder, que apareció tan trágicamente en las jornadas de julio, los perdió definitivamente en el espíritu del pueblo y preparó la victoria de los bolcheviques.

La tarea central de la Cuarta Internacional consiste en liberar al proletariado de la vieja dirección, cuyo espíritu conservador está en completa contradicción con la situación catastrófica del capitalismo en su decadencia y es el principal freno del progreso histórico. La acusación capital que la IV Internacional lanza contra las organizaciones tradicionales del proletariado es la de que ellas no quieren separarse del semi-cadáver de la burguesía.

En estas condiciones la reivindicación dirigida sistemáticamente a la vieja dirección: “¡Romped con la burguesía, tomad el poder!” es un instrumento extremada­mente importante para descubrir el carácter traidor de los partidos y organizaciones de las II y III Internacional es así como también de la Internacional de Amsterdam.

La consigna de “gobierno obrero y campesino” es empleada por nosotros, únicamente, en el sentido que tenía en 1917 en boca de los bolcheviques, es decir, como una consigna anti-burguesa y anti-capitalista, pero en ningún caso en el sentido “democrático” que posteriormente le han dado los epígonos haciendo, de ella, que era un puente a la revolución, la principal barrera en su camino.

Nosotros exigimos de todos los partidos y organizaciones que se apoyan en los obreros y campesinos, que rompan políticamente con la burguesía y tomen el carro campesino. En este camino de la lucha por el poder obrero prometemos un completo apoyo contra la reacción capitalista. Al mismo tiempo desarrollamos una agitación incansable alrededor de las reivindicaciones que deben constituir, en nuestra opinión, el programa del “gobierno obrero y campesino”.

¿Es posible la creación del gobierno obrero y campesino por las organizaciones obreras tradicionales? La experiencia del pasado demuestra, como ya lo hemos dicho, que esto es por lo menos, poco probable. No obstante no es posible negar categórica­mente a priori la posibilidad teórica de que bajo la influencia de una combinación muy excepcional (guerra, derrota, crack financiero, ofensiva revolucionaria de las masas, etc…)Los partidos pequeño burgueses sin excepción a los stalinistas, pueden llegar más lejos de lo que ellos quisieran en el camino de una ruptura con la burguesía. En cualquier caso una cosa está fuera de dudas: aún en el caso de que esa variante poco probable llegara a realizarse en alguna parte y un “gobierno obrero y campesino” – en el sentido indicado más arriba- llegara a constituirse, no representaría más que un corto episodio en el camino de la verdadera dictadura del proletariado.

Pero es inútil perderse en conjeturas. La agitación bajo la consigna de gobierno obrero y campesino tiene en todos los casos un enorme valor educativo. Y no es por azar: esta consigna, completamente general sigue la línea del desarrollo político de nuestra época (bancarrota, disgregación de los viejos partidos burgueses, quiebre de la democracia, auge del fascismo, aspiración creciente de los trabajadores a una política más activa y más ofensiva). Es por eso que cada una de nuestras reivindicaciones transitorias debe conducir a una sola y misma conclusión política: los obreros deben romper con todos los partidos tradicionales de la burguesía para establecer en común con los campesinos su propio poder.

Es imposible prever cuáles serán las etapas concretas de la movilización revolucionaria de las masas. Las secciones de la IV Internacional deben orientarse en forma crítica a cada nueva etapa y lanzar las consignas que apoyen las tendencias de los obreros a una política independiente, profundicen el carácter de clase de esta política, destruyan las ilusiones pacifistas y reformistas, refuercen la ligazón de la envergadura con las masas y preparen la toma revolucionaría del poder[nu2] .

 

 

LOS SOVIETS

 

Los comités de fábrica son como se ha dicho un elemento de la dualidad del poder en la fábrica. Es por eso que su existencia sólo es posible bajo las condiciones de una creciente presión de las masas. Esto también es cierto para las agrupaciones de masa para la lucha contra la guerra; para los comités de control de precios y para los otros centros de movimiento cuya acción testifica, por sí misma que la lucha de clases ha rebasado el cuadro de las organizaciones tradicionales del proletariado.

No obstante estos nuevos organismos y centros sentirán su falta de cohesión y su insuficiencia. Ninguna de las reivindicaciones transitorias puede ser completamente realizada con el mantenimiento del régimen burgués. Además de la agudización de la crisis social aumentará no sólo el sufrimiento de las masas sino que también su impaciencia, su firmeza y su espíritu de ofensiva. Capas siempre nuevas de oprimidos levantarán la cabeza y lanzarán sus reivindicaciones millones de necesitados, en que los jefes reformistas nunca pensaron, comenzarán a golpear a las puertas de las organizaciones obreras. Los desocupados entrarán en el movimiento. Los obreros agrícolas, los campesinos arruinados o semi-arruinados, las capas proletarizadas de la intelectualidad, todos buscarán un reagrupamiento y una dirección. ¿Cómo armonizar las diversas reivindicaciones y formas de lucha aunque sólo sea en los limites de una ciudad? La historia ya ha respondido a este problema: por medio de los soviets (Consejos) que reúnen los representantes de todos los grupos de lucha. Nadie ha propuesto hasta ahora ninguna forma de organización y es dudoso que se pueda inventar otra. Los soviets no están ligados a ningún programa a priori. Abren sus puertas a todos los explotados. Por esta puerta pasan los representantes de las capas que son arrastradas por el torrente general de la lucha. La organización se extiende con el movimiento y se renueva constantemente y profundamente. Todas las tendencias políticas del proletariado pueden luchar por la democracia del soviets sobre la base de la más amplia democracia. Es por eso que la consigna de los soviets es el coronamiento del programa de reivindicaciones transitorias.

Los soviets no pueden nacer sino donde el movimiento de las masas entra en una etapa abiertamente revolucionaria. En tanto que eje alrededor del cual se unifican decenas de millones de trabajadores, los soviets desde el momento de su aparición se constituyen en rivales adversarios de las autoridades locales y, en seguida, del mismo gobierno central. Si el comité de fábrica crea los elementos de la dualidad del poder en la fábrica, los soviets abren un período de dualidad del poder en el país.

La dualidad del poder es a su vez el punto culminante del período de transición. Dos regímenes, el burgués y el proletario, se oponen, hostilmente uno al otro. El choque entre ambos es inevitable. De la salida de éste depende la suerte de la sociedad. En caso de derrota de la revolución, la dictadura fascista de la burguesía. En caso de victoria, el poder de los soviets, es decir, la dictadura del proletariado y la reconstrucción socialista de la sociedad.

 

 

LOS PAISES ATRASADOS Y EL PROGRAMA DE REIVINDICACIONES TRANSITORIAS

 

Los países coloniales y semi-coloniales son por su misma naturaleza países atrasados. Pero estos países atrasados viven en las condiciones de la dominación mundial del imperialismo. Es por eso que su desarrollo tiene un carácter combinado: reúnen al mismo tiempo las formas económicas más primitivas y la última palabra de la técnica y de la civilización capitalista. Esto es lo que determina la política del proletariado de los países atrasados: está obligado a combinar la lucha por las tareas más elementales de la independencia nacional y la democracia burguesa con la lucha socialista contra el imperialismo mundial. Las reivindicaciones democráticas, las reivindicaciones transitorias y las tareas de la revolución socialista no están separadas en la lucha por etapas históricas sino que surgen inmediatamente las unas de las otras. Habiendo apenas comenzado a edificar sindicatos el proletariado chino se vio ya obligado a pensar en los soviets. En este sentido, el presente programa es plenamente aplicable a los países coloniales y semi-coloniales, al menos en aquellos que el proletariado es ya capaz de tener una política independiente.

Los problemas centrales de los países coloniales y semi-coloniales son: la revolución agraria, es decir, la liquidación de la herencia feudal y la independencia nacional, es decir, el sacudimiento del yugo imperialista. Estas dos tareas están estrechamente ligadas la una a la otra.

Es imposible rechazar pura y simplemente el programa democrático; es necesario que las masas por sí mismo sobrepasen este programa en la lucha. La consigna de la Asamblea Nacional (o Constituyente) conserva todo su valor en países como la China o la India. Es necesario ante todo armar a los obreros de este programa democrático. Sólo ellos pueden levantar y unir a los campesinos. Sobre la base del programa democrático revolucionario es necesario oponer los obreros a la burguesía “nacional”. A una cierta etapa de la movilización de las masas bajo las consignas de la democracia revolucionaria, los soviets pueden y deben surgir. Su rol histórico en cada período dado, en particular su relación con la Asamblea Nacional, está determinado por el nivel político del proletariado, por la ligazón entre éste y la clase campesina, por el carácter de la política del proletariado. Tarde o temprano los soviets deben derribar a la democracia burguesa. Sólo ellos son capaces de llevar hasta el final la revolución democrática y abrir así la etapa de la revolución socialista.

El peso específico de las diversas reivindicaciones democráticas y transitorias en la lucha del proletariado, su ligazón recíproca, su orden de sucesión, está determinado por las particularidades y condiciones propias de cada país atrasado, en una parte considerable, por su grado de atraso. No obstante la dirección general del desarrollo revolucionario puede ser determinada por la fórmula de la revolución permanente en el sentido que definitivamente han dado a esta fórmula las tres revoluciones de Rusia (1905, febrero de 1917 y octubre de 1917).

La Internacional “Comunista” ha dado a los países atrasados el ejemplo clásico de la manera cómo se puede causar la ruina de una revolución llena de fuerza y de promesas cuando en la impetuosa alza del movimiento de masas en China en 1925-1927. la I.C. no lanzó la consigna de la Asamblea nacional y al mismo tiempo prohibió la formación de los soviets. El partido burgués del Kuo-Min-Tang debía según el plan de Stalin “reemplazar” a la vez a la Asamblea Nacional y a los Soviets. Después del hundimiento inevitable de la insurrección de Cantón. la I.C. tomó el camino de la guerra de guerrillas y de los soviets campesinos con una completa pasividad del proletariado industrial. Conducida por este camino a una impasse la I.C. aprovechó la guerra Chino-Japonesa para liquidar de un plumazo la “China Soviética” subordinando no solamente el “Ejercito Rojo” campesino sino también el llamado partido Comunista al Kuo-Min-Tang mismo, es decir de la burguesía.

Después de haber traicionado a la revolución proletaria internacional en nombre de la amistad con los esclavistas democráticos, el KOMINTERN no podía dejar de traicionar igualmente la lucha emancipadora de los pueblos coloniales con un cinismo mucho mayor que con el que lo hiciera antes la II Internacional. La política de los “Frentes Populares” y de la “Defensa Nacional ” tiene como uno de sus objetivos hacer con las centenas de millones de hombres de la población colonial, carne de cañón para el imperialismo democrático. La bandera de la lucha de la emancipación de los pueblos coloniales, es decir, de más de la mitad de la humanidad, pasa definitivamente a manos de la IV Internacional

 

 

EL PROGRAMA DE REIVINDICACIONES TRANSITORIAS EN LOS PAISES FASCISTAS

 

Ha pasado bastante tiempo desde que los estrategas de la I.C. proclamaron que la victoria de Hitler no era más que un paso hacia la victoria de Thaelman. Más de 5 años lleva pasados Thaelman en las prisiones de Hitler. Mussohni mantiene a Italia bajo el fascismo desde hace más de 16 años. Mientras tanto, todos los partidos de la Segunda y Tercera Internacionales se han mostrado impotentes no solamente para provocar un movimiento de masas sino también para crear una organización ilegal seria que pueda compararse, aunque sólo sea en cierta medida a los partidos revolucionarios rusos de la época del zarismo.

No hay ninguna razón para ver la causa de estos fracasos en la potencia de la ideología fascista. Mussolini no tuvo jamás ideología alguna y la ideología de Hitler nunca ha sido tomada en serio por los obreros. Las capas de la población a las que el fascismo, en un momento dado, había seducido, es decir, las clases medias, sobre todo, han tenido tiempo de desilucionarse. El hecho de que la pequeña oposición existente se limite a los medios clericales protestantes y católicos, no se explica por la potencia de las teorías semi-delirantes, semi-charlatanescas de la “raza’, y de la “sangre” sino ideologías de la democracia y del KOMINTERN.

Después del hundimiento de la Comuna de Paris, una reacción aplastante se prolongó cerca de 8 años. Después de la derrota de la revolución rusa en 1905 las masas obreras quedaron abatidas por casi el mismo tiempo. No obstante en los dos casos no se trató más que de derrotas físicas determinadas por la correlación de fuerzas. En Rusia se trataba, por otra parte, de un proletariado casi virgen. La fracción de los Bolcheviques no contaba entonces más de tres años. La situación era completamente diferente en Alemania donde la dirección pertenecía a potentes partidos los cuales uno tenía 70 años de existencia y el otro cerca de 15. Estos dos partidos que tenían millones de electores se encontraron moralmente paralizados ante la lucha y se rindieron sin combate. No ha habido jamás catástrofe parecida en la historia el proletariado alemán no la sido batido por el enemigo en un combate; ha sido destruido por la cobardía, la abyección, la traición de sus propios partidos. Nada de extraño tiene que haya perdido la fe en todo lo que estaba habituado a creer desde hace casi tres generaciones. La victoria de Hitler a su vez ha reforzado a Mussolini.

La falta de éxito real del trabajo revolucionario en Italia y en Alemania no tiene otra razón que la política criminal de la social democracia y del Comintern. Para realizar un trabajo ilegal es necesario no solamente la simpatía de las masas, sino también el entusiasmo consciente de sus capas más avanzadas. ¿Pero puede esperarse el entusiasmo en organizaciones que históricamente están en quiebra? Los jefes emigrados son sobre todo agentes del Kremlin o de la G.P.U., desmoralizados hasta la médula de los huesos, o antiguos ministros social-demócratas de la burguesía, que esperan que el milagro los obreros le devolverán sus puestos perdidos. ¿Es posible imaginar, aunque sólo sea por un momento a estos señores en el papel de futuros líderes de la revolución anti­fascista?

Los acontecimientos sobre la arena mundial tampoco han favorecido una conmoción revolucionaria en Italia y Alemania: aplastamiento de los obreros austria­cos, derrota de la revolución española, degeneración del Estado Soviético. En la medida en que los obreros italianos y alemanes dependen de la radio para su información política, se puede decir con seguridad que las emisiones de Moscú, que combinan la mentira termidoriana a la estupidez y la impotencia, constituyen un potente factor de desmoralización para los obreros de los países totalitarios. En este aspecto como en otros Stalin no es más que un auxiliar de Goebbels.

No obstante, los antagonismos de clase que han conducido a la victoria del fascismo, continúan su trabajo aún bajo su dominación y lo roen poco a poco. El descontento de las masas crece. Centenares de miles de obreros abnegados continúan, a pesar de todo, un trabajo prudente de topos revolucionarios. Jóvenes generaciones que no han sufrido directamente el hundimiento de las grandes tradiciones y de las grandes esperanzas, se levantan. La preparación molecular de la revolución está en marcha bajo la pesada loza del régimen totalitario. Pero para que la energía escondida se transforme en movimiento, es necesario que la vanguardia del proletariado haya encontrado una nueva perspectiva, un nuevo régimen, un nuevo programa, una nueva bandera sin tacha.

Es esta la principal dificultad. Es extremadamente difícil para los obreros de los países fascistas orientarse en los nuevos programas. La verificación de un programa se hace por la experiencia. Es precisamente la experiencia del movimiento de masas lo que falta en los países de despotismo totalitario. Es muy probable que sea necesario un gran éxito del proletariado en uno de los países “democráticos” para dar un impulso al movimiento revolucionario en los países dominados por el fascismo.

Una catástrofe financiera o militar puede tener el mismo efecto. Es necesario realizar actualmente un trabajo preparatorio, sobre todo de propaganda, que no dará frutos abundantes sino en el porvenir.

Desde ya se puede afirmar con plena certeza: una vez que haya alumbrado el gran día, el movimiento revolucionario en los países fascistas tomará de golpe una extensión grandiosa y no se detendrá para resucitar cadáveres como el de Weimar.

Es sobre este punto que comienza la divergencia irreductible entre la IV Internacional y los viejos partidos que sobreviven físicamente a su bancarrota. El “Frente Popular” en la emigración es una de las variedades más nefastas y más traidoras de todos los frentes populares posibles. Significa en el fondo la nostalgia impotente de una coalición con una burguesía liberal inexistente. Si tuviera algún éxito, no habría más que preparar una serie de nuevas derrotas del proletariado a la manera española. Es por eso que la propaganda despiadada contra la teoría y la práctica del Frente Popular es la primera condición de la lucha revolucionaria contra el fascismo.

Esto no significa que la IV Internacional rechace las consignas democráticas. Al contrario, y en todas partes bajo su propia bandera. Propone abiertamente su programa al proletariado de los países fascistas. Desde ahora los obreros avanzados del mundo entero están firmemente convencidos que el derrumbamiento de Mussolini y de Hitler y de sus agentes e imitadores, se producirá bajo la dirección de la IV Internacional.

 

 

LA SITUACION DE LA U.R.S.S. Y LAS TAREAS DE LA EPOCA DE TRANSICIÓN

 

La Unión Soviética ha salido de la revolución de Octubre como un Estado obrero. La propiedad estatal de los medios de producción, condición necesaria del desarrollo socialista, ha abierto la posibilidad de un crecimiento rápido de las fuerzas productivas. El aparato del Estado obrero, aislado, sufrió mientras tanto una pequeña degeneración, transformándose de instrumento de la clase obrera, en instrumento de violencia burocrática contra la clase obrera y en miseria general y que la burocracia alienta conscientemente.

Sobre este sistema de antagonismo crecientes que destruyen, cada vez más, el equilibrio social, se mantiene, por métodos de terror, una oligarquía termidoriana, que por ahora se reduce sobre todo a la camarilla bonapartista de Stalin.

Los últimos procesos han sido un golpe contra la izquierda. Esto es cierto también respecto a la represión contra los jefes de la oposición de derecha, porque desde el punto de vista de los intereses y de las tendencias de la burocracia, el grupo de derecha del viejo partido bolchevique, representa un peligro de izquierda. El hecho de que la camarilla bonapartista, temerosa también de sus aliados de derecha, del género de Butenko, se haya visto obligada, para asegurar su mantenimiento, a recurrir a la exterminación, casi general de la vieja generación de bolcheviques es la prueba indiscutible de la vitalidad de las tradiciones revolucionarias en las masas y del descontento creciente de las mismas.

Los demócratas pequeño-burgueses de Occidente, que aceptaban todavía ayer los procesos de Moscú como moneda corriente, repiten ahora con insistencia que “en la U.R.S.S. no hay trotskismo ni trotskistas”. Pero no explican por qué, toda la depuración se hace bajo el signo de la lucha contra este peligro. Si se toma el “trotskismo” como un programa acabado y con más razón como una organización, “el trotskismo” es sin duda, en la U.R.S.S., extremadamente débil. No obstante, su fuerza invencible reside en ser la representación, no solamente de la tradición revolucionaria, sino también de la oposición actual de la clase obrera. El odio social de los obreros por la burocracia, es precisamente lo que a los ojos de la camarilla staliniana es el trotskismo. Teme mortalmente, y con mucha razón, la vinculación de la sorda indignación de los trabajadores con la organización de la IV Internacional.

La exterminación de la vieja generación de bolcheviques y de representantes revolucionarios de la generación media y joven ha destruido todavía más el equilibrio político en favor a la derecha, burguesa, de la burocracia, en todo el país. Es de ahí, es decir, de la derecha, que se puede esperar en el próximo periodo, tentativas cada vez más resueltas de reconstruir el régimen social de la U.R.S.S. aproximándolo a la “civilización occidental”, ante todo en su forma fascista.

Esta perspectiva da un carácter muy concreto a la cuestión de la “defensa de la U.R.S.S.”. Si mañana el grupo burgués-fascista o, por así decir, la “fracción Butenko” entra en la lucha por la conquista del poder, la “fracción Reiss” tomará inevitablemente su lugar del otro lado de la barricada. Siendo momentáneamente el aliado de Stalin, esta última defendería, no a la camarilla bonapartista de éste, sino la base social de la U.R.S.S., es decir, la propiedad arrancada a los capitalistas y transformada en propiedad del Estado. Si la “fracción Butenko” se encuentra en alianza militar con Hitler, la “fracción Reiss” defenderá a la U.R.S.S. contra la intervención militar, en el interior de la U.R.S.S. como sobre la arena mundial. Cualquier otra conducta sería una traición.

No es posible negar por adelantado la posibilidad, en casos estrictamente determinados, de un “frente único” con la parte termidoriana de la burocracia contra la ofensiva abierta de la contra revolución capitalista, pero la tarea política principal en la U.R.S.S. sigue siendo, a pesar de todo, el derrocamiento de la burocracia termidoriana. Cada día añadido a su dominación contribuye a socavar los cimientos de los elementos socialistas de la economía y aumentar las posibilidades de la restauración capitalista. En el mismo sentido gravita la Internacional “Comunista” agente y cómplice de camarilla stalinista en el sofocamiento de la revolución española y la desmoralización del proletariado internacional.

Al igual que en los países fascistas, la principal fuerza de la burocracia no está en ella misma, sino en el desaliento de las masas, en la falta de una perspectiva nueva. Al igual que en los países fascistas, de los cuales el aparato político de Stalin difiere sólo en ser de una crudeza más desenfrenada, sólo un trabajo preparatorio de propaganda es actualmente posible en la U.R.S.S. Al igual que en los países fascistas, la impulsión para el movimiento revolucionario de los obreros soviéticos será dada, muy probablemente, por acontecimientos exteriores. La lucha contra el KOMINTERN sobre la arena mundial es actualmente la parte más importante de la lucha contra la dictadura stalinista. Muchos indicios permiten creer que la disgregación del KOMINTERN, que no tiene apoyo directo en la G.P.U., precederá la caída de la camarilla bonapartista y de toda la burocracia termidoriana en general.

El nuevo auge de la revolución en la U.R.S.S. comenzará sin ninguna duda, bajo la bandera de la lucha contra la desigualdad social y la opresión política.

¡ Abajo los privilegios de la burocracia!

¡ Abajo el stajanovismo!

¡ Abajo la aristocracia soviética con sus grados y decoraciones!

¡Más igualdad en el salario de todas las formas de trabajo!

La lucha por la libertad de los sindicatos y los comités de fábrica, por la libertad de reunión y de prensa, se desarrollará en lucha por el renacimiento y regeneración de la democracia soviética.

La burocracia ha reemplazado a los soviets, en sus funciones de órgano de clase, por la ficción del sufragio universal, al estilo de Hitler-Goebbels. Es necesario devolver a los soviets no solamente su libre forma, democrática, sino también su contenido de clase. De la misma manera que antes la burguesía y los Kulaks no eran admitidos en los soviets, ahora la burocracia y la nueva aristocracia deben ser arrojada de los soviets. En los soviets no hay lugar más que para los obreros, para los miembros de base de los Koljoses, los campesinos y los soldados rojos.

La democratización de los soviets es inconcebible sin la legalización de los partidos soviéticos. Los obreros y los campesinos, por sí mismos y por su libre sufragio decidirán qué partidos serán considerados como partidos soviéticos.

¡Revisión completa de la economía planificada en interés de los productores y consumidores! Se debe devolver el derecho de control de la producción a los Comités de fábrica. La cooperativa de consumos, democráticamente organizada, debe controlar la calidad de los productos y sus precios.

¡Reorganización de los Koljoses de acuerdo con la voluntad e interés de los trabajadores que los integran!

La política internacional conservadora de la burocracia debe ser reemplazada por la política del internacionalismo proletario. Toda la correspondencia diplomática del Kremlin debe ser publicada. ¡Abajo la diplomacia secreta!

Todos los procesos políticos montados por la burocracia termidoriana deben ser revisados, bajo una publicidad completa y un libre examen. Los organizadores de las falsificaciones deben sufrir el merecido castigo.

Es imposible realizar este programa sin el derrocamiento de la burocracia que se mantiene por la violencia y la falsificación. Sólo el levantamiento revolucionario victorioso de las masas oprimidas puede regenerar el régimen soviético y asegurar la marcha adelante hacia el socialismo. Sólo el partido de la IV Internacional es capaz de dirigir a las masas soviéticas a la insurrección.

 

¡Abajo la camarilla bonapartista del Caín-Stalin!

 

¡Viva la democracia soviética!

 

¡Viva la revolución socialista internacional!

 

 

CONTRA EL OPORTUNISMO Y EL REVISIONISMO SIN PRINCIPIOS

 

La política del partido de León Blum en Francia demuestra nuevamente que los reformistas son incapaces de aprender nada de las lecciones de la historia. La social democracia francesa copia servilmente la política de la social democracia alemana y marcha hacia la misma catástrofe. En las últimas décadas, la Segunda Internacional ha ligado estrechamente su destino al régimen democrático burgués y está pudriéndose a la par de él.

La Tercera Internacional ha entrado en el camino del reformismo precisamente ahora que la crisis del capitalismo ha puesto definitivamente en el orden del día a la revolución proletaria. La política actual de la II Internacional en España y en China, que consiste en arrastrarse ante la burguesía “nacional” y “democrática”, revela que ésta tampoco es capaz de cambiar ni de aprender nada. La burocracia, que en la U.R.S.S. se ha convertido en una fuerza reaccionaria, no puede desempeñar un papel revolucionario en el orden internacional.

En su conjunto, el anarcosindicalismo ha experimentado una evolución del mismo género. En Francia, la burocracia sindical de León Jouhaux desde hace mucho tiempo se ha convertido en una agencia de la burguesía en el seno de la clase obrera. En España, el anarcosindicalismo se desprendió de su revolucionarismo de fachada, desde que apareció la revolución, y se convirtió en la quinta rueda del carro de la democracia burguesa.

Las organizaciones intermedias centristas, que se agrupan en torno al Bureau de Londres, no son más que apéndices “izquierdistas”, poniendo en evidencia su absoluta incapacidad para orientarse en una situación histórica y deducir conclusiones revolucionarias. Su punto culminante fue alcanzado por el P.O.U.M. español que frente a una situación revolucionaria resultó ser completamente incapaz de tener una política revolucionaria. Las trágicas derrotas que el proletariado mundial viene sufriendo desde hace una larga serie de años han llevado a las organizaciones oficiales a un conservadurismo todavía más acentuado y, al mismo tiempo, a los “revolucionarios” pequeño-burgueses decepcionados, a buscar “nuevos” caminos. Como siempre en las épocas de reacción y decadencia, por todas partes aparecen magos y charlatanes que quieren revisar todo el desenvolvimiento del pensamiento revolucionario. En lugar de aprender del pasado, lo “corrigen”. Unos descubren la inconsistencia del marxismo, otros proclaman la quiebra del bolchevismo. Unos adjudican a la doctrina revolucionaria la responsabilidad de los crímenes y errores de quienes lo traicionan. Otros maldicen a la medicina porque no asegura una curación inmediata y milagrosa. Los más audaces prometen descubrir una panacea y mientras tanto recomiendan que se detenga la lucha de clases. Numerosos profetas de la nueva moral se disponen a regenerar al movimiento obrero con ayuda de una homeopatía ética. La mayoría de estos apóstoles se han convertido en inválidos morales sin batalla. Así, con el ropaje de revelaciones deslumbradoras no se ofrecen al proletariado más que viejas recetas enterradas desde hace mucho tiempo en los archivos del socialismo anterior a Marx.

La IV Internacional declara una guerra implacable a las burocracias de la II y de la III Internacionales, de la Internacional de Amsterdam y de la Internacional anarcosindicalista, lo mismo que a sus satélites centristas; al reformismo sin reformas, al democratismo aliado a la G.P.U., al pacifismo sin paz, al anarquismo al servicio de la burguesía, a los “revolucionarios” que temen mortalmente a la revolución. Todas estas organizaciones no son promesas del porvenir sino supervivencias podridas del pasado. La época de las guerras y de las revoluciones no dejará ni rastros de ellas.

La IV Internacional no busca ni inventa ninguna panacea. Se mantiene enteramente en el terreno del marxismo, única doctrina revolucionaria que permite comprender la realidad, descubrir las causas de las derrotas y preparar conscientemente la victoria. La IV Internacional continúa la tradición del bolchevismo que por primera vez mostró al proletariado cómo conquistar el poder. La Cuarta Internacional desecha a los magos, charlatanes y profesores de moral. En una sociedad basada en la explotación, la moral suprema es la de la revolución socialista. Buenos son los métodos que elevan la conciencia de clase de los obreros, la confianza en sus fuerzas y su espíritu de sacrificio en la lucha. Inadmisibles son los métodos que inspiran el miedo y la docilidad de los oprimidos contra los opresores, que ahogan el espíritu de rebeldía y de protesta, o que reemplazan la voluntad de las masas por la de los jefes, la persuasión por la coacción y el análisis de la realidad por la demagogia y la falsificación. He aquí por qué la social democracia, que ha prostituido el marxismo tanto como el stalinismo, antítesis del bolchevismo, son los enemigos mortales de la revolución proletaria y de la moral de la misma.

Mirar la realidad cara a cara, no buscar la línea de la menor resistencia, llamar a las cosas por su nombre, decir la verdad a las masas por amarga que ella sea, no temer los obstáculos, ser fiel en las pequeñas y en las grandes cosas, ser audaz cuando llegue la hora de la acción, tales son las reglas de la IV Internacional. Ella ha mostrado que sabe marchar contra la corriente. La próxima ola histórica la pondrá sobre su cresta.

 

 

CONTRA EL SECTARISMO

 

Bajo la influencia de la traición y de la degeneración de las organizaciones históricas del proletariado, en la periferia de la IV Internacional han nacido o han degenerado grupos y formaciones sectarias de diferentes géneros. En su base estos núcleos se niegan a luchar por los intereses y las necesidades elementales de las masas, tal como ellas son. La preparación de la revolución significa para los sectarios convencerse a sí mismos de las ventajas del socialismo. Proponen volver la espalda a los viejos sindicatos, esto es, a decenas de millones de obreros. ¡Como si las masas pudieran vivir fuera de las condiciones reales de la lucha de clases! Permanecen indiferentes ante la lucha interna de las organizaciones reformistas. ¡Como si se pudiera conquistar a las masas sin intervenir en esa lucha! Se rehúsan a hacer en la práctica una diferencia entre la democracia burguesa y el fascismo. ¡Cómo si las masas no sintieran esa diferencia a cada paso!

Los sectarios sólo son capaces de distinguir dos colores: el blanco, y el negro. Para no exponerse a la tentación, simplifican la realidad. Rehúsan establecer diferencias entre los campos en lucha en España por la razón de que los dos campos tienen un carácter burgués. Y piensan, por la misma razón, que es necesario permanecer neutral en la guerra de Japón contra China. Niegan la diferencia de principios entre U.R.S.S. y los países burgueses y se rehúsan, vista la política reaccionaria de la burocracia soviética, a defender contra el imperialismo las formas de propiedad creadas por la revolución de Octubre.

Incapaces de encontrar acceso a las masas las acusan de incapacidad para elevarse hasta las ideas revolucionarias. Estos profetas estériles no ven la necesidad de tender el puente de las reivindicaciones transitorias, porque tampoco tienen el propósito de llegar a la otra orilla. Como mula de noria, repiten, constantemente las mismas abstracciones vacías. Los acontecimientos políticos no son para ello la ocasión de lanzarse a la acción, sino de hacer comentarios. Los sectarios del mismo modo que los conlusionistas y los magos, al ser constantemente desmentidos por la realidad, viven en un estado de continua irritación, se lamentan incesantemente del “régimen” y de los “métodos” y se dedican a mezquinas intrigas. Dentro de su propio círculo, estos señores comúnmente ejercen un régimen despótico. La postración política del sectarismo no hace más que seguir como una sombra a la postración del oportunismo, sin abrir perspectivas revolucionarias. En la política práctica los sectarios se unen a cada paso a los oportunistas, sobre todo a los centristas, para luchar contra el marxismo.

La mayoría de los grupos y camarillas sectarias de esta índole, que se nutren de las migajas caídas de la mesa de la IV Internacional, llevan una existencia organizativa “Independiente” con grandes pretensiones, pero sin la menor posibilidad de éxito. Sin perder su tiempo, los bolcheviques leninistas pueden abandonarlos tranquilamente a su propia suerte.

No obstante, también en nuestras propias filas se encuentran tendencias que ejercen una influencia funesta sobre el trabajo de algunas secciones. Es algo que no debe tolerarse un solo días más. La condición fundamental para pertenecer a la IV Internacional es una política justa respecto de los sindicatos. El que no busca ni encuentra el camino del movimiento de masas no es combatiente sino un peso muerto para el partido. Un programa no se crea para las redacciones, las salas de lectura o los centros de discusión, sino para la acción revolucionaria de millones de hombres. La premisa necesaria de los éxitos revolucionarios es la depuración de la IV Internacional del sectarismo y de los sectarios incorregibles.

 

 

¡ PASO A LA JUVENTUD! ¡ PASO A LAS MUJERES TRABAJADORAS!

 

La derrota de la revolución española, provocada por sus “jefes”, la bancarrota vergonzosa del frente popular en Francia y la divulgación de los actos de bandidaje judicial de Moscú, son hechos que en su conjunto asestan a la III Internacional un golpe irreparable y, de paso, causan graves heridas a sus aliados, los socialdemócratas y los anarcosindicalistas. Desde luego, esto no significa que los integrantes de esas organizaciones se orientarán bruscamente hacia la IV Internacional. La generación más vieja, que ha sufrido un terrible descalabro, en su mayor parte abandonará el frente de batalla. De otra parte, la IV Internacional, de ningún modo aspira a transformarse en un refugio de inválidos revolucionarios, burócratas y arribistas decepcionados. Por el contrario, contra la afluencia a nuestras filas de los elementos pequeño-burgueses que dominan en los aparatos dirigentes de las viejas organizaciones, es preciso adoptar las más estrictas medidas preventivas; un largo periodo de prueba para los candidatos que no son obreros, sobre todo, si se trata de ex-burócratas; prohibición de que ocupen puestos responsables en el partido durante los tres primeros años, etc… En la IV Internacional no hay lugar para el arribismo, cáncer de las viejas internacionales. Sólo encontrarán cabida en nuestras filas aquellos que quieran vivir para el movimiento y no a expensas del mismo.

Las puertas de la organización están completamente abiertas para los obreros revolucionarios, que son quienes deben sentirse dueños de la misma. Claro está que aún entre los obreros que en un tiempo ocuparon las primeras filas, actualmente hay no pocos fatigados y decepcionados. Por lo menos en su próximo periodo se mantendrán apartados. Con el desgaste del programa y de la organización manteniendo sobre sus hombros. El movimiento se renueva con la juventud, libre de toda responsabilidad del pasado.

La IV Internacional presta una atención y un interés particularísimo a la joven generación del proletariado. Toda su política se esfuerza por inspirar a la juventud confianza en sus propias fuerzas y en su porvenir. Sólo el entusiasmo fresco y el espíritu beligerante de la juventud pueden asegurar los primeros triunfos de la lucha y sólo éstos devolverán al camino revolucionario a los mejores elementos de la vieja generación. Siempre fue así y siempre será así.

La marcha de las cosas lleva a todas las organizaciones oportunistas a concentrar su interés en las capas superiores de la clase obrera, y, en consecuencia, ignoran tanto a la juventud como a las mujeres trabajadoras. Ahora bien, la época de la declinación del capitalismo asesta a la mujer sus más duros golpes tanto en su condición de trabajadora como de ama de casa. Las secciones de la IV Internacional deben buscar apoyo en los sectores más oprimidos de la clase trabajadora, y por tanto, entre las mujeres que trabajan. En ellas encontrarán fuentes inagotables de devoción, abnegación y espíritu de sacrificio.

¡Abajo el burocratismo y el arribismo!

¡Paso a la juventud!

¡Paso a la mujer trabajadora!

Tales son las consignas inscritas en la bandera de la Cuarta Internacional.

 

 

BAJO LA BANDERA DE LA CUARTA INTERNACIONAL

 

Los escépticos preguntan: ¿Pero ha llegado el momento de crear una nueva Internacional? Es imposible, dicen, crear “artificialmente” una Internacional. Sólo pueden hacerla surgir los grandes acontecimientos, etc. Lo único que demuestran todas estas expresiones es que los escépticos no sirven para crear una nueva Internacional. Por lo general, los escépticos no sirven para nada.

La Cuarta Internacional ya ha surgido de grandes acontecimientos; de las más grandes derrotas que el proletariado registra en la historia. La causa de estas derrotas es la degeneración y la traición de la vieja dirección. La lucha de clases no tolera interrupciones. La Tercera Internacional, después de la Segunda, ha muerto para la revolución.

¡Viva la Cuarta Internacional!

Pero los escépticos no se callan ¿Pero ha llegado ya el momento de proclamarla? La Cuarta Internacional- respondemos- no necesita ser “proclamada”. Existe y lucha. ¿Es débil? Sí, sus filas son todavía poco numerosas porque todavía es joven. Hasta ahora se compone sobre todo de cuadros dirigentes. Pero estos cuadros son la única esperanza del porvenir revolucionario, son los únicos realmente dignos de este nombre. Si nuestra Internacional es todavía numéricamente débil, es fuerte por su doctrina, por su tradición, y el temple incomparable de sus cuadros dirigentes. Que esto no se vea hoy, no tiene mayor importancia. Mañana será más evidente.

La Cuarta Internacional goza ya desde ahora del justo odio de los stalinistas, de los social-demócratas, de las liberales burgueses y de los fascistas. No tiene ni puede tener lugar alguno en ningún frente popular. Combate irreductiblemente a todos los grupos políticos ligados a la burguesía. Su misión consiste en aniquilar la dominación del capital, su objetivo es el socialismo. Su método, la revolución proletaria. Sin democracia interna no hay educación revolucionaria. Sin disciplina no hay acción revolucionaria. El régimen interior de la Cuarta Internacional se rige conforme a los principios del centralismo democrático: completa libertad en la discusión, absoluta unidad en la acción.

La crisis actual de la civilización humana es la crisis de la dirección proletaria. Los obreros revolucionarios agrupados en torno a la Cuarta Internacional señalan a su clase el camino para salir de la crisis. Le proponen un programa basado en la experiencia internacional del proletariado y de todos los oprimidos en general, le proponen una bandera sin mácula.

Obreros y Obreras de todos los países, agrupados bajo la bandera de la Cuarta Internacional.

 

¡Es la bandera de vuestra próxima victoria!

 


Actualización del
Programa de Transición

Nahuel Moreno


Escrito: En 1980.

Digitalización y edición: Por Centro Internacional del Trotskismo Ortodoxo (CITO), Julio, 2001.
Esta edición: Marxists Internet Archive, noviembre de 2001.
Nota: Esta obra está tambien disponible en formato .doc
comprimido, gracias al Grupo Socialista Guernica.


 

 

Presentación

Nahuel Moreno escribió las Tesis que hay presentamos con la finalidad de que sirvieran de base para elaborar el programa de la Cuarta Internacional —Comité Internacional (CI–CI), organización surgida en 1980 como fusión de la corriente liderada par Nahuel Moreno— en esa época denominada Fracción Bolchevique (FB) —con el Comité de Reconstrucción de la Cuarta Internacional (CORCI) encabezado par Pierre Lambert.

Esta primera redacción nunca fue corregida ni reelaborada, ya que estas tesis se transformaron en un texto común surgido de la discusión con el lambertismo, ese texto se denominó Proyecto de Tesis para la Reorganización (reconstrucción) de la Cuarta Internacional (Correspondencia Internacional–La Verdad, Bogotá, enero de 1981).

Fue en las Tesis que hoy publicamos que Moreno expuso par primera vez en forma completa y sistemática los cambios que creía debían introducirse en los dos pilares de la concepción trotskista: la Teoría de la Revolución Permanente y El Programa de Transición.

Los últimos años de la vida de Moreno, quien falleció en 1987, fueron también los de su más rica y revolucionaria producción teórica y política. De allí que varias categorías y definiciones de estas Tesis fueran pulidas y enriquecidas —y algunas modificadas en cierta medida— en textos posteriores.

Para el lector interesado señalamos unas pocas de ellas, a nuestro entender las más importantes y los trabajos de Moreno donde están las formulaciones más avanzadas:

  • Sobre el carácter de la Segunda Guerra Mundial: Las revoluciones del siglo XX (Ediciones Antídoto, Buenos Aires, 1986).
  • Sobre el carácter de la guerra de guerrillas: Tesis sobre el guerrillerismo (suplemento de Correo Internacional, Buenos Aires, diciembre de 1986) y Conversaciones con Nahuel Moreno (Ediciones Antídoto, Buenos Aires, 1986).
  • Sobre las definiciones de las situaciones revolucionarias y prerrevolucionarias de febrero y octubre: Las revoluciones del siglo XX.
  • Sobre el carácter de la consigna Asamblea Constituyente: 1982: empieza la revolución (Cuadernos de Solidaridad, Buenos Aires, 1986).
  • Sobre las revoluciones democráticas: Las revoluciones del siglo XX y 1982, empieza la revolución.
  • Sobre el gobierno obrero y campesino y su relación con la dictadura del proletariado: Las revoluciones del siglo XX.

 

 


Indice

 

INTRO.

Actualidad del Programa de Transición

Tesis I

Las bases de fundación de la Cuarta Internacional han sido confirmadas por la historia.

Tesis II

Un siglo de lucha del proletariado mundial: grandes triunfos y conquistas; crisis de dirección y decadencia de la humanidad

Tesis III

La época reformista, de organización de los grandes partidos socialistas y de crisis de la Segunda Internacional

Tesis IV

La excepcionalidad de la revolución de octubre y la Tercera Internacional

Tesis V

Veinte años de derrotas provocadas por el stalinismo

Tesis VI

La fundación de la Cuarta Internacional

Tesis VII

Treinta años de grandes triunfos revolucionarios

Tesis VIII

¿Se abre la etapa del trotskismo?

Tesis IX

Algunos hechos no previstos y una falsa analogía

Tesis X

El revisionismo tiende a destruir a la Internacional

Tesis XI

El Comité Paritario reorganiza las fuerzas que resistieron al revisionismo

Tesis XII

Fortalecimiento y crisis de los aparatos contrarrevolucionarios

Tesis XIII

El stalinismo y el castrismo son agentes contrarrevolucionarios por su política y por el sector de clase que reflejan

Tesis XIV

Las fuerzas productivas decaen mientras que las destructivas no dejan de crecer bajo el boom económico

Tesis XV

Una etapa de revoluciones de febrero y ninguna revolución de octubre

Tesis XVI

La guerra de guerrillas

Tesis XVII

El oportunismo de las direcciones guerrilleras

Tesis XVIII

Los gobiernos obreros y campesinos

Tesis XIX

La génesis de los nuevos estados obreros burocratizados

Tesis XX

Los estados obreros burocratizados. El caso Cuba

Tesis XXI

Las dictaduras revolucionarias y burocráticas del proletariado

Tesis XXII

Guerras y ocupaciones entre los estados obreros

Tesis XXIII

La revolución política

Tesis XXIV

La federación de estados obreros

Tesis XXV

La inminencia de la revolución ¿qué es una situación revolucionaria?

Tesis XXVI

Las revoluciones de febrero, el poder dual y el desarrollo del poder obrero y popular

Tesis XXVII

La importancia fundamental de las consignas y tareas democráticas. La Asamblea Constituyente

Tesis XXVIII

El derecho a la autodeterminación nacional y nuestra lucha por la destrucción de los estados nacionales

Tesis XXIX

Los frentes antiimperialistas, democráticos, femeninos, etc.

Tesis XXX

Alemania centro de la revolución socialista europea

Tesis XXXI

Ha llegado la hora de construir partidos trotskistas de masas utilizando las oportunidades

Tesis XXXII

Los procesos revolucionarios, las organizaciones obreras de masas y la construcción de partidos trotskistas

Tesis XXXIII

Los partidos obreros y el trotskismo

Tesis XXXIV

El entrismo y la unidad con tendencias centristas de masas

Tesis XXXV

Propaganda, agitación y acción. El papel de las consignas

Tesis XXXVI

Principios, estrategia y táctica

Tesis XXXVII

El frente único obrero

Tesis XXXVIII

El carácter de nuestro partido y de nuestra Internacional

Tesis XXXIX

Actualidad de la teoría de la revolución permanente y de la ley de desarrollo desigual y combinado

Tesis XL

Holocausto o trotskismo. Una necesidad imperiosa: la conquista del cosmos

Tesis XLI

Ha llegado la hora de reconstruir la Cuarta Internacional

 

ACTUALIZACION DEL PROGRAMA DE TRANSICION

 

 

Introducción

 

Actualidad del Programa de Transición

Estas tesis no repiten los análisis y las tareas formulados en el Programa de Transición, documento fundacional de la Cuarta Internacional. No es que consideremos que dicho documento está perimido o superado por la historia, sino exactamente lo contrario. La etapa que vivimos se caracteriza por dos hechos fundamentales: la crisis definitiva del imperialismo y de la burocracia stalinista de los estados obreros, y el reingreso en la escena histórica del proletariado de los países más industrializados, como protagonista fundamental del proceso. En tales circunstancias, el Programa de Transición y su eje central la construcción de la Cuarta Internacional en todos los países del mundo para derrotar a los aparatos burocráticos contrarrevolucionarios, superar la crisis de dirección revolucionaria y llevar a término la revolución socialista mundial —son más actuales que nunca.

Sin embargo, para superar la crisis de dirección es preciso responder a los nuevos problemas planteados por el colosal ascenso revolucionario de posguerra, que el Programa de Transición no previó ni dilucidó.

El más importante de estos nuevos problemas de la postguerra es la existencia de los nuevos estados obreros, surgidos gracias a que la movilización de las masas obligó a las direcciones pequeñoburguesas burocráticas, contrarrevolucionarias, a romper con la burguesía, expropiarla y tomar el poder. En otras palabras, la variante que Trotsky califica de altamente improbable es la única que se ha producido hasta el momento.

Pero al señalar este nuevo fenómeno, debemos agregar que nuestro programa sigue más vigente que nunca. En efecto, si esta variante se generalizara a todos los países del mundo, se plantearía con carácter imprescindible la necesidad de realizar la revolución política contra estas direcciones pequeñoburguesas y burocráticas y, por consiguiente, también la de construir los partidos y la Internacional trotskistas. Si estas direcciones burocráticas siguen en el poder, la única alternativa para la humanidad será la revolución o el holocausto nuclear.

Planteamos esto como hipótesis teórica para hacer una demostración por el absurdo, ya que de ninguna manera creemos que las direcciones burocráticas, totalmente al servicio de la contrarrevolución imperialista, lleguen a expropiar a la burguesía en el mundo entero.

En otro orden, el mismo Trotsky señaló que en el Programa de Transición había dos lagunas, dos problemas que, conscientemente, no se abordaron: la situación económica y los problemas y tareas que se plantearían después de la conquista del poder. En estas tesis tratamos de llenar ambas lagunas.

En cuanto a la primera, señalamos que la economía mundial es una totalidad dominada por el imperialismo; que la economía de los estados obreros está supeditada a la misma y que no existen dos economías. También demostramos cómo se confirma y enriquece uno de los postulados esenciales del programa — las fuerzas productivas de la humanidad han cesado de crecer —ya que el boom de la economía imperialista desarrolla las fuerzas destructivas y somete a la inmensa mayoría de la humanidad a la miseria y la superexplotación crecientes.

Sobre la segunda, afirmamos que en la etapa de transición del capitalismo al socialismo, que se inicia con la expropiación de la burguesía, las necesidades de la movilización de las masas plantean varias consignas nuevas y la extensión de otras viejas, que adquieren mayor peso. Es así como esa lacra de la burocracia stalinista que es la guerra entre estados obreros o la invasión de unos por otros, hace surgir con perentoriedad una consigna fundamental que sólo podemos levantar nosotros: la de Federación de los estados obreros existentes . Al mismo tiempo, está planteada la defensa de un estado obrero invadido por otro, sobre todo cuando se trata de uno pequeño que resulta víctima de los afanes chovinistas gran–rusos o chinos.

Otros problemas que abordamos son: el nuevo peso que han adquirido las consignas democráticas y la lucha por la Asamblea Constituyente; la guerra de guerrillas; el carácter de las revoluciones de postguerra; como se han generalizado en esta etapa las revoluciones “de febrero” que llegan incluso a expropiar a la burguesía y cómo la lógica interna de este fenómeno confirma a la revolución permanente.

Es decir, nuestras tesis pretenden confirmar el Programa de Transición y su método, enriquecido por los nuevos fenómenos que se produjeron a posteriori de su redacción. Queremos demostrar cómo sus análisis y postulados fundamentales son ratificados en este final del siglo veinte, en el cual presenciamos el ascenso revolucionario más grande que haya conocido la humanidad.


TESIS I

Las bases de fundación de la Cuarta Internacional han sido confirmadas por la historia


Nuestra Internacional fue fundada en 1938 en base a una serie de análisis y principios generales que le dieron sustentación. Estas bases fundamentales sobre las cuales se construyó la Cuarta Internacional han sido completamente corroboradas por la experiencia de más de cien años de lucha obrera, y concretamente por los últimos cuarenta años de luchas del proletariado y de los pueblos coloniales. Esquemáticamente, estos principios fueron los siguientes:

 

Primero: que las fuerzas productivas de la humanidad habían dejado de crecer bajo el imperialismo y que, como consecuencia de ello, todo desarrollo técnico no mejoraba el nivel de vida de las masas sino que, por el contrario, provocaba miseria creciente y nuevas guerras. Las fuerzas productivas, por otra parte, habían entrado en contradicción no sólo con la propiedad privada capitalista e imperialista sino también con la existencia de los estados nacionales.

Segundo: que, debido a estas contradicciones, se abriría una época histórica de guerras, crisis y revoluciones. Al decir época histórica nos referimos a un siglo más o menos.

Tercero: que la lucha de clases y la revolución pasaban a tener un carácter mundial. Esto significaba, concretamente, que entrábamos en la época más revolucionaria de la historia, en la que todos los fenómenos había que juzgarlos desde el punto de vista de la revolución y la contrarrevolución mundial y no desde el punto de vista de los estados o cualquier otro fenómeno estructural o superestructural.

Cuarto: que la crisis de la humanidad es consecuencia de la crisis de dirección del proletariado. Dicho de otra manera, que mientras el proletariado no solucionara la crisis de dirección, la humanidad iría de crisis en crisis, cada una de las cuales sería más aguda que la anterior.

Quinto: que la crisis de dirección del proletariado mundial no es un fenómeno abstracto sino consecuencia de que las direcciones reconocidas del movimiento obrero y de masas, entre ellas la socialdemocracia y principalmente el stalinismo, se pasaron a favor del orden burgués imperialista. Todas las direcciones burocráticas o pequeñoburguesas (nacionalistas, izquierdistas, socialdemócratas y stalinistas) sirven históricamente —en forma directa o indirecta— a la contrarrevolución imperialista.

Sexto: que esta traición de las direcciones se debe a causes sociales: la burocratización de las organizaciones obreras —entre ellas la URSS— y la formación de una aristocracia obrera. La burocracia obrera y la pequeña burguesía dirigente y sus partidos, por ser un sector privilegiado, son irrecuperables para la revolución. De ahí que el stalinismo sea el sector hegemónico de los aparatos contrarrevolucionarios, ya que monopoliza el control del principal estado obrero, fuente de privilegios sin límite.

Séptimo: que la ideología o teoría de todas estas corrientes pequeñoburguesas y burocráticas —principalmente del stalinismo— es la del socialismo en un solo país y la coexistencia pacífica con el imperialismo. Son la teoría, ideología y programa más nefastos para el proletariado mundial.

Octavo: que la única teoría y programa que se oponen consecuentemente a la teoría stalinista y socialdemócrata del socialismo en un solo país y de coexistencia pacífica o colaboración con el imperialismo es la teoría de la revolución permanente, en su segunda formulación como teoría de la revolución socialista internacional, de la movilización permanente de la clase obrera y sus aliados para tomar el poder, instaurar una dictadura revolucionaria para derrotar al imperialismo en el mundo, destruir revolucionariamente los estados nacionales e implantar la federación de repúblicas socialistas soviéticas del mundo para empezar a construir el socialismo.

Noveno: que la expropiación de la burguesía y los terratenientes nacionales es una cuestión táctica para la dictadura revolucionaria del proletariado. Su gran objetivo estratégico es desarrollar la revolución socialista en la región y en el mundo y liquidar las fronteras nacionales para imponer el socialismo en todo el orbe.

Décimo: que la principal tarea para superar la crisis de dirección del proletariado pasa por construir partidos trotskistas de masas y el partido mundial de la revolución socialista, la Cuarta Internacional, en todos los países del mundo. Estos partidos trotskistas de masas sólo podrán ser construidos si llevan a cabo una lucha implacable en el seno del movimiento de masas contra todas las direcciones burocráticas y pequeñoburguesas, independientemente de que estas direcciones dirijan coyunturalmente algunas luchas progresivas o revolucionarias, obligadas por la presión del movimiento de masas, y aunque lleguen, incluso, a romper con la burguesía y a instaurar un gobierno obrero y campesino.

Decimoprimero: que nada demuestra mejor el carácter contrarrevolucionario del stalinismo que su papel como gobierno bonapartista en la propia URSS. Este gobierno lleva inevitablemente a la URSS a una crisis creciente de carácter económico, social, político y cultural. La burocracia con su régimen socava día a día al primer estado obrero de la historia, degenerándolo progresivamente. Sólo una revolución política contra la burocracia, dirigida por un partido trotskista, podrá superar esta crisis histórica del estado obrero, que se encuentra en un agudo proceso degenerativo. Esta revolución política tiene como objetivo volver a imponer una dictadura revolucionaria del proletariado siguiendo el modelo de Lenin y Trotsky.

Decimosegundo: que la revolución política que se impone hacer en la URSS contra la casta burocrática en el poder es parte de la lucha mundial por barrer de la dirección del movimiento de masas a todos los partidos stalinistas, socialdemócratas y pequeñoburgueses que lo dirigen.

Decimotercero: todos los puntos anteriores se concretaron en la letra y el método del Programa de Transición . Es el programa para movilizar al proletariado hacia la toma del poder y la implantación de la dictadura revolucionaria del proletariado y desarrollar la movilización permanente de los trabajadores del mundo para construir, al compás de la movilización, la única dirección revolucionaria que puede tener este proceso, los partidos trotskistas y la Cuarta Internacional.


TESIS II

Un siglo de lucha del proletariado mundial: grandes triunfos y conquistas; crisis de dirección y decadencia de la humanidad


Antes de los años ’80 del siglo pasado el proletariado sólo apareció en la escena histórica en forma esporádica, en momentos cruciales como la revolución de 1848 y en la organización de la Primera Internacional, que culminó con la Comuna de París. Pero es apenas durante las tres últimas décadas del siglo XIX que el proletariado con sus aliados, los pueblos v sectores oprimidos, pasa a ocupar el lugar de principal protagonista del proceso histórico. Sólo a partir de ese momento sus luchas adquieren un carácter continuado y sistemático. Durante el presente siglo no ha dejado de luchar ni por un minuto contra los explotadores, específicamente contra el capitalismo y el imperialismo. Gracias a sus luchas, el proletariado y los trabajadores lograron conquistas mínimas fundamentales como las grandes organizaciones sindicales, los partidos obreros, los derechos sociales y, a partir de la Revolución de Octubre, especialmente después de la Segunda Guerra Mundial, conquistas revolucionarias como la expropiación de la burguesía en numerosos países a los que transformaron en estados obreros.

A su vez, los aliados del proletariado —los pueblos atrasados, las nacionalidades oprimidas, los campesinos, las razas y sectores oprimidos— lograron también grandes conquistas. Por ejemplo, casi todas las colonias de los viejos imperios han obtenido su independencia política; los campesinos de muchos países atrasados consiguieron una mayor participación en la tenencia de la tierra; el pueblo vietnamita hizo sufrir su primera derrota militar al imperialismo norteamericano; las, mujeres obtuvieron el derecho al voto, al aborto y al divorcio; en muchos países y en aquellos en los que se expropió a la burguesía también se expropió de raíz a los terratenientes; los negros de Estados Unidos avanzaron considerablemente en su lucha contra la discriminación, etcétera.

Esta lucha de más de un siglo de la clase obrera mundial contra el imperialismo está dividida en dos épocas claramente delimitadas por la Primera Guerra Mundial y la Revolución Rusa. Hasta la Primera Guerra Mundial el proletariado logró conquista tras conquista, pero dentro del régimen capitalista e imperialista, sin cuestionarlo y sin plantearse la toma revolucionaria del poder. Es la época reformista. A partir del año 1914 y de la Revolución Rusa, se abre la época que hay vivimos, de crisis y decadencia crónica del imperialismo y el capitalismo y de enfrentamiento de la revolución con la contrarrevolución mundial. Es la época de la revolución socialista internacional.

A pesar de estas grandes conquistas del movimiento obrero y popular, en estos cien años la humanidad y los trabajadores del mundo entero ven aumentar la miseria, las guerras, la posibilidad de un holocausto nuclear, incluso en los países que se reclaman del socialismo, es decir los estados obreros burocratizados. Esto es consecuencia de que el imperialismo —a pesar del siglo de lucha contra él— sigue dominando la economía mundial, y este dominio es fuente creciente de miseria, de represión, de guerras y sufrimientos inauditos para los trabajadores. La existencia de los estados obreros, de las colosales organizaciones sindicales y de los grandes partidos obreros no ha significado ninguna solución para esos terribles flagelos, sino por el contrario, su agudización, su agravamiento, como lo demuestran varios hechos contemporáneos: que los planes de explotación y miseria que llevan a cabo el imperialismo y los gobiernos de los estados obreros son apoyados por las direcciones de los grandes partidos obreros y de los sindicatos; que la humanidad ha sufrido dos guerras mundiales e infinidad de guerras locales; que vivimos bajo la amenaza presente de una nueva guerra nuclear que liquidaría toda expresión viviente en el planeta; que la invasión a Hungría y Checoslovaquia, como hay día Afganistán, por la URSS, como la de Camboya por Vietnam y la de éste por China, demuestran que la existencia de los actuales estados obreros no es una garantía contra la guerra sino que, por el contrario, acrecienta su peligro.

Este fenómeno altamente contradictorio —que el logro de grandes conquistas debidas a la heroicidad y fuerza de las luchas obreras y de los oprimidos hayan agravado la crisis de la humanidad— tiene una solo explicación: la crisis de dirección del proletariado mundial, que ha hecho que éste no haya podido hasta ahora derrotar al imperialismo, a pesar que podría haberlo hecho desde hace décadas. Esta crisis es con secuencia de que todas las organizaciones reconocidas del movimiento obrero —sindicatos, partidos y estados— son controladas sin excepción hoy día por la burocracia y otras direcciones contrarrevolucionarias al servicio directo o indirecto del imperialismo, principalmente la burocracia stalinista de la URSS.

La crisis de dirección del proletariado mundial, dicho de otra forma, la traición de las direcciones burocráticas reconocidas del movimiento obrero y de masas, son el factor decisivo de las derrotas históricas que se producen, de que todo triunfo o conquista sea congelado, frenado, y de que no haya sido derrotado el imperialismo.

Los grandes partidos obreros, los sindicatos y los estados obreros han quedado distorsionados en la camisa de fuerza de la burocracia: todos ellos son burocráticos, ninguno revolucionario. Todas las direcciones reconocidas sirven a la contrarrevolución.

Hay una diferencia en lo que a los aparatos contrarrevolucionarios se refiere: el aparato formado por las direcciones oficiales socialdemócratas sigue cumpliendo su papel contrarrevolucionario, y en la primera postguerra cumplió el papel decisivo; pero para frenar y entregar revoluciones el stalinismo no tiene e parangón. Es un producto de la época revolucionaria, el más gigantesco aparato burocrático contrarrevolucionario que ha conocido la historia. Estamos hablando de utilidad contrarrevolucionaria y no de aptitudes. Nadie es más agente de la burguesía que una dirección socialdemócrata pero su utilidad frente a un ascenso revolucionario para esa misma burguesía es mucho menor que la del stalinismo a escala mundial.

Debido a las direcciones socialdemócratas, las conquistas del proletariado bajo la época reformista terminaron en una derrota histórica: la guerra imperialista y la crisis de la Segunda Internacional. Gracias a los socialdemócratas, la revolución socialista europea quedó circunscripta a la URSS y fue derrotada en Italia, Hungría y, lo más importante, en Alemania. Posteriormente, el stalinismo ocupa su lugar de primera línea como agente contrarrevolucionario en las filas obreras y a él se deben las derrotas posteriores.

La época revolucionaria se divide, entonces, en tres etapas claramente delimitadas:

La primera: desde 1917 a 1923, en la que triunfa la Revolución de Octubre en Rusia como consecuencia de la existencia de un partido marxista revolucionario, se funda la Tercera Internacional y estalla la revolución europea.

La segunda: desde 1923 a 1943 aproximadamente, que se abre a partir de la derrota de la revolución europea, inaugura veinte años de derrotas ininterrumpidas, lleva al surgimiento y triunfo del stalinismo en el seno de la URSS y de la Tercera Internacional, que ayuda con su política a los triunfos fascistas de Chiang Kai–shek, Hitler, Franco y a la segunda guerra imperialista mundial.

La tercera: es esta postguerra, en donde nos encontramos con el más grande ascenso revolucionario conocido, que consigue expropiar a la burguesía en China y en la tercera parte de la humanidad. Pero ahora, debido a que el stalinismo sigue siendo la dirección predominante, relativamente fortalecido por la derrota militar del nazismo, los estados obreros que surgen son estados obreros burocratizados y el capitalismo puede recobrarse en Europa.

Resumiendo, los dos elementos determinantes de todos los fenómenos contemporáneos, las causas última y primera, las que determinan con sus distintas combinaciones todos los fenómenos, son el ascenso revolucionario de las luchas de la clase obrera y de los pueblos atrasados por un lado, y la crisis de dirección revolucionaria por el otro. Esto último confirma por sí la validez de la Cuarta Internacional.

A partir de la primera guerra imperialista, al iniciarse la época de crisis definitiva del imperialismo y el capitalismo, la época de la revolución socialista, cambian las relaciones causales de los acontecimientos históricos. En relación con las grandes épocas históricas y el desarrollo normal de las sociedades, el marxismo ha sostenido que el hilo rojo que explica todos los fenómenos son los procesos económicos. Pero en una época revolucionaria y de crisis, esta ley general tiene una refracción particular que invierte las relaciones causales, transformando el más subjetivo de los factores —la dirección revolucionaria— en la causa fundamental de todos los otros fenómenos, incluso los económicos. Hasta la Primera Guerra Mundial el proceso económico tenía un carácter predominante y en cambio no tenían mayor importancia los factores subjetivos. La misma lucha de la clase obrera era reformista porque no atentaba contra el proceso de acumulación capitalista, contra el desarrollo económico capitalista, contra sus leyes, sino a lo sumo significaba una ligera variación al proceso. Por eso fue una época reformista. Pero a partir de la Primera Guerra Mundial ya no es así. Los procesos económicos dejan de ser los determinantes; y el factor subjetivo —la dirección— se convierte en el fundamental. No olvidemos que esto es así porque toda la época está determinada por la lucha revolucionaria de las masas.

La existencia de Marx y Engels en el siglo XIX no fue un factor objetivo en el desenlace de ningún proceso histórico. Su existencia no pudo garantizar el triunfo ni evitar las derrotas de la revolución proletaria en el año 1848 ni en la Comuna de París. En cambio la existencia de Lenin y Trotsky y del Partido Bolchevique pudieron garantizar el triunfo de la Revolución de Octubre, mientras que en Alemania la inexistencia de un partido bolchevique y de un Lenin y un Trotsky hizo que no se pudiera garantizar el triunfo de la revolución socialista. De la misma manera, la existencia de direcciones contrarrevolucionarias burocráticas al frente de los grandes partidos socialistas permitió el estallido de la Primera Guerra Mundial.

Una consecuencia histórica fundamental de esta inversión en la línea causal de los acontecimientos históricos se va a reflejar en la dialéctica de triunfos y derrotas del proletariado mundial.

La izquierda socialdemócrata, confiada en el proceso lineal y evolutivo, al comprobar retrocesos y derrotas de éste como consecuencia de la inmadurez del proletariado o de la traición de sus direcciones, formuló una ley marxista, dialéctica, en una bella frase: el camino del proletariado está plagado de derrotas que llevan al triunfo. Señalaban así la dialéctica de derrotas y triunfos, su transformación de unas en otros. Pero la Primera Guerra Mundial, al hacer aparecer con toda crudeza el nuevo factor determinan del proceso histórico —la crisis de dirección revolucionaria del proletariado mundial— estableció una dialéctica invertida de las relaciones entre los triunfos y las derrotas que vale para toda la época que se abre con la Primera Guerra Mundial, y es más actual que nunca F~ ~a podemos formular de la siguiente manera: mientras el proletariado no supere su crisis de dirección revolucionaria no podrá derrotar al imperialismo mundial y todas sus luchas, como consecuencia de ello, estarán plagadas de triunfos que nos llevarán inevitablemente a derrotas catastróficas. Nada lo demuestra mejor que el boom económico de esta postguerra: su verdadera causa es la traición del stalinismo, que llamó a los obreros occidentales a trabajar más que nunca para el imperialismo.

Mientras los aparatos sigan controlando al movimiento de masas, todo triunfo revolucionario se transforma inevitablemente en derrota. Esto se debe a la relación de los aparatos burocráticos con la movilización permanente de los trabajadores. Toda dirección burocrática saca su fuerza del apoyo directo o indirecto que tiene de los explotadores para que frene la movilización permanente de los trabajadores. Por otra parte, esta movilización es una amenaza mortal para la propia burocracia. De ahí que toda conquista que la burocracia se ve obligada a encabezar es administrada por ésta para frenar la movilización revolucionaria, para detenerla en esa conquista, en ese punto del proceso. Pero en esta época revolucionaria todo avance que no es seguido de otro avance significa un retroceso. De ahí que la burocracia con su política de freno por un lado, de defensa de sus privilegios frente a las masas por otro, está obligada a luchar contra la movilización permanente de los trabajadores, a transformar sus triunfos en una derrota de la revolución permanente.


TESIS III

La época reformista, de organización de los grandes partidos socialistas y de crisis de la Segunda Internacional


Hasta la Primera Guerra Mundial el imperialismo desplegó, antes de entrar en su crisis definitiva, las máximas posibilidades de desarrollo capitalista en todos los rincones del orbe, principalmente en los países adelantados. Hubo, al igual que en esta postguerra, un fabuloso boom económico. Gracias a la colonización capitalista de los países atrasados del mundo, las distintas naciones capitalistas avanzadas se transformaron en potencias imperialistas en rápido crecimiento sin chocar entre sí. Son cincuenta años aproximadamente (de 1870 a 1914) de impetuoso desarrollo capitalista, con cortas interrupciones, crisis cíclicas que se superaban rápidamente. (Aunque tenemos que precisar que en verdad este desarrollo comenzó cuando terminaba el siglo pasado, porque anteriormente había habido una etapa de depresión capitalista.) Todo esto explica que, salvo las guerras coloniales, la ruso–japonesa y los violentos procesos de colonización de los países atrasados, no haya habido mayores sobresaltos en la política internacional. Mientras duró el botín de los países atrasados, no hubo mayores problemas entre las potencias imperialistas.

Los trabajadores no dejaron por un solo día de luchar frontalmente contra el capitalismo y el imperialismo. Gracias a esas heroicas luchas, la clase obrera de los países adelantados logró colosales conquistas democráticas y mínimas —las ocho horas de trabajo y el voto, entre otras— así como el surgimiento de poderosas organizaciones sindicales y políticas.

Es verdad, también, que estas conquistas le fueron arrancadas al imperialismo cuando se enriquecía gracias a la explotación de los países atrasados, lo que le permitía concederlas sin poner en peligro su propia existencia. Es por eso que esta primera etapa de la lucha del proletariado mundial contra el imperialismo adquiere, salvo excepciones, un carácter reformista, no revolucionario, de acumulación cuantitativa de triunfos y conquistas al propio interior del capitalismo, al cual no cuestiona ni se plantea arrebatarle el poder. Nada de esto significa que la burguesía por su propia cuenta hiciera concesiones. Por el contrario, cada avance del proletariado fue producto de una lucha encarnizada contra ella.

El desarrollo aparentemente pacífico y progresivo del capitalismo bajo la primera época del imperialismo muestra su verdadero carácter cuando estalla la Primera Guerra Mundial. Allí quedan al descubierto las agudas contradicciones entre el desarrollo de las fuerzas productivas dentro de la camisa de fuerza de la propiedad privada capitalista e imperialista por un lado, y las fronteras nacionales por el otro. Y no sólo éstas, sino todas las contradicciones capitalistas (la feroz competencia entre los monopolios, la anarquía de la producción) que salen a la luz del día con la guerra —de la cual, en realidad, son causa—. Todas estas contradicciones aparentemente se habían amortiguado como consecuencia del surgimiento de los monopolios y de la colonización de los países atrasados por el capital financiero; pero el estallido mismo de la guerra demostró que no era así, sino que, por el contrario, estas contradicciones se habían desarrollado y agudizado. Cuando ya no hubo más países atrasados para repartirse, los bandidos imperialistas se enfrentaron en la Primera Guerra Mundial para dirimir quién dominaría el mundo colonial y capitalista. Esta pavorosa conflagración fue la nueva expresión de la crisis capitalista, que hasta ese entonces se había manifestado sólo en forma de crisis cíclicas. La competencia capitalista dejó de expresarse como quiebra de algunas empresas para hacerlo a través de la destrucción de países enteros. La crisis del orden capitalista mundial fue pagada por el proletariado con su propio holocausto. Los cincuenta años de triunfos, de acumulación de conquistas, de la noche a la mañana se transformaron en la primera grave derrota histórica de la clase obrera. Porque la Primera Guerra Mundial fue eso: una terrible derrota histórica de la clase obrera mundial.

Esta derrota se debió a que la Segunda Internacional, con sus partidos nacionales, se habían pasado totalmente al lado del orden burgués. Las direcciones de los partidos socialistas lograron convencer a la clase obrera de sus países de que corriera a las trincheras para hacerse matar en favor de sus propios explotadores nacionales. La acumulación cuantitativa de conquistas había transformado poco a poco a las direcciones sindicales y políticas de la clase obrera en poderosísimas instituciones toleradas por el régimen imperialista, lo que transformó a esas direcciones en reformistas y burocráticas, en agentes del capitalismo nacional en las filas obreras. Al mismo tiempo, la existencia del imperialismo con sus sobreganancias había permitido estratificar a la clase obrera y crear sectores de obreros privilegiados, la aristocracia obrera, que apoyaba a las direcciones del movimiento obrero y, a través de ellas, a su propia burguesía nacional. Como consecuencia de esto, nunca la Segunda Internacional había sido una verdadera internacional, sino una federación de partidos. Este carácter federativo de la Segunda Internacional iba directamente en contra del carácter imperialista de la época. La Segunda Internacional jamás fue un partido mundial y mucho menos un enemigo mortal del imperialismo. La inexistencia de una internacional revolucionaria, antiimperialista y anticapitalista consecuente, y de partidos nacionales también revolucionarios, es lo que permitió al capitalismo llevar a un primer baño de sangre a los trabajadores y a la humanidad.

Pero los cincuenta años de ascenso, luchas y triunfos de la clase obrera no sólo tuvieron esos catastróficos resultados para el movimiento obrero; también generaron su opuesto: en lucha contra el reformismo de las direcciones oficiales de los partidos socialistas y de los sindicatos, en lucha contra la burocracia reformista, se había ido formando a escala internacional una izquierda revolucionaria antirreformista, antiburocrática, marxista, sindicalista y anarquista. Esta izquierda revolucionaria adquirió características regionales o nacionales pero jamás se elevó, ni había condiciones para ello, a una tendencia organizada internacionalmente. Pero de cualquier forma fue parte fundamental y la otra cara del ascenso sostenido del proletariado.

La expresión más alta de esta corriente de izquierda revolucionaria del movimiento obrero fue el Partido Bolchevique ruso. Fue el resultado nacional de esa izquierda revolucionaria antiburocrática y antirreformista internacional, pero al mismo tiempo cualitativamente diferente. Fue el único partido marxista revolucionario con influencia de masas que surgió en esos cincuenta años de lucha ininterrumpida del movimiento obrero y, por otra parte, fue un nuevo tipo de partido marxista, el único organizado para dirigir la revolución.

En oposición al bolchevismo, la izquierda marxista revolucionaria de la Segunda Internacional —en general también la izquierda revolucionaria no marxista— adquirió un carácter propagandístico, sindicalista o intelectual desorganizado, que no logró ni se propuso construir partidos revolucionarios altamente centralizados y tajantemente separados del ala burocrática reformista. Por otra parte, esta corriente era en general espontaneista; creía que las masas con sus acciones revolucionarias iban a solucionar por su propia cuenta el problema de la dirección revolucionaria.

El Partido Bolchevique es un caso único y su existencia y desarrollo obedecieron a una combinación excepcional de circunstancias. La primera tuvo que ver con la propia situación de Rusia: bajo el régimen zarista no hubo márgenes para una política reformista ya que el régimen autocrático no los daba. Era una etapa revolucionaria, no reformista, ya que lo que estaba planteado con un carácter perentorio era hacer la revolución contra el zar. Esta necesidad imperiosa caía en manos de un joven proletariado industrial, altamente concentrado, parte del proletariado europeo desde el punto de vista político el ideológico. Por otra parte, la dirección política de ese proletariado era parte también de las corrientes existentes dentro del proletariado europeo; es así como hubo tendencias anarquistas y marxistas y, dentro de estas últimas, revisionistas y marxistas primero, oportunistas y revolucionarias después (los mencheviques y los bolcheviques). La combinación de todos estos factores llevó a la construcción por los bolcheviques de un partido independiente de los reformistas mencheviques y con características únicas en el espectro marxista y revolucionario: altamente centralizado, con revolucionarios profesionales, única forma de responder a la urgente necesidad histórica de dirigir la revolución obrera contra el zar. Rusia era el país de Europa donde estaba planteado con carácter inmediato y urgente el problema del poder, de voltear al gobierno existente e imponer otro gobierno, es decir de hacer una revolución democrática. Esta combinación de circunstancias hace que surja un tipo de partido marxista nuevo que se construye para hacer la revolución y para tomar el poder.


TESIS IV

La excepcionalidad de la Revolución de Octubre y la Tercera Internacional


Pasados sesenta y tres años desde su triunfo, debemos reconocer que la Revolución de Octubre ha sido excepción en lo que va del siglo, que no ha habido otra con sus características. No sólo entre los triunfantes, sino ni siquiera entre los derrotados ha habido un proceso revolucionario parecido. La Revolución de Octubre es hasta la fecha una excepción. Lo mismo su resultado: la Tercera Internacional. Para precisar las razones que lo han hecho así, no sólo tenemos que estudiar la excepcionalidad de la Revolución de Octubre, sino la de la Revolución de Febrero en su íntima ligazón con aquélla, como así también la hipótesis del gobierno obrero y campesino que fue planteado por los bolcheviques entre febrero y octubre, y que no se dio en ese momento pero sí reiteradamente en esta postguerra.

La excepcionalidad de la Revolución de Octubre está dada, hasta la fecha, por la existencia de un partido como el Bolchevique. Sin la existencia de este partido y de la izquierda revolucionaria del proletariado mundial no hubiera habido triunfo de la Revolución de Octubre y su más importante logro: la fundación de la Tercera Internacional. Es necesario subrayar que la Revolución Rusa, en un sentido, abre una nueva época de la humanidad, la época de la revolución socialista mundial; pero al mismo tiempo cierra otra época. Es la combinación del fin de una época y el comienzo de otra. El factor determinante de la Revolución de Octubre, el partido Leninista, es resultado de la época anterior de cincuenta años de ascenso y triunfos del proletariado mundial. Sin esa época no se puede comprender el surgimiento del Partido Bolchevique. Concretamente, al proletariado mundial y al partido ruso les llevó cincuenta años estructurar el Partido Bolchevique, que terminó de estructurarse sólidamente apenas en el año 1917, y que aparece como un partido claramente diferenciado apenas a partir de 1902.

Pero sin una Revolución de Octubre y sin un Partido Bolchevique no se hubiera podido fundar la Tercera Internacional, ni impulsar como tarea esencial y más importante de la revolución, como lo plantearon los bolcheviques, el desarrollo de la revolución socialista europea e internacional. Gracias a la lucha de la izquierda revolucionaria antes y durante la primera guerra imperialista, la Tercera Internacional, guiada por Lenin y Trotsky, comenzó a superar la crisis de dirección del proletariado. Es el primer intento desde la existencia del imperialismo, de fundar una internacional centralizada y revolucionaria, es decir un partido mundial para dirigir la revolución socialista internacional.

Pero ni la fundación de la Tercera Internacional, ni el colosal ascenso del proletariado europeo, pudieron automáticamente crear verdaderos partidos bolcheviques nacionales; sólo pudieron dar las bases. La experiencia histórica demostró, una vez más, que construir un partido bolchevique jamás puede ser un producto automático de circunstancias objetivas, por más favorables que sean. El pasado propagandístico, intelectual o sindical, de la vieja izquierda revolucionaria, así como la falta de una organización férrea e independiente de las corrientes marxistas revolucionarias existentes en el seno de la Segunda Internacional —su existencia dentro del reformismo como oposición a las direcciones burocráticas— tuvo un peso subjetivo decisivo para impedir la rápida formación de esos partidos bolcheviques nacionales. Fue así como la inexistencia de partidos bolcheviques nacionales y la imposibilidad de construirlos sobre la marcha se combinó con la traición socialdemócrata para que la burguesía pudiera superar la primera oleada de la revolución socialista de postguerra en Alemania, Italia, Hungría y en toda Europa. Este fracaso de la primera oleada revolucionaria de postguerra, más el agotamiento del proletariado ruso y la derrota del proletariado alemán a manos de la socialdemocracia, provocó el comienzo de la burocratización de la URSS y de la Tercera Internacional. Y esta burocratización de la URSS y de la Tercera Internacional se va a transformar en el factor político decisivo de los veinte años que siguen a esta primera gran derrota del ascenso revolucionario de postguerra.

El surgimiento de una época revolucionaria hace que lo que era la reacción imperialista o la reacción generalizada, como decía Lenin de la etapa anterior, evolutiva y reformista, del capitalismo, se transforme ahora en contrarrevolución. El imperialismo cambia los métodos reaccionarios de la etapa anterior por métodos de guerra civil directamente contrarrevolucionarios.

El triunfo de la dirección stalinista burocrática dentro de la URSS y del Partido Comunista ruso es la mera expresión del avance contrarrevolucionario en el seno del primer estado obrero y de la Tercera Internacional. A su vez, el stalinismo va a ser factor decisivo para que estos triunfos contrarrevolucionarios continúen y abrir así los veinte años más trágicos de este siglo de luchas del proletariado y de los trabajadores del mundo entero. Veinte años sólo de derrotas para los trabajadores y de triunfos de la contrarrevolución.


TESIS V

Veinte años de derrotas provocadas por el stalinismo


Los veinte años de triunfos contrarrevolucionarios y de derrotas del proletariado mundial se abren con el triunfo de Mussolini en Italia y del stalinismo en la URSS a partir del año 1923, poco antes de morir Lenin. De estos dos triunfos contrarrevolucionarios, el que va a ser determinante, el que va a tener una importancia histórica decisivo va a ser el de la burocracia stalinista sobre el proletariado de la URSS. Esto va a facilitar y posibilitar los otros triunfos contrarrevolucionarios. La fuerza del proletariado ruso y de la Revolución de Octubre fue tan gigantesca que para que el triunfo contrarrevolucionario del stalinismo se consolidara fueron necesarias varias etapas. Comenzó con un proceso reaccionario para culminar directamente en una contrarrevolución política, como los procesos de Moscú. Como consecuencia de esto, una casta parasitaria y privilegiada se adueña del gobierno, que adquiere un claro carácter bonapartista contrarrevolucionario, que emplea métodos de guerra civil, como toda contrarrevolución, que extermina a todas las corrientes de la vanguardia obrera, del Partido Comunista soviético, y a los marxistas revolucionarios independientes. Contra quien más se ensaña este gobierno bonapartista contrarrevolucionario de Stalin es contra el trotskismo, único heredero consecuente de las tradiciones revolucionarias del bolchevismo.

Este proceso de burocratización se dio no sólo en la URSS, en el estado obrero, sino en toda la Tercera Internacional y en todos los partidos comunistas del mundo. Debido a este triunfo del stalinismo en el seno de la clase obrera, se pudo dar la derrota de ésta a manos de Chiang Kai–shek, y posteriormente de Hitler y de Franco, cada uno de los cuales facilitaba los otros triunfos contrarrevolucionarios, porque consolidaba el aparato stalinista dentro a la URSS y de la Tercera Internacional, lo que agravaba cada vez más la crisis de dirección del proletariado mundial. Debido a esta crisis el proletariado no pudo combatir con éxito la crisis económica del año 1929, que significó llegar a los máximos niveles de miseria conocidos por los trabajadores. Como otra con secuencia de la crisis de dirección, esta miseria creciente de los trabajadores también se manifestó en la URSS.

Toda esta cadena de derrotas históricas culmina con dos colosales derrotas del proletariado mundial combinadas en un solo proceso: la Segunda Guerra Mundial. En esta guerra se combinan una guerra interimperialista con la primera guerra contrarrevolucionaria de este siglo, que es la que lleva a cabo la Alemania nazi contra la URSS. Se trata de dos guerras de características sociales diametralmente opuestas: una, la guerra interimperialista del Eje contra los aliados; y otra, la guerra del nazismo contra la URSS. Al comienzo de la Revolución de Octubre, la guerra civil se combinó con la intervención de las potencies aliadas; pero no fue una guerra en toda la regla la que llevó a cabo el imperialismo contra la URSS naciente debido a la crisis del mismo. La invasión nazi de la URSS significó una guerra contrarrevolucionaria en toda la línea.

Durante toda esta etapa de derrotas no se detiene por un solo instante la lucha de clases más encarnizada. Es la época del fascismo, pero también del enfrentamiento a él. La guerra civil contra Chiang Kai–shek y Franco, como la del trotskismo contra el stalinismo, son las expresiones más elocuentes, en distintos sectores de la lucha de clases, de que ésta era más aguda que nunca y de que, a pesar de los triunfos contrarrevolucionarios, la época continuaba siendo la de la revolución socialista y de la contrarrevolución internacional.

Durante toda esta etapa las más grandes batallas del proletariado mundial son defensivas. De estas dos batallas defensivas las más importantes son las que llevó a cabo el pueblo trabajador de la URSS contra la invasión nazi y, a nivel de la superestructura, la de los trotskistas para salvar la herencia marxista revolucionaria.

 


TESIS VI

La fundación de la Cuarta Internacional


 

La debilidad actual de nuestra Internacional, así como el hecho de que las revoluciones triunfantes han sido dirigidas por la burocracia, han llevado a algunos sectores revisionistas a plantear el problema de si fue correcto o no fundar la Cuarta Internacional, dada que ésta no ha sido necesaria para expropiar a la burguesía en la tercera parte del orbe. Deutscher y otros intelectuales parecidos se plantean este interrogante para terminar respondiendo categóricamente que fue un grave error de Trotsky haber fundado la Cuarta Internacional.

Nosotros sostenemos lo contrario: la fundación de nuestra Internacional fue el más grande acierto de Trotsky y de nuestro movimiento mundial. Nuestra Internacional se funda en el punto más bajo del retroceso del movimiento obrero por razones muy profundas: es un fenómeno paralelo al de la defensa de la URSS. Responde a una misma necesidad, pero más importante aún que defender la URSS: unir férreamente a todos los marxistas revolucionarios alrededor de un programa que sintetizara todo lo aprendido por el movimiento marxista mundial desde el Manifiesto Comunista y especialmente desde la Revolución Rusa. Para defender estas conquistas del marxismo, sintetizadas en el trotskismo y su programa, del ataque contrarrevolucionario en toda la línea que llevaban a cabo el stalinismo y los otros aparatos contrarrevolucionarios para borrarlas de la memoria histórica de los trabajadores y su vanguardia, era imprescindible lograr una férrea organización internacional por parte de los revolucionarios.

No haber fundado la Cuarta Internacional hubiera significado dejar librada a cada corriente trotskista del marxismo revolucionario de la época actual a su suerte nacional, es decir libradas a responder a la ofensiva revisionista y burocrática del stalinismo y la socialdemocracia en forma aislada, prácticamente sin defensa.

Por otro lado, la fundación de la Cuarta Internacional tenía un objetivo ofensivo: preparar un marco y un programa común a los marxistas revolucionarios del mundo para el inevitable ascenso revolucionario que se abriría a corto plazo y que sería desviado o traicionado por todas las direcciones burocráticas y pequeñoburguesas del movimiento de masas. Sólo fundando la Cuarta Internacional se podía responder a estas necesidades defensivas y ofensivas.

Por otra parte, no hay ninguna ley que diga que la Internacional debe ser fundada a caballo de un gran triunfo del movimiento obrero. En última instancia, éste es el único argumento relativamente serio de los teóricos trotskizantes que son escépticos sobre el papel y la necesidad perentoria de la (Cuarta Internacional. La única Internacional que se ha fundado a caballo de un colosal triunfo fue la Tercera. Tanto la Primera como la Segunda se fundaron al comienzo del ascenso y cuando éste recién se profundizaba.

La Cuarta Internacional se fundó justamente cuando se vislumbraba la terminación del descenso y el comienzo del inevitable ascenso revolucionario. Y el haberla podido fundar, el haberle podido dar un programa y una organización a ese ascenso revolucionario mundial y a esa inevitable traición de las direcciones, indicaba la maduración en las filas trotskistas del factor consciente. Es decir, preparábamos la organización y el programa para disputarle la dirección del movimiento de masas a los aparatos contrarrevolucionarios y superar así la crisis de dirección con que se enfrentaría el ascenso revolucionario.

El otro argumento más o menos creíble es el de que no fue necesaria la Cuarta Internacional para expropiar la burguesía en numerosos países. Pero esta critica pretende atribuirle a nuestra Internacional objetivos limitados, tácticos y nacionales —expropiar a la burguesía o a las inversiones imperialistas en un solo país—, cuando los objetivos de nuestra Internacional y las necesidades de la clase obrera son mucho más amplios: derrotar al imperialismo en el mundo, liquidar las fronteras nacionales, organizar en forma revolucionaria al proletariado para que ejerza el poder y siga movilizando a las masas de todo el orbe para empezar a construir el socialismo.

Fundar la Cuarta Internacional en el año 1938 y defender a la URSS de la guerra contrarrevolucionaria que se preparaba contra ella, era imprescindible, como lo indica el hecho de que ni bien fundada soportó el primer ataque revisionista. Este ataque estuvo a punto de ganar a uno de los partidos más fuertes de nuestro movimiento: el Socialist Workers Party (SWP) de los Estados Unidos. Como una expresión más del avance de la contrarrevolución en el mundo surgió una tendencia revisionista en nuestra Internacional, los antidefensistas, que si no se hubieran encontrado con el marco común de nuestra Internacional recién fundada y con Trotsky, hubieran podido disgregar las filas trotskistas en el mundo entero. Gracias a la fundación de la Cuarta Internacional pudimos mantener intacto nuestro programa de defensa de la URSS derrotando a la primera gran corriente revisionista que surgió dentro de nuestras filas. Por lo tanto, la fundación de nuestra Internacional con la formulación del Programa de Transición es el más grande acierto de nuestro movimiento. Defendimos así las dos más grandes conquistas de la etapa de veinte años de derrotas: la URSS, y el único marxismo revolucionario existente, el trotskismo.


TESIS VII

Treinta años de grandes triunfos revolucionarios


Con el fin de la Segunda Guerra Mundial se abre la etapa de ascenso revolucionario más importante conocida hasta la fecha. Desgraciadamente este ascenso revolucionario se da junta con el agravamiento de la crisis de la dirección revolucionaria, es decir, con un fortalecimiento de los aparatos contrarrevolucionarios que dirigen al movimiento de masas y una continua debilidad de nuestra Internacional. Esta combinación altamente contradictoria provoca una situación mundial que esquemáticamente podemos sintetizar en las siguientes características:

1. El proletariado y las masas del mundo entero obtienen una serie de triunfos espectaculares. El primero es la derrota del ejército nazi —es decir, de la contrarrevolución imperialista— por parte del Ejército Rojo, aunque esto fortifica coyunturalmente al stalinismo, que es quien dirige a la URSS. A este colosal triunfo le sigue, posteriormente, la expropiación de la burguesía en la tercera parte de la humanidad, principalmente en el país más poblado de la tierra, China. Pero todos estos triunfos que llevaron a la expropiación de la burguesía no llegaron a la expropiación mediante una revolución de octubre.

2. Se produce la mayor crisis del imperialismo que hayamos presenciado. De la guerra salen completamente destrozados todos los viejos imperios coloniales existentes. Su lugar no puede ser llenado por el imperialismo norteamericano debido al colosal ascenso revolucionario de masas.

3. Debido al debilitamiento de todos los viejos imperios se cierra la etapa de las guerras imperialistas por el reparto del mundo. El triunfo norteamericano en la guerra imperialista liquida el problema del dominio del mundo capitalista.

A partir de la postguerra, todo el mundo capitalista, incluidos los países imperialistas, tiene que aceptar el liderazgo y dominio norteamericano en la estructuración de un frente único contrarrevolucionario a escala mundial. Los lógicos roces interimperialistas no pueden cambiar esta situación, se impone la hegemonía estadounidense sobre el mundo capitalista y su liderazgo contrarrevolucionario y la imposibilidad, por el momento, de nuevas guerras interimperialistas. Entramos en la etapa de preparación y ejecución de guerras contrarrevolucionarias. Se cierra una etapa en el carácter de las guerras y se abre una nueva. Se cierra la etapa de las guerras interimperialistas y se entra en la etapa de las guerras contrarrevolucionarias.

4. Pero en esta guerra no sólo se unifica el frente único contrarrevolucionario capitalista e imperialista a escala mundial, sino que se establece un frente único contrarrevolucionario entre e! imperialismo y la burocracia del Kremlin, sobre la base de la coexistencia pacífica, concretado en Yalta, Potsdam y el nuevo ordenamiento mundial: la ONU, el reparto de zonas de influencia, etcétera. Aunque se produce la “guerra fría” y profundos roces entre Washington y Moscú, aunque se dan varias guerras calientes contrarrevolucionarias con el fin de aplastar o desviar el ascenso revolucionario, como las de Corea e Indochina, tanto Washington como Moscú actúan en general de acuerdo y defendiendo ese nuevo ordenamiento mundial organizado en Yalta y Potsdam. Stalin y Roosevelt se dividen el mundo en dos bloques controlados por el imperialismo norteamericano y el Kremlin con el objetivo de frenar, desviar, aplastar o controlar la revolución de los trabajadores en el mundo.

5. Gracias a este acuerdo contrarrevolucionario y a la colaboración indispensable del stalinismo, el imperialismo estadounidense puede implementar el “plan Marshall” que lleva al establecimiento y estabilización de la economía capitalista en el occidente de Europa y en Japón, y la división de Alemania y su proletariado. Este apoyo a la contrarrevolución en Japón y en Europa por parte del Kremlin le permitió al imperialismo lograr el boom económico de cerca de veinte años. Este boom económico tendrá su réplica en el desarrollo de la economía de los estados obreros bajo control burocrático; habrá un fenómeno paralelo al boom económico capitalista en los estados obreros. Esto significa que gracias al Kremlin el imperialismo pudo compensar su crisis a nivel imperialista con su estabilización como capitalismo metropolitano, es decir, compensar expropiación del capitalismo en países relativamente periféricos —limítrofes de la URSS— lo que le permitió mantener su hegemonía sobre la economía mundial y lograr un proceso de acumulación y desarrollo capitalista inigualado en los países metropolitanos.

6. Continuó la crisis de dirección revolucionaria del movimiento de masas y la consolidación de los aparatos burocráticos y pequeñoburgueses. Contra todos los pronósticos del marxismo revolucionario, el colosal ascenso, como sus triunfos, no significaron la crisis de la socialdemocracia y del stalinismo y nuestro fortalecimiento, es decir que se comenzara a superar la crisis de dirección del proletariado mundial. Por el contrario, las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial combinan una crisis extremo del imperialismo y un colosal ascenso del movimiento de masas revolucionario, con una crisis hasta el momento sin salida de la dirección del proletariado mundial, es decir con un colosal fortalecimiento de los aparatos contrarrevolucionarios del movimiento de masas. La otra cara de esto es la debilidad extrema del trotskismo.

Esta crisis de dirección es la razón fundamental de todos los fenómenos altamente contradictorios que hemos vista en esta postguerra, desde la reconstrucción capitalista de Europa y Japón hasta los estados obreros burocratizados, pasando por la división de Alemania y las invasiones militares de unos estados obreros por otros.

El ascenso revolucionario se ha expresado hasta la fecha a través de las organizaciones tradicionales del movimiento de masas, llegando a que todas las expropiaciones de las burguesías nacionales se han llevado a cabo a través de direcciones burocráticas o pequeñoburguesas que originaron estados obreros burocráticos, como en el caso de Cuba. Y este hecho, contradictoriamente, fortificó más que nunca los aparatos contrarrevolucionarios. Gracias a ello pudieron congelar o desviar el ascenso revolucionario mundial salvando así al imperialismo.

7. Los estados obreros burocratizados son, en un sentido, consecuencia de la división de tareas contrarrevolucionarias entre el imperialismo y el Kremlin con sus dos esferas de influencia. El imperialismo se concentró, con la ayuda del stalinismo, en restablecer el funcionamiento de la economía del estado capitalista en los países imperialistas. El stalinismo se concentró en los eslabones más débiles de la cadena capitalista mundial, donde la crisis era más aguda y limítrofe a la propia burocracia del Kremlin —en el oriente de Europa, en China— para frenar o aplastar la movilización independiente y revolucionaria de las masas.

Para la burocracia del Kremlin su intervención en los países limítrofes era un problema de vida o muerte para su existencia parasitaria contrarrevolucionaria. La burocracia no podía bajo ningún punto de vista dejar que del otro lado de sus fronteras se diera una movilización revolucionaria del movimiento obrero y de masas independiente de su control, ya que se reflejaría dentro de la URSS, poniendo en peligro su propia existencia. El imperialismo también se dio cuenta de que una intervención directa en esos países asolados por la guerra y en r. a crisis económica, política y social catastrófica, podía generar una movilización revolucionaria contra el capitalismo, independiente del Kremlin, que generaría un proceso revolucionario en toda Europa.

A escala mundial, la expropiación del capitalismo en los países del oriente de Europa, China, Yugoslavia, Corea y Vietnam del Norte, aparece así como una combinación inesperada de: a) una concesión obligada del imperialismo a la burocracia contrarrevolucionaria stalinista para poder restablecer el capitalismo en Japón y Europa occidental, con la ayuda de esta burocracia stalinista; y b) el colosal ascenso de postguerra en los eslabones más débiles de la cadena capitalista mundial. Han sido concesiones obligadas del imperialismo para mejor maniobrar y ganar tiempo frente al colosal ascenso de postguerra y al derrumbe total del capitalismo europeo–nipón. El imperialismo se cuidó muy bien de que estas concesiones al movimiento de masas se hicieran a través de la burocracia contrarrevolucionaria y stalinista y, en su momento, pequeñoburguesa castrista, es decir, a través de aparatos oportunistas y contrarrevolucionarios, garantía de freno al proceso de revolución permanente.

Estas concesiones a escala mundial, consecuencia obligada del fabuloso ascenso revolucionario de la inmediata postguerra, que transformó en estados obreros burocratizados a la tercera parte de la humanidad, no dejaron —por la combinación altamente contradictoria que obligó al imperialismo a hacer esas concesiones— de ser colosales triunfos del movimiento obrero y de masas mundial. Como tales hay que defenderlos de todo ataque de la contrarrevolución imperialista.

8. La otra cara de estos triunfos, de estos estados obreros burocratizados, es que lograron frenar el proceso revolucionario y derrotar interiormente al movimiento obrero y revolucionario, impidiendo, por todos los medios, que continuara el proceso de ascenso revolucionario y de movilización permanente.

En relación a la movilización revolucionaria de los trabajadores del mundo, el estado obrero burocratizado es una gigantesca concesión de los explotadores y la burocracia; este colosal triunfo del movimiento de masas es transformado por aquéllos en una concesión para mejor derrotar y congelar la movilización permanente. Es un triunfo frente a los explotadores nacionales y al imperialismo, seguido inmediatamente de una derrota a la movilización permanente de las masas a manos de la burocracia, que —debido a la presión revolucionaria y a la crisis del imperialismo— llega hasta expropiar a la burguesía nacional en su desesperación política por controlar y aplastar al movimiento de masas.

9. La presión de las direcciones burocráticas del movimiento de masas, debido al fortalecimiento que adquirían a medida que expropiaban a la burguesía nacional en algunos países, logró una correa de transmisión dentro de las filas y la dirección de nuestra propia Internacional: el revisionismo pablista. Por su control de la dirección, esta corriente revisionista logró disgregar a nuestra Internacional, sirviendo así a las direcciones oportunistas del movimiento de masas, y agravando la crisis de dirección del proletariado mundial. Debido al revisionismo pablista, a partir del año 1951 comienzan tres décadas de crisis continua de nuestro movimiento mundial. Ninguna de las consideraciones objetivas que hemos dada en los anteriores puntos justifican por sí solas la crisis de nuestra Internacional y su debilidad. La causa primera y fundamental de la debilidad y disgregación de nuestra Internacional radica en el revisionismo pablista que atentó contra los principios fundamentales de nuestro movimiento. Nada demuestra mejor esto que el hecho de que la única posibilidad cierta que ha habido de revolución de octubre, la revolución boliviana del año 1952, fuera traicionada y llevada a un callejón sin salida por esta dirección revisionista, que cometió una de las cinco más graves traiciones al movimiento obrero en lo que va del siglo.

10. La consolidación de los aparatos contrarrevolucionarios, su fortaleza, se da juntamente con el comienzo de sus crisis, como consecuencia del ascenso de masas. En todo este período se abre una crisis creciente del stalinismo, la cual se manifiesta en un principio —tal cual había previsto Trotsky— por el surgimiento de un stalinismo nacional. A medida que se fueron expropiando distintos países, la burocracia stalinista de esos países dejó de tener una existencia privilegiada por su dependencia del Kremlin y se transformó en una burocracia estatal, con sus propios intereses. Surgió un stalinismo burocrático nacional, que comenzó a tener profundos roces con el Kremlin. Tito y Mao son la expresión máxima de esta crisis del stalinismo provocada por el stalinismo nacional. Junto a esta crisis ha habido esbozos también de stalinismo nacional a nivel de otros partidos, concretamente los eurocomunistas, pero sin llegar al punto de romper con Moscú, ya que siguen dependiendo de éste. Su alejamiento respecto de Moscú es sólo cuantitativo.

Paralelamente a esta crisis del stalinismo nacional con el stalinismo moscovita, ha habido algunos comienzos de crisis positiva por la izquierda —es decir, sectores que se orientan a posiciones trotskizantes— provocados por el comienzo de la revolución política, principalmente en Hungría, Checoslovaquia y Polonia.

11. Desde el año 1953 han surgido brotes poderosos del proceso de la revolución política, que preanuncian un fenómeno generalizado. Esta revolución política comienza —es el antecedente más importante— con las huelgas de Berlín en Alemania Oriental en el año 1953, pero explota con Polonia y, sobre todo, con el comienzo de una revolución política directa en Hungría en el año 1956. El otro hecho espectacular ha sido la “primavera de Praga” en 1968. Esto indica cómo la revolución política es un proceso inevitable, que todavía no se ha generalizado y que no ha llegado a la URSS más que incipientemente. Cada oleada de la revolución política ha sido más poderosa, y ha comenzado también a expresar las tendencias democráticas a la autodeterminación nacional.

12. En toda esta etapa —en estos treinta años que van de 1943 a 1973— no aparecen el proletariado soviético y norteamericano en la escena mundial. Incluso el proletariado de los países europeos, después de la situación revolucionaria que se dio en la inmediata postguerra a partir del año 1947, deja de tener un papel protagónico decisivo: no tiene el mismo nivel que los pueblos y trabajadores de los países atrasados, coloniales, aunque tiene algunas manifestaciones extraordinarias, como las huelgas francesas de 1953 y 1968, y las movilizaciones y huelgas sistemáticas en Italia e Inglaterra.

13. Los trabajadores del mundo entero han hecho fracasar varios planes contrarrevolucionarios del imperialismo norteamericano de atacar a la URSS y a otros estados obreros. En la inmediata postguerra, los trabajadores del mundo entero, sobre todo los norteamericanos con uniforme de soldados, se negaron a continuar la guerra contra la URSS como era la intención del imperialismo. Posteriormente hicieron fracasar al imperialismo en Corea y, dentro de Estados Unidos, hicieron retroceder al macartismo. Pero la derrota del imperialismo norteamericano en Vietnam no es la derrota de sus planes, sino la primera derrota militar que ha tenido a manos de los trabajadores . Es por eso un hecho histórico que abre aparentemente una nueva etapa revolucionaria.


TESIS VIII

¿Se abre la etapa del trotskismo?


Alrededor del año 1974 se produce un salto en el ascenso de la revolución socialista mundial y en la crisis del imperialismo que indica que hemos entrado en una nueva etapa del ascenso revolucionario mundial. Esta cuarta etapa es la de la crisis generalizada del imperialismo y de los estados obreros burocratizados, de la terminación del boom económico, del comienzo de la revolución socialista europea con Portugal y de la revolución política generalizada en los estados obreros, de la crisis aparentemente definitiva del stalinismo. Veamos cada uno de estos problemas.

El triunfo vietnamita en la guerra pareciera ser el punto de arranque de la nueva etapa, ya que significó la primera derrota militar del imperialismo norteamericano en toda su historia. Esto le ha producido una crisis de conducción política burguesa, agravada por la crisis económica que se ha profundizado cada vez más. La derrota norteamericana ha alentado, dando fuerzas redobladas, al ascenso revolucionario en todo el orbe. Querríamos insistir en que el triunfo de Vietnam no sólo es una derrota parcial sino que provoca la primera crisis aguda del imperialismo norteamericano, la crisis de su burguesía que no sabe qué camino adoptar frente al ascenso de la revolución mundial.

El otro aspecto de esta crisis es el fin del boom económico generalizado, tanto en el mundo de los países metropolitanos como en los estados obreros burocratizados. La crisis de los años 19741975 se ha ido agudizando año tras año adquiriendo un carácter crónico y generalizado: abarca todo el mundo, no sólo los países capitalistas. Quizá los que mayor crisis económica tienen son los estados obreros, como lo demuestran Cuba, Polonia, Hungría, Rumania, Yugoslavia. Se demuestra así en forma contundente que la conducción burocrática de las economías de los estados obreros es nefasta, lleva a una crisis inevitable.

Ni el imperialismo ni la burocracia son capaces de darse una política para salir de esta crisis crónica que se acentúa cada vez más.

La crisis crónica es acompañada por el comienzo de la revolución socialista en Europa, con la Revolución Portuguesa y las grandes movilizaciones de masas, y por la crisis de conducción de todas las burguesías europeas. Antes de la Revolución Portuguesa, el proletariado europeo había librado grandes batallas, cuyo punto más alto fue la gran huelga general de 1968 en Francia; el proletariado italiano e inglés habían luchado sin tregua para impedir el descenso de su nivel de vida y trabajo. Pero la Revolución Portuguesa abre una nueva etapa de la revolución socialista europea. Al hacer estallar una dictadura fascista se abre un proceso incipiente de poder dual, que no se había conocido desde la inmediata postguerra en ningún otro país —a excepción de los del este de Europa donde se dio un comienzo de revolución política, como en Hungría o Checoslovaquia—. Este proceso revolucionario portugués, generalizado a toda Europa occidental, tiene su réplica en los países del oriente de Europa, en las grandes huelgas y movilizaciones polacas, etcétera.

La derrota del imperialismo norteamericano ha alentado el ascenso del movimiento revolucionario en el mundo colonial, que se combine con el ascenso europeo. Es así como nos encontramos con los grandes triunfos de Nicaragua y de Irán, por un lado; con la continuación del ascenso en Centroamérica, especialmente en El Salvador, por otro lado; y con el nuevo ascenso revolucionario que comienza en toda Latinoamérica.

Esta nueva etapa que aparentemente se ha abierto hace pocos años en el ascenso revolucionario mundial, todavía no ha hecho aparecer al proletariado soviético. Pero ya hay síntomas de que éste va a aparecer en el proceso histórico, como ya se está manifestando con el proletariado norteamericano, que ha comenzado desde hace varios años algunas luchas de importancia de carácter económico.

Con la entrada en el proceso de la revolución socialista mundial de estas dos clases obreras, la revolución mundial tendrá una aceleración colosal; sobre todo si se le suma el proletariado alemán y japonés, principalmente por su tradición el alemán (que tampoco ha jugado un papel protagónico decisivo ni siquiera en el proceso revolucionario en curso actualmente en Europa).

Si estas tendencias se confirman, fundamentalmente la crisis crónica y acelerada de los estados obreros burocratizados y del stalinismo, junta con una intensificación del ascenso revolucionario, se habría abierto la época del trotskismo, de la superación de la crisis de dirección del proletariado, por nuestra transformación en partidos con influencia de masas. Se abriría así, por lo tanto, la época de las nuevas revoluciones de octubre triunfantes.


TESIS IX

Algunos hechos no previstos y una falsa analogía


Nuestro partido, incluido Trotsky, no previó que la crisis de dirección del proletariado mundial continuaría sin comienzo de solución durante más de cuatro decenios. Por consiguiente, tampoco previó el colosal desarrollo, influencia y florecimiento de los aparatos burocráticos, contrarrevolucionarios —principalmente del stalinismo— y la extremada debilidad, el carácter propagandístico que continuaría teniendo nuestra Internacional a pesar del colosal ascenso revolucionario de estos cuatro decenios. Tampoco se previó la posibilidad de una crisis de carácter revisionista como la que se produjo al comienzo de los años ’50, que disgregó a nuestra Internacional durante casi treinta años.

Creemos que esta falta de previsión se inscribe en la ley marxista de que la realidad siempre es más rica que cualquier esquema, es decir, que éstos son superados por aquélla. Pero también, específicamente, a que los fundadores de nuestra Internacional cometieron un error al hacer una analogía entre ésta y la anterior postguerra. Creíamos que en esta inmediata postguerra se repetiría, corregido y aumentado, lo que ocurrió en la anterior, que llevó al poder a un partido marxista revolucionario —el Bolchevique— a través de la Revolución de Octubre y a la fundación de la Tercera Internacional que comenzó a tener influencia de masas y a superar la crisis de dirección. No hay ningún motive para poner en tela de juicio la anécdota varias veces relatada por Joe Hansen de que Trotsky estaba profundamente convencido de que, en la inmediata postguerra, nuestra Internacional sería tan multitudinaria y tendría tantos partidos revolucionarios espontáneos de masas, que los trotskistas seríamos minoría, ya que la mayoría de esos partidos revolucionarios tendrían otra ideología. Nada demuestra mejor que ésta era la perspectiva que el categórico vaticinio de Trotsky de que para el año 1948 millones seguirían a la Cuarta Internacional.

Esa analogía y esos vaticinios se han mostrado equivocados y así hay que reconocerlo. Esto significa que nuestra Internacional ha acertado en forma casi milimétrica con el análisis de la época, pero no así en la coyuntura inmediata posterior a la guerra. Hicimos un análisis coyuntural exageradamente optimista y analógico que se reveló equivocado.

Como consecuencia de esta prolongación inesperada de la crisis de dirección del movimiento obrero, nos encontramos con varios hechos nuevos no previstos. Estos hechos de enorme importancia son los siguientes:

1. Todas las revoluciones triunfantes que expropiaron a la burguesía llevaron a la formación de estados obreros burocratizados.

2. Debido a la existencia de muchos estados obreros burocratizados, nos encontramos con que hay guerras o preparativos de guerra entre ellos o invasiones de un estado obrero a otro.

3. El boom de la economía burguesa en esta postguerra ha sido el más colosal de toda la historia del capitalismo.

4. La más grande revolución tecnológica de toda la historia de la humanidad se ha llevado a cabo bajo el dominio del imperialismo. Esta revolución tecnológica (la cibernética, la cohetería, la energía atómica, la petroquímica, los abonos químicos, los descubrimientos científicos en todos los terrenos a un nivel que diez años de descubrimientos científicos actuales valen por siglos de descubrimientos anteriores, tales como la penicilina, los nuevos medicamentos, etcétera) se concrete en el más espectacular de los avances hechos por la humanidad: el comienzo de la conquista del cosmos, del universo.

5. La importancia fundamental, determinante, que han adquirido las luchas y revoluciones democráticas.

6. La importancia extraordinaria que adquirió la guerra de guerrillas para el triunfo de la Revolución China y de otras revoluciones.

7. No ha habido hasta ahora ninguna otra revolución de octubre —es decir dirigida por un partido marxista revolucionario—, ni triunfante ni derrotada.


TESIS X

El revisionismo tiende a destruir a la internacional


Desde hace casi cuarenta años estamos inmersos en el más colosal ascenso revolucionario; ascenso que ha llevado a que en muchos países se haya expropiado a la burguesía mediante revoluciones triunfantes sin que nuestra Internacional haya dirigido ninguno de estos triunfos, ni siquiera tomado el poder en alguno de esos países. A pesar de ese ascenso y esos triunfos, nuestra Internacional sigue siendo muy débil y propagandista.

Esa debilidad obedece a las mismas razones que explican el fortalecimiento de los aparatos contrarrevolucionarios del movimiento de masas. Más concretamente, obedece a que la formación del trotskismo, desde el período anterior a su fundación hasta sus primeros años de existencia, se hizo en la etapa del retroceso y derrota del movimiento obrero. Debido a ello, no hubo posibilidades objetivas de que sus cuadros se foguearan en el seno del movimiento obrero; ellos adquirieron un carácter intelectual y propagandístico y nuestro movimiento, por consiguiente, no pudo estar formado por dirigentes proletarios. Nuestra Internacional había sido fundada nadando contra la corriente. El fortalecimiento de los aparatos contrarrevolucionarios en esta postguerra hizo que, en cierta forma, siguiéramos nadando contra la corriente a pesar del ascenso, ya que el movimiento de masas seguía a direcciones burocráticas.

Sin embargo, a pesar de este fortalecimiento de los aparatos y de la debilidad actual de nuestra Internacional, ésta ha crecido, se ha desarrollado y ha tenido posibilidades de crecer y desarrollarse mucho más. Incluso tuvo la posibilidad de haber tomado el poder en Bolivia, lo que hubiera cambiado todo. La ley de que cuando hay ascenso se fortifican los aparatos pero también la izquierda revolucionaria, se ha dada en estos cuarenta años de ascenso revolucionario; y si este proceso no se ha dada con mucha más intensidad, se debe a la propia historia de nuestra Internacional y, más concretamente, al nefasto papel del revisionismo pablista.

El año 1951 divide en dos la historia de nuestra Internacional: antes y después del revisionismo pablista. A partir de esa fecha, en que su dirección es copada por el revisionismo, nuestra Internacional entra en crisis, se disgrega.

Anteriormente, con el asesinato de Trotsky habíamos tenido otra crisis, pero de un carácter muy diferente. Su muerte provocó una crisis de dirección que impidió que nuestra Internacional avanzara mucho más durante la postguerra. La desaparición de Trotsky es un hecho cualitativo en la historia de nuestra Internacional. Como consecuencia de su desaparición nos quedamos —de hecho— sin nuestra dirección histórica. Generalmente nuestro movimiento recuerda el nefasto 21 de agosto de 1940 desde el punto de vista de la biografía de nuestro maestro y no recalca suficientemente lo que significó desde el punto de vista político para el proletariado mundial y para nuestra Internacional. Tampoco señalamos lo suficiente que el asesinato no sólo tuvo como motivación la venganza, sino un objetivo contrarrevolucionario precise: dejar sin dirección histórica personal al ascenso revolucionario de postguerra y a la Cuarta Internacional.

El stalinismo logró ese objetivo en gran medida: de hecho, nuestra Internacional se quedó sin una dirección construida y experimentada en la lucha de clases que le permitiera enfrentar los nuevos y tremendos problemas que nos plantearía la postguerra. Como consecuencia de ello, durante la guerra la dirección y el centro de nuestra Internacional quedó —de hecho— en manos del SWP que, por otra parte, si bien no dejó de cumplir un papel progresivo en la reconstrucción de nuestra Internacional durante la guerra y en la inmediata postguerra, se negó a transformarse en el eje de la dirección, que era el papel que le correspondía asumir. Debido a ello, en la inmediata postguerra la dirección cayó en manos de la nueva dirección europea, principalmente de Pablo. La muerte de Trotsky hizo que nuestra Internacional no haya sabido responder con rapidez a los nuevos fenómenos que nos planteó la guerra y la postguerra: la combinación de la guerra interimperialista con la guerra contrarrevolucionaria, la división de Alemania y su desaparición por décadas como centro del proceso revolucionario europeo, la ocupación de una parte de Europa —la del Este— por la URSS, la transformación de estos estados en estados obreros burocratizados, los casos Yugoslavia y China, el “plan Marshall”, la reconstrucción capitalista europea y el boom económico. Los documentos de nuestra Internacional luego de la muerte de Trotsky son sectarios y rudimentarios. Su punto fuerte es la defensa de las enseñanzas de Trotsky.

Pero junta con estas gruesas fallas, gracias a su existencia, gracias a su método y a su programa, y gracias a la defensa de las enseñanzas de Lenin y Trotsky, la Cuarta Internacional fue la única corriente del movimiento obrero que supo dar respuestas marxistas revolucionarias a todos los fenómenos, aunque con tardanza. Es así como definimos correctamente a los nuevos estados obreros dirigidos por el stalinismo como burocratizados. La crisis de dirección provocada por la muerte de Trotsky se iba superando lentamente a medida que comenzaba a madurar la nueva dirección de la Internacional, principalmente las direcciones de las secciones francesa e inglesa de aquella época. Este proceso de superación de la crisis de dirección provocada por el asesinato de Trotsky se corta abruptamente como consecuencia del revisionismo pablista. El impacto de la “guerra fría” y de los nuevos estados obreros burocratizados bajo dominio stalinista sobre esa nueva dirección de nuestra Internacional no fogueada en la lucha de clases, tuvo efectos catastróficos: hizo volar por los aires el lento progreso y maduración; aunque no llegó a la destrucción, como se proponía Pablo, nuestra Internacional se disgregó.

Esto se debió a que nuestra dirección Internacional era —esencialmente— una dirección intelectual, incapaz de resistir la presión del stalinismo y de las direcciones del movimiento de masas que parecían omnipotentes por su control de los nuevos estados obreros enfrentando en la “guerra fría” al imperialismo norteamericano. Ante esta doble presión de la contrarrevolución imperialista en plena contraofensiva y del stalinismo —que había ocupado el Este de Europa para mejor aplastar la movilización independiente y revolucionaria del proletariado de esos países—, Pablo capituló completamente al stalinismo y a todas las direcciones burocráticas pequeñoburguesas del movimiento obrero. Su política de “entrismo sui generis ”, su análisis de que la guerra fría obligaría a los partidos comunistas a ir a la guerra civil y a la revolución obrera, su teoría de “un siglo de estados obreros deformados”, eran el intento, por parte de Pablo, de meter de con trabando dentro de nuestras filas una concepción global al servicio del stalinismo, justificatoria de su política de traición y desmovilización. Su revisionismo se concretaba en el hecho de que pretendía desarrollar la Cuarta Internacional y sus secciones, abandonando la lucha más intransigente contra el principal aparato contrarrevolucionario del movimiento de masas, el stalinismo.

El pablismo tuvo efectos devastadores sobre nuestra Internacional. No conforme con capitular al stalinismo, se comenzó a capitular a toda dirección o aparato que controlara al movimiento de masas. Esta capitulación se cobijaba bajo un falso objetivismo: la presión del movimiento de masas es tan fuerte que obligará a todas las direcciones a adoptar un curso centrista revolucionario permanente cada vez más progresivo, que las llevará inconscientemente hacia el trotskismo. Debido a la dirección pablista, el glorioso e inmaculado nombre de nuestra Internacional y del trotskismo fue arrastrado al tango del oportunismo y de la traición.

La síntesis de la traición pablista se dio en Bolivia. En este país el POR (Partido Obrero Revolucionario) boliviano, sección de la Internacional, llevado de la mano de Pablo, cometió una de las traiciones más tremendas contra una revolución en lo que va del siglo. Tan o más grande que la de los mencheviques a la Revolución Rusa, que la de los socialdemócratas durante y después de la Primera Guerra Mundial, que la de los stalinistas en China, en Alemania o en España etcétera. En Bolivia, la clase obrera, educada por el trotskismo, llevó a cabo —a principios de abril de 1952— una de las revoluciones obreras más perfectas conocida: destruyó al ejército burgués, constituyó milicias obreras y campesinas como único poder real en el país, y organizó la Central Obrera Boliviana para centralizar al movimiento obrero y a las milicias. La burocracia que dirigía la COB entregó el poder —que estaba en sus manos— al partido nacionalista burgués, al MNR (Movimiento Nacionalista Revolucionario). El trotskismo boliviano era una potencia, tenía gran influencia en el movimiento obrero y de masas, había participado como codirección en la insurrección obrera y popular que había destruido al ejército. El Secretariado Internacional (SI), dirigido por Pablo, dio la línea traidora y reformista de apoyar críticamente al gobierno burgués. La crisis actual del trotskismo boliviano, la crisis actual de toda la Cuarta Internacional, la fortaleza del stalinismo en Bolivia y de todos los movimientos nacionalistas pequeñoburgueses en América latina, arrancan de esa política criminal de colaboración de clases que Pablo obligó a practicar en Bolivia a toda nuestra Internacional. El principio revisionista pablista era siempre el mismo: el MNR, presionado por el movimiento de masas, iba a verse obligado a hacer una revolución socialista.

El pablismo no se conformó con entregar la revolución boliviana a un gobierno burgués sino que amplió sus traiciones a Francia y a Alemania del Este. En el año 1953 estalló una gran huelga general en Francia contra la voluntad del stalinismo. El pablismo no sólo hizo entrismo en el Partido Comunista, sino que avaló la traición de éste. Lo mismo hizo con el comienzo de la revolución política en el Este de Europa. Cuando los obreros de Alemania del Este salían a una huelga general en Berlín contra la burocracia, y los tanques rusos entraban para reprimir la huelga, el Secretariado Internacional (SI) estuvo en contra de exigir el retire del Ejército Rojo, haciéndose cómplice de la represión burocrática al movimiento obrero en Alemania Oriental. Lo mismo hizo al comienzo de la revolución húngara contra el stalinismo.

Aunque Pablo es quien ha llevado hasta sus últimas consecuencias teóricas y políticas esta desviación revisionista, el revisionismo no se limita a él. Es una corriente mucho más amplia que se ha encargado de mantener, desde entonces, en una crisis permanente a nuestra Internacional. Como toda corriente revisionista es un frente sin principios, formado por distintos matices y corrientes. Esta corriente revisionista que copó la dirección de nuestra Internacional en 1951 se caracteriza por haber capitulado sistemáticamente, durante estos últimos treinta años, a las direcciones burocráticas o pequeñoburguesas del movimiento de masas y por haber abandonado nuestra intransigente lucha contra esas direcciones para construir y desarrollar nuestros partidos como única posibilidad de superar la crisis de dirección revolucionaria del movimiento de masas. Es así como el revisionismo, en lugar de denunciar a estas direcciones burocráticas y pequeñoburguesas, ha capitulado sistemáticamente ante ellas: caracterizándolas como progresivas, transformándose en el ala izquierda de corrientes burocráticas y pequeñoburguesas y abandonando toda actividad independiente trotskista claramente delimitada de esas corrientes oportunistas. Dado este carácter de frente sin principios, el revisionismo tiene a su frente distintas figuras y dirigentes caracterizados en cada etapa de su desarrollo. Pero todas estas figuras, dirigentes y matices tienen en común su línea de capitulación a esas corrientes oportunistas que dirigieron alguna revolución triunfante o algún movimiento de masas. Por eso capituló en su primera etapa al titoísmo, al maoísmo, en líneas generales al stalinismo y a sus distintas variantes, y también entonces se da la capitulación al MNR de Bolivia. A esta primera etapa revisionista le sigue una segunda, que es de capitulación al castrismo.

El hecho de que el castrismo fuera una corriente pequeñoburguesa del movimiento de masas y no una corriente directamente ligada a la burocracia cuando tomó el poder, le ha servido al revisionismo para jalonar su capitulación desde el año 1960 hasta la fecha. Esa capitulación al castrismo —la que define al estado cubano, de hecho, como obrero revolucionario y no como estado obrero burocrático— ha tenido distintas etapas. La primera fue de capitulación directa al castrismo. Posteriormente se capituló a escala latinoamericana al guerrillerismo guevarista. Esta se extendió a Europa con la capitulación a la vanguardia, primero guevarista y, luego de la muerte del “Che”, ultraizquierdista. Y últimamente esa capitulación al castrismo se extendió al FSLN (Frente Sandinista de Liberación Nacional) nicaragüense. Como siempre, el revisionismo tiene distintos matices en la actualidad: existe la corriente claramente revisionista que, al igual que Pablo en 1951, lleva hasta sus últimas consecuencias sus posiciones, es decir, capitula no sólo al FSLN sino directamente al castrismo, a la dirección vietnamita, a la burocracia stalinista. Hay otras corrientes que son revisionistas vergonzantes, sobre las que nos extenderemos un tanto.

Acompañando como una sombra a los dirigentes que expresan sus posiciones revisionistas con claridad y sin ambages —como Pablo en su momento y el SWP ahora—, existe una corriente centrista que es parte del mismo revisionismo. Esta corriente revisionista ha desarrollado algunos de los puntos teóricos revisionistas más importantes como, por ejemplo, que hay un neoimperialismo que desarrolla las fuerzas productivas y otras variaciones teóricas revisionistas parecidas. Lo que caracteriza a esta corriente —centrista, pero que forma parte fundamental de ese mismo revisionismo— son dos hechos: el primero, que en la forma no rompe con las formulaciones trotskistas; el segundo, que forma parte orgánica del revisionismo aunque discute con él internamente, pero sin denunciarlo como revisionista, ya que se limita a asegurar que son errores tácticos o teóricos. Si formalmente defiende algunas posiciones trotskistas es para mejor contrabandear y hacer pasar las posiciones revisionistas. Hay, de hecho, una división de tareas entre esos dos matices, una relación muy parecida a la que había entre Bernstein y Kautsky a partir del año 1914.

Sintetizando, podemos decir que el revisionismo es caracterizado por sostener, a lo largo de treinta años de su historia, lo siguiente: 1. que las fuerzas productivas de la humanidad siguen creciendo bajo esta nueva etapa imperialista que definen como neoimperialista o neocapitalista; 2. que las direcciones del movimiento de masas —burocráticas, stalinistas o pequeñoburguesas— pueden adoptar un curso centrista, permanentemente progresivo, que las lleva a posiciones revolucionarias; más concretamente, que las direcciones burocráticas o pequeñoburguesas obligadas por la presión del movimiento de masas y la presión en contra del imperialismo, y por verse obligadas a expropiar a la burguesía nacional, se convierten en centristas revolucionarias y, por lo tanto, hay que apoyarlas y no combatirlas frontalmente como direcciones oportunistas; 3. como consecuencia de lo anterior, que hay zonas del movimiento obrero, países, donde no está planteada como tarea urgente construir partidos trotskistas para derrotar a estas direcciones contrarrevolucionarias; 4. no está planteada, por lo tanto, ni la construcción de partidos trotskistas ni la revolución política en Cuba.

El centrismo dentro del revisionismo justifica su ligazón orgánica con las corrientes claramente revisionistas, argumentando que nosotros hacemos la definición de revisionistas debido a una exageración fraccionalista; que no es una definición marxista sino un epíteto. Su argumento es que el revisionismo se caracteriza por ser una corriente del marxismo que refleja los intereses de la burocracia y de la aristocracia obrera, y que en nuestra Internacional jamás ha habido una burocracia. La mitad de este razonamiento centrista es correcto: sólo hay revisionismo cuando detrás de él hay fuerzas sociales enemigas de las necesidades históricas de la clase obrera. Yerra cuando limita esas expresiones sociales solamente a la burocracia y a la aristocracia obrera.

No todas las corrientes revisionistas que conoce la historia del marxismo han sido producto de la burocracia obrera. El bernsteinismo, el primer revisionismo, el de fines del siglo pasado y principios del actual, no tuvo como soporte a la burocracia obrera, sino a la intelectualidad pequeñoburguesa que se había unido al Partido Social demócrata alemán. Y desde allí se extendió a todo el mundo reflejando a ese mismo sector social. Dentro de nuestro propio movimiento, lo mismo nos ocurrió con el shachtmanismo, con el antidefensismo: fue una corriente pequeñoburguesa intelectual que cuestionaba todos los principios fundamentales de nuestro movimiento porque reflejaba a un sector de clase extraño al movimiento obrero y a sus sectores más explotados.

El revisionismo pablista y sus socios centristas hunden sus raíces en los mismos sectores y, por la misma razón, tienen el mismo método de razonamiento que el antidefensismo. El antidefensismo tiene en común con el revisionismo que ambos abandonan la defensa de aspectos fundamentales de la herencia marxista revolucionaria. El antidefensismo abandona la defensa de la más grande conquista objetiva del movimiento obrero hasta la Segunda Guerra Mundial: el estado soviético de la URSS. Y capitula al avance de la contrarrevolución fundamentalmente en Estados Unidos. La característica del moderno revisionismo y lo que tiene de común con los antidefensistas, es que también son antidefensistas, pero no de la URSS, sino de la Cuarta Internacional, la más grande conquista subjetiva del proletariado mundial, cediendo a las presiones de los aparatos contrarrevolucionarios del movimiento de masas o de los estados obreros burocratizados que dirigieron a regañadientes algunas de las luchas y conquistas más progresivas del movimiento obrero. Ambos tienen el mismo método de aplicación del principio de identidad, pero aplicado a etapas distintas. Los antidefensistas de la URSS son revisionistas en la etapa de avance de la contrarrevolución; los antidefensistas de la Cuarta Internacional, en la etapa de avance de la revolución.

Los antidefensistas de la URSS decían: el stalinismo contrarrevolucionario es producto de un avance de la contrarrevolución y la URSS también es contrarrevolucionaria como estado. Ponían un signo igual entre la dirección contrarrevolucionaria del estado obrero y el estado obrero mismo, sin ver que eran fenómenos altamente contradictorios y que coyunturalmente formaban parte de un mismo todo, el estado obrero degenerado. El revisionismo del trotskismo actual pone un signo igual entre el avance de la revolución y las direcciones contrarrevolucionarias burocráticas: como la revolución avanza, las direcciones que están al frente del movimiento de masas, sean burocráticas o pequeñoburguesas, también avanzan inexorablemente con ella.

Este razonamiento, desde el punto de vista formal, obedece a una lógica profunda: si los partidos oportunistas seguirán empíricamente dirigiendo la revolución socialista internacional, ¿para qué ser sectarios tratando de combatir a esos partidos y oponerles los nuestros? Se niegan así a distinguir estos dos polos altamente contradictorios de la realidad contemporánea, que forman una unidad coyuntural, momentánea, poniendo un signo igual entre ellos: ascenso de la revolución es igual a transformación revolucionaria de la dirección. De este razonamiento sacan la conclusión abierta o encubierta de que la Cuarta Internacional no es mas necesaria, que puede transformarse en una sociedad fabiana internacional de la época revolucionaria. Es decir, son derrotistas respecto a la Cuarta Internacional, le hacen perder su razón de ser: la lucha intransigente contra las direcciones oportunistas en el ascenso revolucionario, hasta la derrota definitiva del aparato contrarrevolucionario en el movimiento de masas o en el estado obrero burocratizado.

Ambos revisionismos, el antidefensismo como el pablismo y la corriente centrista que apaña al pablismo, responden a la misma razón social: son dirigentes no hechos al calor de las luchas del movimiento obrero, que llegaron a la dirección como intelectuales y traicionaron como tales. Este carácter de clase de las corrientes revisionistas explica su supervivencia y el papel centrista en favor del revisionismo que le tocó jugar al otro matiz. Todo el revisionismo, en sus distintos matices, tiene en común esa base de clases que lo hace impresionista, propenso a ser impactado por los grandes hechos que publica la prensa burguesa o burocrática. Debido a eso —como toda corriente pequeñoburguesa— no cree en la clase obrera y en sus luchas revolucionarias ni en las posibilidades de la Cuarta Internacional. De ahí que siempre estén buscando atajos, variantes que nos eviten el duro y terrible lugar que tenemos como luchadores intransigentes contra los aparatos burocráticos del movimiento de masas y como constructores de partidos trotskistas en todos los países del mundo.

 

 


El revisionismo pablista no sólo provocó la más terrible crisis de nuestra Internacional, sino también una resistencia acrecentada. Desgraciadamente, esta resistencia no fue dada por una dirección probada a escala internacional. A la dirección revisionista no se le pudo oponer —por debilidad de nuestra propia Internacional— una dirección y organización internacional sólida. No por eso ha sido menor la resistencia al curso revisionista, pero ella adquirió un carácter nacional, regional o fragmentario debido a la inexistencia de esa dirección internacional. Fueron distintos partidos nacionales o tendencias internacionales o regionales las que resistieron al revisionismo. Por eso la historia de la resistencia al curso revisionista es una historia accidentada e íntimamente ligada al proceso de la lucha de clases.

El mérito histórico de haber sido la primera en darse cuenta de lo que significaba el pablismo como corriente revisionista, traidora a los principios trotskistas, pertenece a la vieja sección francesa —el PCI (Partido Comunista Internacionalista), hay día la OCI (Organización Comunista Internacionalista)— que se lanzó a una batalla principista prácticamente solo. Rápidamente los compañeros franceses fueron apoyados por la mayor parte de los trotskistas latinoamericanos, a excepción de los compañeros bolivianos enfeudados al SI y al pablismo, de entre los cuales hay que excluir a la corriente que respondía a Lora, que tuvo una política abstencionista.

En noviembre de 1953 el partido trotskista más prestigioso y de mayor tradición, el SWP de Estados Unidos, se sumó a la batalla contra el revisionismo pablista, al romper espectacularmente con éste. A partir de entonces se funda el Comité Internacional (CI) para defender a nuestra Internacional del ataque revisionista del pablismo.

Sin embargo el CI, por influencia del SWP, jamás superó su carácter de un mero frente único defensivo, de organización federativa, que no se elevó ni siquiera a tendencia internacional. Con nexos laxos, incapaz de oponer una fuerte dirección centralizada que diera una batalla definitiva contra el revisionismo hasta expulsarlo de nuestras filas, reconstruyendo nuestra Internacional sobre bases principistas y militantes, el CI tuvo una vida casi vegetativa.

Los trotskistas latinoamericanos dieron una batalla sin tregua contra esta concepción del SWP. La esencia de la posición de la dirección del SWP era la de una Internacional o un CI federativo de trotskistas nacionales.

Debido a esta posición nacionalista del SWP, el partido hegemónico dentro del CI, no se pudo derrotar al revisionismo, a pesar de que el CI agrupaba al ochenta por ciento de las fuerzas trotskistas militantes en el mundo. Esta política nacionalista del SWP se combinó con un cambio de posición del pablismo entre los años 1956 y 1959. Aparentemente, a partir de este cambio en el curso de la revolución húngara o como consecuencia de la revolución cubana, la dirección del SWP se vuelca a lograr una unificación con el SI pablista, sin reafirmar que era una tendencia claramente revisionista.

El SWP se apresura a romper el CI, dispersando sus fuerzas, provocando una seria crisis de este, justamente en el momento en que el revisionismo estaba más debilitado. Gracias al rompimiento del CI se salvó el revisionismo pablista. La reunificación del año 1963, que llevó al surgimiento del SU (Secretariado Unificado), tuvo esa consecuencia.

El hecho de la lucha de clases que le permitió al SWP romper el Comité Internacional y hacerle el juego al pablismo fue la revolución cubana, encabezada por una dirección pequeñoburguesa no stalinista, el castrismo. Este acontecimiento provocó una profunda confusión dentro del movimiento trotskista y especialmente en las filas del CI. Este no supo responder en forma unitaria a este nuevo fenómeno, que en sus aspectos más generales coincidió con el análisis de Trotsky de direcciones pequeñoburguesas que iban más allá de lo que querían contra la burguesía. Lo que provocó esta confusión fue el hecho de que era una dirección no stalinista. Ninguna corriente del movimiento trotskista supo responder con una posición principista al nuevo y complejo fenómeno. Nadie fue capaz de hacer el siguiente análisis global y principista: al expropiarse a la burguesía, Cuba se transformó en un estado obrero; pero al hacerse esta revolución bajo una dirección pequeñoburguesa, profundamente nacionalista (aunque su nacionalismo tuviera aspectos progresivos en ese momento por ser latinoamericanista), el nuevo estado obrero era burocrático desde su nacimiento y, por lo tanto, era necesaria una revolución política y la construcción de un partido trotskista, ya que el Movimiento 26 de Julio primero, y el PC cubano después, eran partidos pequeñoburguesas o burocráticos. Dicho de otro modo, una dirección pequeñoburguesa no deja de serlo porque no sea stalinista o, más aún, aunque sea antistalinista.

El fenómeno cubano se inscribía en la hipótesis altamente improbable del Programa de Transición , al mismo nivel que todos los otros estados obreros burocráticos de esta postguerra. Que fuera o no stalinista era y es un problema secundario. Dentro del CI, unos —el SWP entre ellos— enfatizaban el carácter de estado obrero del estado cubano y el carácter revolucionario del castrismo y que por lo tanto no había que construir un partido trotskista, y otros negaban el carácter de estado obrero y enfatizaban el carácter pequeñoburgués oportunista de la dirección castrista y el 26 de Julio, así como la necesidad de construir un partido trotskista que los combatiera. El hecho de que el SWP rompiera el CI impidió que se llegara a una posición correcta y principista sobre la revolución cubana y agravó la confusión generalizada.

Para el pablismo y el mandelismo la revolución cubana fue una magnífica oportunidad de fortalecer y revivir su revisionismo, su negación de la necesidad de construir partidos trotskistas. El revisionismo encontró la oportunidad de traspasarle al castrismo la tarea de dirigir la revolución socialista que antes había dejado en manos del stalinismo. El revisionismo cambió de etapa pero siguió siendo el mismo: en la década del ’50 la revolución y la transformación en partidos revolucionarios pasaba por el stalinismo y todos los aparatos burocráticos o nacionalistas del movimiento de masas mundial; en la década del ‘60 cambiaron de destinatario: los partidos revolucionarios los haría el castrismo, ya que él mismo era uno de ellos. El rompimiento entre la URSS y China lleva al SI durante un tiempo a plantear algo parecido con respecto al maoísmo.

Lo grave es que el SWP acepta totalmente esta revisión del programa y análisis trotskista en lo que se refiere al castrismo, aunque sigue oponiéndose al maoísmo, con justa razón, como una variante stalinista nacional.

Es así como el SWP va a la unificación con el SI. Sobre la base de muchas afirmaciones programáticas correctas y principistas, como el correcto reconocimiento de Cuba como estado obrero, se esconde una profunda capitulación al castrismo y el abandono de la razón de ser del trotskismo: la imperiosa necesidad de construir un partido trotskista en Cuba y el resto de América latina para combatir esa corriente pequeñoburguesa al frente de un nuevo estado obrero, la castrista, hasta lograr una revolución política de los obreros cubanos contra ella. La base política de la reunificación pasaba por un acuerdo revisionista: no combatir como enemiga del trotskismo y del movimiento obrero a la dirección castrista.

Lo que quedó del CI después de la maniobra de división de él por el SWP no supo responder con un análisis y política global al nuevo fenómeno, como consecuencia fundamental de su dirección healista [1] . Se demoró años en reconocerlo como un estado obrero burocrático en don de se planteaba la necesidad de la revolución política. Respondió al nuevo frente revisionista del SU con un análisis y una política confusa que lo fortificaba en lugar de debilitarlo.

La década del ’60 es la de la gran confusión en las filas trotskistas, confusión que le permite al revisionismo recuperarse, ya que la falta de un análisis global correcto y consecuente le permite llevar agua a su posición y política revisionista de no luchar en Cuba por construir el partido trotskista que dirija la revolución política contra las direcciones pequeñoburguesas.

El nuevo ascenso revolucionario, que se inicia aproximadamente en el año 1968, obliga a las fuerzas que se reclaman del trotskismo, tanto dentro de las filas del SU como del CI, a responder a él. Es así como la gran huelga general de 1968 en Francia, el comienzo de la revolución política en Checoslovaquia en el mismo año, la primavera de Praga, el ascenso revolucionario en América latina, especialmente en el Cono Sur, y la increíble lucha del pueblo vietnamita contra la invasión norteamericana, así como su repercusión dentro de los mismos Estados Unidos con un gran movimiento de masas para lograr la vuelta de los soldados norteamericanos de Vietnam, polariza las fuerzas y origina una lucha interna muy fuerte, tanto dentro del SU como del CI. Dentro del SU a partir del año 1969 se abre una lucha tendencial primero y fraccional después, entre la mayoría del SU y lo que será después la FLT (Fracción Leninista Trotskista), que lleva a sus fuerzas en repetidas oportunidades al borde del rompimiento. Comenzada como una batalla —en el Noveno Congreso Mundial de 1969— contra la estrategia guerrillerista para América latina de la mayoría del SU, rápidamente se demuestra que no es una mera discusión estratégica sino principista, que abarca todos los problemas de método y programáticos de nuestra Internacional. Como siempre, lo que está en el centro del debate es el problema de la necesidad imperiosa de construir partidos trotskistas combatiendo sin misericordia en el seno del movimiento de masas a las corrientes oportunistas. Al igual que en la década de los ’50, en la que el revisionismo capituló al stalinismo y a todos los aparatos contrarrevolucionarios y se abandonó así la lucha por construir partidos trotskistas, y en los ’60, cuando capituló al castrismo, en los ’70 esa capitulación pasaba por abandonar la lucha por construir partidos trotskistas, para apoyar a la guerrilla guevarista latinoamericana y europea, la otra cara pequeñoburguesa del oportunismo castrista.

A medida que se fue desarrollando el combate con la mayoría revisionista del SU y que se producían nuevos acontecimientos fundamentales de la lucha de clases, la propia FLT comenzó a dividirse entre un ala oportunista, que tendía a la colaboración con la mayoría del SU a pesar de sus aparentes posiciones antagónicas, y un ala que intensificaba cada vez más la lucha intransigente contra el revisionismo. El ala oportunista era encabezada por la nueva dirección del SWP. El hecho de que fuera una nueva dirección es un hecho cualitativo, que no exime para nada la responsabilidad de la vieja dirección por su política frente a Cuba y al CI. La vieja dirección era trotskista: aunque con series desviaciones al nacionaltrotskismo, de cualquier forma reflejaba una tradición trotskista y proletaria. La nueva dirección venida del movimiento estudiantil tiene, desde su surgimiento, vasos comunicantes de carácter social con la vieja y nueva dirección europea revisionista: son todos parte del movimiento estudiantil europeo o norteamericano.

Las tendencias que se oponen frontalmente al curso liquidacionista y pequeñoburgués del SWP son la FB (Fracción Bolchevique) y la TLT (Tendencia Leninista Trotskista). Dejando de lado los matices, ambas tendencias se unen para combatir el curso capitulador del SWP. Este resuelve liquidar la lucha intransigente de la FLT contra la mayoría del SU y hace un frente sin principios con este último avalando así su método, política y programa revisionista.

Dentro del CI se produce un fenómeno parecido: la ruptura del CI y el surgimiento del CORCI (Comité para la Reconstrucción de la Cuarta Internacional) son fenómenos paralelos a la crisis del SU y al surgimiento y crisis de la FLT y obedecen a las mismas razones, el ascenso de la revolución mundial. En este caso el sector healista cumple el mismo papel revisionista, nacionalista, que el SWP dentro de la FLT. No es casual si hay día en Nicaragua coinciden como dos gotas de agua las posiciones del SWP y del healismo. El CI se divide en dos, un ala nacionalista sectaria, que rápidamente se transforma, al igual que el SWP, en oportunista rematada y la otra ala, dirigida por la OCI, que defiende intransigentemente los principales trotskistas.

El nuevo ascenso de la revolución mundial, con los grandes triunfos revolucionarios en Irán y Nicaragua, y el ascenso en general en América Latina, hacen estallar definitivamente a la Cuarta Internacional del SU. Por apoyar en forma incondicional al FSLN después de la caída de Somoza, el SU traiciona abiertamente los más elementales principios del trotskismo, como son: la defensa incondicional de todo perseguido social o político por un gobierno burgués (en este caso militantes trotskistas); la lucha sistemática contra todo gobierno burgués; la lucha dentro de las filas del movimiento obrero por la independencia de clase combatiendo en forma intransigente a las direcciones pequeñoburguesas como el FSLN; la tarea permanente de la Cuarta Internacional de construir partidos trotskistas en todos los países del mundo. Este ataque creó inmediatamente un frente único principista del CORCI, la TLT y la FB que organice la defensa unificada de los principios trotskistas. Desde un principio, los integrantes del Comité Paritario (CP) son conscientes de que no se deben repetir los errores del CI y que se impone un claro programa y una dirección centralizada para derrotar al revisionismo.


TESIS XII

Fortalecimiento y crisis de los aparatos contrarrevolucionarios


En este siglo de luchas, principalmente en esta postguerra, hemos presenciado un fortalecimiento cada vez mayor de los aparatos burocráticos. Si este proceso continuara no habría posibilidades de construir partidos trotskistas de masas y de superar la crisis de dirección. Por eso es fundamental hacer un profundo estudio marxista de este fenómeno, así como de su contrapartida: la debilidad de la Cuarta Internacional.

Antes de la Primera Guerra Mundial —durante los cincuenta años de ascenso y triunfos reformistas del movimiento obrero— nos encontramos con que el fortalecimiento de los aparatos contrarrevolucionarios se da también con el desarrollo de una izquierda revolucionaria que se consolida día a día, como lo demuestra el fortalecimiento del Partido Bolchevique y la delimitación de aquélla en el seno del movimiento obrero de otros países europeos.

En contraposición a este proceso, los veinte años de triunfos contrarrevolucionarios previos a la Segunda Guerra Mundial llevaron a un fortalecimiento absoluto de estos aparatos contrarrevolucionarios. Concretamente, el movimiento trotskista se fue hacienda cada vez más débil y el stalinismo cada vez más fuerte a medida que la contrarrevolución obtenía triunfo tras triunfo. No se fortalecieron —como en la anterior época reformista— ambos roles del movimiento obrero sino uno solo, el contrarrevolucionario.

En contraposición a la analogía que habíamos hecho entre esta inmediata postguerra y la anterior, el ascenso revolucionario y los triunfos del movimiento obrero han servido en estos últimos treinta años para fortalecer, aparentemente cada vez más, a los aparatos contrarrevolucionarios del movimiento obrero mundial. Esto se debió a una ley que en algunas oportunidades fue descrita por el propio Trotsky. El movimiento de masas en su ascenso revolucionario no puede dotarse por sí solo de una dirección revolucionaria, ni tampoco va por sí solo en favor de los núcleos revolucionarios ínfimos, casi inexistentes. Se ve obligado a ir a los partidos de masas existentes y a aceptarlos —en una primera etapa— como su dirección, aunque estas direcciones sean aparatos contrarrevolucionarios burocráticos. Esta combinación del ascenso revolucionario con los aparatos burocráticos y stalinistas, y con direcciones pequeñoburguesas como el castrismo continuó durante mucho tiempo como consecuencia de nuestra extrema debilidad, e hizo que la expropiación de la burguesía en la tercera parte de la humanidad fuera dirigida por estas direcciones contrarrevolucionarias, en un esfuerzo denodado de éstas por acompañar la movilización (incluso hasta la expropiación de la burguesía nacional de numerosos países) para frenarla. Pero, a su vez, esta expropiación de la burguesía nacional y este surgimiento de estados obreros controlados por la burocracia constituyeron un nuevo elemento que la fortificó e hizo que la burocracia adquiriera una fuerza redoblada e inesperada para nosotros. La expropiación de la burguesía —este gran triunfo revolucionario— fue explotado por la burocracia para ganar prestigio en el movimiento obrero de su país y del mundo: el cumplimiento de esta colosal tarea revolucionaria consolidó gigantescos aparatos contrarrevolucionarios a escala mundial. La ventaja de la expropiación de la burguesía, la nacionalización de toda la economía, y el boom económico imperialista les permitió a estas burocracias gobernantes provocar un boom de la economía del estado nacional controlado por ellas y esto les posibilitó prolongar su poderío y su prestigio durante varias décadas.

Si esta combinación no fuera crítica, inestable, coyuntural, a pesar del tiempo que subsiste, no habría posibilidades históricas de superar la crisis de dirección y construir la Internacional. Felizmente no es así. A medida que el ascenso continuó, comenzó a cuestionar y a erosionar —siempre ha sido sí— a esas direcciones burocráticas. Siempre el movimiento de masas ha tenido que hacer la experiencia histórica de las direcciones tradicionales, burocráticas, antes de desecharlas y destruirías. Siempre la clase obrera ha ido a esos partidos de masas aunque estén al servicio de la burguesía y sólo después de una experiencia más o menos larga los superan.

Por eso, si bien hemos vista un desarrollo y fortalecimiento increíbles de la burocracia obrera y de sus aparatos, al mismo tiempo, como consecuencia del ascenso, comenzó una crisis lenta pero creciente de ellos, como lo demuestran —entre muchos otros hechos— los comienzos de la revolución política en Alemania en el año 1953, y su continuación en Hungría en el año 1956 y en Checoslovaquia en el año 1968, así como la continua crisis abierta o encubierta del stalinismo a escala mundial.

Contradictoriamente, la fuente de mayores crisis de los aparatos contrarrevolucionarios radica en la base de sustentación actual de su fantástico poderío: el dominio del aparato gubernamental de los estados obreros burocratizados. Esa fuente de prebendas y privilegios sin fin para la burocracia pone a ésta como el enemigo inmediato y directo de las masas de esos países (mientras no haya ataques imperialistas). En los estados obreros burocratizados, la burocracia no puede desviar al movimiento de masas al planteo de que su enemigo es el imperialismo, la burguesía, los terratenientes nacionales, sino que aparecen ante las masas como sus enemigos inmediatos y directos. Los estados obreros burocratizados desnudan a la burocracia obrera mostrándola como un enemigo mortal y frontal del movimiento obrero mundial y sus movilizaciones. La fuente actual de la enorme fuerza de los aparatos burocráticos es también, por la misma razón, la fuente de su debilidad orgánica, estructural, histórica. En esos países toda movilización de los oprimidos, de la clase obrera y de los trabajadores, va directamente contra la burocracia. El ascenso revolucionario enfrenta aquí, sin mediaciones, a los aparatos contrarrevolucionarios. Será suficiente que conmueva a la URSS o a China para que todos los aparatos contrarrevolucionarios y burocráticos del mundo entero comiencen a tambalear, entrando en su crisis definitiva. Esa es la etapa del ascenso revolucionario mundial en la cual hemos entrado: la de la crisis definitiva de los aparatos contrarrevolucionarios del movimiento de masas y, principalmente, del stalinismo.

Esto se debe, fundamentalmente, a que la burocracia se ha transformado en una traba absoluta al desarrollo económico de esos países, que han entrado en una crisis económica crónica.

En cierta medida, este fortalecimiento de los aparatos contrarrevolucionarios explica la debilidad casi congénita de nuestra Internacional. Sin embargo, se combinan otros factores en la explicación de ella. Antes que nada, debemos señalar que donde más equivocada se revela la analogía que hicimos al fundar la Internacional (de esta última postguerra con la anterior) es con respecto a construir grandes partidos de masas. Creemos que se subestimó el tiempo que lleva construir un partido revolucionario y los elementos subjetivos específicos que llevan a esta formación. Un partido sólo puede obtener influencia de masas en un ascenso revolucionario, pero lo opuesto no es verdad: el ascenso revolucionario no le da influencia de masas al partido revolucionario automáticamente. Porque para que un partido revolucionario pueda adquirir influencia de masas se requieren muchos años de ascenso para poder construir una dirección y los cuadros que puedan utilizar el ascenso para fortalecer dentro del movimiento de masas a su partido, y este proceso subjetivo de formación del partido revolucionario lleva tiempo. Por eso la analogía que cabe es la que tenemos que hacer con la etapa de formación de los grandes partidos socialistas y fundamentalmente del Partido Bolchevique. Estos partidos se construyeron en un largo proceso de varias décadas de ascenso del movimiento obrero. Que fuera un ascenso reformista en el que se planteaban tareas mínimas no elimina el hecho de que fueron décadas de ascenso las que permitieron hacer muy fuertes partidos socialistas. Lo mismo ocurrió con el Partido Bolchevique, el único partido marxista revolucionario que nos dio esa época de ascenso. Al proletariado ruso e internacional le llevó cuarenta o cincuenta años de lucha el lograr estructurar este partido.

lo mismo ocurre con nuestra Internacional. Más aún, si tenemos en cuenta que no valoramos lo suficiente el funesto rol contrarrevolucionario de los veinte años anteriores a la Segunda Guerra y, fundamentalmente, del stalinismo. El stalinismo cumplió el rol de borrar de la memoria histórica del proletariado mundial las enseñanzas de la Revolución Rusa, destruyendo a la vanguardia revolucionaria en el período entre las dos guerras. Prácticamente cortó esa continuidad histórica dejando muy pequeños hilos de ella; y esos pequeños hilos estaban en manos de nuestra Internacional. Este hecho hizo muchísimo más dificultosa la estructuración de los partidos trotskistas de masas que ya era dificultosa de por sí.

Al mismo tiempo la existencia del pablismo fue un factor suplementario fundamental no sólo para debilitar sino también para disgregar a la Cuarta Internacional en todos sus sectores, incluso en aquéllos que resistían al revisionismo pablista.

Es así como los partidos trotskistas sólo podrán construirse si continúa el ascenso revolucionario, la época de guerras, revoluciones y crisis, aunque seguirá siendo un proceso lento y con saltos espectaculares en determinados países. Pero la nueva época que se ha abierto posibilitará en altísimo grado esos saltos espectaculares en la estructuración de nuestros partidos.

Esto puede ser así porque después de cuarenta años de ascenso revolucionario han surgido miles y miles de cuadros trotskistas experimentados y fogueados, capaces por lo tanto de capitalizar la crisis histórica de los aparatos burocráticos contrarrevolucionarios, principalmente del stalinismo.


TESIS XIII

El stalinismo y el castrismo son agentes contrarrevolucionarios por su política y por el sector de clase que reflejan


Para justificar su apoyo a las direcciones burocráticas y pequeñoburguesas del movimiento de masas, el revisionismo ha elaborado la teoría de la doble naturaleza: esas direcciones serían burguesas en un sentido, proletarias en otro. Con respecto al castrismo, este razonamiento se amplía con una consideración política: por no ser stalinismo tiene garantizado un curso revolucionario, o lo es directamente. Esta argumentación de carácter negativo —toda dirección que no tenga origen stalinista y expropia a la burguesía es revolucionaria— no toma en cuenta nada menos que el hecho de que el castrismo se transformó en un partido stalinista.

Esta teoría, además de ser revisionista, se niega a hacer el análisis marxista, de clase, de los fenómenos políticos. Las corrientes pequeñoburguesas y burocráticas del movimiento obrero reflejan a un sector privilegiado del movimiento de masas, que se ha dada en la época imperialista, que es antagónico a la base obrera y popular. Aunque Engels señaló el problema, ni él ni Marx pudieron estudiar a fondo la estratificación de la clase obrera provocada por el desarrollo capitalista de fines de siglo pasado, es decir el surgimiento de una aristocracia obrera. Mucho menos pudieron estudiar el fenómeno que ellos no alcanzaron ni a vislumbrar que fue el surgimiento de una poderosa burocracia obrera. El capitalismo, en su etapa imperialista, en su etapa final, sigue utilizando los métodos que lo caracterizaron durante toda su existencia y que hacen a su carácter de comerciante, de negociador. Se ha caracterizado y se caracteriza por negociar con sectores de las clases que le son adversas, por tratar de corromperlas y de incorporarlas a su sistema. Así hizo con el feudalismo, logrando señores feudales o monarcas absolutos que le servían, con lo cual dividió a la clase feudal. Lo mismo ha hecho con la clase obrera: logró que, a pesar de ser la clase más homogénea de la sociedad contemporánea —mucho más que la burguesía y la pequeñoburguesía— , no sea monolítica, tenga distintos sectores. A grosso modo podemos decir que ligados a la clase obrera hay tres sectores claramente delimitados, que han surgido en la etapa imperialista: la burocracia, la aristocracia y la base obrera. Tanto la aristocracia como la base son parte de la clase obrera, trabajan en las empresas capitalistas. La burocracia, en cambio, no trabaja en las empresas capitalistas, no es parte estructural de la clase obrera sino de la moderna clase media de acuerdo con la definición de Trotsky. De cualquier manera, como vive de su sueldo, de su salario, de acuerdo con Marx la podemos definir como un sector sui generis de la clase obrera. Lo importante no es esto, sino señalar el papel de la burocracia, su función en la sociedad contemporánea.

No hay que confundir la naturaleza y la función de la burocracia con su ubicación social. Ni creer que las contradicciones que le provocan su origen y su ubicación hacen que cambie su verdadera naturaleza. La burocracia es el agente de la contrarrevolución dentro de una institución obrera, de la cual se hace dueña para tener una vida privilegiada, separada de la base obrera. Veamos este proceso más de cerca.

Los grandes monopolios no pueden gobernar ningún país ni ningún sector social directamente. Son una ínfima parte de la humanidad y, por lo tanto, sus personeros directos no pueden abarcar toda la sociedad. Para controlar sus empresas, los gobiernos, los parlamentos, los partidos, los sindicatos, los ejércitos, las policías, el aparato judicial y cultural, el imperialismo y los grandes monopolios se ven obligados a apelar a sectores especializados de la moderna clase media, que le hacen de correa de transmisión, como por ejemplo, los parlamentarios, los tecnócratas y ejecutivos, los militares, los políticos y los burócratas. Entre esos agentes del imperialismo y de los monopolios puede haber luchas, graves contradicciones entre ellos mismos o con el propio capitalismo. Por ejemplo, los políticos burgueses parlamentarios son agentes en los parlamentos de los monopolios, pero tienen graves roces que los llevan hasta a enfrentrarse incluso en una guerra civil, como en España, con los agentes extraparlamentarios, fascistas de los monopolios. Pero de este hecho no podemos sacar la conclusión de que los agentes pequeñoburgueses parlamentarios del imperialismo tienen una doble naturaleza. Su naturaleza sigue siendo, a pesar de estas contradicciones, la de ser agentes de los monopolios en el parlamento y, como tales, defienden el parlamento de los fascistas y de los propios monopolios si éstos han resuelto prescindir del parlamento. De igual manera, un gerente de fábrica es agente del capitalismo, igual que los capataces: es el agente pequeñoburgués que defiende los intereses capitalistas dentro de la producción capitalista. Su naturaleza es distinta a la de un general, que es agente militar del capitalismo y del imperialismo. El uno es agente económico y el otro militar. Entre ellos puede haber muchas contradicciones, incluso que los gerentes no quieran los aumentos de impuestos para aumentar la producción armamentista. De igual manera, un rompehuelgas es agente del capitalismo especializado en romper huelgas y sindicatos. No es igual a un burócrata sindical que es agente del capitalismo dentro de los sindicatos y de las huelgas. Mientras que el primero tiene como tarea destruir al sindicato o a toda huelga que se presente, el segundo está obligado a defender “su” sindicato y en determinado momento puede estar a favor de una huelga que defiende a su sindicato o que lo fortifique, entrando en contradicción con el agente rompehuelgas o con el gerente. La burguesía nacional en los países semicoloniales, por ejemplo, históricamente es agente del imperialismo dentro de las fronteras nacionales, aunque en determinado momento pueda tener roces profundos con el propio imperialismo, cuando atenta contra su vida privilegiada.

La burocracia obrera es agente del imperialismo dentro del movimiento obrero, por eso tiene roces con los otros agentes del imperialismo e incluso con el propio imperialismo, cuando éste trata de destruir las instituciones obreras cuyo control y monopolio le permiten tener una vida privilegiada. Pero esto no significa que la burocracia posea una doble naturaleza, sino justamente que responde a su naturaleza de agente del imperialismo en el seno del movimiento obrero y sus organizaciones. Como todo sector de clase media, agente del imperialismo, tiene una contradicción entre la defensa de su ubicación, fuente de los privilegios, y su naturaleza de agente del imperialismo.

Estas características generales son típicas tanto de la burocracia socialdemócrata como de la burocracia stalinista.

La diferencia tiene que ver con la mayor fuerza de la burocracia stalinista y las fuentes de sus fuerzas, las instituciones en las que están ubicadas cada una. La burocracia socialdemócrata está ubicada dentro de cada estado nacional en grandes organizaciones obreras, pero no ha llegado a dirigir ningún estado obrero. A la stalinista, en cambio, la caracteriza el dominio privilegiado de los estados obreros, una institución infinitamente más poderosa que la más poderosa de las organizaciones socialdemócratas. Pero en cuanto a su naturaleza no hay ninguna diferencia cualitativa: ambas son agentes de la contrarrevolución imperialista dentro de las organizaciones obreras. Su diferencia es que son agentes en distintos tipos de organizaciones obreras.

Algo parecido ocurre con las corrientes pequeñoburguesas como el castrismo, que llegan a dirigir un movimiento revolucionario de masas y hasta a expropiar a la burguesía nacional y al imperialismo. Son un sector social distinto a la clase obrera que, al igual que la burocracia, forman parte de la moderna clase media. Nada lo demuestra mejor que el hecho de que tan pronto toman el poder se transforman en tecnócratas o burócratas —estatales o políticos— sin sobresaltos mayores. Si antes de la toma del poder eran una corriente de la moderna clase media que dirigía al movimiento de masas, después de la toma del poder se transforman automáticamente, por su diferenciación específica con la clase obrera, en burocracia.

El revisionismo asegura que estas corrientes pequeñoburguesas, principalmente la castrista, pueden transformarse en obreras revolucionarias como consecuencia de haber expropiado a la burguesía nacional y al imperialismo. Nosotros creemos exactamente lo contrario. Por razones sociales no pueden transformarse jamás en una corriente revolucionaria que refleje los intereses de las bases obreras, de los sectores más pobres y explotados de ella. Esta imposibilidad obedece a la más elemental de las leyes marxistas. Ningún sector socialmente privilegiado acepta perder sus privilegios o transformarse de conjunto, como sector social, en otro sector social inferior, distinto. Por el contrario, todo sector social con privilegios tiende a aumentarlos. Todo sector privilegiado puede, obligado por las circunstancias objetivas, ir más allá de lo que quiere en el terreno político para defender sus privilegios y para acrecentarlos, cuando se ve amenazado con perderlos. Pero nunca combatiría sus propios privilegios uniéndose a los sectores más explotados que van contra ellos. Jamás en el proceso histórico, que se mueve justamente por esta lucha de intereses, hemos vista que un sector privilegiado abandone por su propia voluntad sus propios privilegios, es decir que se suicide como sector de clase. Si así fuera tendría razón el reformismo.

Esos intereses distintos y privilegiados en relación a los de la clase obrera, hacen que tanto la burocracia como la pequeñoburguesía que dirige los movimientos de masas sean parte histórica de la contrarrevolución mundial, enemigos declarados de la movilización permanente del movimiento obrero y de masas, de la revolución permanente dentro y fuera de sus países. De ahí que todo sector privilegiado defienda la fuente de sus privilegios contra todo ataque o todo peligro potencial de ataque por la movilización de la clase obrera. Todo burócrata sindical defiende su sindicato y no sólo lo defiende, trata de que su sindicato progrese, pero en el sentido de “suyo”, de sindicato dominado por él, no de sindicato dominado por la base obrera que cada vez se moviliza más y más. Por eso, todos estos sectores están unidos políticamente con el imperialismo y con los sectores privilegiados que existen en el mundo, para frenar el proceso de movilización permanente de las masas, de la base obrera, campesina y popular, de los sectores más miserables y explotados. La naturaleza de agente de la contrarrevolución de esta burocracia está dada por esa lucha mortal de todos los sectores burocráticos y pequeñoburgueses —sin excepción— contra la revolución permanente y su expresión político, el trotskismo, a los que considera sus enemigos fundamentales.

Nada demuestra mejor el carácter contrarrevolucionario de la burocracia que su papel en el proceso económico. Dentro de los países capitalistas siempre está a favor, directa o indirectamente, de la explotación de la clase obrera y de las masas trabajadoras. La socialdemocracia le garantizaba al imperialismo de principios de siglo la explotación de las colonias y de la propia clase obrera metropolitana. Ha seguido en esa política desde entonces. El stalinismo siempre le ha garantizado lo mismo a los imperios amigos. Este carácter de la burocracia muestra su verdadera naturaleza cuando hay una situación crítica, ya que cuando hay boom puede disfrazarse negociando migajas. Es en esos mementos críticos cuando la burocracia, incluida y muchas veces preferencialmente la stalinista, apoya o le hace el juego a los planes de superexplotación de los capitalistas “amigos”, con los que incluso llegan a elaborar planes conjuntos para superar la crisis. ¿Y qué es, si no, por dar un solo ejemplo, el apoyo sin tapujos de Castro al gobierno de Videla, que está aplicando el más terrible plan de superexplotación que se haya conocido en la historia argentina?

En la economía de los estados obreros burocratizados, el papel de la burocracia stalinista es tanto más funesto que el que desempeña en los países capitalistas. El boom económico imperialista, la reconstrucción de una economía devastada por la guerra en la URSS y en los primeros estados obreros de esta postguerra, así como las colosales ventajas derivadas de la expropiación de la burguesía y la nacionalización de la industria y el comercio exterior, le permitieron a la burocracia cumplir un rol coyuntural y relativamente progresivo durante un cierto periodo. Pero a medida que la economía del estado obrero burocratizado comienza a desarrollarse, los privilegios y la conducción totalitaria de la burocracia se volvieron cada vez más una traba absoluta, junta con “su” estado nacional, al desarrollo de las fuerzas productivas y al aumento del bienestar de los trabajadores. Llegado ese punto, que se comenzó a dar a partir del año 1974, la burocracia comienza a elaborar y a intentar aplicar planes de austeridad para superexplotar a los trabajadores. Aumentó la producción armamentista para defender sus privilegios del ataque posible del imperialismo o de otros estados obreros burocratizados, pero principalmente para defenderse de la movilización de los trabajadores. Son las únicas soluciones que encara la burocracia para superar la crisis sin salida de su economía. A este nivel, salvando coyunturas excepcionales, la burocracia es parte indisoluble de la contrarrevolución mundial como freno absoluto al desarrollo de las fuerzas productivas y como expoliador cada vez más terrible de los trabajadores.

la aristocracia obrera es la correa de transmisión de la burocracia hacia el movimiento obrero. A través de ella, la burocracia trata de imponer un régimen burocrático y totalitario en las organizaciones obreras que le permita manipularlas y acrecentar sus privilegios. Para lograr esto crea —junta con el imperialismo— la aristocracia obrera, como la mejor forma de frenar la movilización de la base obrera, de negociar permanentemente y de practicar la colaboración de clases a nivel nacional y la coexistencia pacífica a nivel internacional.

Por eso, el socialismo en un solo país, el sindicalismo en un solo sindicato, la colaboración de clases a nivel de un país y la coexistencia pacífica a nivel internacional son los ejes centrales de la política de la burocracia y de la pequeñoburguesía.


TESIS XIV

Las fuerzas productivas decaen mientras que las destructivas no dejan de crecer bajo el boom económico


La inexistencia de una crisis como la del año 1929 en esta postguerra —es decir, de un shock que conmueva a todo el mundo capitalista desde el centro a la periferia—, el boom económico de los países imperialistas y de los más desarrollados del mundo durante veinte años (a partir más o menos del año 1950), más la combinación de estos elementos con un espectacular desarrollo tecnológico, llevaron al revisionismo a levantar una nueva concepción económica antimarxista.

La misma sostiene, en primer lugar, que se ha abierto una nueva etapa, la neocapitalista o neoimperialista que se diferencia de la imperialista definida por Lenin como de decadencia total, de crisis crónica de la economía capitalista. Generalizando abusivamente estos nuevos hechos, esta nueva corriente teórico–política acepta tanto la teoría de los economistas burgueses como la de la burocracia y las traslada a nuestras filas como una teoría económica al servicio de su capitulación a los aparatos burocráticos.

La segunda revisión —la principal— es la afirmación de que en esta supuesta nueva etapa las fuerzas productivas viven un colosal desarrollo, gracias al enorme progreso tecnológico. Esta es una concepción anticlasista y antihumana, y justamente la base de sustentación de los ideólogos del imperialismo.

Para los marxistas el desarrollo de las fuerzas productivas es una categoría formada por tres elementos: el hombre, la técnica y la naturaleza. Y la principal fuerza productiva es el hombre; concretamente la clase obrera, el campesinado y todos los trabajadores. Por eso consideramos que el desarrollo técnico no es desarrollo de las fuerzas productivas si no permite el enriquecimiento del hombre y de la naturaleza; es decir, un mayor dominio de la naturaleza por parte del hombre, y de éste sobre su sociedad.

La técnica —como también la ciencia y la educación— son fenómenos neutros que se transforman en productivos o destructivos de acuerdo a la utilización clasista que se les dé. La energía atómica es un colosal descubrimiento científico y técnico, pero transformada en bomba atómica es una gran tragedia para la humanidad; nada tiene que ver con el progreso de las fuerzas productivas sino con el de las fuerzas destructivas. La ciencia y la técnica pueden originar el enriquecimiento del hombre —desarrollar las fuerzas productivas— o la decadencia y destrucción del hombre. Depende de su utilización; y su utilización depende de la clase que las tenga en sus manos. Actualmente, el desarrollo de las fuerzas productivas no sólo está frenado por la existencia del imperialismo y la propiedad privada capitalista, sino también por la existencia de los estados nacionales, entre los que incluimos a los estados obreros burocratizados. En la época de agonía del capitalismo estos estados nacionales cumplen el mismo nefasto papel que los feudos en el período de transición del feudalismo al capitalismo.

En esta postguerra hemos vista el colosal desarrollo de la industria armamentista, es decir de las fuerzas destructivas de la sociedad, y también un desarrollo de la técnica que ha llevado a un empobrecimiento del hombre, a una crisis de la humanidad, a guerras crecientes y a un comienzo de destrucción de la naturaleza. El actual desarrollo de la economía capitalista y burocrática tiene una tendencia creciente a la destrucción del hombre y de la naturaleza humanizada. El análisis revisionista en este punto es parcial y analítico, pues no define ni las consecuencias del desarrollo ni sus tendencias.

Si el revisionismo tuviera razón, sus concepciones significarían que hemos entrado en una época reformista en la que de lo que se trata es de obtener la mayor tajada posible en favor de los trabajadores dentro de este progresivo proceso de desarrollo. Si así fuera, toda la concepción del Programa de Transición estaría equivocada. Pero la actual etapa del capitalismo produce miseria creciente para las masas. El dominio de la economía mundial por el imperialismo es una traba al desarrollo de las fuerzas productivas. Y el marxismo, el leninismo y el trotskismo están más vigentes que nunca, porque son la única ciencia que explica por qué se abre una etapa revolucionaria: porque el desarrollo de las fuerzas productivas es trabado por el régimen social dominante, hasta tal grado que provoca una decadencia, una crisis en el desarrollo de las mismas.

La tercera revisión es consecuencia de la anterior: si las fuerzas productivas se desarrollan bajo el neocapitalismo, los trabajadores mejoran constante y sistemáticamente su nivel de vida a escala mundial. El grave problema para las masas deja de ser la miseria, ya que al consumir cada vez más, se alienan.

Los hechos han sido tan categóricos contra esta teoría revisionista que hay día, en forma vergonzante, se la trata de ocultar. Pero ésa era la posición oficial del revisionismo en la década de los sesenta: la miseria de las masas es relativa, ya que cada vez mejoran su nivel de vida, y no absoluta, como asegura el marxismo para la época imperialista. Los hechos y la concepción marxista ortodoxa sostienen que se abre una etapa de revolución cuando la vida se hace insostenible para las masas, cuando hay desocupación, miseria creciente, baja del salario, etcétera. La economía imperialista y capitalista, tanto como la burocrática, en su etapa de crisis definitiva, de putrefacción y de enfrentamiento a la revolución socialista mundial, es la etapa de la miseria creciente y absoluta del movimiento de masas tomado en su conjunto. El revisionismo ha tomado como referencia para formular su teoría la situación de la clase obrera de los países adelantados durante el boom y no a todas las masas.

La cuarta revisión es la que sostiene que han desaparecido las crisis económicas —tipo año 1929— del imperialismo, el cual, por el contrario, vive un boom económico sostenido. Esta concepción ignore que el boom es excepcional y coyuntural y, en consecuencia, los hechos que así lo explican. La supuesta nueva etapa no es en realidad otra cosa que la de la economía capitalista en su crisis definitiva, de putrefacción y, fundamentalmente, de enfrentamiento a la revolución socialista mundial. La actual economía imperialista, incluido su boom , sólo puede entenderse como parte dependiente de lo político y lo social, ligada al proceso total de la lucha entre la revolución socialista internacional y la contrarrevolución en el mundo. La política domino a la economía en esta época y con el método de separación revisionista no se puede entender nada.

Son los grandes acontecimientos políticos de postguerra los que explican la falta de una crisis como la de 1929 y no el automatismo económico por sí solo. Todos los fenómenos económicos “anormales” en última instancia tienen que ver con la política contrarrevolucionaria del Kremlin y del stalinismo en todo el mundo. Sin esta política consciente no hubiera habido boom económico, ni “plan Marshall”, ni levantamiento de la economía alemana y japonesa, ni de la economía europea en su conjunto, y habríamos presenciado crisis muy superiores a la del año 1929 en los países capitalistas avanzados. El hecho de que no haya sido así no tiene que ver con las tendencias más poderosas de la economía capitalista en su estado de putrefacción, es decir no surge de un fenómeno económico sino de fenómenos políticos tales como, por ejemplo, que el Kremlin haya ordenado a los partidos comunistas occidentales apoyar el restablecimiento de la economía capitalista devastada por la segunda guerra imperialista, hacienda que la clase obrera se sacrifique para levantar esas economías capitalistas.

La actuación del stalinismo como agente de la sobreacumulación y de la sobreganancia fue el instrumento político que lo permitió. Esta política hizo a su vez que el Kremlin pudiera reconstruir la economía de “su” estado obrero burocratizado, y fortalecerse relativamente dentro de su esfera de influencia.

Pero a pesar de la ayuda del Kremlin, el imperialismo sólo logró transformar las crisis cíclicas catastróficas —tipo año 1929— en una crisis crónica capitalista mundial que ha ido de la periferia al centro, tomando al mundo capitalista en su conjunto, incluidos —como parte contradictoria de este sistema económico mundial dominado por el imperialismo— los estados obreros burocratizados.

El boom económico estuvo basado en un principio en el sacrificio y la sobreexplotación del proletariado de los países adelantados que se dejaron explotar por orden del Kremlin y, posteriormente, una vez que la economía de los países avanzados entró en el boom , en la explotación cada vez más terrible de los países atrasados, en los que originó una miseria creciente y absoluta. A su vez, esta reconversión de la economía capitalista dio lugar a una economía al servicio de la contrarrevolución mundial, que se manifestó en el más grande desarrollo de la producción armamentista conocido por la historia de la humanidad, es decir en la más colosal producción de medios de destrucción.

Todos estos fenómenos han ido creando las condiciones para que la crisis, paulatinamente, avanzara de la periferia al centro del sistema capitalista mundial y, a partir de 1974, haya llegado ya a los países capitalistas avanzados y a los estados obreros burocratizados. Su manifestación más evidente —no la causa sino los hechos espectaculares que la indican— son la inflación creciente, la crisis en los precios del petróleo y en el mercado mundial, la crisis del dólar y del sistema monetario internacional, las alzas de los precios del oro, etcétera.

Completando esta cadena que aparta al revisionismo del marxismo, aceptando la concepción de los teóricos de la burocracia del “socialismo en un solo país”, el pablismo ha aceptado las premisas del stalinismo de que en el mundo actual existen dos mundos económica y políticamente enfrentados y antagónicos: el del imperialismo y el de los estados obreros burocratizados. Esto no es así en el terreno político ni en el económico. No hay dos mundos económicos a escala mundial. Hay una sola economía mundial, un solo mercado mundial, dominado por el imperialismo. Dentro de esta economía mundial dominada por el imperialismo, existen contradicciones más o menos agudas con los estados obreros burocratizados donde se expropió a la burguesía. Pero no son contradicciones absolutas, sino por el contrario relativas, debido a una razón política y a otra económica: la burocracia dominante en estos estados obreros defiende “sus” fronteras nacionales, no tiende a destruirlas desarrollando una federación de estados obreros, y por eso hace esfuerzos denodados por practicar la colaboración de clases a escala internacional, es decir la coexistencia pacífica con el imperialismo. La economía de todos los estados obreros, burocratizados o no, está supeditada —mientras el imperialismo siga siendo más fuerte económicamente— a la economía mundial controlada por el capitalismo. Es por eso que la economía de los estados burocratizados ha seguido como una sombra los ciclos de la economía capitalista mundial.


[1] Se refiere al dirigente trotskista inglés Jerry Healy


TESIS XV

Una etapa de Revoluciones de Febrero y ninguna Revolución de Octubre


Contra todos nuestros pronósticos, después de la Rusa no se ha producido ninguna revolución de octubre, triunfante ni derrotada. Esta postguerra, pese a ser la etapa más revolucionaria de la historia, sólo ha originado revoluciones de febrero. Algunas triunfantes, otras derrotadas y otras congeladas, pero solamente revoluciones de febrero.

Antes de profundizar la anterior afirmación, debemos distinguir entre la revolución de octubre y la expropiación de la burguesía, puesto que, antes de la guerra, la única revolución que llegó a expropiar a la burguesía fue la de octubre de 1917 y ello nos condujo a una falso analogía y a la afirmación de que ambos términos son sinónimos. La experiencia de esta postguerra demuestra que no es así.

Como toda revolución, la de octubre es un proceso esencialmente político–social con consecuencias económicas. Tiene dos características que la diferencian tajantemente de todas las demás revoluciones. La primera es el surgimiento de organizaciones revolucionarias de poder obrero y de masas, como los soviets. La segunda está íntimamente ligada a la anterior y es la determinante: la existencia de un partido marxista revolucionario que dirija la insurrección y la lucha armada y tome el poder sólo como un medio para desarrollar la movilización de las masas y la revolución socialista internacional. Faltando estas dos condiciones, no hay revolución de octubre.

La revolución de febrero es distinta a la de octubre, pero está íntimamente ligada a ella; debe ser el prólogo obligado a la de octubre para que la revolución siga avanzando.

Febrero es una revolución obrera y popular que enfrenta a los explotadores imperialistas, burgueses y terratenientes ligados a la burguesía y destruye al aparato estatal burgués o provoca su crisis. Por su dinámica de clase y por el enemigo que enfrentan, ambas son revoluciones socialistas. La diferencia entre ambas radica en el distinto nivel de conciencia del movimiento de masas y, principalmente, en la relación del partido marxista revolucionario con el movimiento de masas y el proceso revolucionario en curso. Dicho sucintamente, la revolución de febrero es inconscientemente socialista, mientras que la de octubre lo es en forma consciente. Podríamos decir —coqueteando con Hegel y Marx— que la primera es una revolución socialista en sí , mientras que la segunda lo es para sí .

Las revoluciones de febrero tienen una lógica que refleja la situación del movimiento obrero y de masas en esta etapa de ascenso revolucionario. Casi todas las revoluciones surgen cuando sus profundas necesidades objetivas se tornan para el movimiento de masas en una situación intolerable. Pero en relación a esta situación objetiva que lleva a la revolución, su nivel de conciencia y el de sus direcciones sigue siendo atrasado. A pesar de este atraso, las revoluciones se producen. Esto tiene que ver con que el proletariado —a diferencia de la burguesía bajo el feudalismo— no puede madurar su conciencia en las condiciones del capitalismo; éste no es un proceso evolutivo sino revolucionario. Lo adquiere como clase dominada mientras lucha contra otra clase por el poder.

Esta combinación —bajo nivel de conciencia con movilización revolucionaria de una envergadura tal que logra efectuar una revolución— origina la revolución de febrero. El bajo nivel de conciencia que tiene este movimiento obrero aun durante la revolución, permite a los aparatos contrarrevolucionarios y a las corrientes pequeñoburguesas (reformistas por su programa y concepción) empalmar con él y dirigirlo durante una etapa.

La revolución de febrero es completamente diferente a la de octubre en cuanto a nivel de conciencia y dirección se refiere. La de octubre se caracteriza por tener a su frente a una dirección marxista revolucionaria; la de febrero es dirigida por los aparatos burocráticos y pequeñoburgueses del movimiento de masas. Este sector conscientemente contrarrevolucionario comprende el significado de la revolución de febrero e interviene en ella justamente para mantenerla en ese bajo nivel de conciencia y en el estadio democráticoburgués limitado al marco nacional, impidiendo que se transforme en socialista. Es decir, interviene para frenar a su enemigo mortal, la movilización permanente de las masas.

Esto es posible porque, generalmente, las tareas que enfrenta la revolución de febrero son democráticas. Como consecuencia del atraso del movimiento de masas y de la situación objetiva de la lucha de clases, estas revoluciones se han hecho siempre contra dictaduras despóticas, contra el totalitarismo y el bonapartismo característico del capitalismo en su etapa de agonía. Debido a ello, el oportunismo dirigente, para frenar la movilización, puede plantear que hay que detener la revolución en el logro de esos objetivos democráticos o nacionalistas.

Trotsky hizo un brillante análisis de la revolución de febrero y su relación con la de octubre. Señaló su carácter de revolución socialista que entrega el poder a la burguesía nacional a través de las direcciones oportunistas. Tanto sus estudios, como los escritos de Lenin de 1917, señalan cómo toda revolución de febrero podía —como variante altamente improbable— obligar a los partidos oportunistas, presionados por el movimiento de masas pero justamente para controlarlo, a trascender sus programas e intenciones, llegando incluso a romper con la burguesía como un paso hacia la expropiación del capitalismo y la estructuración de un estado obrero. Pero esta perspectiva política y teórica era, repetimos, altamente improbable. El análisis clásico de Trotsky y de nuestra Internacional ha sido que la revolución de febrero es la antesala de la revolución de octubre, y sin esta última no puede haber ruptura con la burguesía ni expropiación de la misma, y ni siquiera cumplimiento de las tareas democráticoburguesas que subsisten.

En cuanto a las tareas, no hemos tenido razón, ya que la tercera parte de la humanidad —exceptuando a la URSS— ha llegado a expropiar a la burguesía y cumplido importantes tareas democráticas (derrotar dictadores, expropiar terratenientes, repartir la tierra a los campesinos, etcétera) sin revoluciones de octubre. Pero desde el punto de vista histórico y el desarrollo de la revolución socialista, Trotsky tenía razón: si después de la revolución de febrero no sobreviene la de octubre —es decir, la conquista del poder por el partido marxista revolucionario apoyado en la organización revolucionaria del movimiento de masas— no hay posibilidad de que la revolución se acelere y adquiera un carácter permanente.

El hecho de que hayamos confundido las revoluciones de febrero con las democráticoburguesas nos ha llevado a restarles importancia. En realidad, febrero tiene una importancia fundamental y decisivo, tanta como la que tuvo la conquista de los grandes sindicatos en la época reformista. Este siglo ha demostrado que son categorías distintas, aunque se combinaron en la Revolución Rusa. Febrero es una revolución socialista, categóricamente socialista, que destruye el aparato estatal capitalista mediante una lucha armada revolucionaria de los trabajadores. El hecho de que el eje esencial del programa de la revolución sean o no las tareas democráticas es un problema que entra dentro del Programa de Transición . El proceso transicional que lleva a la revolución de febrero le da enorme peso a las tareas democráticas. Pero esto no significa que sea una revolución democráticoburguesa. En este siglo —salvo excepciones como la Revolución Rusa— no hay más revoluciones democráticoburguesas; sólo hay revoluciones socialistas, aunque con o sin maduración del factor subjetivo.

En Rusia sí se dio una combinación de revolución socialista con democráticoburguesa en la de febrero. Pero esto se debió a la existencia del zarismo y de los terratenientes que lo sostenían. A pesar de ello, lo democráticoburgués —es decir, la lucha contra los restos feudales— no fue lo determinante, ya que el propio zarismo era parte del régimen imperialista mundial y estaba íntimamente ligado al capitalismo ruso.

Salvo algunas excepciones, esta situación ya no existe en el mundo. Ya no hay zares ni terratenientes feudales dominantes; en todas partes domino el imperialismo, el capitalismo, los terratenientes capitalistas o la burocracia. Todas las revoluciones actuales son socialistas por el enemigo que enfrentan —la burguesía y su aparato estatal—, y por el carácter de clase de quienes las hacen, los trabajadores. El proletariado —debido, por un lado, a la agonía del capitalismo, su putrefacción, el retroceso general que le provoca a la humanidad y por el otro a sus prejuicios, bajo nivel político y la existencia de direcciones burocráticas y pequeñoburguesas que refuerzan dichos prejuicios y concepciones— se vio obligado a llevar a cabo una revolución de febrero como prólogo a la necesaria revolución de octubre. Es decir, paga con un doble sacrificio y esfuerzo histórico este atraso de su nivel de conciencia y esta decadencia del capitalismo.

Debemos enriquecer el análisis de la Revolución Rusa dándole enorme importancia a la revolución de 1905 y a la de febrero de 1917. Debemos estudiar su relación con octubre. Porque contra todo lo que creíamos, se han producido revoluciones de 1905 y de febrero, no revoluciones de octubre. Todas las perspectivas e hipótesis que abrió la revolución de febrero, que quedaron en el camino por el triunfo de octubre, se han dada en esta posguerra. Podemos decir que esta postguerra es la etapa de la revolución socialista inconsciente o de febrero generalizada a nivel de todo el planeta. Visto con amplitud histórica, teórica, febrero posee una profunda lógica e importancia. Si aceptáramos que sólo habrá revolución cuando el proletariado industrial dirigido por su partido marxista la haga, el proceso revolucionario del movimiento de masas quedaría paralizado, no podría hacer ninguna revolución hasta tanto hubieran madurado su conciencia y la de su partido, se detendría la lucha de clases y los trabajadores no podrían avanzar en el logro de conquista alguna. No es así: las luchas revolucionarias de las masas siguen alcanzando grandes conquistas históricas, haciendo revoluciones triunfantes a pesar de su inmadurez.

Esto nos lleva al problema de qué posibilidades existen de que se produzcan nuevas revoluciones de octubre. En última instancia, todo el ataque del revisionismo con la utilización de expresiones tomadas de la sociología burguesa va contra lo que ellos llaman el “modelo de la revolución de octubre”. Al igual que Pablo, señalan que en esta postguerra el modelo no se ha vuelto a repetir, y extraen de allí la conclusión revisionista de que este tipo de revolución es cosa del pasado y no se repetirá. Según ellos surge una nueva teoría revolucionaria. Pero, como toda corriente revisionista, califica de nuevas a teorías viejos, de la época premarxista, cuando estaban planteadas las revoluciones democráticas populares contra el absolutismo. Llaman modelo nuevo a uno muy viejo: el de todas las revoluciones democráticas anteriores a Octubre.

Nosotros creemos exactamente lo contrario: no hay ninguna razón para que no se produzcan nuevas revoluciones de octubre; los febreros madurarán en la conciencia del proletariado y, a su vez, esa maduración contribuirá al fortalecimiento de nuestros partidos. Y estos dos procesos llevarán inevitablemente a la revolución de octubre, así como la de 1905 y la de febrero de 1917 llevaron al Octubre bolchevique. Es una secuencia inevitable del ascenso revolucionario. Lo que sí debemos reconocer es que el triunfo de octubre es mucho más difícil que el de febrero; y también que las revoluciones de febrero se producen y avanzan más de lo que nosotros creíamos, debido a circunstancias objetivas. Pero de allí no podemos hacer retroceder el pensamiento marxista para teorizar que las revoluciones de febrero son las únicas que se pueden dar en esta etapa revolucionaria mientras que la de octubre fue una excepción irrepetible.

Por otra parte, toda revolución de febrero que no se transforme en revolución de octubre degenera inevitablemente. No hay revolución de febrero que pueda tener ritmo permanente porque el papel de las direcciones pequeñoburguesas y burocráticas que están al frente es siempre el mismo: congelar el proceso de revolución permanente; frenar, enchalecar, derrotar al movimiento de masas. Por eso toda revolución de febrero —haya o no expropiado a la burguesía— origina revoluciones de febrero recurrentes. Esto significa que la revolución de febrero no constituye una solución de fondo del proceso revolucionario. Siempre obliga a hacer nuevos febreros o grandes movilizaciones de masas para frenar el retroceso inevitable provocado por las direcciones traidoras. Un magnífico ejemplo de este fenómeno es el hecho de que la traición de los mencheviques y socialrevolucionarios obligó a las masas a llevar a cabo la gran movilización contra Kornilov. Veamos otro ejemplo: la revolución portuguesa de 1974 fue una gran revolución de febrero que no se transformó en octubre y terminó llevando al gobierno derechista de Eanes al poder.

La revolución de febrero, al no solucionar nada —aún cuando obtenga grandes triunfos— origina febreros recurrentes. La revolución de febrero no sólo se da en muchos países en esta etapa revolucionaria sino que se repite varias veces en un mismo país, en tanto no avance hasta octubre. Por eso debemos precisar más la caracterización de esta época como revolucionaria: es la etapa de las revoluciones objetivas, esté presente o no el factor subjetivo. El ascenso revolucionario es tan grande que las revoluciones se producen aun con factores subjetivos inmaduros.

Pero las revoluciones de febrero que caracterizan a esta etapa —y posiblemente seguirán caracterizándola durante mucho tiempo, mientras maduran las condiciones para las revoluciones de octubre— son el prólogo de octubre, aunque el proceso se prolongue y muchas veces se frustre —como ha sucedido en todos los casos de esta postguerra— sin llegar a éste.

También ha originado un nuevo método para hacer la revolución que nosotros no habíamos contemplado, o por lo menos no lo habíamos captado en toda su magnitud: la guerra de guerrillas.


TESIS XVI

La guerra de guerrillas


Las revoluciones más dinámicas, importantes y ricas de esta postguerra, como la china, vietnamita, cubana, se han desarrollado a través de la guerra de guerrillas. Todo el proceso de guerra de guerrillas en el mundo colonial y semicolonial, cuando no llevó a la expropiación de la burguesía, al menos logró la independencia nacional de muchas colonias (Argelia, Angola, Mozambique, etcétera). Nuestras perspectivas no contemplaban a la guerra de guerrillas de la inmediata postguerra en la magnitud e importancia que ésta adquirió.

Esta es una consecuencia más de nuestra falso analogía con la postguerra anterior. Dado que en la Revolución Rusa la guerra civil fue posterior a Octubre y que, tanto en 1905 como en febrero y octubre de 1917, la lucha armada sólo tomó la forma de insurrección urbana; dada que en ninguna otra revolución (Alemania, España, etcétera) hubo guerra de guerrillas, llegamos a la falso conclusión de que la historia se repetiría en la segunda postguerra: no habría guerrillas sino sólo insurrecciones urbanas tipo febrero y octubre.

Como decíamos, la guerra civil rusa fue posterior a Octubre. La presencia dirigente del Partido Bolchevique le dio carácter de guerra civil socialista consciente, prolongación de la Revolución de Octubre. En cambio, en esta posguerra la guerra civil ha sido anterior a la revolución de febrero, y la lucha armada ha posibilitado el triunfo de estas revoluciones. Esto se debe a que han cambiado los métodos generales de lucha con que los explotadores enfrentan al movimiento de masas en esta etapa de crisis sin salida del imperialismo.

Toda vez que les es posible, el imperialismo y sus agentes atacan al movimiento de masas con métodos de la más despiadada guerra civil, empleando para ello no sólo sus fuerzas armadas “oficiales” sino también a las bandas parapoliciales y fascistas. Frente a los métodos empleados por la contrarrevolución y ante los triunfos que ésta ha logrado— surge la guerra de guerrillas como expresión de la necesidad del movimiento de masas de defenderse empleando los mismos métodos violentos.

Al enfrentar siempre a gobiernos proimperialistas y ferozmente dictatoriales, al ser parte del movimiento de masas revolucionario y adquirir un carácter multitudinario, obrero y popular, la guerrilla asume características socialistas. Enfrenta al aparato estatal burgués con la movilización revolucionaria armada de los obreros y el pueblo. Esto es fruto de su dinámica de clase ya que, por sus objetivos y programa, las direcciones guerrilleras fueron siempre frentepopulistas; al igual que las direcciones burocráticas pequeñoburguesas, ninguna dirección guerrillera se ha planteado conscientemente hacer la revolución socialista. Pero cuando el movimiento de masas toma el método de movilización guerrillera, ésta se transforma en guerra civil socialista, obrera y popular, que destruye a las bases de sustentación del aparato estatal burgués, las fuerzas armadas.

Este tipo de guerra civil se ha producido cuando el movimiento de masas ha sufrido graves derrotas, posee un bajo nivel de conciencia y, al mismo tiempo, se ve obligado a responder a los ataques brutales de la contrarrevolución. Por eso las direcciones oportunistas pequeñoburguesas podían y lograban constreñirlas dentro de programas populares, democráticos, nacionalistas, no socialistas ni de desarrollo de la revolución permanente. Ni las direcciones oportunistas ni el movimiento de masas eran conscientes de que estaban originando una revolución de febrero mucho más profunda que la rusa por el hecho de que, al realizarse con métodos de guerra civil, conducía directamente a la destrucción de las fuerzas armadas del estado burgués. Así como la de febrero fue una revolución socialista inconsciente, la de guerrillas es una guerra civil socialista inconsciente debido al bajo nivel de conciencia de las masas y a la política oportunista de su dirección.

Las guerras de guerrillas con carácter de guerra civil son extraordinariamente progresivas y, dado el carácter de la época, habrá otras nuevas, porque son una expresión más del carácter convulsivo y revolucionario de la misma, de la putrefacción del régimen imperialista monopolista, de los métodos de guerra civil con que éste enfrenta a las masas, del bajo nivel de los trabajadores y de la fuerza de las direcciones pequeñoburguesas burocráticas.

El programa de la guerra de guerrillas siempre va dirigido contra la máxima expresión de la contrarrevolución: las dictaduras fascistas y semifascistas. De ahí el programa democrático nacionalista de estas revoluciones Pero esto no las convierte en democráticoburguesas ya que, por su dinámica, van contra la propiedad y el estado capitalista, no contra estados feudales.


TESIS XVII

El oportunismo de las direcciones guerrilleras


La decadencia del imperialismo y los métodos de guerra civil que emplea para enfrentar a los trabajadores afectan al “pueblo” en su conjunto. Esta contrarrevolución burguesa imperialista provoca la rebeldía, no sólo del campesinado, el estudiantado y la clase obrera, sino también de sectores de la pequeña burguesía y, a veces, de sectores de la propia burguesía. Todos estos sectores se vieron obligados a adoptar el método de la guerra de guerrillas para defenderse de la contrarrevolución imperialista y capitalista que los afectaba. La propia burocracia de los partidos obreros, fundamentalmente stalinista, también se ve obligada a emplear este método en algunas circunstancias, ante el avance de la contrarrevolución que le plantea defenderse en forma armada o desaparecer. Todos estos sectores pequeñoburgueses, burocráticos y aun de la baja burguesía que se ven obligados contra su voluntad a luchar con este método, van a dar la base social y política de la dirección de esta guerra de guerrillas, vista la inexistencia de partidos marxistas revolucionarios de masas que la puedan dirigir. Es una expresión más de la crisis de dirección revolucionaria del proletariado mundial.

Pero estos sectores que se ven obligados, no sólo a intervenir en la guerra de guerrillas, sino —vista el vacío de dirección— a ponerse al frente de esta guerra de guerrillas, no abandonar, por eso sus concepciones contra la movilización permanente de las masas y contra su organización democrática revolucionaria. Por el contrario, intervienen por razones de autodefensa frente a la contrarrevolución, pero al mismo tiempo para frenar, canalizar y aplastar la movilización permanente revolucionaria del movimiento de masas, que es el máximo peligro potencial que ellos enfrentan como sectores privilegiados.

Estos sectores han comenzado a elaborar nuevas teorías y políticas revisionistas. Así ha surgido la teoría de la guerra popular prolongada maoísta o la del foco guerrillero guevarista. Ambas tienen un denominador común que es el de sobredimensionar, absolutizar la guerra de guerrillas, su aspecto técnico, militar y minimizar la influencia de la movilización permanente del movimiento de masas y de su organización democrática. Al mismo tiempo es por eso que estos sectores pequeñoburgueses y burocráticos que dirigen el movimiento guerrillero y la guerra civil, intentan, a través de la organización meramente militar, controlar férreamente el movimiento de masas, enchalecarlo en la camisa de fuerza de la discipline militar para impedirle toda iniciativa, todo proceso permanente revolucionario y toda democracia. Junto con el lo pretenden, a través de la organización militar, quitarle el carácter de clase, socialista que tiene la guerra civil, desarrollando la teoría de que es una guerra popular que origina un nuevo hombre, en donde se pierden las diferencias de clase, en donde se unen todas las clases. Se trata de transformar a todos en combatientes guerrilleros, eliminando el carácter de clase, socialista de la guerrilla. Toda la política de estas direcciones apunta a un control rígido, burocrático, militar, del movimiento de masas. Por otra parte, la jerarquización militar, indispensable para la lucha militar, se traslada al terreno político, imponiéndose una rígida estructura burocrática política sobre el movimiento de masas, que interviene en la guerra de guerrillas.

Por eso, las corrientes pequeñoburguesas aman la guerra de guerrillas como la conciben ellas, ya que les permite ejercer el más rígido de los controles del movimiento de masas revolucionario.

Se impide así que las masas eleven su nivel de conciencia y por ese media se logra mantenerlas dentro de la teoría de que se está hacienda una revolución limitada democráticoburguesa o nacional socialista, impidiendo que, una vez que derroten al gobierno dictatorial, las masas sigan avanzando. Por eso se reivindica la unidad con la burguesía, dividiendo a ésta en sectores progresivos y regresivos. Se intenta así transformar al frente guerrillero en lo contrario de lo que es; se lo. convierte en un frente que no lucha contra el punto nodal de la burguesía, su aparato estatal, sino contra algunos sectores burgueses unido a otros sectores burgueses. De esta forma, esta guerra civil socialista es orientada hacia un frentepopulismo de la peor especie combinado con la guerra de guerrillas.

Esta concepción de la guerra de guerrillas para imponer gobiernos frentepopulistas, esta política oportunista y reaccionaria de disciplinar militar y políticamente al movimiento de masas, se vuelve mucho más peligrosa cuando es tomada y teorizada por grupos pequeñoburgueses, elitistas, sectores desclasados, estudiantiles o de vanguardia de los propios trabajadores que, al verse impotentes frente a la traición de las direcciones tradicionales del movimiento de masas, se lanzan desesperados a acciones por su cuenta y riesgo. El terrorismo urbano que se va desarrollando en Europa y en otras regiones del mundo entra dentro de estas corrientes vanguardistas guerrilleristas. Los teóricos y políticos del foco guerrillero rural pertenecen a los mismos sectores sociales y políticos que los del terrorismo urbano. Esta línea de guerrilla o terrorismo por pequeños grupos de vanguardia es funesta para el movimiento de masas y debe ser combatida como tal por nuestras secciones. Es tan funesta como la línea contrarrevolucionaria de las direcciones oportunistas de las guerrillas de masas. Estamos totalmente en contra de toda acción aventurera de grupos de valientes separados del movimiento de masas. La guerra de guerrillas que nosotros propugnamos, es la que tiene como apoyo al movimiento de masas. Es aquella que nosotros apoyamos aunque sus direcciones sean oportunistas, denunciando a esas direcciones por su papel contrarrevolucionario, por su política de frenar y disciplinar al movimiento de masas para impedir que continúe su movilización permanente. Estamos completamente en contra de iniciar “guerras civiles de bolsillo”, de pequeños grupos de la vanguardia totalmente separados del movimiento de masas. Esta actitud pequeñoburguesa, elitista, de las corrientes guerrilleras y terroristas, es la otra cara de las direcciones burocráticas y pequeñoburguesas de las verdaderas guerras de guerrillas de masas, socialistas y es tan funesta como ella, aunque estas corrientes guerrilleristas de vanguardia se planteen esta política como repudio a las direcciones oportunistas del movimiento de masas.

Tienen en común con las direcciones oportunistas contrarrevolucionarias de la guerra de guerrillas de masas el que ambas no confían en la movilización permanente del movimiento obrero, están en contra de ella. Ambas tienen una concepción paternalista del movimiento de masas; tratan de convencerlo de que es impotente con sus movilizaciones y su organización independiente, para que llegue a la conclusión de que la solución a todos sus problemas son las acciones totalmente separadas del movimiento de masas de un pequeño grupo de terroristas o las acciones totalmente controladas por el aparato militar en manos de la burocracia o de la pequeña burguesía, es decir de las direcciones oportunistas del movimiento de masas. En ese sentido, tanto las direcciones guerrilleras oportunistas como la vanguardia guerrillera que lucha contra ellas son contrarrevolucionarias, independientemente de las intenciones de la propia vanguardia.


TESIS XVIII

Los gobiernos obreros y campesinos


El proceso que llevó a la formación de los estados obreros burocratizados en esta postguerra, se dio a través de una categoría que Trotsky había comenzado a analizar: los gobiernos obreros y campesinos. Tenemos que detenernos exhaustivamente en ella, tanto para defenderla como para ampliarla, dada la tremenda importancia que ha adquirido en los últimos años.

Detrás de esta fórmula, se esconden tres cuestiones diferentes: una formulación para popularizar las relaciones de clase en la dictadura del proletariado, una táctica política frente a los partidos reformistas para obligarlos a romper con la burguesía y desenmascararlos frente al movimiento de masas, y un problema teórico. Veamos en ese orden estas tres cuestiones.

la fórmula de gobierno obrero y campesino fue utilizada por los bolcheviques como popularización de la dictadura. Quería así subrayar que era un gobierno de las dos clases explotadas, unidas en el gobierno contra los explotadores. Ha sido útil en los países de mayoría campesina, para indicar también la alianza política en la dictadura entre el campesinado y el proletariado, bajo hegemonía de éste último. En los países de mayoría urbana que no son campesinos pero tienen una poderosa clase media, es necesario ampliar esta popularización y esta consigna, con la de Gobierno obrero y popular, que indica la alianza que permitirá al proletariado tomar el poder con el pueblo urbano y rural.

Dada la importancia que adquirieron las revoluciones de febrero, la consigna de gobierno obrero y campesino se vuelve fundamental. Como consigna y táctica, es un llamado a los partidos pequeñoburgueses con influencia de masas a que rompan con la burguesía y tomen el poder para aplicar un programa revolucionario contra ella. Se transforma en nuestra política de gobierno más importante dado el carácter que tiene la revolución que esos partidos dirigen (de febrero), y para combatir su política de colaboración de clases. Esta táctica tiene como objetivo preparar el terreno para lograr que las masas rompan con el partido oportunista y sigan al revolucionario como única forma de mantener su movilización permanente. El romper políticamente con la burguesía, e incluso el expropiarla, no cambia el carácter pequeñoburgués o burocrático del partido oportunista, y nuestra lucha se tiene que mantener implacablemente contra él, tal cual lo decían Lenin y Trotsky en 1917, cuando barajaron esta posibilidad.

Veamos ahora qué pasó con esta fórmula como categoría histórica. Durante la Revolución Rusa, después de Febrero, los bolcheviques insisten en exigir a los mencheviques y socialrevolucionarios que rompan con la burguesía y tomen el poder como etapa transicional hacia la dictadura del proletariado. Los llaman a constituir un gobierno obrero y campesino. Los dirigentes bolcheviques sólo se comprometían a defender ese gobierno de cualquier ataque de la burguesía. Al mismo tiempo, se negaban a darle el menor apoyo político, ya que pensaban seguir llevando una lucha implacable contra ellos para desplazarlos del poder y tomarlo ellos, como única garantía de desarrollo ininterrumpido del proceso revolucionario. Los oportunistas rusos se negaron a romper con la burguesía. Por eso esta posibilidad barajada por los bolcheviques no llegó a concretarse.

En el Programa de Transición , Trotsky retomó esta política bolchevique como variante altamente improbable: que en circunstancias objetivas muy apremiantes (guerra, derrota, quiebra financiera, ofensiva revolucionaria de las masas, etcétera) partidos pequeñoburgueses, incluidos los stalinistas, podían verse obligados a romper con la burguesía y tomar el poder, inaugurando un nuevo tipo de gobierno el cual, habiendo roto políticamente con la burguesía, todavía no la había expropiado: un corto interregno hacia la dictadura del proletariado.

Esta variante, altamente improbable según Trotsky, es la única que se dio en estos últimos treinta y cinco años. Desde la postguerra todas las revoluciones obreras triunfantes se dieron a través de este tipo de gobiernos obreros y campesinos. Fueron los partidos pequeñoburgueses y burocráticos stalinistas como los de Mao, Tito, Enver Hoxha y Ho Chi Minh, o demócratas nacionalistas como el de Fidel Castro y el “Che” Guevara, los que rompieron políticamente con la burguesía y el imperialismo, tomaron el poder y llegaron hasta la expropiación de la burguesía, inaugurando una dictadura burocrática del proletariado.

Podemos hacer una generalización respecto de la posibilidad de existencia de una etapa transicional, que no representaría más que un corto episodio en el camino de la verdadera dictadura del proletariado (Trotsky, Programa de Transición ), de ruptura política con la burguesía, pero previa a la expropiación, tanto para el caso de que el partido dirigente que tome el poder sea reformista o revolucionario, trotskista.

En la Revolución de Octubre existió un primer período durante el cual había un gobierno que había roto políticamente con la burguesía (el de los bolcheviques en alianza con los socialistas revolucionarios de izquierda), pero que aún no la había expropiado. Trotsky señaló que hubo un gobierno obrero y campesino y que, sólo desde el otoño de 1918, a partir de la expropiación de los medios de producción, se puede hablar de una dictadura proletaria en Rusia.

A diferencia de la dictadura del proletariado (bajo la cual la burguesía ha sido expropiada) éste es el gobierno de esa breve etapa de la lucha de clases, un corto período altamente contradictorio que va desde la ruptura política con la burguesía hasta su expropiación o hasta retroceder a un gobierno burgués. Ese período se caracteriza por tener un gobierno anticapitalista obrero y campesino, sobre una base económica capitalista. Es exactamente lo opuesto del estado obrero degenerado, que tiene un aparato gubernamental parecido al de la burguesía, con una base económica obrera, transicional, asentada en la expropiación de la burguesía.

La capitulación del SU ante el GRN (Gobierno de Reconstrucción Nacional) de Nicaragua nos impone la necesidad de pensar cuidadosamente esta consigna de gobierno obrero y campesino y la política que debemos tener ante el mismo.

Un gobierno obrero y campesino puede estar dirigido por un partido oportunista o bien por un partido revolucionario trotskista, lo que dará lugar a gobiernos obreros y campesinos burocráticos o bien revolucionarios. Esta distinción tajante de los dos tipos de gobierno origina dos políticas diametralmente opuestas por parte del trotskismo. Si se trata de un gobierno obrero y campesino dirigido por un partido reformista —que ha ido mucho más allá de su voluntad, viéndose obligado a romper con la burguesía por las circunstancias objetivas y no porque sea parte de su programa— el trotskismo, pese a que estuvo llamándolo a hacer ese rompimiento y pese a estar firme en defenderlo de todo ataque de la burguesía, continuará criticando implacablemente al gobierno y al partido reformista que lo encabeza, evitando toda confusión, no aceptando ninguna responsabilidad política por él. Seguirá siendo enemigo mortal de ese partido y gobierno, independientemente de que actúe en frente único con él ante el ataque de un enemigo común.


TESIS XIX

La génesis de los nuevos estados obreros burocratizados


De los nuevos fenómenos, el que debemos destacar porque significa el surgimiento de una nueva categoría teórica provocada por la realidad es el de los estados obreros burocratizados.

Así como la postguerra pasada originó un fenómeno no previsto por el marxismo, la degeneración del primer estado obrero, la URSS —lo que obligó a Trotsky a formular una nueva categoría marxista, a descubrir sus características de estado obrero degenerado o burocratizado—, en esta nueva postguerra tenemos que explicar y definir a los nuevos estados obreros burocratizados y al proceso que los originó.

La dificultad teórica radica en que estos nuevos estados surgen en la época de mayor ascenso revolucionario, en oposición al primero que es producto de los triunfos contrarrevolucionarios. Dos etapas distintas, una contrarrevolucionaria y otra revolucionaria, originan estados obreros idénticos, burocratizados.

Es necesario aclarar que las revoluciones de febrero que llegan a expropiar a la burguesía son una nueva categoría, como en su momento lo fue la de estado obrero degenerado. En su momento, la categoría de estado obrero degenerado nos sorprendió porque nosotros creíamos que el avance de la contrarrevolución en el mundo iba a llevar a la destrucción del estado obrero. Sin embargo, la combinación de la contrarrevolución con la existencia del estado obrero no llevó a su destrucción, sino a una combinación altamente contradictoria que unió el dominio contrarrevolucionario del aparato gubernamental con el mantenimiento del estado obrero, es decir una contrarrevolución que no llegó a ser social sino solamente política, que no llegó a la destrucción del estado obrero sino sólo hasta su degeneración. Fue una combinación altamente inestable de contrarrevolución y estado obrero. Esto fue una consecuencia de la fortaleza de este último.

Hoy día tenemos una combinación de ascenso revolucionario con los aparatos contrarrevolucionarios, que se han revelado mucho más fuertes de lo que sospechábamos. Nosotros creíamos que en su primera fase el ascenso revolucionario iba a hacer saltar por los aires a los aparatos contrarrevolucionarios y que no habría ninguna expropiación de la burguesía, ningún estado obrero, si no era por la vía de la superación de la crisis de dirección del proletariado. Es decir que el ascenso revolucionario destruiría a esos aparatos y llevaría al poder a partidos revolucionarios que expropiarían a la burguesía. Sin embargo no fue así. Así como en la postguerra pasada se dio un avance de la contrarrevolución sobre el estado obrero que pese a todo no pudo cambiar su carácter, hoy día se ha dada un avance de la revolución sobre los aparatos contrarrevolucionarios aunque no pudo hacerlos saltar. Dada su naturaleza extraña a la base obrera, tampoco el ascenso los puede cambiar.

Esa combinación ha dada también origen a un fenómeno altamente inestable, por la combinación de dos polos claramente antagónicos pero unidos por una circunstancia excepcional, coyuntural, en un estado obrero burocratizado. Combinaciones distintas originaron fenómenos idénticos: estados obreros burocratizados. La URSS stalinista es producto último de la contrarrevolución; los estados obreros de postguerra, del ascenso revolucionario.

Esta es la génesis de todos los nuevos estados obreros burocratizados. Aunque se han dada tres procesos distintos en cuanto a la coyuntura y la dirección, todos son esencialmente iguales. Uno fue el de los países del este de Europa, salvo Yugoslavia. En ellos la dirección estuvo en manos de la burocracia del Kremlin que ocupó militarmente los países del este de Europa. El otro caso es el de Yugoslavia, China, Corea y Vietnam. La dirección fue stalinista nacional, íntimamente ligada al Kremlin, pero sin ocupación por el Ejército Rojo y sin dirección directa del Kremlin. Por último, en Cuba tuvimos una dirección pequeñoburguesa oportunista. Todas estas direcciones han sido pequeñoburguesas y sus diferencias han sido sólo específicas ya que todas han tenido la misma política de impedir una revolución de octubre y mantenerse en los marcos de una revolución democrática nacional, aunque se hayan vista obligados a expropiar a la burguesía.

Vista desde otro ángulo, la revolución de febrero es, históricamente el prólogo, la antesala de la revolución de octubre. Así lo hemos considerado nosotros siempre. Es por eso que en los análisis de Trotsky de la Revolución de Octubre, se toma a la revolución de 1905 y a la de Febrero como el prólogo de la de Octubre. Lo que define a la revolución de febrero es la revolución de octubre. Algo parecido a lo que planteaban los bolcheviques respecto a la URSS y a la contrarrevolución (o continúa el estado obrero revolucionario o triunfa la contrarrevolución burguesa) planteábamos nosotros con respecto a la revolución de febrero y al ascenso que originaba: si la revolución de febrero no se transforma en revolución de octubre es inevitable la contrarrevolución burguesa. Pero la complejidad del paso del capitalismo al socialismo ha producido híbridos que no son ni uno ni otro polo.

En la URSS no hubo contrarrevolución burguesa sino por ahora contrarrevolución burocrática.

lo mismo ha pasado respecto a las revoluciones de febrero: éstas no se transformaron en revoluciones de octubre en ningún país, pero en muchos de esos países tampoco triunfó la contrarrevolución burguesa, por el contrario, se llegó a expropiar a la burguesía. El resultado fue el mismo que en la URSS, un estado obrero burocratizado pero desde su origen. Los procesos, aunque el resultado sea el mismo, son distintos. En el caso de la URSS es un estado obrero revolucionario que es degenerado por la contrarrevolución. En el caso de los estados obreros burocratizados que han surgido en esta postguerra, el fenómeno es una revolución de febrero degenerada por las direcciones contrarrevolucionarias o una revolución de octubre abortada por las mismas. Igual que en todo aborto, el feto tiene algunas características del futuro ser nonato, en este caso de la Revolución de Octubre —como la expropiación de la burguesía— sin tener todos sus rasgos y sin haber nacido. Nada demuestra mejor la corrección de nuestra definición que el hecho de que mientras la gran fecha nacional de la URSS continúa siendo la de la Revolución de Octubre, todos los nuevos estados burocráticos reconocen como su fecha nacional la de su nacimiento, el día de su liberación, de su revolución de febrero. China festeja como día nacional el de la caída de Chiang Kai–shek; Yugoslavia, el triunfo sobre el nazismo; todos los países del este de Europa, igual; lo mismo Vietnam, Corea e incluso Cuba. Nadie festeja como su día nacional el día de la expropiación de la burguesía.

No deben sorprendernos estos procesos distintos que dan origen a fenómenos iguales. Lo mismo nos ocurre en cualquier organización del movimiento obrero, por ejemplo la formación de un partido obrero de masas o de un sindicato. Estas organizaciones masivas siempre son productos directos o indirectos de una gran movilización del movimiento obrero, aunque hoy día todas, pero por procesos divergentes, sean burocráticas. Pueden haber llegado a serlo después de haber sido revolucionarias, como por ejemplo los partidos comunistas o la Tercera Internacional. O pueden haber sido burocráticas sin haber llegado a ser nunca revolucionarias, como producto de la combinación de un gran ascenso, de una gran lucha del movimiento obrero que logró grandes conquistas pero bajo una dirección burocrática. En este caso, a pesar de las grandes conquistas, a pesar de haber logrado una gran organización, a pesar de los grandes triunfos del movimiento de masas, nunca ese sindicato dejó de ser burocrático. Y esto es así porque el movimiento de masas logró esos triunfos dentro de la camisa de fuerza de los aparatos burocratizados, sin independizarse de ellos.


TESIS XX

Los estados obreros burocratizados. El caso Cuba


Los estados obreros burocratizados que surgieron en los países periféricos a los grandes centros imperialistas han sido el resultado de una combinación nación al excepcional de cuatro fenómenos mundiales: la crisis aguda del imperialismo, un colosal ascenso revolucionario, el tremendo poderío de los aparatos burocráticos pequeñoburgueses y la debilidad de nuestra Internacional.

la guerra de guerrillas que llevaron adelante las direcciones pequeñoburguesas oportunistas originó el triunfo de la revolución de febrero; después, un gobierno obrero y campesino que llegó a expropiar a la burguesía y que transformó al país en estado obrero burocratizado. En el ejército guerrillero oportunista se dan todas las condiciones del futuro estado obrero burocratizado: el movimiento de masas es disciplinado militarmente por la burocracia. La expropiación de la burguesía transformará a ese movimiento burocrático en estado obrero, pero sin cambiar su carácter. Por el contrario, es el movimiento guerrillero burocrático el que tiñe con sus características a ese nuevo estado obrero. Por culpa de sus direcciones pequeñoburguesas, las revoluciones se dieron sin que las masas se dieran organismos democráticos revolucionarios que les permitieran seguir desarrollando su movilización.

Cuba no ha sido una excepción. Al igual que todos los nuevos estados obreros, ha sido producto de un ejército burocrático hasta los tuétanos, el Movimiento 26 de Julio. El hecho de que el partido de Fidel Castro no fuera stalinista no cambia su carácter de ejército que controlaba militar y políticamente al movimiento de masas, sin dejar el menor resquicio para que se organizara independientemente en forma democrática y para que tuviera iniciativas revolucionarias.

Este carácter ha hecho que Cuba desde sus inicios sea un estado obrero burocrático, al igual que los estados obreros controlados por los partidos stalinistas.

Esto no quiere decir que no haya diferencias coyunturales y específicas entre unos y otros. Las diferencias radican en que el movimiento castrista era pequeñoburgués, nacionalista, antiimperialista y democrático en sus inicios y, en ese sentido, tendía a apoyar al movimiento nacionalista y democrático latinoamericano aunque con métodos pequeñoburgueses, a través de la guerrilla foquista alejada del movimiento de masas. Desde su propio comienzo, Cuba fue un estado obrero dirigido por una corriente pequeñoburguesa que controlaba burocráticamente a los trabajadores a través de su ejercito.

El voluntarismo guevarista en relación con la economía cubana está emparentado con el voluntarismo maoísta y con el stalinista de los años del tercer periodo: era un típico voluntarismo pequeñoburgués. Su concepción del “hombre nuevo” era un típico planteo humanista pequeñoburgués que no creía en la clase obrera, sus luchas y sus iniciativas.

El hecho de haber dirigido una revolución obrera triunfante y de no ser stalinista no le cambia su carácter de clase pequeñoburgués al partido castrista. Es ese carácter de la dirección cubana lo que explica por qué pudo transformarse posteriormente, sin mayores sobresaltos y sin ningún salto cualitativo, en un partido stalinista: porque su carácter de clase la unía al stalinismo mundial.

Tanto los que sostienen que la dirección cubana es revolucionaria, como los que dicen —hoy en día— que es una dirección burocrática pero que en un momento fue revolucionaria y que hay que buscar el momento en que se transformó, atentan contra nuestro método y contra el análisis de la realidad. La dirección cubana permanentemente ha sido una dirección pequeñoburguesa, que se transformó de nacionalista revolucionaria a directamente burocrática, conservando siempre el mismo carácter pequeñoburgués y sin mayores sobresaltos, como ocurre con todas las corrientes pequeñoburguesas que dirigen al movimiento de masas.

El desarrollo económico orientado por la burocracia y aristocracia obreras hacia el desarrollo nacional lleva a una crisis crónica de la economía en los estados obreros deformados y los aproxima a la contrarrevolución burguesa. El desarrollo económico nacional no los independiza sino que, por el contrario, los liga cada vez más al imperialismo mundial. En otras palabras, mientras el imperialismo siga siendo dominante a escala de la economía mundial, los estados obreros nacionales estarán supeditados y serán parte, aunque contradictoria, de esta economía y de este mundo capitalista.

Hoy día vemos con toda claridad que la situación económica de los estados obreros deformados o burocratizados está íntimamente ligada al desarrollo de la economía capitalista mundial. Si observamos las distintas etapas de los estados obreros, veremos que la URSS se desarrolla en forma autárquica justamente cuando los distintos imperialismos entran en una etapa de autarquía. Posteriormente, cuando se produce la reconstrucción de la economía capitalista e imperialista mundial, paralelamente se produce la reconstrucción de la economía de los estados obreros. A medida que avanza el proceso de extraordinario desarrollo capitalista, de fantástica acumulación capitalista en los países más avanzados, comienzan a desarrollarse lazos cada vez más estrechos entre la economía de los estados obreros y la economía capitalista mundial. Y, a partir de 1974, cuando comienza una crisis creciente de los países capitalistas más avanzados, este fenómeno se refleja en la economía de los estados obreros que también entran en una crisis económica creciente, habiendo superado la etapa de la reconstrucción de la economía y de acompañamiento del extraordinario desarrollo del capitalismo mundial.

Respecto de los estados obreros, podemos señalar que tanto la política burocrática como la revolucionaria han originado y originan dos orientaciones económicas diametralmente opuestas. La de la burocracia es una economía de supeditación cada vez más grande al imperialismo. Cada etapa del desarrollo provoca crisis y contradicciones cada vez más agudas de sus economías, y las acerca a una situación de crisis crónica y de miseria agravada de los trabajadores. Esto plantea un dilema de hierro para que esa economía funcione: o se incorpora al mercado y a la producción capitalista mundial o se avanza a la revolución política para hacer que el movimiento obrero democráticamente acomode sus planes económicos al desarrollo de la revolución mundial.

La política de la burocracia de construir el socialismo en un solo país, lleva por consiguiente a una crisis crónica de la economía de los estados obreros, a agudas contradicciones y al planteo de la posibilidad de la contrarrevolución burguesa; en oposición a la política revolucionaria de Lenin y Trotsky de extender la revolución socialista mundial como única garantía de lograr una economía socialista en expansión. Sólo la política de desarrollar la revolución puede solucionar los problemas de las economías de los estados obreros, equilibrar su desarrollo, supeditándolo a los triunfos de la revolución socialista mundial.

TESIS XXI

Las dictaduras revolucionarias y burocráticas del proletariado


Hay corrientes revisionistas trotskistas que sostienen que —dada el carácter burocrático contrarrevolucionario del partido dirigente— en la URSS, en China o en los demás estados obreros no existe la dictadura del proletariado.

la dictadura de clase tiene distintas expresiones políticas y de sectores de la propia clase. En el régimen burgués existe dictadura de la burguesía, tanto bajo un gobierno militar como bajo uno parlamentario o de terratenientes feudales. Un análisis similar hizo Trotsky respecto de la URSS al definirla como estado obrero degenerado.

Mientras exista la expropiación de la burguesía, todo estado obrero, burocrático o no, es una dictadura de la clase obrera desde el punto de vista social. Como fenómeno económico–social es una dictadura proletaria, aunque se exprese en forma distorsionada a través de la burocracia y a pesar de que la clase obrera no goce de ningún tipo de democracia.

Esto en definitiva, tiene que ver con el carácter de la revolución en nuestra época. Sólo hay dos polos: revolución obrera y contrarrevolución burguesa, imperialista. Todos los fenómenos contemporáneos están atravesados por esta realidad. No hay terceras variantes: en todos los países del mundo hay dictaduras burguesas (de las más variadas formas) o dictaduras obreras aunque sean burocráticas. No hay posibilidades de una dictadura pequeñoburguesa porque no puede haber una economía dominante, relaciones de producción pequeñoburguesas. Es por eso que a la dictadura hay que definirla por la clase dominante.

Decir que no hay dictadura del proletariado en la URSS o en cualquiera de las demás dictaduras burocráticas significaría afirmar que allí hay dictaduras burguesas. Afirmamos rotundamente que la burocracia es un sector pequeñoburgués y agente del imperialismo, pero dentro de los estados obreros. No podemos caer en la confusión de negar el carácter obrero de las dictaduras existentes en los estados burocráticos. No existe burguesía en la URSS como para que pueda haber dictadura burguesa. La dictadura es ejercida, siempre y de mil maneras, por la clase económicamente dominante; y en las dictaduras burocráticas la clase que domina en el sentido económico–social es el proletariado.

Pero además de la definición social, hay una definición política ligada a la lucha de clases a nivel nacional e internacional. El objetivo de la burocracia gobernante de desmovilizar al movimiento obrero y de masas es parte esencial de su programa de fortificar “su” estado nacional construyendo el “socialismo” en “su” país y practicando la coexistencia pacífica con el imperialismo. Tiene que aplastar la movilización para el logro de esos objetivos ultrarreacionarios. Entiéndase bien que cuando decimos que fortificar “su” estado nacional es un objetivo reaccionario, no nos referimos al objetivo sumamente progresivo que es la defensa del estado, su fortalecimiento como parte supeditada a la revolución socialista mundial.

Esta política de desmovilización redobla la presión de la contrarrevolución imperialista sobre el país. Esto provoca una contradicción aguda entre la contrarrevolución y el movimiento de masas. Debido a ello, el dominio del aparato gubernamental por parte de la burocracia adquiere la forma de un gobierno bonapartista contrarrevolucionario, con un régimen totalitario de control total del movimiento obrero y de resistencia a la presión redoblada de la contrarrevolución imperialista. Es bonapartista porque trata de arbitrar entre contradicciones insoportables, como cualquier otro gobierno bonapartista totalitario. En última instancia ese gobierno burocrático es árbitro, pero al mismo tiempo correa de transmisión de la presión imperialista sobre el estado obrero. La existencia y fortaleza del Kremlin fortalece aún más este carácter bonapartista de los gobiernos de todos los estados obreros actuales ya que hace un paralelogramo de fuerzas contrarrevolucionarias con el propio imperialismo sobre el estado obrero burocratizado.

Todo este proceso político tiene por supuesto una base social. Este tipo de gobierno, al igual que los partidos comunistas gobernantes, refleja los intereses privilegiados de la burocracia y la aristocracia obrera y popular. Por su carácter pequeñoburgués puede jugar su papel bonapartista oscilante. Estos fenómenos políticos se combinan con el carácter social de la dictadura para originar dictaduras proletarias burocráticas bonapartistas. Son dictaduras de partidos burocráticos contrarrevolucionarios.

Las dictaduras revolucionarias del proletariado, la de Lenin y Trotsky, la que originó la Revolución de Octubre, son lo opuesto desde el punto de vista político y del sector social. Antes que nada, se asientan en la democracia revolucionaria y no en el bonapartismo: sus órganos son los soviets revolucionarios y democráticos o cualquier otra organización revolucionaria de masas. Son la expresión de la base obrera y popular, aunque con hegemonía del proletariado industrial. Y, lo que es decisivo, a su frente está un partido revolucionario que tiene como objetivo supremo desarrollar la revolución socialista dentro y fuera de sus fronteras, lograr una movilización permanente, destruir su estado nacional con tal de desarrollar la federación de estados socialistas y extender la revolución a todo el mundo. En una palabra, a su frente estuvo ayer un partido bolchevique y estará en un mañana próximo el único partido que lucha hay por las banderas del bolchevismo: un partido trotskista.


TESIS XXII

Guerras y ocupaciones entre los estados obreros


Uno de los hechos más espectaculares de las últimas décadas en relación a las dictaduras proletarias existentes ha sido la invasión de un estado obrero por otro. De la URSS a Hungría en los cincuenta, de la URSS a Checoslovaquia en los sesenta, de China a Vietnam (antecedida por la invasión de Vietnam a Camboya) a fines de los setenta. Desgraciadamente, ésta es una realidad de la época y muy posiblemente se vuelva a repetir.

Estas posibles guerras entre estados obreros y ocupaciones de unos por otros adquirirán una nueva dimensión apenas surja la próxima dictadura revolucionaria del proletariado. Hasta ahora hemos visto dos invasiones de estados obreros por la URSS, provocadas por el temor de la casta burocrática soviética a que estos estados se transformen en revolucionarios como consecuencia del comienzo de la revolución política y del surgimiento embrionario de formas concejistas o soviéticas. Para nosotros es muy lícito pensar que estas burocracias obreras entrarán en estado de desesperación cuando vean surgir dictaduras revolucionarias del proletariado que auguren su liquidación como casta privilegiada.

Sin necesidad de entrar en la discusión sobre el carácter de clase del estado camboyano, la invasión a Vietnam por parte de China poso sobre el tapete el hecho nuevo de la guerra entre estados obreros, ninguno de los cuales se asienta en una dictadura revolucionaria. Y por otra parte, no está descartada la posibilidad de una guerra entre los dos superestados obreros burocratizados, China y la URSS.

Este grave problema teórico y político de guerra o invasión entre estados obreros burocráticos, o entre un estado obrero burocrático y un estado obrero revolucionario, tiene importancia capital y nos obligue a darnos un curso de acción marxista ante las distintas situaciones.

Una variante de esta posibilidad es el inevitable levantamiento armada de las nacionalidades oprimidas contra estos gobiernos dictatoriales burocráticos —levantamiento que nosotros apoyaremos incondicionalmente—.

Si la guerra o la ocupación se da entre uno de los dos estados obreros gigantes contra uno pequeño (como fue el caso último de China contra Vietnam), creemos que en principio se establece una lucha que entra dentro del derecho a la auto determinación de las pequeñas naciones proletarias y que esa guerra es provocada por el afán hegemónico de tipo nacionalista de la gran nación contra la pequeña nación obrera. En ese caso, creemos que hay que luchar contra el chovinismo gran ruso o chino, por el derecho a la autodeterminación nacional del pequeño estado obrero.

Supongamos por el contrario el caso de una guerra entre dos estados obreros burocratizados de fuerzas relativamente parejas. Digamos por ejemplo Camboya y Vietnam, suponiendo que sean estados obreros. Nuestra política más general será de fraternidad entre todos los estados obreros y por el arreglo pacífico y democrático de la dispute. Esta posición debe ser acompañada de una campaña permanente por la federación democrática de las repúblicas obreras existentes.

Pero esta línea es esencialmente propagandística y no podemos quedarnos allí en el caso concrete de una guerra o de choques militares. En principio, estudiando cuidadosamente si alguno de los estados tiene ambiciones de hegemonía sobre el otro, tendremos una política de defensa del estado obrero que fue agredido y en contra del responsable de haber comenzado la agresión.

Cuando la guerra se produzca ante un estado obrero burocratizado y uno revolucionario, los trotskistas apoyaremos incondicionalmente al revolucionario, sea o no el que comenzó la guerra.


TESIS XXIII

La revolución política


La revolución política, que Trotsky planteó para la URSS como estado obrero degenerado y que tenía una importancia limitada dentro del Programa de Transición , ha adquirido en esta postguerra una importancia decisivo en cuanto a su extensión y a su carácter. Ahora su necesidad ya no se circunscribe a la URSS, sino que abarca a la tercera parte de la humanidad y al país más poblado de la tierra, China.

La revolución política se ha transformado posiblemente en la tarea específica más inmediata e importante que enfrenta la Cuarta Internacional, que es la única capaz de llevarla a cabo. Es actualmente un proceso más amplio que la mera lucha revolucionaria contra las burocracias gobernantes; es parte de la superación de la crisis de dirección del proletariado mundial en todos los países. En primer lugar, si la base de sustentación más poderosa que tienen los aparatos contrarrevolucionarios del movimiento de masas son la URSS y el stalinismo, es lógico que si logramos abatir allí a la burocracia, esto provocará un cataclismo en todos los aparatos burocráticos del movimiento de masas del mundo entero. Pero no sólo en este sentido la revolución política es decisiva para superar la crisis de dirección del proletariado mundial; es más que eso, ya que nos plantea una tarea concreta: la lucha contra los aparatos burocráticos nacionales que no son stalinistas, ni gobernantes, ni están ligados al stalinismo, como la socialdemocracia y las burocracias sindicales de los países occidentales. Estas burocracias son tan totalitarias como la stalinista, aunque su campo de acción sea mucho más restringido ya que no dominan países sino sectores, organizaciones del movimiento obrero de tipo nacional, fundamentalmente los sindicatos. Pero igual que la burocracia de la URSS —aunque a un nivel muy inferior— son sectores que gozan de todo tipo de privilegios. Destruir la fuerza de estos aparatos contrarrevolucionarios, arrancar a las masas de su control, será una lucha que tendrá muchas características similares a la que debe llevarse a cabo contra la burocracia stalinista en la URSS: tendrán que emplearse métodos revolucionarios e incluso habrá lucha física.

Es que la revolución política es una verdadera revolución porque refleja la lucha encarnizada, mortal, entre distintos sectores sociales, no clases pero sí sectores sociales. La revolución política es la revolución de la base obrera y popular contra la aristocracia obrera y sus funcionarios, es decir sus burocracias. Es política porque es la lucha encarnizada de un sector de la clase obrera contra otro sector o contra sus funcionarios. Y decimos que es una verdadera revolución porque el movimiento obrero tendrá que movilizarse masivamente para sacar de la dirección de sus organizaciones a este sector, que luchará a muerte para defender sus privilegios.

El retroceso que han originado en todos los estados obreros burocratizados la burocracia y la aristocracia obrera para mantenerse en el poder y aumentar sus privilegios instaurando un régimen totalitario, más la inmadurez de la dirección del proletariado debido a este régimen totalitario, indican que la revolución política tendrá que pasar (aparentemente) por dos etapas revolucionarias que grosso modo serán semejantes a la revolución de febrero y a la de octubre. Es lo que hasta aquí indica la experiencia. Si tomamos en cuenta Hungría y Checoslovaquia, vemos que la revolución política comienza como un movimiento obrero y popular por la conquista de la democracia en general, uniendo a todos los sectores disconformes. Va a ser un movimiento obrero y popular por la democracia: todos unidos contra el gobierno bonapartista y totalitario de la burocracia. Surgirán por eso corrientes pequeñoburguesas que tendrán poca claridad sobre si corresponde o no colaborar con el imperialismo en su afán de voltear a la burocracia totalitaria. Lo que caracterizará a esta primera revolución de febrero antiburocrática será que a su frente no tendrá un partido trotskista, pares no habrá tenido tiempo de madurar y de formarse.

Vemos por eso muy difícil que la revolución política se dé en una solo revolución. Creemos que comenzará con esta primera revolución de febrero, la que dará paso a la democracia en general; y en este proceso surgirán órganos de poder obrero, seguramente los soviets o los comités de fábrica, y paralelamente se fortalecerá el partido trotskista, el único que puede llevar a cabo la verdadera revolución política, la de octubre, que imponga una dictadura revolucionaria del proletariado. Este partido trotskista luchará contra todas las corrientes pequeñoburguesas restauracionistas que se habrán unido —seguramente— a sectores mayoritarios de la burocracia en crisis y al imperialismo, para establecer vínculos económicos estrechos con el imperialismo con el argumento del librecambio y otras series de consignas al servicio de la burguesía, tratando de hacernos retroceder al capitalismo. Estas corrientes pequeñoburguesas se opondrán ferozmente a que se imponga la dictadura revolucionaria del proletariado en este interregno entre febrero y octubre de la revolución política, con argumentos democratistas —como que cada empresa sea controlada por los trabajadores y se transformen en cooperativas o alguna variante por el estilo— que les permitan demagógicamente volver a las leyes del mercado tanto interno como externo, combinados con el planteo de democracia burguesa. Tras este planteo democratista absoluto se esconderá la mano de la restauración capitalista, aunque con demagogia obrerista. La revolución de octubre del trotskismo se hará muy posiblemente contra ese frente restauracionista.

Teóricamente, no están descartadas a más largo plazo otras variantes de revolución política. Hay una cierta posibilidad de que, a medida que el trotskismo se fortalezca tanto en los estados obreros burocratizados como en los países capitalistas, el proletariado pueda hacer una única revolución, la de octubre, dirigida por el partido trotskista de masas y ahorrarse la de febrero. Seguiría siendo, eso sí, una revolución violenta.


TESIS XXIV

La federación de los estados obreros


Debido al dominio burocrático los estados obreros enfrentan dos graves problemas que ponen en peligro históricamente su existencia: una crisis económica crónica y una rivalidad creciente entre todos ellos. Esto es una consecuencia directa del control burocrático que impone un criterio pequeñoburgués en la conducción de la economía y en la defensa competitiva del propio estado nacional frente a los otros estados obreros, en lugar de la solidaridad internacional de clase. Debido a la crisis económica y a la rivalidad creciente, nos encontramos con que se ha roto definitivamente el frente único de todos ellos frente al imperialismo, abriéndole un campo de maniobras que éste está utilizando a todo vapor.

Estos hechos hacen que la existencia de los estados obreros (las más grandes conquistas del proletariado mundial en esta postguerra) se vea históricamente amenazada. Y no decimos que lo esté en forma inmediata porque la crisis del imperialismo le impide utilizar hasta el fin la de sus enemigos.

Nosotros consideramos que la defensa y el desarrollo de los estados obreros sigue siendo una tarea fundamental. En lugar de alegrarnos, lamentamos profundamente sus crisis y su creciente rivalidad y denunciamos a la burocracia como la única culpable de este estado de cosas. La principal culpable de esta degradación de los estados obreros y de esta rivalidad es la burocracia del Kremlin. Es ella quien se aferra —junta con las burocracias stalinistas nacionales— a mantener la independencia de cada estado nacional. Para la burocracia del Kremlin, esta división entre los estados obreros es fuente de mayor enriquecimiento, ya que utiliza el mercado mundial capitalista para explotar económicamente a los estados obreros menos desarrollados a través del intercambio comercial. Es ella quien hay día vende su petróleo a los otros estados obreros con precios próximos a los mundiales. El estado obrero más desarrollado utiliza la división mundial del trabajo y el mercado mundial para oprimir a los menos desarrollados.

Como si esto fuera poco, la burocracia soviética ha originado la rivalidad hay creciente con China y ha facilitado el proceso de entrega de la burocracia china al imperialismo yanqui. Al mismo tiempo, es quien ha hecho las dos intervenciones armadas más contrarrevolucionarias contra otro estado obrero: Hungría en 1956 y Checoslovaquia en 1968. Estos ataques militares de unos estados obreros contra otros han continuado, como hizo China contra Vietnam, agravando la crisis general de los estados obreros, desarrollando la producción armamentista, entrando en el juego mundial del imperialismo.

Frente a esta crisis económica, a la rivalidad creciente y a los ataques o amenazas de ataques armadas y de guerras entre estados obreros, debemos levantar una clara consigna transicional: Federación democrática inmediata de los estados obreros existentes .

Esta consigna tiende a unir políticamente a todos los estados obreros en un solo bloque frente al imperialismo, eliminando así la rivalidad creciente y la amenaza de guerra entre ellos, y a superar por la unidad y la planificación de la economía de la tercera parte de la humanidad la crisis económica actual de los estados obreros. Es la única consigna que puede permitir la superación de estos gravísimos problemas. Sin duda, a partir de la invasión de Vietnam por China, esta consigna adquiere una importancia decisivo y debe ser una de las más destacadas de nuestro programa y de nuestra Internacional. Esta consigna, que debe ser acompañada de una campaña permanente, apunta a resolver la necesidad más urgente para el proletariado mundial y de los estados obreros. Su objetivo es defensivo. La Cuarta Internacional se coloca así, con esta consigna, como la única que da una respuesta revolucionaria a los gravísimos problemas que enfrentan en este momento los estados obreros. Tiende a superar el atraso actual en el desarrollo de las fuerzas productivas y la crisis económica y pegarle así un golpe mortal al imperialismo. Sirve también para impedir que el imperialismo maniobre con las diferencias entre los estados obreros oponiéndole una férrea unidad. Evitará al mismo tiempo los enfrentamientos de un estado obrero contra otro, puesto que desaparecerán las fronteras nacionales y existirá un solo estado obrero organizado como federación. Y, al transformar en una solo la economía de los estados obreros, hará que desaparezca la opresión de unos por otros a través del intercambio comercial.

Esta consigna de Federación de los estados obreros existentes, que se combina íntimamente con la de Federación de repúblicas socialistas soviéticas europeas, sólo se puede lograr por media de una revolución política, porque los actuales gobiernos burocráticos jamás aceptarán liquidar sus fronteras ni sus aduanas para aceptar esta federación, ya que si así lo hicieran perderían la fundamental fuente de sus privilegios y de su independencia pequeñoburguesa en su estado nacional. Cada burocracia defiende su país y sus fronteras y ante nuestro planteo de federación de estados obreros se preguntará: ¿Quién tendrá el gobierno? ¿Quién nos garantiza que seremos nosotros? Justamente aquí surge el planteo trotskista de revolución política como la única posibilidad cierta de lograr esa federación, pares somos los únicos que tenemos una respuesta categórica al problema de quién gobernará esta federación de estados obreros existentes: la base obrera y campesina organizada democráticamente en soviets y a través de la más amplia democracia interna. Por eso esta consigna está íntimamente ligada —es parte— de la revolución política en todos los estados obreros existentes. Nunca subrayaremos lo suficiente el hecho de que esta consigna se transforma en una de las más importantes —si no la más importante— de la Cuarta Internacional en esta etapa concrete de la lucha de clases mundial. Somos la única Internacional que puede luchar por la federación de estados obreros y, a medida que surjan estados obreros revolucionarios, será tarea esencial de éstos el plantear la federación de los estados obreros existentes. Sobre la base de la democracia obrera y revolucionaria —única forma de lograr esa federación— habrá que comenzar, desde luego, por plantear el frente único entre ellos para luchar contra el imperialismo.


TESIS XXV

La inminencia de la revolución. ¿Qué es una situación revolucionaria?


Hemos definido a esta postguerra como la época más revolucionaria que ha conocido la humanidad, la etapa de las grandes victorias y de la expropiación de la burguesía en muchos países. Debido a esta característica, corresponde definir a la etapa como de revolución inminente , categoría ésta que se extiende con cada período del ascenso revolucionario.

Hasta 1953 la revolución política no estaba planteada como posibilidad inmediata. Empieza a adquirir ese carácter con el gran ascenso de las masas en Alemania Democrática, pasando a Europa capitalista, desde el final de las grandes movilizaciones de la inmediata postguerra (1947) no se produjo ninguna situación revolucionaria. Pero eso cambió con la colosal victoria de las masas portuguesas en 1974. Este es el significado de la categoría de revolución inminente, que abarca a todos los países del mundo, sean capitalistas u obreros.

Esto nos lleva a un importante problema teórico: ¿Qué es una situación revolucionaria? Trotsky basó su clásica definición de las situaciones revolucionarias y prerrevolucionarias en el análisis del Octubre ruso. Según él, una situación prerrevolucionaria reunía tres condiciones, a la que consideraba premisas o prerrequisitos para un octubre: crisis y confusión de la clase dominante, radicalización de la pequeña burguesía —factor al cual le atribuía una importancia enorme—, disposición revolucionaria del proletariado. Existía una situación revolucionaria cuando a las tres condiciones se sumaba una cuarta de carácter subjetivo: la existencia de un partido proletario revolucionario con influencia de masas.

El problema teórico que se nos plantea consiste en que se han producido revoluciones que tuvieron las mismas consecuencias económicas de Octubre —la expropiación de la burguesía— pero fueron dirigidas por partidos oportunistas pequeñoburgueses, no obreros revolucionarios. Como hemos visto, en ciertas circunstancias excepcionales (China, Cuba), la ausencia de un partido bolchevique fue compensada por la agudización de los tres factores objetivos a un grado tal que obligaron a las direcciones pequeñoburguesas (Mao, Castro) a romper con la burguesía por la presión revolucionaria del movimiento de masas.

Reconociendo el hecho de que ha habido un solo Octubre, y que los demás fueron “febreros”, podemos enriquecer el clásico análisis de Trotsky y afirmar que existen dos tipos de situaciones revolucionarias: pre–octubre y pre–febrero. Cada una posee características claramente definidas que la diferencian de la otra. Llamamos pre–febrero a la situación que Trotsky definía como prerrevolucionaria, cuando los tres factores objetivos se combinan con la crisis de la dirección revolucionaria del proletariado. En caso de triunfar, será —como lo demuestra la teoría y lo confirma la historia— una revolución incompleta, con objetivos limitados nacionales, en fin, un “febrero” que expropia a la burguesía y allí se detiene.

En cambio, en el pre–octubre , se agrega la presencia dirigente de un partido bolchevique con influencia de masas; si se produce la victoria revolucionaria de “octubre”, entonces no se detiene en la expropiación de la burguesía de su propio país, sino que avanza en la organización y movilización del proletariado mundial, en la extensión de la revolución a todo el orbe.

Este análisis no sólo nos permite explicar los procesos de l as revoluciones de febrero y cómo actuar durante e inmediatamente después de ellas, sino que plantea nuevas posibilidades teóricas en la medida en que los partidos trotskistas se fortalezcan, adquieran influencia de masas y con ello se transformen en un factor objetivo de la situación. Estas variantes son fundamentalmente dos, a saber:

Que, debido a la fuerza del partido trotskista, se rompa la secuencia que caracterizó a la Revolución Rusa, produciéndose un octubre sin un febrero previo.

Que, a caballo de una revolución de febrero, lleguen los partidos oportunistas pequeñoburgueses al poder pero, debido a la fuerza del movimiento de masas y del partido revolucionario, la transición de febrero a octubre se lleve a cabo en forma pacífica, incruenta, por una vía reformista.

Se trata de dos posibilidades teóricas que hasta el momento no se han materializado. Que esto pueda ocurrir depende —insistimos— de la fuerza y la influencia de masas que haya adquirido el partido trotskista.


TESIS XXVI

Las revoluciones de febrero, el poder dual y el desarrollo del poder obrero y popular


Nuestros partidos tienen que reconocer la existencia de una situación revolucionaria pre–febrero para sacar consignas democráticas adecuadas a la existencia de direcciones pequeñoburguesas que controlan el movimiento de masas y a la necesidad de establecer una unidad de acción lo más pronto posible para hacer la revolución de febrero. Debemos comprender que es inevitable hacerla y no tratar de saltarnos esa etapa, sino sacar todas las conclusiones estratégicas y tácticas necesarias, ser la vanguardia de esa revolución de febrero, ser los campeones de la intervención en ella. Pero esto no significa capitular a las direcciones pequeñoburguesas que, si se ven obligadas a hacer la revolución de febrero, querrán limitarla y darle un carácter democrático y nacionalista. Toda revolución de febrero, por ser una revolución obrera y popular inconsciente, origina órganos de poder distintos a los órganos de la burguesía (estado, ejército y policía). Es decir, toda revolución de febrero lleva inevitablemente, en las etapas previas a su triunfo e inmediatamente después, a un poder dual más o menos desarrollado potencial o real, pero a un inevitable poder dual. Es decir, origina el desarrollo de un polo de poder obrero y popular. Nuestra tarea fundamental en todo proceso de revolución de febrero, previo y posterior, es el desarrollo permanente de este poder obrero y popular. Sin desconocer la unidad de acción para hacer la revolución de febrero, sin desconocer la necesidad de la presión sobre las organizaciones oportunistas que dirigen al movimiento de masas para que rompan con la burguesía, sin perder la amplitud de mires que nos permita lograr y profundizar la revolución de febrero, debemos seguir distinguiéndonos tajantemente de esas direcciones oportunistas en el hecho de que el eje fundamental de nuestra política es desarrollar la movilización y los órganos de poder obrero y popular revolucionarios. Esta política de desarrollo de los órganos de autodeterminación democrática revolucionaria de las masas es el eje esencial de nuestra política en toda situación revolucionaria, ya sea pre–febrero o pre–octubre. Este es, también, el eje que nos delimita claramente de las direcciones oportunistas, que tratan de evitar por todos los medios la autodeterminación democrática revolucionaria del movimiento de masas, su organización y su movilización permanente, así como la creación de organismos de acción revolucionaria directa de las masas.

Si abandonamos este eje fundamental de nuestra política capitulamos a las direcciones oportunistas, dejamos abandonada a su suerte a la clase obrera. Sólo con la política de desarrollo de los órganos de poder obrero y popular (donde no existen debemos llamar a crearlos) podremos tender un puente hacia la revolución de octubre, nuestro verdadero objetivo.


TESIS XXVII

La importancia fundamental de las consignas y tareas democráticas. La Asamblea Constituyente


Las consignas y tareas democráticas adquieren cada vez mayor importancia debido a las tendencias más profundas, tanto del imperialismo como de los monopolios y la burocracia. Todos ellos tienen una tendencia permanente a los estados totalitarios. Es la única forma de frenar el curso permanentemente ascendente del movimiento de masas. La influencia estatal de los monopolios en los países capitalistas e imperialistas, así como la identificación del estado con la burocracia en los estados obreros burocratizados, lleva al totalitarismo. Por eso las grandes consignas y tareas democráticas para todo el pueblo se actualizan cada vez más. Esto explica el carácter democrático general de las revoluciones de febrero contemporáneas.

En cuanto al carácter de las tareas, recuerdan el planteo de la revolución democráticoburguesa; pero, por estar planteada contra la burocracia, el imperialismo, los monopolios y los estados que responden a estos sectores, forma parte de la revolución socialista nacional y mundial. Esto es lo que explica el hecho de que las direcciones pequeñoburguesas y burocráticas insistan en el carácter populardemocrático de sus revoluciones, tratando de darles un carácter no antiburgués sino antimonopólico y, en los países atrasados, antifeudal. No reconocen que, a pesar de ser tareas democráticas, van contra el régimen capitalista e imperialista y contra el régimen burocrático, y que eso le da una nueva dimensión a las tareas democráticas que retomamos. Por el carácter de las tareas es una revolución francesa, pero por las clases a las que combate es una revolución socialista. Tiene que destruir al capitalismo en los países capitalistas o a la burocracia en los estados obreros burocratizados, para imponer estas consignas y tareas democráticas.

De ahí la enorme importancia que ha adquirido la consigna de Asamblea Constituyente o variantes parecidas en casi todos los países del mundo. Pero esta tarea, antes de la revolución de febrero, es relativizada por una mucho más importante y decisivo de tipo obrero y popular: Abajo el gobierno bonapartista o dictatorial de turno. La revolución de febrero se hace alrededor de una consigna fundamental que no es primordialmente la de Asamblea Constituyente , sino Abajo las dictaduras. Esta consigna se aplica tanto en Francia, en Inglaterra, en España, en la Italia demócratacristiana, como en su momento se aplicó contra Caetano en Portugal y contra los coroneles griegos, como también en los países atrasados, como lo demuestra el planteo de ¡Abajo Somoza! También se aplica contra los gobiernos bonapartistas burocráticos: ¡Abajo la dictadura de Breznev! Esta consigna que llama no sólo a la clase obrera sino a todo el pueblo a derrocar a estos gobiernos totalitarios, dictatoriales o, como mínimo, bonapartistas o ultrarreaccionarios es la fundamental. Pero, tan pronto se logra este objetivo, en muchos países (sobre todo en los que han tenido regímenes totalitarios), se combina inmediatamente con la de Asamblea Constituyente , como la máxima expresión de lucha democrática. Sin olvidar ni por un solo minuto que es una consigna burguesa, pares llama a una Constituyente donde cada hombre es un voto, hay que reconocer que es una consigna movilizadora que tiene unas consecuencias distintas —muchas veces— a su carácter democrático burgués. Esto último sobre todo en los países donde hay una numerosa clase media, principalmente campesina.

Se torna una consigna para oponer a la burguesía, para educar al movimiento de masas y para desarrollar la unidad de la clase obrera con el campesinado. Pero esta consigna de Asamblea Constituyente debe ser parte de un conjunto. Por ejemplo, planteamos Asamblea Constituyente para que se le de la tierra a los campesinos y para que en ella se vote el armamento del proletariado, la escala móvil de salarios y de horas de trabajo, tanto como la expropiación de los monopolios. Planteamos Asamblea Constituyente , pero diciendo: somos los más grandes demócratas, que se le dé la radio y la televisión a todas las corrientes políticas que voltearon al dictador de turno. Ninguna de estas consignas opaca el eje y la consigna esencial de toda etapa revolucionaria pre–febrero o postfebrero, que es la del desarrollo del poder obrero y popular. Todo intento de plantear en una etapa revolucionaria la consigna de Asamblea Constituyente como la esencial, es una traición directa a la política trotskista que no tiene como objetivo hacer una revolución democrática, sino hacer una revolución que lleve a la clase obrera y a sus aliados, organizados revolucionariamente, al poder. Por eso, todas las consignas deben combinarse entre sí con el objetivo supremo de desarrollar el poder obrero y popular. Así lo planteamos y lo aplicamos ante el movimiento obrero.


TESIS XXVIII

El derecho a la autodeterminación nacional y nuestra lucha por la destrucción de los estados nacionales


Debido a la supervivencia del imperialismo y como parte esencial del conjunto de consignas democráticas nuestra lucha por el derecho a la autodeterminación de las naciones y nacionalidades oprimidas ha adquirido una importancia fundamental. Luchamos por la independencia de una nación geográficamente independiente. Por ejemplo, estamos por la independencia de Angola, Mozambique, la India o Martinica. Es decir, no sólo estamos por el derecho a la autodeterminación nacional sino por la autodeterminación nacional de toda colonia de su imperio. De la misma manera, estamos por la liberación nacional de las semicolonias, es decir por la ruptura de los pactos colonizantes que cualquier país independiente atrasado tiene con el imperialismo —como, por ejemplo, la OEA o los pactos colonizantes del imperialismo francés con sus ex–colonias que hay día lograron la independencia política—. Estamos por la independencia nacional en las colonias y por la liberación nacional en las semicolonias.

Pero esta política con respecto a los países geográficamente independientes no la tenemos respecto a las nacionalidades oprimidas dentro de un país geográficamente unido. Nuestra política en estos lugares es por el derecho a la autodeterminación nacional y no por la independencia nacional y la liberación nacional. Porque en este caso no se trata de una colonia o semicolonia, sino de una nacionalidad oprimida. El derecho a la autodeterminación nacional es una consigna algebraica que se llena de distintos contenidos de acuerdo al proceso de la lucha de clases dentro del estado nacional.

Defendemos el derecho del pueblo vasco a independizarse si así lo quiere, pero esto es distinto a que nosotros luchemos por su independencia. Defendemos el derecho a la autodeterminación nacional de toda nacionalidad oprimida porque defendemos a todo sector explotado de sus explotadores, aunque no coincidan con nuestra política. De la misma manera defendemos a los campesinos, sean cuales fueran sus consignas, de la explotación del terrateniente. Por eso defendemos toda nacionalidad oprimida de la explotación del imperialismo y del capitalismo nacional. Pero no hay que confundir esa defensa con nuestra política. Consideramos la existencia de todo estado nacional como un gran progreso histórico y no queremos retroceder a la balcanización de los actuales estados nacionales, a su división en múltiples estados nacionales liliputienses de cada nacionalidad oprimida. Nuestra política estratégica es lograr la unidad del proletariado español y su independencia política, para que enfrente a la burguesía. El derecho a la autodeterminación nacional está supeditado a esa lucha nuestra por lograr la unidad y la independencia política del proletariado español. Estamos por la unidad del proletariado canadiense y por su independencia política para enfrentar y derrotar a la burguesía canadiense en el gobierno. Esa unidad hay que lograrla cualquiera sea la lengua que hablen los obreros. Esa era la política de Lenin en la Rusia de los zares. Luchaba por el derecho a la autodeterminación nacional, pero supeditaba la lucha por este derecho a la unidad de todo el proletariado de Rusia, independientemente de la lengua que hablaba, la religión en la que creía o la cultura que tenía. Nuestra lucha en Canadá es contra el capitalismo canadiense en su conjunto —hable francés o inglés— y por la unidad de toda la clase obrera canadiense. Esta es la tarea suprema de un partido trotskista, y la lucha por el derecho a la autodeterminación nacional queda supeditada a ella.

En circunstancias excepcionales, por ejemplo si hay un gran movimiento de masas que lucha por la independencia, apoyamos críticamente esa lucha de masas, como apoyamos críticamente toda movilización de masas contra los explotadores, la burguesía y el estado opresor. Pero críticamente significa que ni bien derrotemos al poder central continuaremos en la lucha sistemática por la unidad del proletariado de esos países planteando la Federación Estadual.

Nuestra lucha histórica es por la destrucción de los estados nacionales para lograr naciones mucho más poderosas que las que logró el capitalismo y por último la unidad de los continentes y el mundo. Por eso nunca podemos estar por ese tremendo retroceso de las fuerzas productivas que significaría el surgimiento de nuevos estados nacionales con fronteras y aduanas independientes. Nuestra gran consigna es Por el derecho a la autodeterminación nacional dentro de federaciones de estados obreros socialistas que formen naciones cada vez más amplias. Esta es nuestra gran consigna, en la que combinamos la necesidad de la destrucción de los estados nacionales de la burguesía opresora con el derecho a la autodeterminación nacional, y con la necesidad de lograr naciones más extensas y poderosas que faciliten el desarrollo de las fuerzas productivas. Aunque podemos llegar a aceptar la formación de estos nuevos miniestados nacionales como un fenómeno coyuntural y como un retroceso momentáneo del desarrollo de las fuerzas productivas y de la marcha de la revolución contra el poder burgués central, seguiríamos insistiendo en que hay que restablecer la unidad en un solo estado a través de la federación de repúblicas socialistas.


TESIS XXIX

Los frentes antiimperialistas, democráticos, femeninos, etcétera


La palabra frente y su identidad con la expresión frente obrero ha provocado en nuestro movimiento una confusión que ha sido hábilmente utilizada por el revisionismo para contrabandear sus posiciones dentro de nuestras filas. Este contrabando ha sido el de poner un signo igual en cuanto a su importancia y su carácter entre el frente obrero —que es un frente para lograr una acción de independencia de clase— con los distintos “frentes’, que se pueden llegar a constituir para acciones antiimperialistas, democráticas, feministas.

No es casual que en ninguno de sus trabajos de la década del ’30 Trotsky llamara a la constitución de frentes antiimperialistas o de cualquier otro tipo. La célebre formulación de las Tesis de Oriente sobre el frente antiimperialista es el único antecedente cierto de este planteo dentro de la literatura marxista revolucionaria. Aunque esas Tesis señalan como paralelos al frente obrero en los países occidentales y al frente antiimperialista en los países orientales, el texto mismo señala cómo la gran tarea sigue siendo lograr una total independencia política y organizativa de la clase obrera, y no formar frentes estables con la burguesía. La gran tarea de la Cuarta Internacional es independizar a los trabajadores de toda relación y organización estable con las otras clases. La más grande tarea de la Cuarta Internacional es independizar políticamente a la clase obrera. Pero esto no quiere decir ignorar las luchas progresivas de cualquier sector de clase de la población contra el imperialismo, los capitalistas, los terratenientes feudales, el machismo o los gobiernos burocráticos totalitarios y dictatoriales. El trotskismo tiene que combinar su lucha permanente y sistemática por independizar a la clase obrera separándola de todo otro sector de clase y organizándola independientemente, con la promoción e intervención en toda lucha progresiva aunque no sea obrera. Si no actuamos así la clase obrera nunca será el caudillo de todo el pueblo explotado y —lo que es más grave— nuestros partidos no serán los caudillos de la clase obrera. El partido soluciona esta contradicción promoviendo todas las unidades de acción que sean positivas para el desarrollo de cualquier lucha de clases progresiva. Pero la unidad de acción es lo opuesto al frente, es lo opuesto en el tiempo, en la estructura y en el objetivo. Un frente crea organismos relativamente permanentes, plantea la organización de comités de frente único y un funcionamiento relativamente democrático de los mismos, así como una permanencia en la acción la unidad de acción en cambio es momentánea, no crea ningún organismo con funcionamiento más o menos democrático, sino que funciona por acuerdos y manteniendo la más total independencia de los organismos que acuerdan. A diferencia del frente, la unidad de acción es fugaz.

Por eso nosotros estamos por la unidad de acción antiimperialista; por la unidad de acción de las mujeres por el aborto, el divorcio o el derecho al voto, por la unidad de acción con cualquier partido político para pedir espacios iguales en radio y televisión; por una manifestación con quien fuere para solicitar esos derechos democráticos contra el gobierno bonapartista y totalitario y aún democráticoburgués Pero no confundimos la unidad de acción con la formación de un frente. Estamos en contra de hacer frentes con los partidos burgueses o pequeñoburgueses para defender la democracia, aún cuando concordemos con ellos en la defensa de determinados puntos democráticos. Con el nombre de “frente” se estructuran organizaciones que son frentepopulistas (aunque en determinados casos pueden jugar un papel relativamente progresivo, como los movimientos nacionalistas), por intervenir distintas clases —sobre todo la burguesía y pequeñoburguesía— y por sus objetivos, que no son los de la independencia política de la clase obrera. Estas variantes frentepopulistas pueden tener un carácter alga más progresivo en los países atrasados cuando se plantean luchas contra el imperialismo o los terratenientes, pero a la larga son tan funestas como el frentepopulismo metropolitano. Cuando ese frente (que jamás debemos promover nosotros porque lo consideramos una variante del frentepopulismo) se da, y en él interviene la clase obrera o un sector importante de ella, podemos intervenir en él ya que objetivamente existe, pero para romperlo, para denunciarlo desde adentro y para independizar política y organizativamente a la clase obrera que está en él. Esto significa que podemos intervenir en un movimiento nacionalista pero con un claro sentido de denuncia de la colaboración de clases y planteando la independencia de la clase obrera.

Sistemáticamente, para demostrar que no somos sectarios y que estamos por toda tarea antiimperialista o democrática precise, concrete, debemos plantear la unidad de acción (por ejemplo, manifestaciones conjuntas) para exigir la ruptura de un pacto colonizante, la expropiación de las empresas imperialistas, la libertad de presos por el régimen totalitario, etcétera. Pero debemos denunciar sistemáticamente el frente como contrario a nuestra política de unidad de acción, porque enfeuda a la clase obrera a organismos de clase que no son los de ella.

Esta aclaración de que nosotros no estamos por un frente único antiimperialista, ni antifeudal, ni feminista antimachista, ni democrático antidictatorial, sino por acciones antiimperialistas, feministas, democráticas y antiterratenientes es muy importante porque ha habido una tendencia a camuflar la política frentepopulista con estos nombres.

Aunque durante una etapa esos frentes puedan ser relativamente progresivos, históricamente sirven a la burguesía y frenan el proceso de independencia política del proletariado. Por eso es indispensable eliminar definitivamente de nuestra política el llamado a frentes de cualquier tipo que no sea el frente obrero, y levantar en su lugar la línea de la unidad de acción. El frente obrero es distinto, porque no apunta a la colaboración permanente con otras clases o sectores distintos a la clase obrera, sino a la independencia de nuestra propia clase respecto a todos esos sectores. No confunde a las distintas clases en una organización común, sino que tiende a separar a la clase obrera de las otras clases.


TESIS XXX

Alemania, centro de la revolución socialista europea


Nada demuestra mejor el carácter ultrarreaccionario del imperialismo y de la burocracia soviética que la partición de Alemania y la consiguiente división de su proletariado. El verdadero objetivo del frente único contrarrevolucionario imperialismo–burocracia en Alemania fue dividir al proletariado, para evitar que retomara su tradición histórica que lo hacía el más organizado del mundo y el de mayor tradición marxista.

Aunque realizada como un ajuste desde el gobierno, la unidad de Alemania había sido una gran conquista histórica. Si bien no había sido completa, ya que Austria había quedado afuera, esta unidad de todos los pequeños estados alemanes permitió un gran desarrollo de las fuerzas productivas y de la cultura. Su liquidación significó un retroceso no sólo para nosotros, sino también para la burguesía. La crisis definitiva del régimen capitalista se manifiesta en esta pérdida de las conquistas de su época de ascenso. En este caso, la burocracia soviética, como aliada del imperialismo, está acabando no sólo con una conquista de la burguesía en su etapa progresiva, sino con una conquista del proletariado.

En Alemania está sintetizada la revolución europea; en el Este se plantea la revolución política y en el Oeste la revolución obrera y socialista. La unidad de la nación es la unidad de las dos revoluciones. Por eso, sin unidad del proletariado de ambos lados no hay posibilidad de una nueva Alemania unificada.

Esta lucha revolucionaria adquiere por eso una importancia especial, debido a que el conjunto del proletariado europeo —el de oriente y el de occidente— tiene planteada, al igual que Alemania, la tarea de unir a todas las naciones europeas a través de una Federación de Repúblicas Socialistas Soviéticas de Europa, que sólo se podrá lograr por la combinación de la revolución política en el Este con la revolución socialista en el Oeste.

Por eso, cuando el proletariado alemán retome su lugar de vanguardia, tendrá que sintetizar y será el centro del proceso de la revolución socialista europea.


TESIS XXXI

Ha llegado la hora de construir partidos trotskistas de masas utilizando las oportunidades


Nuestros partidos y la Internacional no han logrado en estos casi cuarenta años de ascenso revolucionario transformarse en fuertes partidos con influencia de masas. Aparentemente esto es imposible. Si ahondamos el análisis, descubriremos las profundas razones objetivas que se ocultan en esta dificultad. Esa razón objetiva ha sido, para nosotros, el fortalecimiento de los aparatos contrarrevolucionarios al compás de los triunfos revolucionarios de esta postguerra. La voluntad revolucionaria por sí sola no puede vencer los procesos objetivos. La voluntad revolucionaria es una condición, pero por sí sola no basta para construir partidos revolucionarios marxistas de masas si la situación objetiva no lo posibilita. Si los aparatos contrarrevolucionarios burocráticos siguieran consolidándose cada vez más, abarcando mayores sectores del movimiento de masas bajo su control, la Cuarta Internacional no podría construir partidos con influencia en el movimiento de masas. Felizmente no es así.

La situación objetiva, primero lentamente y desde hace cinco o seis años a gran velocidad, está abriendo enormes posibilidades para la construcción de partidos trotskistas de masas. Estas condiciones objetivas cada vez más favorables se deben a que en estos treinta años la crisis del imperialismo por un lado, y la crisis de los aparatos contrarrevolucionarios por otro, se han ido acrecentando y desde hace cinco o seis años han adquirido un carácter convulsivo, crónico. Junto con eso, cada vez se multiplican más las crisis revolucionarias. La combinación de estos factores abre oportunidades cada vez mayores para fortificar a los partidos trotskistas.

Pero para que nuestros partidos puedan consolidarse en el seno del movimiento de masas, es indispensable que sepan estudiar cuidadosamente la realidad para descubrir las oportunidades que se nos abrirán. Estas oportunidades —las campañas electorales, las huelgas, las luchas de los sectores oprimidos del proletariado— adquieren un carácter inmediato, una vez pasadas no se vuelven a repetir. Por eso es indispensable lanzarse a utilizarlas con toda audacia tan pronto aparecen.

De entre estas oportunidades se destacan las que ofrece la lucha de los sectores más explotados del proletariado, por su carácter permanente y por ser ignoradas sistemáticamente por los aparatos burocráticos y por la aristocracia obrera. Estos sectores, a lo que debe dirigirse preferentemente nuestro trabajo, son los parias de las modernas sociedades industriales los trabajadores que unen a su condición de obreros de base la de pertenecer a sectores o nacionalidades oprimidas. Es el caso de los trabajadores inmigrantes que en algunos países europeos forman la cuarta parte de la fuerza de trabajo manual, los trabajadores de las nacionalidades oprimidas o del interior de los piases atrasados —por ejemplo los negros—, las obreras en todas partes, los puertorriqueños, los chicanos que forman parte del proletariado norteamericano, los indios y los trabajadores negros de los países africanos.

El Programa de Transición es el único que podrá satisfacer sus necesidades y ellos serán los más grandes luchadores en muchos países.


TESIS XXXII

Los procesos revolucionarios, las organizaciones obreras de masas y la construcción de partidos trotskistas


En la tesis anterior nos hemos detenido en la necesidad imperiosa de escudriñar la realidad para descubrir las oportunidades que nos ofrece la creciente lucha revolucionaria que estamos presenciando. Esto nos plantea también, con carácter de urgente, el precisar sobre qué procesos y qué organizaciones deben trabajar nuestros partidos y militantes.

La Cuarta Internacional se transformará en una internacional de masas en la medida en que sus secciones —sin excepción— trabajen sobre los procesos revolucionarios que se den en sus países. El argumento de no trabajar en un proceso revolucionario con el pretexto de discrepar con su programa político o con la dirección que este proceso tenga, es una verdadera traición a la Cuarta Internacional. Nuestros partidos deben trabajar en procesos como el del último año de la guerra de guerrillas en Nicaragua, independientemente de que sea dirigido por una organización oportunista como es el FSLN. Justamente, la obligación número uno de nuestros partidos es intervenir en esos procesos para disputar a los oportunistas la dirección del movimiento de masas revolucionario. No hacerlo significa abandonar a esas masas revolucionarias en manos de las direcciones oportunistas, colaboracionistas de clases.

Tan importante como esto es trabajar en las organizaciones obreras, las dirija quien las dirija y tengan el carácter que tengan. Todo partido trotskista debe trabajar preferencialmente en aquellas organizaciones sindicales que agrupan a la mayor parte de los trabajadores, sea cual fuere el origen y la estructura actual de esas organizaciones. Nosotros vamos a donde está nuestra clase para plantear nuestra política y combatir a las direcciones que controlan sus organizaciones. Este planteo de principios de militar en los sindicatos cualesquiera fueran sus características y su origen, es un principio cardinal de la política trotskista. Así lo demuestra categóricamente el planteo programático de Trotsky con referencia incluso a los sindicatos fascistas:

No podemos elegir a nuestro gusto y placer el campo de trabajo ni las condiciones en que desarrollaremos nuestra actividad. Luchar por lograr ascendiente sobre las masas obreras dentro de un estado totalitario o semitotalitario es infinitamente más difícil que en una democracia. Esto se aplica también a los sindicatos cayo sino refleja el cambio producido en el destine de los estados capitalistas. No podemos renunciar a la lucha por lograr influencia sobre los obreros alemanes por el solo hecho de que el régimen totalitario hace allí muy difícil esta tarea. Del mismo modo no podemos renunciar a la lucha dentro de las organizaciones obreras compulsivas creadas por el fascismo. Menos aún podemos renunciar al trabajo interno sistemático dentro de los sindicatos de tipo totalitario o semitotalitario solamente porque dependan directa o indirectamente del estado corporativo o porque la burocracia no les dé a los revolucionarios la posibilidad de trabajar libremente en ellos. Hay que luchar bajo todas estas condiciones que creó la evolución anterior, en la que hay que incluir los errores de la clase obrera y los crímenes de sus dirigentes. En los países fascistas y semifascistas es imposible llevar a cabo un trabajo revolucionario que no sea clandestino, ilegal, conspirativo. En los sindicatos totalitarios o semitotalitarios es imposible o casi imposible llevar a cabo un trabajo que no sea conspirativo. Tenemos que adaptarnos a las condiciones existentes en cada país dado para movilizar a las masas no solo contra la burguesía sino también contra el régimen totalitario de los propios sindicatos y contra los dirigentes que sustentan ese régimen. La primera consigna de esta lucha es: Independencia total e incondicional de los sindicatos respecto al estado capitalista. Esto significa luchar por convertir a los sindicatos en organismos de las grandes masas explotadas y no de la aristocracia obrera (destacado en el original). [2]

Tal cual lo plantea Trotsky, nosotros vamos a las organizaciones en las que está la clase obrera, controladas o no por el estado, no para capitular a la política de control estatal sino por el contrario para independizar a las organizaciones sindicales y obreras del control estatal o del control burocrático. Pero vamos allá porque ése es el campo de batalla contra el estado y contra las direcciones oportunistas. Además, el pretexto de que en unas organizaciones no militamos porque dependen del estado bonapartista o del estado totalitario es un argumento que magnifica la independencia de las otras organizaciones sindicales u obreras. Hoy día todas las organizaciones sindicales que no son revolucionarias dependen en mayor o menor grado del control estatal, de su ligazón con el estado burgués o con el estado totalitario burocrático en los estados obreros. Trabajar sólo sobre las organizaciones controladas por burocracias reformistas con el argumento de que son independientes del estado es no denunciar el control estatal que estas organizaciones tienen en un alto grado y, por otra parte, abandonar a los obreros que están en las organizaciones más supeditadas al estado —o que tienen un origen de mayor supeditación al estado— en manos de las burocracias que las controlan; es abandonar nuestro deber revolucionario de estar don de está la clase obrera para combatir a sus direcciones traidoras y al control estatal. La discusión acerca de si podremos transformar a estas organizaciones en revolucionarias o tendremos que crear otras, es una discusión viciosa que será resuelta por la historia. Es mucho más grave aún si, con el pretexto de esta perspectiva histórica, planteamos la creación de organizaciones revolucionarias puras, tipo sindicatos rojos. Esta es una política ultraizquierdista que va contra toda la trayectoria de la Cuarta Internacional, que exige que todo partido y todo militante trabaje en las organizaciones obreras en las que estén los obreros, sea cual fuere su carácter. La pertenencia a la Cuarta Internacional pasa por la aceptación de este principio elemental.


TESIS XXXIII

Los partidos obreros y el trotskismo


El revisionismo, para justificar teóricamente su capitulación a partidos pequeñoburgueses, abandona la definición de clase y hace una definición intelectual de los partidos: son programas y nada más que programas que no reflejan sectores de clase.

Los partidos políticos son organizaciones de clase y de sus diferentes sectores de clase en lucha por el poder estatal. Sin clases no hay estado, sin estado no hay política y sin política no hay partidos políticos. Estos, sin embargo, tienen su historia específica, distinta a la defensa política de los intereses sectoriales de clases en general.

Fueron las grandes revoluciones burguesas las que dieron origen a los distintos partidos políticos. La lucha de clases tuvo que desarrollarse plenamente, alcanzar su culminación en la sociedad burguesa, para llegar a expresarse al nivel superestructural en la formación de partidos políticos.

El marxismo comienza por distinguir claramente entre los distintos tipos de partidos obreros. Lenin y Trotsky han insistido en que hay dos tipos de partidos obreros claramente delimitados, tan disímiles entre s~ como el reino animal y el vegetal. Al lado de los partidos obreros revolucionarios, trotskistas, están los partidos reformistas, burocráticos o pequeñoburgueses, los cuales, además, históricamente son contrarrevolucionarios. Estos reflejan políticamente a la aristocracia, a las burocracias obreras y a la pequeñoburguesía principalmente de los países metropolitanos y de los estados obreros, donde esos sectores privilegiados se alimentan de las migajas que reciben de la explotación imperialista los unos, de la administración del estado los otros. Son por lo tanto la expresión superestructural de un sector de la clase obrera, de la moderna clase media y de la burocracia. Estos partidos son la socialdemocracia en sus distintas variantes, el stalinismo y los partidos pequeñoburgueses.

Ellos siguen siendo reformistas y en general contrarrevolucionarios, agentes del imperialismo directos o indirectos, aun cuando tomen el poder al frente de una revolución obrera, ya que su papel será impedir que ésta se extienda nacional e internacionalmente. La existencia de estos partidos reformistas, especialmente la Segunda Internacional, obligó a la fundación de la Tercera Internacional y posteriormente, al producirse la burocratización de ésta, a fundar la Cuarta Internacional para la misma tarea.

Una de las razones por las cuales es imprescindible esta definición es la única explicación válida al hecho de que no haya triunfado ninguna otra dictadura revolucionaria (revolución de octubre) después de la de Lenin y Trotsky: ninguna revolución ha sido dirigida por un partido trotskista.

Es imprescindible una definición correcta de nuestra Internacional y nuestros partidos trotskistas. Nos encontramos con revisionistas que caen en la vieja posición stalinista–bujarinista que Trotsky criticó duramente en el programa de la Internacional Comunista para el Sexto Congreso: definir al partido desde el punto de vista de la forma, como vanguardia revolucionaria, teoría del marxismo, encarnación de la experiencia, etcétera. Los modernos stalinistas–bujarinistas dicen generalidades semejantes, negándose a definir a nuestra Internacional en forma clara y categórica; sobre todo se niegan a señalar el carácter de clase o de sector de clase de nuestros partidos.

Nuestra Internacional es exactamente la única Internacional existente y sus partidos son los únicos que luchan por la revolución permanente, es decir por un Programa de Transición hacia la sociedad socialista, por una revolución obrera que imponga una dictadura revolucionaria del proletariado que siga luchando por desarrollar la revolución internacional. Los otros partidos obreros existentes —socialdemócratas y stalinistas moscovitas, maoístas o castristas— si toman el poder obligados por las circunstancias objetivas, impondrán una dictadura burocrática, nacionalista, reformista, ya que su programa es y será la construcción del socialismo en un solo país y la coexistencia pacífica. Nuestra Internacional es el único partido mundial que lucha por la revolución socialista internacional; nuestros partidos son los únicos que pueden encabezar la lucha por una revolución de octubre en cada país. Por eso nuestra Internacional es la única que refleja no sólo los intereses históricos del proletariado, sino los intereses inmediatos del mismo sector de clase que podrá llevar a cabo estas tareas históricas, la base obrera.

Esta definición ultrageneral pero imprescindible de los partidos obreros y de nuestra Internacional no significa negar la existencia de formaciones centristas, intermedias, que van de un polo a otro, que de revolucionarias pasan a reformistas o burocráticas y viceversa. Así ocurrió por ejemplo con el Partido Comunista de la URSS, que pasó de revolucionario bajo Lenin y Trotsky a reformista y burocrático bajo Stalin. O con la izquierda del Partido Socialrevolucionario en Rusia, que de pequeñoburgués reformista pasó a revolucionario cuando pactó con los bolcheviques para hacer la Revolución de Octubre, y después volvió al campo de la contrarrevolución. También en Alemania tenemos el ejemplo de la fracción centrista del Partido Socialista Independiente que se integró al Partido Comunista.

A estos fenómenos híbridos entre las dos grandes categorías de partidos existentes en el mundo se los define por su dinámica con respecto a ellos. ¿Su centrismo, los lleva rápidamente hacia el trotskismo o por el contrario hacia el oportunismo, nacionalismo o reformismo? Es imprescindible hacerse esta pregunta para definir nuestra actitud hacia ellos, y más aún si sabemos que éste es un proceso rápido, un movimiento que hay que detectar para actuar con toda celeridad. Si esa corriente centrista al cabo de pocos meses no se orienta claramente hacia el trotskismo y hacia el trabajo común en nuestra Internacional, es una variante más del espectro del ultraizquierdismo o el centrismo osificado de los partidos pequeñoburgueses, históricamente dominio de la contrarrevolución burguesa.


TESIS XXXIV

El entrismo y la unidad con tendencias centristas de masas


En el afán de ganar a corrientes de masas o a amplios sectores de la vanguardia, el movimiento trotskista ha utilizado reiteradamente en esta postguerra el método del entrismo preconizado por Trotsky en la década del ’30 en relación a los partidos socialistas y como una excepción para cortos períodos.

Pero el revisionismo planteó un entrismo sui generis en los partidos comunistas que era una variante a largo plazo para acompañar el curso supuestamente revolucionario de SUS direcciones. Los trotskistas argentinos hicieron un entrismo indirecto en la organización sindical del peronismo, las 62 Organizaciones. Muchas otras organizaciones trotskistas han practicado el entrismo en los partidos socialistas cuando éstos estaban en vías de transformarse en partidos de masas, como el CORCI en el PS (Partido Socialista) portugués y en el MIR (Movimiento de Izquierda Revolucionaria) venezolano, y la FB y el CORCI en el PSOE (Partido Socialista Obrero Español). Y ha habido un entrismo permanente o semipermanente en el partido laborista británico desde el comienzo de la postguerra. Todas estas experiencias requieren ser resumidas para poder sacar conclusiones para el futuro.

Los trotskistas somos por principio una organización independiente para poder llevar una lucha frontal contra las organizaciones oportunistas en el seno del movimiento obrero y de masas. Nuestra tarea histórica y de principios es la de confrontar ante el movimiento de masas la política del oportunismo con la nuestra. Por eso el entrismo preconizado por Trotsky no se hacia rompiendo este principio sino que significaba una maniobra táctica, coyuntural y de poco tiempo, que arrancaba de la constatación de una situación objetiva y de una oportunidad que ella nos abría. Concretamente, Trotsky descubrió que había un curso a la izquierda de nuevos sectores de masas que se incorporaban a los partidos socialdemócratas que daba lugar a fuertes tendencias de izquierda —o por lo menos fuertes en relación a nosotros que éramos pequeños grupos de propaganda—. Trotsky sacó entonces la conclusión de que era necesario entrar a estos partidos y ganar rápidamente a estas corrientes de izquierda para la Cuarta Internacional, para nuestras posiciones trotskistas y para que rompieran con sus direcciones. El partía de la premisa de que toda organización centrista progresiva, si no entra rápidamente en la Cuarta Internacional cristaliza como organización o tendencia centrista imposible de ser ganada para la Cuarta o cambia su orientación transformándose en corriente ultraizquierdista o de derecha. Por eso consideró el entrismo como coyuntural, como una maniobra de corto tiempo y rápida para ganar centenares o miles de militantes para la Cuarta Internacional. Para ganar a aquellos jóvenes obreros o estudiantes que ingresaban al partido socialista y que, en el afán de hacer la revolución, adoptaban posiciones cada vez más izquierdistas.

El entrismo preconizado por Trotsky tenía que ver con una realidad político–social: el surgimiento en el seno de las organización es de masas de corrientes centristas sumamente progresivas. El entrismo era una táctica entre otras. El método con que Trotsky encaró el problema del entrismo y de la relación con las corrientes centristas progresivas sigue siendo correcto, y va adquiriendo cada vez mayor importancia. No se podrán construir grandes partidos trotskistas de masas por una vía lineal, por una acumulación evolutiva de militantes y por un crecimiento paulatino y sistemático. Será un proceso convulsivo, hecho de uniones y divisiones, tanto en cada uno de los países como a escala internacional. Si pese a la crisis de los aparatos contrarrevolucionarios y al ascenso revolucionario, no surgen grandes corrientes que se orienten hacia posiciones trotskistas o trotskizantes, va a ser imposible construir fuertes partidos trotskistas con influencia de masas en unos pocos años.

El trotskismo tiene que tener una política dúctil, hábil, cuidadosa y amplia, hacia toda corriente surgida de los partidos tradicionales o del propio movimiento sindical que se oriente hacia posiciones revolucionarias. Pero esta política dúctil y amplia no puede hacerse a costa de ocultar los principios ni de adoptar las posiciones inmaduras de dichas corrientes capitulando a ellas. La política amplia parte de lograr, en aquellos puntos fundamentales de nuestro programa revolucionario en los que concordemos, un trabajo en común tendiente a una organización común. Los trotskistas para construir el partido tenemos que tener la habilidad de plantear posiciones revolucionarias —no la totalidad de nuestro programa pero sí sus puntos fundamentales— que permitan coordinar una acción revolucionaria con estas corrientes del movimiento de masas que surgen hasta llegar incluso a un frente o a un partido común, en el proceso que los lleve hasta nuestras posiciones trotskistas. Es fundamental lograr estas acciones comunes rápidamente, y si es posible organizaciones comunes, con toda tendencia que se oriente hacia nosotros para evitar el tremendo peligro de que cristalicen como organizaciones centristas. Cuando surgen estas tendencias de masas —que van a surgir y que serán un factor decisivo en la transformación de nuestro partido en un partido de masas— la gran tarea es darles una dinámica cada vez más pronunciada hacia una organización común hacia un partido revolucionario común, para evitar justamente que logren estructurar su propia organización y dirección, lo que luego haría mucho más difícil su incorporación mayoritaria a nuestra política y programa.

El entrismo es parte de esta política que debemos tener con toda organización centrista que se oriente hacia posiciones revolucionarias y que surja de partidos u organizaciones de masas. Para hacer el entrismo es necesario que esta tendencia centrista ya haya surgido, que sea un hecho objetivo. No se debe hacer entrismo a una organización centrista por la “posibilidad” de que esta tendencia aparezca en el futuro. Dada esta situación debemos tener en cuenta que el entrismo exige dos condiciones fundamentales para llevarlo a cabo: primera , tener sólidos cuadros trotskistas que puedan aguantar la tremenda presión de los aparatos contrarrevolucionarios; segunda , hacerlo como una maniobra táctica de corto tiempo. Todo entrismo que dura más de uno o dos años significa que estamos transformando a nuestros militantes y a nuestras organizaciones en militantes y organizaciones que hacen girar su política en torno a la respuesta a las direcciones de los organismos en los que han hecho entrismo, y fundamentalmente que sus actuaciones frente a las masas se ven constreñidas por la camisa de fuerza de estos aparatos contrarrevolucionarios. Todo militante entrista se ve obligado a tener que dar una respuesta diaria a la política de estas direcciones y no puede hacer lo mismo con la lucha diaria de las masas. Inevitablemente se produce una adecuación al media en el cual milita, una adecuación a ese medio político que no es el nuestro y que tampoco es el del movimiento de masas en su conjunto; es una adecuación a un sector del movimiento de masas totalmente controlado por aparatos burocráticos y reformistas. Por esta razón el entrismo solamente puede ser de corto tiempo. Todas las experiencias indican que un entrismo a largo plazo lleva a la desmoralización y nunca a un gran crecimiento de nuestros partidos.

Además de esto, existe otra razón que exige no hacer —en principio— entrismo por largo tiempo, y quizá ni por un minuto, en las organizaciones políticas reformistas: es el profundo cambio que se ha producido en esta postguerra en los partidos socialdemócratas. En la preguerra los partidos socialdemócratas eran organizadores de un sector de la vanguardia del movimiento de masas. Los locales de estos partidos eran un punto de reunión y de discusión de un sector del movimiento obrero. Entrar en un partido socialista significaba penetrar en una franja importante de la clase obrera del país en que militábamos. Pero hay día, debido a la radio y a la televisión, estos partidos están vacíos, no organizan a ningún sector del movimiento de masas, solamente logran los votes de un sector del movimiento obrero utilizando a esos efectos la radio y la televisión que les son facilitadas generosamente por el imperialismo y el capitalismo. La expresión de un dirigente del PSOE de que prefiere diez minutos de televisión a diez mil militantes, es categórica respecto a esta nueva orientación de los partidos socialdemócratas, que vacían de militantes a sus propios partidos para no verse controlados y presionados por la base obrera.

Lo contrario ocurre con las organizaciones sindicales. Aquí hacer entrismo es una obligación. Es en ellas donde están los sectores más importantes de la clase obrera organizada en casi todos los países del mundo; es donde la clase actúa y se expresa masivamente. Nosotros tenemos que entrar en todas estas organizaciones de masas y permanecer allí contra viento y marea, adoptando cualquier medida de tipo clandestino para ello. Pero este entrismo no es un entrismo político. El partido sigue actuando políticamente en forma independiente; combina el entrismo de sus militantes en las organizaciones sindicales masivas, haciendo que permanezcan en ellas, las dirija quien las dirija, pero políticamente sigue dirigiéndose al conjunto del movimiento obrero para popularizar y defender la política trotskista. Lo mismo ocurre cuando se hace entrismo sectorial o individual —cuando nos convenga, como una maniobra táctica y parcial de un sector del partido, de algunos pocos militantes— en los sectores juveniles u obreros de las organizaciones reformistas y de los partidos comunistas (lo que es perfectamente lícito y útil).


TESIS XXXV

Propaganda, agitación y acción el papel de las consignas


El marxismo, desde principios de siglo, ha definido con claridad la diferencia y la relación que existen entre la propaganda y la agitación. Propaganda es la explicación de muchas ideas a pocas personas; agitación, la explicación de unas pocas ideas a muchas personas.

Mientras la propaganda se hace a través de artículos, charlas, conferencias, curses, libros, la agitación se lleva a cabo a través de consignas. Esto no quiere decir que no expliquemos y sostengamos estas consignas a través de artículos e incluso de folletos, de charlas. Pero las pocas ideas que queremos expresar a través de la agitación las concretamos en consignas, es decir en una frase asequible al lenguaje obrero y popular que indique con claridad la idea que queremos expresar. Como nuestro objetivo es lograr la movilización de las masas, el aspecto más dificultoso que tiene el marxismo es formular estas frases o consignas. Es una ciencia y un arte. Así como nosotros, al tratar de movilizar a la clase obrera, elaboramos frases que sean comprensibles para las grandes masas, los aparatos contrarrevolucionarios hacen lo mismo, formulan consignas, frases que sean comprendidas por las grandes masas, pero con un objetivo opuesto al nuestro, desmovilizarlas. El PC francés en la inmediata postguerra, lanzó la famosa consigna producir primero para frenar la oleada de huelgas y el proceso de movilización revolucionaria del proletariado francés. De la misma manera Perón, cuando cayó en 1955, para frenar la movilización de los trabajadores argentinos, de un movimiento obrero que él ya no podía controlar a través del gobierno y del estado, lanzó su famosa consigna Desensillar hasta que aclare , es decir no hacer nada hasta ver qué pasaba.

Nuestro objetivo es el opuesto: lograr aquellas consignas, aquellas frases que el movimiento obrero comprenda, y que por medio de esta comprensión pueda movilizarse, hacer una acción. Las consignas son de dos tipos. Unas son para tratar de ir convenciendo al movimiento de masas, aunque no haya posibilidades inmediatas de que pase a la acción. No por eso dejamos de agitarlas. Por ejemplo, la consigna de que Soares junto con Alvaro Cunhal tomen el gobierno en Portugal era una consigna magnífica, aunque todos éramos conscientes de que, por la situación de la lucha de clases, la traición de estos partidos y la poca fuerza nuestra, no se iban a unir los dos partidos para luchar por el gobierno de Soares–Cunhal. Eso no quiere decir que igual no hiciéramos agitación por esa consigna. Pero existen otras consignas que son para la acción o que posibilitan el surgimiento de una acción o de una movilización del movimiento de masas en su conjunto o en algunos de sus sectores, como por ejemplo cuando llamamos a una huelga muy sentida por los trabajadores cuando hay fuerte presión de éstos para salir a la huelga o a cualquier otra movilización por el estilo. Estas son consignas para la acción. El partido hace esfuerzos denodados, después de hacer el análisis de cuál es una consigna para la acción, para que esta acción sea realizada por el movimiento de masas porque es posible, porque están dadas las condiciones para esa acción.

Toda consigna tiene que responder a la situación presente del movimiento obrero y de masas ya que es una síntesis de las necesidades inmediatas de las masas y de su nivel de conciencia. En el afán de lograr una consigna movilizadora no sólo debemos expresar las necesidades inmediatas del movimiento de masas, sino partir del nivel de conciencia de éste para formular la consigna. Debemos tratar de que la consigna sea una síntesis de las necesidades inmediatas y de la conciencia inmediata del movimiento de masas, con el objetivo de lograr una movilización. Es así como Trotsky, frente a la desocupación en Norteamérica (necesidad inmediata) y al hecho de que los obreros creían en Roosevelt (conciencia inmediata), aconsejó levantar una consigna movilizadora de presión a Roosevelt para que diera trabajo a todos los desocupados. Esta consigna tomaba en cuenta el bajo nivel político del proletariado norteamericano —que creía en un gobernante agente de los monopolios y del imperialismo— por un lado y la necesidad de superar la desocupación por otro. La consigna para la acción, por oportunista que parezca (presionar a Roosevelt o pedirle que dé trabajo) es, desde nuestro punto de vista trotskista, correcta si es la mejor fórmula para movilizar a los trabajadores, si es el puente para su movilización, para su unidad, para que salgan a la lucha. Trotsky es un maestro en esta adecuación de nuestras consignas al nivel de conciencia de la clase obrera, fuese el que fuera. Por eso planteó que si la clase media alemana rompía con Hitler, era posible que levantáramos la consigna de reunión del Reichstag, del viejo Reichstag que eligió a Hitler, para que le quitara los poderes de Primer Ministro y nombrara un nuevo gobierno, que posiblemente iba a ser un gobierno burgués. Trotsky arrancaba de la mentalidad legalista, democráticoburguesa de la clase media alemana, para ver si lograba su unidad con la clase obrera a través de una institución reconocida por todas las organizaciones pequeñoburguesas y obreras, aun por las que habían votado por el fascista Hitler, con tal de derrotarlo, con tal de lograr una movilización de toda la población alemana contra éste. Este es un alto ejemplo de que el trotskismo no es ultraizquierdismo, sino una política científica que se expresa en el arte y la ciencia de las consignas para movilizar a las masas a partir del nivel de sus necesidades y del nivel de su conciencia, cualquiera sea ese nivel.

Estas consideraciones son fundamentales para poder transformar a nuestros partidos, rápidamente en partidos con influencia de masas. Muerto Trotsky y debido a las circunstancias objetivas de la tremenda fuerza de los aparatos contrarrevolucionarios, hemos tenido una tendencia a limitarnos a una actividad propagandista abandonando la ciencia y el arte más importante para un partido revolucionario, que es formular las consignas adecuadas a cada momento de la lucha de clases. Hay que retomar urgentemente esta ciencia y este arte. Hay que abandonar el prejuicio a formular consignas adecuadas al bajo nivel de conciencia de la clase obrera. Hay que abandonar el fetichismo de las consignas de tipo general, propagandistas, que se mantiene durante meses y masas y a veces durante años y años. Lo tremendamente difícil para un marxista, justamente, es tener la rapidez necesaria para ir cambiando sus consignas a medida que va cambiando la situación de la lucha de clases. Esta necesidad es hay perentoria porque la lucha de clases cambia minuto a minuto en todos los países del mundo. Podemos formular una ley: un partido trotskista auténtico, en esta época revolucionaria, es aquel que va combinando y cambiando sistemáticamente sus consignas. Todo partido trotskista que en esta hora de cambios ininterrumpidos en la lucha de clases sigue con las mismas consignas y análisis, está equivocado.

Esto no significa que el partido revolucionario siempre propugne una sola consigna. La complejidad de la lucha de clases, las necesidades de los distintos sectores del movimiento de masas y de sus aliados, los cambios en la situación, hacen que siempre la política trotskista se exprese concretamente a través de un sistema de consignas, de varias consignas combinadas, algunas de las cuales son las preponderantes, las determinantes. Pero estas últimas no van solas sino combinadas con las otras. Debemos lograr una clara combinación de unas pocas consignas cuya estructura se va cambiando.

El Partido Bolchevique levantó Asamblea Constituyente, Todo el poder a los soviets, Que renuncien los ministros burgueses, Contra Kornilov . En el corto lapso de unos pocos meses fueron apareciendo y adquiriendo énfasis distintas consignas, pero siempre dentro de una. combinación y con un eje —que tampoco fue permanente— que era Todo el poder a los soviets . Estos ejemplos supremos deben ser asimilados por todos los partidos trotskistas. Nuestra principal actividad le dará el carácter a nuestros partidos: si es propagandista, no hacia el movimiento de masas, no para la acción, nuestros partidos seguirán siendo propagandistas, sectas y no partidos de masas.


TESIS XXXVI

Principios, estrategia y táctica


Lo mismo que ocurre con las consignas ocurre con la relación que existe entre los principios, la estrategia y la táctica, y su ligazón con las consignas. Nosotros tenemos una serie de principios que hacen a la esencia de nuestro movimiento, como es nuestra oposición a la colaboración de clases, a los frentes populares, nuestra defensa incondicional de la lucha de clases más intransigente y nuestra lucha por la independencia política de la clase obrera, por la revolución socialista, por la dictadura revolucionaria del proletariado, por el derecho a la autodeterminación nacional. Pero estos principios —que tienen que estar presentes en cada una de nuestras acciones, en cada una de nuestras consignas, en cada una de nuestras charlas o artículos propagandísticos— no deben confundirse con la estrategia y la táctica.

Los trotskistas tenemos, en esta época revolucionaria, únicamente dos estrategias hasta la toma del poder: impulsar la movilización permanente de la clase obrera y sus aliados hasta hacer una revolución socialista de octubre y, junta con ello, fortificar y desarrollar nuestro partido para que dirija esa revolución, transformándolo en partido con influencia de masas. Todo lo demás, todo lo otro que hacemos, son meres medios, de mayor o menor importancia, que utilizamos durante lapsos menores o mayores, pero simples medios al servicio de estos dos grandes objetivos estratégicos. No hay que confundir jamás una táctica con una estrategia, o dicho de otra manera, un media con el objetivo final. Confundir una táctica con una estrategia significa transformar el medio en un fin en sí. El revisionismo dentro de la Cuarta Internacional tiene tendencia a transformar tácticas y medies en estrategias. Por ejemplo: el entrismo, un media coyuntural de corto tiempo, excepcional, se transformó, con el entrismo sui generis , en toda una estrategia para dieciocho años. Los medios, lo mismo que las consignas, cambian sistemáticamente. Si hay una época preelectoral, tenemos medios y tácticas distintos a los de una época no electoral. Si es una etapa de posibilidad de huelga general, tenemos un medio distinto a una etapa en que no hay posibilidades de huelga general. Si la etapa abre posibilidades de huelgas en gremios o incluso de huelgas fabriles, los medios son distintos. Si hay luchas de aliados de la clase obrera los medios, o sea las tácticas, cambian. Ningún partido revolucionario puede atarse las manos señalando que su actividad permanente, su estrategia, es la huelga general, o el frente único, o el gobierno obrero y campesino, o las huelgas parciales, o el control obrero, o las ocupaciones de fábrica, o la presentación a elecciones, o el entrismo.

Las tácticas cambian tanto como las consignas. Los medios y las consignas tienen que ser variables, plásticos, adecuados al momento y cambiar sistemáticamente. Esto no quiere decir que una táctica no tenga medios subordinados en ese sentido podemos hablar de estrategia electoral y de sus tácticas, de los medios que utilizamos para esa estrategia electoral. Pero a escala de la época que estamos viviendo, sólo hay dos estrategias y todos los demás son medios o tácticas, que utilizamos y desechamos permanentemente de acuerdo a la situación de la lucha de clases.

Es muy grave confundir los principios, la estrategia o la propaganda, con las tácticas y las consignas. Nosotros, por principio, estamos por el derrocamiento de todas las instituciones democráticoburguesas; mucho más en esta época en que dichas instituciones son la forma, el envoltorio, de regímenes semibonapartistas o bonapartistas. Pero eso es un principio; no es para la propaganda. Tácticamente y para las consignas, este principio y esta estrategia de tender a destruir los organismos de dominio estatal burgués los adecuamos a las necesidades inmediatas, a los medios que tenemos nosotros y las masas, y al nivel de conciencia de las masas para orientar la movilización en ese sentido. Esto significa que, tal vez tácticamente, como la mejor forma de educar al movimiento de masas (que por tener un bajo nivel de conciencia cree en esos organismos como en una conquista) nosotros podemos movilizar a las masas —sin decir que creemos en dichos organismos porque eso sería violar los principios— a través de tácticas y consignas que digan: exijámosle a ese parlamento en el cual ustedes creen, exijámosle a vuestros partidos que están en ese parlamento, movilicémonos para lograr tales y cuales conquistas.

Este planteo es mucho más “izquierdista” que el de Trotsky de movilizar para exigirle a Roosevelt. El nivel de conciencia de las masas nos indica cuáles son la táctica y la consigna adecuadas para movilizarlas, y no podemos desecharlas ni pasarnos por arriba de ese nivel de conciencia, confundiendo los principios y la estrategia con la táctica y las consignas. Si no actuamos así y si cometemos el error de creer que con tener sólo principios y solamente hacienda propaganda avanzamos, cometemos un crimen tan grande como el error opuesto del revisionismo, que es creer que las estrategias y principios son tácticas y consignas. En este caso se está afirmando que los principios son lo táctico, el media. Sin embargo, el principio es una categoría opuesta a la táctica, aunque íntimamente ligada, porque la táctica es un media y el principio es mucho más que una estrategia, es la base de nuestra política. Toda táctica tiene que ser principista y todo principio tiene que aceptar que debe expresarse a través de medios. Pero cada una de estas categorías tiene su ámbito. El ámbito de la táctica, igual que el de la consigna, es el ámbito de lo inmediato, no de lo histórico; es el ámbito de las necesidades inmediatas y de la conciencia inmediata —por más atrasada que ésta sea— del movimiento de masas. Y si el media no se adecua a estas condiciones deja de ser un medio: es la repetición de los principios.


TESIS XXXVII

El Frente Unico Obrero


El frente único obrero es una de las mejores tácticas que tiene el partido Leninista en relación a los partidos obreros oportunistas. Pero no es una estrategia ni un principio. Como toda consigna y toda táctica, depende de las circunstancias objetivas. Sólo cuando existe una necesidad presente e imperiosa para que el movimiento obrero se una y existe conciencia en el movimiento obrero —fundamentalmente en su sector mayoritario y más atrasado— de esta necesidad, podemos aplicar esta táctica. Si no, se vuelve el recitado de un aparente principio. Esto quiere decir que generalmente sólo cuando hay una feroz ofensiva de la clase burguesa surgen las condiciones para plantear el frente único. Porque la clase obrera siente esta ofensiva brutal contra ella y quiere darle una respuesta unitaria. Por eso, los momentos del frente único son los de una brutal ofensiva contra el nivel de vida y de trabajo de la clase obrera, o cuando surge el peligro de golpes bonapartistas o fascistas. Ese es el momento de llamar a todos los partidos obreros a la lucha contra esta feroz ofensiva económica o política contra el proletariado. Con este planteo, que tiende a lograr la unidad total de la clase obrera para una acción de defensa, logramos dos objetivos: si los otros partidos obreros aceptan el frente único se da una colosal acción unitaria de la clase obrera que la pone en el camino de posteriores movilizaciones ofensivas; y si las direcciones obreras no aceptan, las podremos desenmascarar ante el movimiento de masas.

Este es el planteo tradicional de frente único de la Tercera Internacional. Pero, al igual que muchas de las categorías elaboradas por ella, la experiencia ha demostrado que son más ricas que su formulación político–teórica.

Es así como han surgido y existen frentes únicos de hecho de la clase obrera, los acepten o no sus partidos, constituidos por las organizaciones de base, como los comités de fábrica, los soviets, los sindicatos. Respecto a dichos organismos, que pueden adquirir tanto un carácter defensivo como revolucionario de acuerdo a las circunstancias, nuestra Internacional tiene una política permanente de desarrollarlos, sin casarse con ninguno de ellos: llamamos a constituir aquellos organismos adecuados a la etapa de lucha de clases que viven las masas. Tampoco en este terreno tenemos un media, una táctica o una consigna permanentes. En determinado momento luchamos porque se fortifiquen los sindicatos, o por transformarlos en revolucionarios, o fundamos sindicatos revolucionarios de masas. En otros mementos son los comités de fábrica. Y en otros pueden ser los soviets o las milicias. Sin dejar de plantearle a los partidos obreros la formación de estos organismos de frente único para la acción del movimiento de masas, en este caso no damos el énfasis en el planteo a los otros partidos sino en nuestro llamado al movimiento de masas a constituir estos organismos de frente único.


TESIS XXXVIII

El carácter de nuestro partido y de nuestra internacional


Todos nuestros partidos y nuestra Internacional en su conjunto reivindican orgullosos, como su ejemplo, la estructura del Partido Bolchevique. Eso significa que consideramos que nuestro partido tiene que estar formado por revolucionarios profesionales por un lado y que debe tener un régimen centralista democrático por el otro. Reivindicamos más que nunca al centralismo como la obligación número uno de todo partido trotskista. En esta época revolucionaria el trotskismo es perseguido implacablemente, no sólo por el estado burgués, los partidos burgueses y las bandas fascistas, sino también por los partidos oportunistas, los cuales con toda razón nos consideran sus enemigos mortales. Además nuestros partidos se construyen para llevar a cabo la lucha armada por la toma del poder, la insurrección. Este supremo objetivo sólo podremos alcanzarlo con una rígida disciplina, cuya única garantía es el centralismo y una dedicación que sólo pueden tener los militantes profesionales.

Pero al mismo tiempo, dentro del partido tiene que existir la más absoluta democracia, que permita tomar la experiencia del conjunto del partido y del movimiento de masas, la única forma de elaborar la línea. Por otro lado, es la única forma de hacer un balance cierto, democrático, de las líneas votadas.

No puede haber democracia sin derechos para las tendencias y las fracciones. Pero éste es un derecho excepcional porque el surgimiento de tendencias y fracciones es una desgracia para un partido centralizado para la acción. La discusión permanente en todos los órganos partidarios es la más grande herramienta de elaboración política para un partido trotskista. El partido debe vivir discutiendo sistemáticamente. Tiene que confrontar experiencias individuales o de organismos distintos y sectores de trabajo distintos para que a través del choque y de la discusión surja una línea correcta, la mejor resultante. Pero esta virtud de la discusión permanente se transforma en lo opuesto cuando un partido vive discutiendo permanentemente desde grupos organizados en fracciones y tendencias, y mucho más aún si éstas sobreviven a través del tiempo. Cuando esto ocurre, las fracciones dejan de serlo para convertirse en camarillas. El partido deja de actuar en forma unitaria hacia el movimiento de masas para volverse hacia adentro, se paraliza, crea un ambiente parlamentario de polémica permanente e inevitablemente deja de actuar en forma unitaria y pasa a tener como actividad principal la discusión, esto es, deja de actuar principalmente en el movimiento de masas. La discusión es un media fundamental y decisivo para nuestra actividad, pero sólo un media. La existencia de fracciones y tendencias permanentes transforman la discusión en un fin en sí y no en un media del centralismo y de la acción unida frente al movimiento de masas.

Tan importante como los militantes profesionales, el centralismo democrático y la discusión permanente, es el carácter orgánico que debe tener todo partido trotskista bolchevique. Un partido trotskista no merece el nombre de tal si adquiere características de tendencia, de grupo de propaganda o de movimiento. La clase obrera sólo puede derrotar a la burguesía si se organiza férreamente. Esta necesidad de la clase obrera debe ser tomada y elevada a su máxima potencia por nuestros partidos. En nuestros partidos todo se debe hacer en forma orgánica y a través de organismos; nada por fuera de éstos. Esto nos permite delimitar bien quiénes son militantes de quiénes no lo son. Sólo son militantes aquellos que pertenecen a un organismo del partido y están sometidos a su discipline. Además, es imprescindible una estricta jerarquización entre los organismos. Nuestros partidos tienen organismos de dirección, de base e intermedios, en una dialéctica permanente de discusión y ejecución. Todo lo que sea pasar por arriba de los organismos —aun cuando se apele a la base en plenarios— es la negación de la estructura bolchevique. Todo lo que sea mezclar los organismos existentes es democratismo y no estructura bolchevique. El Secretariado, el Comité Ejecutivo, el Comité Central, los comités regionales y las células tienen su ubicación estricta dentro del partido.

Este funcionamiento a través de organismos jerarquizados es el único que garantiza que nuestros partidos, al adquirir influencia de masas, mantengan el régimen interno bolchevique. Así evitaremos el grave peligro de crear movimientos trotskistas con influencia de masas que, llegado el momento de la acción, se vuelvan anárquicos e incapaces de actuar con la centralización y discipline de un ejército revolucionario como lo requieren las circunstancias de la época.


TESIS XXXIX

Actualidad de la teoría de la revolución permanente y de la ley del desarrollo desigual y combinado


Así como se impone reivindicar más que nunca el Programa de Transición y el trotskismo, debemos hacer lo mismo con la teoría de la revolución permanente. Pero debemos distinguir cuidadosamente la teoría del texto escrito de las Tesis de la revolución permanente. En algunos aspectos esas Tesis han envejecido. Cuando más pronto lo reconozcamos, tanto más pronto estaremos en condiciones de combatir mejor al revisionismo.

las Tesis no contemplan la revolución política. No podían contemplarla puesto que cuando fueron escritas la realidad histórica no había planteado la existencia de un estado obrero burocratizado. Pero esa nueva realidad es hoy en día parte esencial de nuestra política y teoría de la revolución permanente. La revolución política es parte de la revolución socialista mundial, junta con las tareas democráticas formales y de contenido, y con las revoluciones de febrero. Las tareas democráticas, las revoluciones de febrero, las revolucionas políticas, son parte de la revolución socialista. Esta combinación de tareas no sólo se da a nivel mundial sino a nivel de cada país, sea o no atrasado, sea imperialista u obrero burocratizado. Por eso, una expresión de la revolución política, la lucha contra los aparatos burocráticos contrarrevolucionarios, se da en los países capitalistas avanzados. Lo mismo es válido para las tareas democráticas.

Algo parecido ocurre con la categoría de revoluciones democráticas burguesas con que se iniciaba el texto de las Tesis de la revolución permanente. Ya no hay más revoluciones democráticoburguesas, ya que no hay en el mundo actual feudalismo dominante, sino distintos grados de capitalismo y de dominio imperialista. Lo que hay son dos tipos distintos de revolución socialista: la inconsciente, de febrero, dirigida o capitalizada por los partidos reformistas; la consciente, de octubre, dirigida por los partidos trotskistas. Esto no significa negar la importancia fundamental de las tareas democráticas.

Es por eso que se verán también en los propios estados obreros burocratizados revoluciones de febrero que se abrirán como prólogo de la revolución de octubre, como etapa previa a la transformación de los partidos trotskistas en partidos de masas. Todos éstos son problemas que hemos tratado de dilucidar en estas tesis, y que tienen que ser incorporados a la teoría de la revolución permanente.

Pero las Tesis, no la teoría, hicieron una evaluación incorrecta de la dinámica y de la transformación de la revolución democráticoburguesa en revolución socialista en los países atrasados. Las Tesis categóricamente afirmaron que la revolución democráticoburguesa, mucho más la socialista, sólo puede ser llevada a cabo por un partido comunista, Leninista, revolucionario, apoyado en la organización revolucionaria del propio proletariado. Las Tesis tienen como eje fundamental el proceso de transformación de la revolución democráticoburguesa en revolución socialista, de la expropiación de los terratenientes, la burguesía y el imperialismo por un sujeto social, el proletariado, y por un sujeto político, el partido comunista revolucionario. Las Tesis categóricamente afirman que sólo la clase obrera acaudillada por un partido comunista revolucionario puede llevar a cabo la revolución democráticoburguesa y la expropiación de la burguesía a través de la revolución socialista. Esto se ha revelado como equivocado. Hay que reconocerlo así. El propio Programa de Transición modifica levemente, con su improbable variante teórica las categóricas afirmaciones de las Tesis. Hay que reconocer que partidos pequeñoburgueses (entre ellos los stalinistas), obligados por las circunstancias, se han visto empujados a romper con la burguesía y el imperialismo para llevar a cabo la revolución democrática y el comienzo de la revolución socialista, expropiando a la burguesía e inaugurando así nuevos estados obreros burocratizados.

Es necesario incorporar a la teoría de la revolución permanente el reconocimiento de la generalización de las revoluciones de febrero, la combinación de las revoluciones de febrero con las revoluciones de octubre y que la revolución de febrero puede incluso llegar a expropiar a la burguesía y comenzar la revolución socialista; lo que no pueden hacer las direcciones burocráticas es continuarla. Esta incorporación de la revolución de febrero, este reconocimiento de que las propias revoluciones de febrero pueden ir más allá de lo que planteaban las Tesis de la revolución permanente, no anula la teoría sino, por el contrario, la demuestra más que nunca.

La teoría de la revolución permanente es mucho más amplia que las Tesis escritas por Trotsky a fines de la década del veinte; es la teoría de la revolución socialista internacional que combine distintas tareas, etapas y tipo s de revoluciones en la marcha hacia la revolución mundial. La realidad ha sido más trotskista y permanente que lo que el propio Trotsky y los trotskistas previeron. Produjo combinaciones inesperadas: a pesar de las fallas del sujeto (es decir de que el proletariado en algunas revoluciones no haya sido el protagonista principal) y del factor subjetivo (la crisis de dirección revolucionaria, la debilidad del trotskismo), la revolución socialista mundial obtuvo triunfos importantes, llegó a la expropiación en muchos países de los explotadores nacionales y extranjeros, pese a que la dirección del movimiento de masas continuó en manos de los aparatos y direcciones oportunistas y contrarrevolucionarios.

Si no reconocemos estos hechos, dejamos el campo libre a las interpretaciones revisionistas que se asientan en ellos para negar el carácter clasista y político de la teoría de la revolución permanente. Es así como ha surgido toda una teoría revisionista que es la del sustituismo de Deutscher: los partidos comunistas simbolizan a la clase obrera; por tanto las Tesis se han vista confirmadas porque los partidos comunistas tomaron el poder y —de hecho— eran partidos revolucionarios; aunque la clase obrera no interviniera en el proceso revolucionario, los partidos stalinistas las reflejaban; Trotsky se equivocó al no señalar que una clase puede ser reflejada por su partido y al no darse cuenta de que muchos partidos comunistas eran revolucionarios. Con esta crítica a Trotsky, se pretende ratificar las Tesis escritas. Nosotros creemos que no, que son revoluciones de febrero, es decir obreras y populares con direcciones oportunistas que, obligadas por la presión del movimiento de masas, se vieron forzadas a avanzar más allá de lo que querían expropiando a la burguesía.

la dirección del SWP está embarcada en otro ataque a la teoría trotskista de la revolución permanente. Para esta nueva teoría del SWP ya no es imprescindible ni el proletariado ni el trotskismo para un continuo desarrollo de la revolución permanente. A lo sumo es un ingrediente más. La nueva teoría de la revolución permanente de la actual dirección del SWP es la teoría de los movimientos unitarios progresivos de los oprimidos, y no del proletariado y el trotskismo. Todo movimiento de oprimidos —si es unitario y abarca al conjunto de ellos aunque sean de clases distintas— es por sí solo cada vez más permanente y lleva inevitablemente, sin diferenciaciones de clase o políticas, a la revolución socialista nacional e internacional. Esta concepción ha sido expresada particularmente en relación a los movimientos negro y de la mujer. Todas las mujeres son oprimidas, al igual que todos los negros; si se logra un movimiento del conjunto de estos sectores oprimidos, esta movilización no se detendrá y los llevará a través de diferentes etapas a hacer una revolución socialista.

Para el SWP la revolución socialista es una combinación de distintos movimientos multitudinarios —sin diferencias de clases— de similar importancia: el movimiento negro, femenino, obrero, juvenil, de viejos, que llegan casi pacíficamente al triunfo del socialismo. Si todas las mujeres marchan juntas significan el 50 % del país; si ocurre lo mismo con los jóvenes (70 % en algunos países latinoamericanos más los obreros, negros y campesinos, la combinación de estos movimientos hará que la burguesía quede arrinconada en un pequeño hotel ya que serán los adultos burgueses machos blancos los que se opondrán a la revolución permanente. Es la teoría de Bernstein combinada con la revolución permanente: el movimiento lo es todo y la clase y los partidos no son nada Esta teoría cae rápidamente en un humanismo anticlasista, reivindicador de la praxis como categoría fundamental en contraposición a la lucha de clases como motor de la historia.

El SWP dice que hay que ver qué hacen los burgueses del GRN de Nicaragua para saber a que atenernos porque pertenecen al movimiento que volteó a Somoza. Están aplicando así su concepción revisionista aclasista y apolítica de la teoría de la revolución permanente. Nosotros —frente al SWP— debemos reivindicar más que nunca el carácter clasista y trotskista de la revolución permanente. Ningún sector burgués ni reformista nos seguirá en el proceso de revolución permanente. En algunas coyunturas excepcionales, cuando la acción no atente contra la burguesía y la propiedad privada, marcharán juntas jóvenes burgueses y obreros, mujeres burguesas y obreras, negros oportunistas y revolucionarios; pero esa marcha en común será excepcional y no permanente. Nosotros seguimos defendiendo intransigentemente la esencia, tanto de la teoría como de las propias Tesis escritas, de la revolución permanente: sólo el proletariado acaudillado por un partido trotskista puede dirigir consecuentemente hasta el fin la revolución socialista internacional y por consiguiente la revolución permanente. Sólo el trotskismo puede impulsar la movilización permanente de la clase obrera y sus aliados, principalmente la de la clase obrera. Lo único que agregamos es que la fuerza objetiva de la revolución mundial combinada con la crisis de dirección del proletariado mundial y la crisis sin salida del imperialismo, ha permitido que se fuera bastante más allá en las revoluciones de febrero nacionales de lo que preveían las Tesis: que partidos pequeñoburgueses tomen el poder e inicien la revolución socialista. Pero esos partidos, al construir estados obreros burocratizados de tipo nacional, al imponer su programa de coexistencia pacífica y de construcción del socialismo en un solo país, paralizan la revolución permanente.

En ese sentido, las Tesis sólo se equivocaron para algunos países en el punto de la estación donde se paraba el proceso de la revolución permanente conducida por los partidos pequeñoburgueses —entre ellos el stalinismo— pero acertaron en que el proceso se detenía inevitablemente si no era dirigido por un partido comunista Leninista, es decir trotskista. Mientras las Tesis creían que era imposible traspasar los límites burgueses —inclusive los feudales—, la realidad demostró que esos límites podían ser traspasados por la presión del movimiento de masas y, a regañadientes, por los partidos pequeñoburgueses que las dirigieran.

La teoría de la revolución permanente se enriquece con la más extraordinaria herramienta de investigación y de elaboración política y teórica que nos ha legado el trotskismo: la teoría de¿ desarrollo desigual y combinado. El impulso del movimiento de masas combinado con la crisis de dirección revolucionaria ha originado combinaciones no previstas al detalle (y que no podían serlo) por nuestro movimiento. Pero estas combinaciones no sólo confirman que el proceso de la revolución permanente existe, sino que es tan poderoso que origina esas combinaciones; y confirman más que nunca la teoría del desarrollo desigual y combinado como la máxima conquista teórica del marxismo revolucionario de este siglo.

 


 


TESIS XL

Holocausto o trotskismo. Una necesidad imperiosa: la conquista del cosmos


A pesar de todos los triunfos revolucionarios la humanidad está al borde del precipicio. El marxismo, el trotskismo, señalaron que bajo el régimen imperialista y aun bajo el de la propia burocracia, de no superarse la crisis de dirección del proletariado, estaba planteada para la humanidad la caída en la barbarie, en un nuevo régimen de esclavitud como continuación del régimen imperialista. Sólo el socialismo le permitiría superar el mundo de la necesidad y entrar en el mundo de la libertad. O entrábamos en el más terrible mundo de explotación y miseria, de aherrojamiento de la humanidad en la barbarie, o entrábamos a través del socialismo en el mundo de la libertad.

La monstruosidad del régimen imperialista y burocrático ha hecho que la categoría de barbarismo haya quedado atrás. Los colosales medios de destrucción desarrollados por el imperialismo y los estados obreros burocráticos hacen que el peligro que enfrenta la humanidad haya cambiado. Ya no se trata de la caída en un nuevo régimen esclavista, bárbaro, sino de algo mucho más grave: la posibilidad de que el globo terráqueo se transforme en un desierto sin vida o con una vida degradada debido a la degeneración genética provocada por los nuevos armamentos. Pero no sólo existe el peligro de degradación de la vida debido a una guerra atómica; también existe un peligro inmediato: que se siga destruyendo a la naturaleza, principalmente las fuentes de energía, base esencial del dominio de la naturaleza por parte del hombre. El agotamiento del petróleo en unas pocas décadas o un siglo plantea a la humanidad una terrible amenaza.

Frente a estos peligros, los estados obreros burocratizados y las direcciones que dominan estos estados no son ninguna solución. Estas direcciones nos llevan al borde del precipicio. La única forma de evitarlo es liquidar las fronteras nacionales, el dominio imperialista y la propiedad privada capitalista. Para lograr la liquidación de las fronteras nacionales no hay otro método que la movilización permanente del proletariado mundial y la unificación de sus luchas con este claro objetivo. Pero la liquidación de las fronteras nacionales, del imperialismo y de la propiedad privada capitalista por media de la revolución y movilización permanente del proletariado y de sus aliados, sólo es planteada por una organización, la Cuarta Internacional, sólo es defendida por una corriente del movimiento obrero, el trotskismo. Por eso, a pesar de nuestra extremada debilidad, la alternativa es clara. Ya no es barbarie o socialismo, sino holocausto o trotskismo.

Sólo el proletariado dirigido por el trotskismo dará respuesta al más grande desafío que ha tenido la humanidad: la conquista del cosmos. Esta conquista del cosmos es hoy día una necesidad imperiosa que cambia la dialéctica tradicional del marxismo entre libertad y necesidad. El marxismo había sostenido que al entrar al socialismo entrábamos en el mundo de la libertad y abandonábamos el de la necesidad. Hoy día el agotamiento de la energía terrestre y el crecimiento de la humanidad plantean imperiosamente la conquista de nuevas fuentes de energía. A corto plazo —unos pocos siglos— la energía que provee el globo terráqueo se agotará inevitablemente por más racionalmente que se la explote. Pero la humanidad tiene una fuente infinita de energía a su disposición en el cosmos: los rayos solares. Este es todo un desafío para la humanidad, que sólo puede ser afrontado si ésta deja atrás la perspectiva de la guerra y entra en la etapa de la construcción del socialismo. El socialismo logrará, entonces superando la libertad absoluta que planteaba el marxismo clásico, una nueva combinación de necesidad y libertad para lograr una libertad relativa. Desaparecerá la necesidad impuesta por unos hombres —las clases explotadoras— contra otros hombres —las clases explotadas—, para asumirse la necesidad imperiosa y humana de conquistar el cosmos.

Solo el trotskismo dirigiendo al proletariado podrá hacer que la humanidad entre en la etapa de la conquista del cosmos, es decir de la creación de satélites artificiales con una vida tan buena o mejor que la de la Tierra, que captarán la energía solar y por microondas la enviarán al globo terráqueo para tener energía prácticamente gratuita en cantidades infinitas. El capitalismo cumplió un papel progresivo porque significó la conquista de todo el mundo, fundamentalmente de América, Africa y Asia para una nueva forma de producción. Fue el gran desafío al cual el capitalismo —en su etapa progresiva— dio cumplimiento. La humanidad socialista tiene otro desafío más grande, el más grande que ha tenido la humanidad: justo en el momento en que la continuación del régimen imperialista o de los regímenes burocráticos nos plantea el holocausto del genero humano, el trotskismo señala la posibilidad del más grande salto hecho por la humanidad, la conquista del universo por el socialismo.


TESIS XLI

Ha llegado la hora de reconstruir la Cuarta Internacional


Los trotskistas agrupados en el Comité Paritario estamos orgullosos de que, en la crisis de disgregación de la Cuarta Internacional iniciada por el revisionismo pablista, supimos combatir contra él manteniéndonos en el terreno de la Cuarta Internacional y su programa. Nuestras fuerzas son las corrientes que agrupan a las dos terceras partes de los militantes que se reclaman del trotskismo y de la Cuarta Internacional en todo el mundo. Somos perfectamente conscientes de que el trotskismo es incompatible con el revisionismo que ha campeado por sus fueros durante estas tres décadas en nuestros movimientos. Somos conscientes de que el revisionismo ha cumplido un papel permanente de servidor del imperialismo, y fundamentalmente de los aparatos contrarrevolucionarios que controlan, desvían y aplastan al movimiento de masas. El revisionismo ha cumplido su papel de disgregador y sigue tratando por todos los medios de impedir que la Internacional y sus partidos se transformen en auténticos partidos trotskistas con influencia de masas. Nada demuestra mejor el papel del revisionismo que su traición en Bolivia ayer, que su capitulación al frentepopulismo en Perú hoy.

No sólo somos conscientes del papel del revisionismo sino que, como lo demuestran estas tesis, aplicamos consecuentemente el método vivo, rico, marxista, del Programa de Transición —sin abandonar ninguno de los principios que caracterizan a nuestra Internacional y que la realidad ha corroborado— para observar los nuevos fenómenos y enriquecer nuestro propio programa y nuestro análisis. Al actuar así, no traicionamos ninguno de nuestros principios, ni capitulamos a los aparatos contrarrevolucionarios, ni les otorgamos ninguna misión histórica. Por el contrario, continuamos denunciándolos sistemática y permanentemente como los agentes de la contrarrevolución dentro de las filas del movimiento obrero y revolucionario.

Por otra parte, creemos más que nunca en el centralismo democrático. Creemos en un centralismo democrático auténtico, basado en un programa revolucionario, el programa del trotskismo, el Programa de Transición . No creemos en un centralismo democrático para la revisión del trotskismo, ni en una variante de tipo federativa para estructurar un frente sin principios contra el trotskismo. Es por eso que la conferencia del Comité Paritario inaugura el verdadero centralismo democrático en la Cuarta Internacional, perdido desde la crisis provocada por el revisionismo pablista en el; no 1951. No solo reivindicamos el Programa de Transición sino la organización bolchevique a escala mundial de nuestra Internacional como fue característica en vida de Trotsky y en los diez años que siguieron a su asesinato.

Que reconstruyamos nuestra Internacional sobre estas bases programáticas y organizativas no quiere decir que dejamos librados a su suerte a todos los grupos, tendencias y militantes que se reclaman del trotskismo y que, debido a la confusión provocada por el revisionismo, no se incorporan a nuestras ideas. Somos conscientes de que todos hemos cometido errores. Pero estos errores no tienen otra explicación que la crisis de disgregación de nuestra Internacional provocada por el revisionismo. Como marxistas partimos de la revolución mundial —la unidad mundial de la lucha de clases—, por lo tanto de la Internacional. Independientemente de que nos mantuvimos en el terreno de la Cuarta Internacional y de su programa, la disgregación nos marcó a todos; tanto a los que formamos el Comité Paritario como a los que no forman parte de él. Es por eso que no dejaremos librado a su suerte a ningún militante u organización que se reclame del trotskismo. Por el contrario, la reconstrucción de la Cuarta Internacional significa también que dejamos de tener una actitud defensiva de los principios y del Programa de Transición , para pasar a una actitud ofensiva tendiente a derrotar definitivamente al revisionismo, con una política audaz de propuesta de actividades comunes, de comités de enlaces, con todo grupo trotskista honesto que, aun discrepando con algunos de nuestros puntos o nuestra interpretación de los principios trotskistas, considere indispensable la unidad del trotskismo. Es por eso que hacemos un llamado fraternal a todo compañero u organización trotskista que esté dispuesto a discutir con nosotros y a hacer acciones comunes sobre la base del trotskismo. En esta nueva actitud ofensiva contra el revisionismo explotaremos las más mínimas posibilidades para lograr esas acciones comunes trotskistas, como lo hemos hecho en Perú. Esas iniciativas por acciones comunes nos permitirán demostrar categóricamente que hay una sola organización trotskista en el mundo y en cada país: nuestra Cuarta Internacional reconstruida, la verdadera Internacional trotskista. Esa será la mejor forma de dividir aguas y lograr que todo el movimiento de masas y todos los auténticos trotskistas sepan que todo lo que no está en la Cuarta Internacional reconstruida es revisionismo, es antitrotskismo.


[2] León Trotsky, “Los sindicatos en la era de la decadencia imperialista”, en Sobre los sindicatos , Editorial Pluma, Bogotá, 1977, págs. 135–136.



 [nu1]TRABAJADORES DEL CAMPO Y DE LA CIUDAD, BURGUESES DEL CAMPO Y DE LA CIUDAD

 [nu2]FALTA PROFUNDIZAR EN EL PAPEL DEL CAMPESINADO, desclasados? Categorizados?

Published in: on enero 22, 2009 at 2:01 am  Dejar un comentario  

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